¿Jesús es la verdad?

[Después de una muy interesante plática con hermanos a los que considero altamente inteligentes y espirituales, quiero reflexionar sobre esto de Jesús y La Verdad. Así que, quedan prevenidos: vienen publicaciones que contienen reflexiones que los pueden dejar fuera de sus iglesias. Luego no digan que se les dijo. 😂 Va.]

1

En uno de los pasajes más dramáticos del Nuevo Testamento, en el interrogatorio de Pilato a Jesús, se registra el siguiente intercambio:

Jesús: […] Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Pilato: ¿Qué es la verdad? (Juan 18:37-38)

¡Y no hay respuesta! La entrevista prácticamente termina ahí.

Antes, Jesús había declarado: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6)». Y todos los cristianos gritamos ¡amén!

¿Qué queremos decir cuando afirmamos que «Jesús es la verdad»? ¿Qué está preguntando Pilato? ¿Es una pregunta filosófica, teológica, de vida?

Preguntémonos en serio eso: ¿qué es la verdad? Porque, eso sí, cuando escuchemos en automático, sin pensarlo, respondemos: ¡Jesús!

Tengo la sospecha que 1) muy poquitos van por la vida preguntándose eso de La Verdad; 2) muy pocos entendemos qué implica eso de que «Jesús es la verdad»; 3) y todavía hay menos que en realidad quieren saberlo. La consecuencia es que, si no entendemos qué están diciendo esos pasajes y los soltamos sin más estamos diciendo o creyendo una tontería mayúscula. Déjenme pensar en voz alta.

2

La Biblia utiliza figuras retóricas casi todo el tiempo. Una figura retórica típica es la metáfora. Ejemplo: «tus cabellos son de oro y tus ojos dos lunas». ¿Hay alguien que piensa que esto es literal? Si lo fuera, en realidad estaríamos ante un engendro. Más bien, tenemos comparaciones de dos elementos para resaltar la característica de uno de los dos. En el ejemplo, quizá estemos frente a una persona de cabello rubio y ojos grandes.

Veamos una metáfora bíblica: «Jesús es el camino». ¿Alguien considera a Jesús como una avenida, vereda o sendero real? ¡Nadie! Lo que quiere decir, muy en resumen, es que si seguimos su ejemplo, si le creemos, vamos a conocer al Padre.

El reto obvio es descubrir cuáles son recursos retóricos y cuáles son afirmaciones literales en la Biblia. Y aunque hay pasajes muy complicados, en general, hay otros en que es evidente que estamos frente ante una licencia poética.

3

Cuando Jesús dice que él es «la verdad» está utilizando una metáfora. Eso debe quedar claro desde ya. Por eso, decir que Jesús, la persona, es «La Verdad», es tan absurdo como afirmar que Jesús es un camino real o un pan de esos que venden en la panadería.

He pensado que algunas veces yo lo llegué a afirmar, quizá por ignorancia, por pereza mental o porque pensaba que todos entendían que estábamos frente a un recurso retórico. En cualquier caso, es un error garrafal.

Para entender la pregunta de Pilato debemos recordar que los romanos bebieron de los griegos un montón de conceptos. Y aquí aparece ya esa palabrita: ¿es la verdad un concepto? Platón decía que en el mundo de las ideas existía una solo concepto de las cosas, digamos, La Silla, El Árbol, y entonces, debería existir La Verdad. Esa verdad está relacionada con la realidad. De hecho, hoy por hoy, en la vida diaria, tendemos a relacionar la verdad con la realidad: mi celular es de color negro (verdad). Si digo que es rojo, miento (no-verdad).

Por supuesto, la cosa no es tan simple. Dibuje un número seis. Ponga a dos personas mirando ese número, una de arriba hacia abajo y otro de abajo hacia arriba. La persona A dirá que es un seis, la persona B dirá que es un nueve. ¿Mienten? ¿Hay dos verdades?

Preguntas graves que Jesús resume en uno de los «Yo Soy» más célebres. Si es cierto que Jesús es la verdad, entonces debe ser que hay una mentira. Y todos aquí coincidimos: el enemigo, el mundo de los sentidos, la carne, es la mentira. La vida que vale la pena, la muerte digna, el respirar cotidiano que sirve sólo puede ser en y para Cristo.

Ahora sí, gritemos ¡Amén! como buenos cristianos.

[Advertencia final: Esta reflexión no pretendía definir «La Verdad» desde el punto de vista filosófico o epistemológico, sólo quería pensar en voz alta, con ustedes sobre este tema. Gracias, bye.]

El desierto

Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían (Marcos 1:12-13 RV60)

Cuando salimos de una iglesia institucional, dejamos atrás amigos, costumbres, tradiciones, hábitos. Y nos encontramos de pronto con algo que suena terrible: la nada. No tenemos una agenda preestablecida que indique qué toca hacer cada día. No tenemos reuniones con horarios inflexibles («si no llegas a tiempo, no entras a la reunión»). No recibimos castigos por incumplir las obligaciones que otros impusieron. No hay horarios fijos. Y entonces uno siente que llegó al desierto. Es ahí cuando uno sabe que, ahora sí, está afuera, lejos de todo eso que por años le daba sentido a nuestra vida, lejos de aquello que nos daba incluso identidad. Ya no es nuestra iglesia. Ya no es nosotros, son ellos.

En ese momento muchos hermanos se quiebran. Como los israelitas en el desierto, prefieren la comodidad de la esclavitud (al menos tenían seguro techo y comida) que la libertad del desierto, donde comían siempre lo mismo y no parecían tener claro el rumbo. Extrañan lo bonito que, definitivamente, hay en sus jaulas religiosas: sus amigos, fiestas, excursiones, abrazos, risas. Olvidan que eso les quitó y les desvió de otro propósito: construir una relación personal con Dios. No estamos en una iglesia porque haya amigos sino porque esos amigos nos ayudan a crecer y a conocer en y con Dios. Nada de esto sirve: quieren «comer» aunque les cueste su libertad, esta última, condición imprescindible para crecer espiritualmente. Vagan por el desierto, se van en pos de espejismos, a veces caen en caravanas de beduinos, vuelven a ser dañados… en el peor de los casos, mueren en el desierto.

