Jesús y la samaritana I

Juan 4:1-26

He aquí otro diálogo transformador y revelador. Dice mucho cuando habla y cuando calla. Porque la escritura no explica que los protagonistas de esta escena tenían todo los requisitos para no hablarse e incluso para reñir. Uno hombre otra mujer; uno judío otra samaritana; un maestro y una mujer ordinaria. Géneros, credos y ocupaciones diferentes. Para esa sociedad y en ese momento histórico, él estaba en mejor posición frente a ella. Sin embargo, el encuentro ocurre en tierra de ella, con una necesidad física de él.

Pero también podemos hablar del método usado por Jesús para transformar la vida de una mujer y con eso también la forma de ver el mundo del pueblo samaritano de Sicar. El Maestro no gritó, no regañó, no exaltó una religión y menospreció otra. ¿La invitó a una nueva religión? Jesús le enseñó la verdad. Y la verdad es Cristo. Al enseñarse a sí mismo, mostró al Padre. Usó recursos discursivos para que aquello que había escuchado en el cielo fuera absorbido por una mujer simple. Cuando lo que decía parecía no tener sentido, Jesús lo hace más claro. Además, señalemos esto, usó su poder profético para atraer a una persona. El poder extraordinario como imán para capturar la atención de una persona. El recurso usado debía impresionar a su audiencia. Y así fue.

Lo que dice: creer en Jesús, el Cristo, trae como consecuencia la vida eterna. La predicación de Jesús es espiritual. Ella le pregunta “¿dónde adoramos?”. Qué importan las construcciones fastuosas, qué importan los lugares santos (¿existe “Tierra Santa” en el mensaje de Jesús?), qué importa el rito, el vestido, lo de afuera. Jesús es la medida exacta para los sedientos existenciales. La mujer había buscado llenar vacíos con parejas sentimentales. Luego de cinco maridos, en el último se evitó el trámite y sólo vivía con él. Si hacía caso a la enseñanza del Maestro de Galilea, esa mujer podría terminar su eterna búsqueda de la felicidad. Pero Cristo no es una píldora para la alegría. Si así fuera, no sería más que un anunciador de la “buena vida”. Digamos lo obvio: la vida termina en la muerte. Ahí, en la tumba, todos somos iguales. Pero la esperanza de Jesús es que la muerte trae la santificación para aquellos que deciden seguirlo en este mundo. El mensaje del Rabí dura más, muchísimo más, que un suspiro (eso, un suspiro, es al final la vida en este planeta).

Así que el Mesías prometido a los descendientes de Israel había llegado. Su poder estaba al servicio de los sedientos de espiritualidad. ¿Rompió reglas sociales? Más bien les dio una nueva dimensión. Sí, demos la voz a los fans del feminismo: el Maestro no se inmutó ante las mujeres. No las humilló, no las despreció, les dio un lugar en la espiritualidad que trasciende la preparación del café en reuniones de “santos varones”. Este pasaje, central para entender la esencia del mensaje mesiánico, lo recibe una mujer cuyo única peculiaridad fue estar en un pozo cuando un peregrino tenía sed. Jesús es el Maestro de lo sencillo.

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3 comentarios en “Jesús y la samaritana I

  1. Angel dijo:

    bueno yo les qusiera ablar de la realidad de hoy en torno al dia de la samritana ya que la esncia berdadera se a perdido y tansolo se a buelto en una costumbre como cualquier otra.

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