Vamos a la calle, ¿o no?

“Todos los días enseñaban y anunciaban la buena noticia de Jesús el Mesías, tanto en el templo como por las casas” (Hechos 5:42)

Es claro que se debe anunciar el evangelio en cualquier parte. En Hechos 8:4 se nos dice que los cristianos exiliados de Jerusalén “anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban”. Entonces, ¿lo anunciamos o no en las calles, en las delegaciones, en los palacios municipales, en el autobús, en el metro? ¡Sí! Por supuesto que sí. Solos o acompañados, en medio “campañas evangelistas” o sin ellas. El cristiano tiene una buena noticia que anunciar al mundo y no puede quedarse callado. El regalo de Dios es tan grande, extraordinario y poderoso, que el verdadero cristiano no puede ir por el mundo guardándolo como si fuera un secreto de gran valor. Pero se trata de anunciar el evangelio, la gracia, el perdón, la salvación. Quizá ese sea mi punto en estos artículos. Lo que veo constantemente en varias iglesias es una promoción descarada de esa iglesia y no la promoción agresiva del evangelio.

Hay, claro, una visión (una teología, si se prefiere el término) de la iglesia en todo esto. La iglesia es la familia de Dios, el cuerpo visible de Cristo en la tierra. Cuando dos o más cristianos se reúnen en el nombre de Jesús, ahí está Él (Mateo 18:20). Además, la Escritura enseña que no existe el Rambo espiritual, ese guerrero solitario todopoderoso y toda debilidad al mismo tiempo. El cristiano existe dentro de una comunidad. Entiendo que cuando invito a alguien a una reunión cristiana lo estoy llamando a conocer a Cristo. Lo que me preocupa es que otros queridos hermanos confundan los términos y terminen siendo vendedores de una franquicia (“la iglesia fulanita”) y de un producto (“la salvación”). No es malo ni hay que desechar por inútiles las “campañas evangelísticas” pero habría que darles un nuevo sentido. Y ese sentido no puede ser otro más que Cristo y su evangelio.

Las llamadas “campañas evangelísticas” sirven (y mucho) cuando cumplen el verdadero propósito: que otros conozcan a Cristo. Porque, ¿de qué sirve que dos cristianos traigan a su reunión a cien personas si ninguna de ellas conoció a Cristo? Porque ciertamente, el mundo conoce de Cristo, sabe los datos generales porque se enseñan desde niños. Pero, ¿conoce nuestra sociedad a Cristo vivo y resucitado? No lo sé, pero lo dudo. Sin embargo, para eso está la iglesia: para conocer, vivir, experimentar a Cristo. Una campaña con muchas invitaciones, mucho espectáculo, muchos espejitos y lucecitas es igual de efectiva que una simple invitación de un cristiano a un no cristiano. Pero tiene más poder (en términos de que otros vivan a Cristo) cuando hay toda un soporte espiritual detrás y cuando las miles de almas se quedan en la familia de Dios. A mí no me impresionan los números que lleguen a una reunión cristiana, me alegraría más saber cuántos de esos números se convierten en almas que llegan al cielo. Si me piden un indicador de “éxito” de una conferencia, no diría qué tantos llegan, o qué también estuvo la escenografía o qué bien lo hizo el predicador. No, mi indicador sería cuántas almas se salvan. ¿Más difícil de medir? Quizá. Pero también más realista. Dicho sea de paso: lo que el libro de los Hechos reportan no es el número de visitas a las reuniones; esos tres mil (Hechos 2:41), esos cinco mil (Hechos 4:4) son el número de los salvos. ¿Cuántas “visitas” tuvieron que llegar para que tantos se salvaran?

Pero aquí hemos llegado a otro punto un tanto polémico. ¿Cómo medimos el éxito, la salud, de una iglesia? Si Dios nos da fuerza y entendimiento, trataremos este tema en los siguientes artículos. Baste decir por el momento que la Escritura es muy clara en llamar a los discípulos a hacer más discípulos donde sea, como sea y con quien sea. Hacer más discípulos quiere decir llamarlos a ser parte de la familia de Dios, es decir, presentarles el plan de Dios para ellos, decirles que el perdón de pecados y el regalo del Espíritu Santo les espera en las aguas bautismales. Ah, y la anexión al cuerpo de Cristo, que no es, de lejos, el regalo menos importante.

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