Nada de esto ocurrió con el Maestro. Nos llama la atención que lo primero que el Espíritu le impulsa a hacer es ir al desierto. Los tres evangelios sinópticos coinciden en eso: 1) Jesús va al desierto, 2) es tentado por Satanás, 3) vence, 4) es servido por ángeles. Los evangelios también coinciden en informar que ahí pasa cuarenta días. Es el número canónico de la preparación. Jesús es inspirado por el Espíritu a ir al desierto a prepararse. Ahí es probado por el enemigo. Vence por el poder de la Palabra de Dios. Cuando regresa, el Maestro proclama el arrepentimiento. ¡Qué lejos del desierto están las iglesias! Quieren que el nuevo cristiano ande en su grupo, que no se separe, que dependa de ellos. ¿No decimos que el creyente siempre está acompañado por el Señor? Entonces, incluso cuando está en el desierto, en la soledad y el calor del desierto, el cristiano no está solo nunca. Es ahí donde recibe instrucción y entrenamiento para empezar la batalla diaria que significa la vida cristiana. El enemigo atacará, le ofrecerá todo para que se rinda a sus pies. Ahí, en medio de «las fieras”», el hijo de Dios sigue gozando de todas las prerrogativas de un nacido de Espíritu. Va a triunfar. Está garantizado.

Ahora bien, nosotros nos damos cuenta de otra cosa más en el desierto: no existe la dicotomía «afuera-dentro» que enseñaban en el club religioso. Si lo que dice el párrafo anterior es cierto, ¡siempre estamos dentro de Dios! Además, hay otros cristianos caminando (no todo el que vaga está errado, dice una frase) en el desierto y es maravilloso encontrarnos. La comunión que existe entre estos hijos de Dios es extraordinaria. Caminamos juntos, reconocemos las tentaciones y las armas espirituales que cada creyente utiliza para vencer y crecer en el Espíritu. A veces los no-caminos del desierto convergen y otras divergen. Pero, ¡ay de nosotros si interrumpimos el crecimiento único y personal de cada creyente!

Esto no es sólo palabrería. En nuestro caso se ha traducido en una comunidad de creyentes que se reúne para estudiar las Escrituras, compartir sus derrotas, sus victorias, sus preocupaciones y sus ocupaciones. Hemos compartido el evangelio a quien no lo ha escuchado. Lo hacemos con la predicación del domingo, pero el mejor método es ser nosotros mismos el evangelio viviente. No tenemos campañas de proselitismo. Tenemos dos preguntas básicas: ¿cómo crecemos en Dios? y ¿para qué propósito nos puso Dios en este plano de la realidad? Y el desierto es un lugar maravilloso, fuera de ruidos y de distracciones, para esperar la respuesta de nuestro Señor. Esa respuesta siempre, siempre, siempre llega.

¡Que Dios bendiga a los libres que obedecen el llamado del Espíritu para ir al desierto!

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Hablar sobre la iglesia

La iglesia no es teoría, es vida. Si leemos el Nuevo Testamento en el orden que tienen prácticamente todas las Biblias actuales, es decir, si iniciamos en Mateo, ¿hasta cuándo aparece la palabra iglesia? Aparece hasta el capítulo 16 de Mateo, en el famoso pasaje donde Jesús le dice a Pedro: “sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Luego, en Mateo 18:17: “Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia”. Y de ahí, parece que a los evangelistas se les pasó el detallito de hablar de la iglesia. No aparece hasta que Lucas lo escribe en Hechos 5:11: “y gran miedo vino sobre la iglesia al escuchar estas cosas”. A partir de ahí, el término aparece aproximadamente 70 veces. Alguien podría decir que después de Jesús vino la iglesia.

Pero no es así. El Nuevo Testamento respira comunidad, relaciones, familia. Aunque no hay una elaboración teológica compleja, la Iglesia sí está ahí. Una cuarta parte de los escritos neotestamentarios tiene un destinatario individual; es decir, siete de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento van dirigidos a una sola persona: Lucas escribió a Teófilo y Pablo a Tito, Filemón, Timoteo; 3 de Juan es dirigida a Gayo. El resto, los veinte restantes, tienen implícita una lectura en comunidad. Ciertamente, el cristianismo se vive dentro de una comunidad de personas. Hay varias referencias de los unos a los otros (“aménse los unos a los otros”), Jesús habló muchas veces en plural y, en general, hay un reconocimiento bíblico a vivir más allá del individualismo ramplón moderno. Sí: la iglesia es una realidad espiritual y humana.

Muy humana. Me he descubierto hablando, teologizando, teorizando sobre la iglesia más que viviendo y gozando el grupo de personas que Dios colocó a mi alrededor para que yo sirva y para que ellos me acompañen en mi crecimiento en Cristo. Hay momentos en que los cristianos nos pasamos horas organizando la iglesia mientras que solo gastamos unos minutos dentro de esa iglesia. Como si nosotros fuéramos los arquitectos, esa manía humana de jugar a ser Dios se apodera de nosotros disfrazada de ministerio piadoso. ¿Por qué no entendemos que solo somos barro en las manos del Señor? ¿En qué momento se nos escapa el mensaje del Espíritu de que el dueño se encarga del rebaño? Nosotros no somos más que encargados, mayordomos, sirvientes. Todas palabras bonitas que yo he pronunciado mientras me desvelo “preocupado” por las necesidades de la iglesia. Cuando alguien me dice que el mismísimo apóstol Pablo padeció esta preocupación (2 Corintios 11:28), uno debería preguntar a Pablo y a quien argumenta: “oiga hermano, ¿qué ya olvidó que es el Espíritu que hace crecer la iglesia y que su evangelio enseña a confiar en el Padre que no deja de cuidar a sus hijos?”. Además, para hacer justicia a Pablo, el contexto de esa escritura tiene que ver más con una disputa con los que se creían más que Pablo que con una preocupación “santa”:

“Me he portado como un loco, pero ustedes me obligaron a hacerlo. Porque ustedes son quienes debían hablar bien de mí, pues en nada valgo menos que esos superapóstoles. ¡Y eso que yo no valgo nada!” 2 Cor. 12:11.

