Nicodemo y Jesús I

Juan 3:1-15

Seamos honestos, ya como cristianos, ¿no hemos sentido alguna vez la tentación de estar en el lugar de Nicodemo? Sí, sí, aunque vaya de noche (quizá por el temor de ser visto por sus colegas), aunque tenga una actitud un tanto irreverente, un hombre que cuestiona a Jesús. Con todo eso, nos sorprende la actitud franca, el diálogo transparente entre dos Maestros.

Pero, imaginemos a Nicodemo, ese anciano que ha vivido por años en la Ley de Moisés, confrontado por lo que ve y siente. Sus sentimientos iban en contra de su razón. Algo le decía que Jesús era el Rabí esperado. El cuestionado no es el joven maestro sino el anciano líder. Todo el arsenal guardado por años está siendo minado por esas palabras extrañas. ¿Cómo entrar al Reino de Dios? Pues naciendo de nuevo. ¡Cómo! Y Jesús responde: pues tú lo deberías saber. En un sólo movimiento, Jesús desarma toda la sabiduría de Nicodemo.

Hay que nacer de nuevo de agua y de Espíritu. De agua: el bautizo por inmersión, como Juan. Y de Espíritu: aquí está el gran juego de palabras en este pasaje. Espíritu también puede traducirse como viento, soplo. Pero otro contrapunto es también la carne. Espíritu y carne: lo trascendental y lo superficial, lo que queda después de que los gusanos devoren el cuerpo. Pero también el Espíritu como (diríamos hoy) la tercera persona de la Trinidad. Así que la enseñanza de Jesús podría replantearse así: si quieres ser parte del Reino de Dios debes renunciar a tu yo y dejar que ese yo sea renovado por otro, el Espíritu de Dios.

Y hay más. Jesús refiere un pasaje del Antiguo Testamento donde Moisés construye una serpiente, la levanta y así destierra la plaga que mataba a los israelitas en el desierto. Cuando una serpiente mordía a uno, este debía voltear hacia Moisés y así se curaba. Mirar a Jesús en la cruz sana y quien lo crea recibirá la vida eterna. El seguidor preocupado, el discípulo que anda en caminos peligrosos, ¿qué debería hacer? No correr, no gritar, no andar de rodillas: mirar a su Salvador en la cruz.

Y el discurso ante Nicodemo apenas empezaba…

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