No olvido las necesidades de cada congregación cristiana. Por supuesto que hay problemas, dudas, debilidades. Han existido desde el inicio. Por eso se escribió el Nuevo Testamento. Hay que buscar la guía de Dios para servirle mejor a Él y a sus santos. Pero cuando nos pasamos horas, días, meses y años hablando de “la iglesia”, cuando terminemos de hacerlo, los creyentes nos habrán dejado para reunirse en torno a quien siempre debe ser el Pastor: Jesucristo. La iglesia no es ni el edificio ni la reunión en sí misma de los creyentes: es la comunión íntima, la hermandad entre los que hacen a Cristo Jesús el Señor de sus vidas.

Domingo de Pascua (1 de 3)

Ahora Barclay empieza el comentario del capítulo 24 de Lucas.

¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?
Lucas 24:1‑12
El shabat judío, nuestro sábado, es el séptimo día de la semana, y conmemora el descanso de Dios cuando completó la Creación: El domingo cristiano es el primer día de la semana, y conmemora la Resurrección de Jesús. Aquel primer domingo cristiano, las mujeres fueron a la tumba para llevar a cabo los últimos quehaceres del amor y embalsamar el cuerpo de su amado muerto con aromas y ungüentos. En Oriente, las tumbas se hacían muchas veces en la roca. El cadáver se envolvía en largas tiras de lino, como vendas, y se colocaba en un poyo de la roca. Luego se cerraba la tumba con una gran piedra circular. Cuando llegaron las mujeres se encontraron con que la piedra no estaba en su sitio, y la tumba abierta.

Aquí nos encontramos con una de esas discrepancias en los relatos de la Resurrección a las que dan tanta importancia los que no quieren creer. En Marcos, el mensajero de la tumba es un joven con una túnica larga blanca (16:5); en Mateo, es un ángel del Señor (28:2). Aquí son dos varones con vestiduras deslumbrantes; y en Juan son dos ángeles (20:12). Es cierto que hay algunas diferencias de detalle; pero también es cierto que lo que importa está muy claro y siempre igual: el hecho de la tumba vacía. Si, como algunos sugieren, todos estos relatos se inventaron para presentar algo que no había ocurrido, habría sido facilísimo ponerse de acuerdo en los detalles también. Ningún juez espera que los testigos presenciales coincidan en todos los detalles de su testimonio. Si dos firmas son exactamente iguales, una por lo menos es falsa. Las diferencias son una prueba de la honradez de los evangelistas, y de la verdad de la Resurrección.

Las mujeres volvieron con la mejor noticia de la Historia, pero los apóstoles no las creyeron. Aquello les sonaba a cuento. La palabra que se usa en el original se emplea en las historias médicas para referirse a las tonterías que se dicen en un estado febril agudo o de locura. Sólo Pedro se lanzó a comprobar si aquello era cierto. Esto dice mucho de Pedro. El que negara a su Maestro no se podía haber mantenido oculto; y, sin embargo, tenía el coraje moral necesario para enfrentarse con los que conocían su vergüenza. El que había actuado como “una paloma incauta”, se iba convirtiendo en “una roca”.
La pregunta ineludible y desafiante de esta historia es la que dirigieron a las mujeres los mensajeros: “¿Cómo es que estáis buscando donde se ponen los muertos al que está vivo?”

Todavía hay muchos que buscan a Jesús entre los muertos.

(i) Hay quienes le consideran el hombre más grande y el más noble héroe que haya habido jamás, y el que vivió la vida más encantadora que se haya vivido en la Tierra pero que murió hace mucho tiempo. Eso no es. Jesús no está muerto: ¡está vivo! No es meramente un héroe del pasado, sino una realidad viviente del: presente.

(ii) Hay quienes consideran a Jesús meramente como un hombre cuya vida hay que estudiar, cuyas palabras hay que examinar y cuya enseñanza hay que analizar. Esto se ve claramente en los muchos grupos de estudio que proliferan mientras desaparecen las reuniones de oración. Sin duda, el estudio es necesario; pero Jesús no es meramente un objeto de estudio, sino Alguien con quien puede uno encontrarse y vivir cada día. No es meramente el personaje de un libro, ni siquiera del mayor libro del mundo, sino una presencia viva.

(iii) Hay quienes ven en Jesús el modelo y ejemplo perfecto. Y lo es; pero un ejemplo perfecto puede ser algo descorazonador. A algunos de nosotros nos daban en el “cole”un cuaderno de caligrafía a la cabecera de cuyas páginas había una línea de escritura perfecta que teníamos que reproducir. ¡Qué pobre era el resultado que lográbamos en nuestro esfuerzo para reproducir aquel modelo perfecto! Pero, a veces, el maestro se nos acercaba, se sentaba a nuestro lado, nos cogía la mano en la suya, y nos guiaba los trazos. ¡Qué bien nos salían entonces, y con qué concentración nos mordíamos la lengua! Eso hace Jesús con nosotros: no se limita a ser un dechado perfecto que nunca podremos reproducir, sino que nos guía y fortalece para que podamos seguir su ejemplo. No es sólo un modelo de vida; es también una presencia que nos ayuda a vivir.

Podría ser que nuestra vida cristiana careciera de este elemento esencial porque hemos estado buscando al que está vivo entre los muertos.

Tomado de: Comentario de William Barclay al Nuevo Testamento (v. 4. Lucas)

¿Qué es una iglesia sana?

“pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con alardes de sabiduría y retórica, para no quitarle valor a la muerte de Cristo en la cruz.” (1 Corintios 1:17)

He aquí una pregunta difícil y polémica. Vamos a tratarla en el contexto del evangelismo, tema que hemos venido abordando estos días. Quizá el texto que acabamos de citar suene raro en los oídos de aquellos acostumbrados a sólo escuchar Mateo 28:18-20. Al parecer es una provocación de Pablo. Pero volvemos al punto que hemos tratado antes: evangelizar significa que anunciamos a Cristo vivo y resucitado. Alguna vez quise mostrar a uno de mis queridos líderes esta Escritura. Le dije que él hacía mucho énfasis en aquello de que una iglesia sana debe bautizar a tantos como Dios lo permita (con una ayudadita del hombre, añadiría yo), sin embargo, el mismísimo Pablo decía algo diferente. No recuerdo qué me dijo, pero estoy casi seguro que me respondió algo como: “no uses las Escrituras para justificar tu falta de espiritualidad y tu evidente falta de amor por los perdidos. Si no has bautizado a nadie, no estás dando fruto y no eres un buen cristiano”. ¿Será?

Otra breve historia. Un líder respetadísimo escribe en su página que está organizando un domingo evangelístico, una conferencia donde quiere mostrar la gloria de Dios. Son cien personas en su congregación y pide a Dios que lleguen más de 300 en ese domingo especial. Llega el día y en la noche anuncia: “estoy impresionado por el poder de Dios pues pedimos por 300 y el total fue 440. ¡Gloria a Dios!”. Un hermano amado lee eso y me dice: “mira, ellos sí están haciendo el trabajo, no como aquí que dicen estudiar las Escrituras pero se la pasan peleando entre líderes y no crecen”. Volví a preguntar, ¿será cierto?

Creo que pensar que una iglesia es sana sólo porque el número de miembros aumenta es un error. Quizá sea una mala interpretación de la comparación de la Iglesia con el cuerpo. Romanos 12:4-5, 1 Corintios 10:17, 12:12-27; Efesios 1:23, 5:29-30; Colosenses 1:18, 2:19; etc, etc. son Escrituras que comparan claramente a la Iglesia con el cuerpo de Cristo. Fijemos nuestra atención en la última:

“Ellos no están unidos a la cabeza, la cual hace crecer todo el cuerpo al alimentarlo y unir cada una de sus partes conforme al plan de Dios” (Colosenses 2:19)

Pablo está hablando de algunos hermanos que se hacen pasar por muy religiosos pero en realidad no lo son. La clave para aclarar el punto de la “salud” de una iglesia está en la parte de que la Cabeza, es decir Cristo, hace crecer el cuerpo al alimentarlo y unir cada una de sus partes. ¿Se está refiriendo Pablo a los de afuera? Es decir, como Dios ya tenía un plan, quizá “unir sus partes” no sea más que una suerte de rompecabezas divino y la misión de los cristianos sea buscar a los que de antemano Dios ya había destinado a ser parte de ese cuerpo. Esta idea del rompecabezas podría parecer ofensivo para algunos lectores, pero no pretende ser más que un ejercicio de lo que una mala interpretación puede hacer. Porque se podrá decir que si esto fuera cierto, ¿para qué buscar a Dios si Él de por sí nos va a encontrar? Y si esto es cierto, la misión de la Iglesia no sería ir y hacer discípulos porque ya estarían hechos. ¿Absurdo? Puede ser. Concedamos, pues, que unir las partes no se refiere a los no conversos. Unir las partes en el contexto de este pasaje tiene que ver con los cristianos.

Entonces, ¿quién hace crecer el cuerpo? ¡Cristo! Es Cristo quien la alimenta. Veamos con claridad el proceso: la cabeza alimenta al cuerpo y éste crece. O al revés: el cuerpo crece cuando la cabeza lo alimenta. ¿Significará alimentar, multiplicar el número de miembros? La multiplicación de miembros no aparece en la Escritura. En todo caso, entiendo que cuando uno se alimenta, fortalece un cuerpo que en realidad ya posee. Yo no como diariamente porque quiero tener tres brazos. Me gustaría encontrar un alimento que fortalezca los ojos que ya tengo (enfermos, por cierto), pero no para tener cuatro ojos (los lentes no cuentan). Así, Cristo alimenta y da salud a un cuerpo que en realidad ya existe. Si se trata de medir la salud del cuerpo (la iglesia), debemos buscar cómo ese cuerpo está siendo alimentado. Si ese cuerpo no está sano, la cabeza no existe o es otra diferente a Cristo porque, lógicamente, la cabeza debe estar sana y nadie en su sano juicio dirá que Jesús no está alimentando a su iglesia. Lo más probable es que esa iglesia no esté siendo regida por Cristo.

Aunque seguimos sin contestar la pregunta de qué es una Iglesia sana, ya sabemos que, de acuerdo a la Escritura, la Cabeza (Cristo) alimenta, cuida y da salud al cuerpo (la Iglesia). No es una conclusión menor: si Cristo alimenta la iglesia, ¿no sería redundante preguntar si tal congregación es sana? Si Cristo está en la Iglesia, ¡por supuesto que es sana! Investiguemos, entonces, algunas señales de esa salud, misión que vendrá en los próximos artículos.

Vamos a la calle, ¿o no?

“Todos los días enseñaban y anunciaban la buena noticia de Jesús el Mesías, tanto en el templo como por las casas” (Hechos 5:42)

Es claro que se debe anunciar el evangelio en cualquier parte. En Hechos 8:4 se nos dice que los cristianos exiliados de Jerusalén “anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban”. Entonces, ¿lo anunciamos o no en las calles, en las delegaciones, en los palacios municipales, en el autobús, en el metro? ¡Sí! Por supuesto que sí. Solos o acompañados, en medio “campañas evangelistas” o sin ellas. El cristiano tiene una buena noticia que anunciar al mundo y no puede quedarse callado. El regalo de Dios es tan grande, extraordinario y poderoso, que el verdadero cristiano no puede ir por el mundo guardándolo como si fuera un secreto de gran valor. Pero se trata de anunciar el evangelio, la gracia, el perdón, la salvación. Quizá ese sea mi punto en estos artículos. Lo que veo constantemente en varias iglesias es una promoción descarada de esa iglesia y no la promoción agresiva del evangelio.

Hay, claro, una visión (una teología, si se prefiere el término) de la iglesia en todo esto. La iglesia es la familia de Dios, el cuerpo visible de Cristo en la tierra. Cuando dos o más cristianos se reúnen en el nombre de Jesús, ahí está Él (Mateo 18:20). Además, la Escritura enseña que no existe el Rambo espiritual, ese guerrero solitario todopoderoso y toda debilidad al mismo tiempo. El cristiano existe dentro de una comunidad. Entiendo que cuando invito a alguien a una reunión cristiana lo estoy llamando a conocer a Cristo. Lo que me preocupa es que otros queridos hermanos confundan los términos y terminen siendo vendedores de una franquicia (“la iglesia fulanita”) y de un producto (“la salvación”). No es malo ni hay que desechar por inútiles las “campañas evangelísticas” pero habría que darles un nuevo sentido. Y ese sentido no puede ser otro más que Cristo y su evangelio.

Las llamadas “campañas evangelísticas” sirven (y mucho) cuando cumplen el verdadero propósito: que otros conozcan a Cristo. Porque, ¿de qué sirve que dos cristianos traigan a su reunión a cien personas si ninguna de ellas conoció a Cristo? Porque ciertamente, el mundo conoce de Cristo, sabe los datos generales porque se enseñan desde niños. Pero, ¿conoce nuestra sociedad a Cristo vivo y resucitado? No lo sé, pero lo dudo. Sin embargo, para eso está la iglesia: para conocer, vivir, experimentar a Cristo. Una campaña con muchas invitaciones, mucho espectáculo, muchos espejitos y lucecitas es igual de efectiva que una simple invitación de un cristiano a un no cristiano. Pero tiene más poder (en términos de que otros vivan a Cristo) cuando hay toda un soporte espiritual detrás y cuando las miles de almas se quedan en la familia de Dios. A mí no me impresionan los números que lleguen a una reunión cristiana, me alegraría más saber cuántos de esos números se convierten en almas que llegan al cielo. Si me piden un indicador de “éxito” de una conferencia, no diría qué tantos llegan, o qué también estuvo la escenografía o qué bien lo hizo el predicador. No, mi indicador sería cuántas almas se salvan. ¿Más difícil de medir? Quizá. Pero también más realista. Dicho sea de paso: lo que el libro de los Hechos reportan no es el número de visitas a las reuniones; esos tres mil (Hechos 2:41), esos cinco mil (Hechos 4:4) son el número de los salvos. ¿Cuántas “visitas” tuvieron que llegar para que tantos se salvaran?

Pero aquí hemos llegado a otro punto un tanto polémico. ¿Cómo medimos el éxito, la salud, de una iglesia? Si Dios nos da fuerza y entendimiento, trataremos este tema en los siguientes artículos. Baste decir por el momento que la Escritura es muy clara en llamar a los discípulos a hacer más discípulos donde sea, como sea y con quien sea. Hacer más discípulos quiere decir llamarlos a ser parte de la familia de Dios, es decir, presentarles el plan de Dios para ellos, decirles que el perdón de pecados y el regalo del Espíritu Santo les espera en las aguas bautismales. Ah, y la anexión al cuerpo de Cristo, que no es, de lejos, el regalo menos importante.

La Gran Comisión revisitada

«Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y háganlas mis discípulos, bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28: 18-20).

He aquí el caballito de batalla del proselitismo religioso más agresivo. Su argumento dice que así como Jesús mandó a los Doce, así manda a cada generación a hacer discípulos de de todas las naciones. Después del bautismo, continúa un proceso de enseñanza que en nuestra iglesia se llama «discipulado». Pero la clave no está en esto último sino en aquello de «ir a la gente de todas las naciones». Se enfatiza «gente», «todas» y «naciones» para decir, «vámonos a la misión» que traducido quiere decir, «engordemos nuestras iglesias (o denominaciones)». El argumento mezcla verdades contundentes con opiniones y pierde de vista algunas obviedades.

Vamos por partes. El evangelismo es «enseñar todo lo que yo [Jesús, el Cristo] les he enseñado». Es decir, evangelizar es anunciar lo que Jesús anunció. Evangelismo es llamar a todo individuo a ser discípulo (seguidor) de Jesús. Es así como podemos decir que el “discipulado” no es otra cosa sino evangelismo porque se está anunciando o enseñando aquello que Jesús mandó. No se puede decir que uno no está cumpliendo con la Gran Comisión si está enseñando a Cristo a otro hermano de fe pero no trae visitas a la iglesia. Medir el éxito de un cristiano por el número de amigos que trae a cada reunión es tratarlo como un simple vendedor que gana más comisión si vende más. Esto no es lo que enseñó Jesús.

¿No hay que ir a la calle y anunciar el mensaje? Ciertamente, la primera generación de discípulos predicaba las buenas noticias a luz del día y cuando no se pudo hacer porque la persecusión arreciaba, lo hicieron también en las tinieblas de las catacumbas. Pero debemos notar que lo primeros cristianos, aquellos Doce, primero evangelizaron a sus familias. Los evangelios tienen varios ejemplos de eso: Juan y Andrés van a ver a Jesús, luego, Andrés va con su hermano Pedro y le presenta al Maestro (Juan 1:41-42). Luego, Jesús llama a Felipe quien va a buscar a un amigo cercano, Natanael (Juan 1:44-45). Juan y Santiago eran hermanos (Marcos 1:19). Y cuando enferma la suegra de Pedro, Jesús la sana (Marcos 1:30-31). ¿Y qué decir de la familia de Lázaro (Juan 11)? ¡Familia por todas partes! Si no somos capaces de anunciar a Cristo con nuestras familias, que nos conocen al menos en forma externa, ¿por qué ir con los desconocidos de la calle? La respuesta es simple: porque ellos no nos conocen, porque el fruto del Espíritu Santo no es conocido por ellos. Puesto que el primer ministerio de un cristiano es la casa (1 Timoteo 3:5) el evangelio debe ser anunciado, en primer término, a la familia.

Pero sigo sin responder si no se debe hacer ningún tipo de proselitismo callejero. En el siguiente post hablaré de esto. Baste repetir una vez más que el Nuevo Testamento (y con mucho mas fuerza, el Antiguo) nos enseña que el primer grupo de personas a las que un cristiano tiene que evangelizar es su propia familia.

¿Números santos?

«Iglecrecimiento» han traducido al español un término anglosajón que se refiere a una tendencia eclesiástica según la cual entre más gente albergue una iglesia más saludable es. Y podrían añadir: es mejor, más santa y más espiritual que las pequeñas congregaciones que no «crecen» en años. Claro, ellos no lo dirán así jamás (no en público) y le quitarán las comillas a la palabra crecimiento. Porque para ellos, fuera las complicaciones, crecer es igual a tener el número más grande de miembros. No los cuestiones porque dirán: «es la misión que nos dio Cristo», «¿no has leído Hechos, los tres mil, los cinco mil?». Te citarán Mateo 28:18-20, Juan 15, Hechos 4:4. Te dirán que la iglesia es un cuerpo y que todo cuerpo debe crecer, si no muere.

¿Quiénes son estos promotores de la mercadotecnia espiritual? Los propagandistas y proselitistas de su iglesia son, digámoslo sin cortapisas, herederos de la reforma protestante. Hijos quizá mal queridos de Lutero, su vocabulario está lleno de frases provenientes de la versión Reina Valera y sus métodos no son tan diferentes de una organización en pirámide. Cuando se les recuerda que el grupo que más crece es el de los mormones y el de los Testigos de Jehová y que, si seguimos sus argumentos, ellos sí que son «saludables» o en todo caso que la Iglesia cristiana más grande es la católica romana, lanzan sus adjetivos favoritos: falsos, Babilonia, superficiales, desviados. Sí, lector atento, enseñan su profundo rostro sectario. Pero no les digas eso porque es peor que ofendieras al Espíritu.

¿A qué viene todo esto? ¿Estás subestimando el evangelismo, Venegas? ¡No! Los siguientes posts hablarán del tema pero lo quiero dejar claro desde ahora: el evangelismo es un mandato que todo cristiano, y por extensión, toda iglesia tiene que cumplir. En los próximos días vamos a hablar sobre el tema, pero desde ahora lo digo: evangelismo no es sinónimo de competencia en el mercado religioso por ganar más almas. ¡No! Evangelismo es anunciar el evangelio de Cristo. ¿Qué hacemos cuando invitamos a alguien? ¿Lo invitamos a «nuestra iglesia» o lo invitamos a conocer a Cristo? El tema, sin duda polémico, nos servirá, de paso, para saber qué entendemos por Iglesia. Ni más ni menos que eso.

La comunión

Gálatas 1:4
«Jesucristo se entregó a la muerte por nuestros pecados, para librarnos del estado perverso actual del mundo, según la voluntad de nuestro Dios y Padre»

La voluntad de Dios fue librarnos. ¿De qué nos libró? ¡De un mundo perverso! Nos trajo a su Reino. La comunión nos recuerda eso pero también nos recuerda que ahora somos una nación santa, un pueblo elegido por Dios y consagrados por medio de Jesús. Cuando la tomamos, nos estamos reafirmando como pueblo elegido. Todos tomamos del mismo pan y del mismo jugo para recordar que somos uno solo, que si uno sufre, los demás también padecen.

La Santa Cena reúne al pueblo de Dios. Le recuerda a su Maestro. ¿Es gratuito que la oración más cristiana empiece diciendo “nuestro”? No. Por eso, ahora que tomes del pan y del jugo, piensa también en el hermano con quien tienes un rencor, una mala actitud o un pensamiento en su contra. Recuerda que Jesús es también su Señor. Él murió por nosotros, es decir, también por ese hermano que tú criticas. Cuando lo haces, ¿se te olvida que Jesús murió para sacarnos de un mundo perverso? En ese mundo perverso hay chismes, rencores y resentimientos. ¿Se vale que eso lo padezcamos también en la familia de Dios? No. Mil veces no. La comunión debe unir a los cristianos. Mira ese pan y ese jugo. ¿Por qué lo tomas dentro de esta reunión? ¡Porque Jesús ordenó que lo hiciéramos cuando nos reuniéramos! Él sabía que habría conflictos, pero la Santa Cena los iba a regresar al punto esencial: todos somos iguales delante de Dios.

Perdona a tu hermano por la cruz de Jesús. No lo veas a Él, ve antes la cruz de tu Maestro. En el Gólgota Jesús también murió por los apóstoles, esos que lo habían abandonado. Si Él los perdonó, ¿por qué tú no? Si Él los amó sin condición, ¿por qué tú no lo haces? Ama y perdona por la cruz.

Sobre la influenza y el principio del fin (1)

Veamos: crisis financiera, violencia, falta de agua potable, sequía, calentamiento global, terremotos, sospechas de lanzamiento de un misil atómico y ahora una epidemia que amenaza con ser mundial y que en México cobró ya varias víctimas mortales. ¿Es esto el principio del fin? ¿Se están cumpliendo las «condiciones» de Mateo 24 o del Apocalipsis? ¿Cómo se supone que deberían estar los cristianos ante todo esto?

Para este ejercicio vamos a utilizar un método literalista para interpretar Mateo 24. Este es un supuesto mayor pues, como bien se sabe, los criterios hermenéuticos suelen ser un tanto caprichosos y algo que un intérprete considera literal otro lo hace alegórico. Pero baste ahora considerar una interpretación literal de este pasaje.

Jesús ha llegado a Jerusalén a pasar sus últimos días. En Mateo 23 lo escuchamos criticando con dureza la religiosidad hipócrita del establishment jerosolimitano. Luego llora por Jerusalén advirtiendo que es dejada desierta hasta que no reconozcan que Él es el Señor (23:36-39). De camino al templo, sus discípulos le preguntan sobre esta último declaración. «¿Cuándo ocurrirá? ¿Qué señales hay que buscar?». Jesús entonces inicia el último de sus grandes discursos según el evangelio de Mateo.

Habrá «rumores» de guerra y guerras verdaderas, pestilencia, hambres y terremotos. Pero no es el fin, más  bien es el inicio del fin «el principio de los dolores». (24:5-8) Después de esto, «serán entregados (los discípulos de Jesús) y sufrirán por ser cristianos (24:9-12). Entre cristianos habrá traiciones, engaños, hipocresías, búsqueda de poder. Por esta maldad, muchos cristianos desfallecerán y cundirá la apostasía». El «evangelio será predicado en el mundo entero y entonces vendrá el fin» (24:13-14).

El fin es anunciado con señales como esta: «la abominación de asolamiento que vio Daniel y que ocurrirá en el lugar santo», «falsos profetas se levantarán», «habrá mucho sufrimiento», «el Hijo del hombre vendrá de oriente a occidente» (24:15-29). Y la culminación de todo será así: «el sol se obscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas se vendrán abajo, las huestes celestiales serán conmovidas. De inmediato, la señal del Hijo del hombre será mostrada en el cielo y las naciones, atribuladas, verán llegar al Hijo sobre nubes del cielo. Cuando ocurra esto, los ángeles tocarán una trompeta y llamarán de todas partes a los escogidos» (24:29-31).

Vemos cómo esta profecía está dividida en tres grandes partes: los principios del fin, la gran tribulación y el regreso de Jesús. Cada parte, además con diferentes etapas. Estas etapas están marcadas con el adverbio entonces (eto, en griego). Volvamos a preguntar: si esta escritura se interpreta literalmente, ¿en qué etapa estaríamos?

Continuará…

El fin del evangelio

Juan 21:24-25

Terminemos. El capítulo veinte concluye con estas palabras: “Y ciertamente muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. El objetivo de este evangelio se escribe al final: todo esto se ha escrito para creer en que Jesús es verdadero hombre, verdadero Dios y para que, una vez que el ser humano toma el riesgo de creer en Él, se tenga acceso a la vida eterna. Muchas cosas, detalles, contrastes, se han perdido porque el evangelista ha considerado que todo eso sólo distraería de lo primario: Jesús es Cristo. Nosotros, lectores del siglo XXI, más identificados con Tomás que con el discípulo amado, quisiéramos saciar nuestra curiosidad con una biografía de Jesús. Pero esto no es el recuento de la vida de Jesús de Nazareth. No. Es el recuento de lo más importante que hizo y dijo el Verbo encarnado. Búsquense esos detalles en otros lados, porque en el evangelio se va a encontrar… el evangelio.

Sí, la buena noticia de que el Padre se ha hecho hombre, de que ha caminado como uno más y de que los ha rescatado de sus miserias espirituales y emocionales. Porque, como lo dijera frente a Pilato: su reino no es de este mundo. La promesa de la salvación se alcanza en este mundo, pero se ejerce el día final. La misión de un creyente es obedecer a su Maestro para así llegar a ser verdadero hijo. Porque, ya que Jesús es el reflejo de Dios, ya que Él vino a mostrar la mente de su Padre, si uno decide seguirlo, debe saber que ha elegido  el camino del Padre, un Padre que amó tanto al mundo que dio a su Hijo para que no se pierda. Seguir a Jesús es caminar por una vereda estrecha pero iluminada. Claro, uno nunca sabe qué hay después de una curva, pero lo que venga, no tendrá poder sobre aquel que pide y se encomienda al Cristo resucitado.

Las huellas de Jesús también conducen al dolor. Pasan, por fuerza, por el Getsemaní, por el Pretorio, por el Gólgota. Nadie que se diga seguidor de Jesús puede evitar ese camino. Ahí estarán los actuales Anás, los actuales Caifás, los Pilatos; también una familia, un barrio, una sociedad hostil frente al raro, al que parece ir en contra de algo que, al perecer, ha probado su eficacia para sobrellevar una vida en este valle de lágrimas. El cristiano debe saber que su Maestro venció a ese mundo y que, por lo tanto, uno también verá ese triunfo. Es una victoria que alcanza su parte más gloriosa en ese sepulcro vacío, en ese cuarto inundado por el miedo y en el Maestro consolando y afirmando su poder. Jesús ha ganado la legitimidad y tiene el respeto para caer a sus rodillas, como escéptico rendido para decirlo: Señor y Salvador. Porque eso es Jesús: el Señor y el Salvador de sus discípulos. Él es, pues, la verdad, el camino y la vida.

Sin ese sepulcro vacío, sin esas apariciones milagrosas, hoy no existiría el Espíritu Santo. Es esta entidad prometida por Jesús y existente hoy, la que nos hace seguirlo, la que nos conduce por el camino de la verdad. Es Jesús mismo acompañando a sus seguidores. El Espíritu de la verdad, siempre incomprendido, casi siempre el “espantapájaros de la teología”, es la realidad actual de Dios en la vida de aquellos que han decidido seguir a Jesús. Y todo eso gracias a Jesús.

Sí. Cuando se trata de la espiritualidad, las palabras, todas, suelen limitar. Podrían escribirse millones de letras para entender y luego para intentar explicar la mentalidad de Dios traída a los mortales por Jesús. Pero, aunque sea con balbuceos, el cristiano debe atreverse a hacerlo un día. Saldrá fatigado pero feliz. Jesús vive, podemos decir ya. Y terminar como las traducciones clásicas:

Amén. Así sea.

Pedro, ¿lo amas?

Juan 21:15-23

Tres veces pregunta Jesús a Pedro si lo ama. Las mismas que otros evangelistas afirman que Pedro lo negó. Es la restitución plena de Simón, hijo de Juan, como el principal pastor del grupo apostólico. Tres veces donde Jesús le dice: si me amas, sirve, cuida, pastorea a mis ovejas. La incertidumbre de Pedro al principio de la aparición había pasado a la certeza de estar con su Rabí y luego  a la tristeza de escuchar esas preguntas. Termina, sí, con una reprensión, pero convencido de aquello que le transformaría el resto de sus días: Pedro sería el primer dirigente de la primera comunidad cristiana de la historia. Moriría preso, pero su muerte, siendo fiel a las enseñanzas del Maestro, serviría para dar la gloria a Dios.

Ese fue el ministerio de Pedro: ser el pastor de esas primeras ovejas cristianas. ¿Primeras? Preguntará más de uno. No se ve por ningún lado que este pasaje se refiera a más que la autoridad y la misión de Pedro esos primeros años del movimiento cristiano. Es más, quizá lo único que estaba en la mente de Pedro era cómo sobrevivir la persecución de los dirigentes judíos. ¿Jesús se refería en este pasaje al eterno primado de Simón Pedro para todas las generaciones por venir? ¿No era acaso la última ayuda a un hombre ciertamente de gran disposición pero de carácter volátil? Jesús reconoció el gran amor que este pescador le tenía, también sus debilidades y por eso repite tres veces la pregunta. Pedro estaba destinado a ser el primer gran referente de Jesús y su enseñanza, un pescador que transmitiría lo mejor que pudiera, con ayuda del Espíritu Santo, aquello de lo que estaba siendo testigo. Ni más ni menos.

Pero antes, un regaño final. Pedro, el celoso, pregunta por el destino del discípulo amado. La respuesta de Jesús es fulminante: ¿qué te importa? ¡Le pedía que cuidara de las ovejas y ya empieza a competir con otro! Sí. Es una respuesta poco amable para una pregunta poco pertinente. ¿Qué te importa lo que hago con otros? Sígueme. Ahí está el reto para los egos de toda la historia. Seguir a Jesús implica renunciar al yo que celoso y vanidoso. Si Jesús va a hacer grandes obras por medio de otros hombres, ¡a ti qué! ¡Tú sigue a Jesús! Cuando uno dice que sigue a Jesús y no a los hombres debe saber que se está comprometiendo a amar y respetar al otro, a ese compañero para quien el Padre tiene otra misión. Rápidamente, Pedro volvió a escuchar a un Jesús duro. No era para menos, la misión de dar a conocer a su Padre estaba en manos de esos hombres. Debían estar preparados.

En ese pequeño grupo de hombres comunes, nacía la semilla que convertiría a millones, que separaría al pueblo judío del pueblo cristiano y cuyas ramas alcanzan ya nuestros días. Mientras ellos comían, la victoria final de Cristo se concretaba. Él ha vencido al mundo.

Apéndice I

Juan 21:1-14

Debemos decirlo: este capítulo no aparece en algunos manuscritos y su estilo y forma hacen creer que es un agregado de un autor diferente al que veníamos leyendo. Vale la pena aclarar que todo este capítulo apunta a Pedro como principal protagonista. El autor parece decirnos que esa tercera manifestación física de Jesús resucitado tenía como objetivo arreglar un asunto pendiente con Pedro quien, con todo, seguía pasando como aquel que negó a Jesús a pesar de haber prometido su vida antes. Valga esto como una nota aclaratoria y que cada lector saque sus conclusiones.

Ahora nos transportamos al “mar de Tiberias”. Al menos siete apóstoles estaban pescando. Volvían a su profesión. Después de ver todo aquello, después de que Jesús se apareciera, ¡vuelven al agua a pescar! ¿No deberían estar predicando el evangelio, sanando enfermos, huyendo de las autoridades? ¿Por qué se quedaron ahí, como si volvieran a las viejas andadas (a las anteriores a Jesús)? La naturaleza de estos hombres es la más común: buscaban aquello que dominaban y por lo tanto su seguridad.

Era una noche en la que no habían pescado nada. Pero amanece, ven a un hombre que les da una indicación, la obedecen, quizá más como un acto reflejo frente a la sorpresa de esa compañía. Cuando se llena de peces, algo ocurrió en la mente de aquellos pescadores, un flashback lo llamaríamos hoy, un regreso al pasado, una voz familiar: era Jesús. Notemos que Pedro no reparó en ello, pero escuchó a los otros y ahora sí no estaba dispuesto a ser el último. Se lanza al agua para llegar el primero. La escena que vemos se parece más a una reunión de amigos que al reencuentro de los discípulos con su Maestro. Ante los sorprendidos ojos de sus seguidores, el Maestro les prepara el desayuno, como en los viejos tiempos. Salvo que ahora habían pasado por el trauma de la crucifixión y la dicha de la resurrección. Con todo, todavía el autor nos aclara que nadie se atrevió a preguntar quién era. Quizá era una referencia a la duda de Tomás. Ahora sí, todos creyeron.

Tomás el escéptico

Juan 20:24-31

¿No es Tomás la metáfora casi perfecta del hombre escéptico? ¿Quién en su sano juicio podría creer aquello de Jesús resucitado? El resumen más popularizado de este pasaje es “hasta no ver, no creer”. En la dispersión provocada por la ejecución del Mesías, Tomás había ido más lejos de Jerusalén. Además de dudar, Tomás era, por decir lo menos, más precavido. Había huído lejos. Pero quien conoce a Jesús no puede pasar mucho tiempo sin regresar a Él, a sus conocidos, a los antiguos compañeros de correrías. Así que en el reencuentro, Tomás escucha el testimonio de los doce, de la Magdalena y de cuanto lo vio. No lo cree.

¿Lo habríamos creído hoy? No. Mil veces no. Es fecha que Tomás parece el santo de los escépticos, de aquellos para quienes no hay más que esta realidad o al menos una realidad que ellos puedan entender. Abundan dentro y fuera de las religiones. Incluso viendo prodigios, señales, el que duda no tiene más que una seguridad: su propia duda. En la mañana de los domingos escucha los testimonios siempre elocuentes de los conversos y no los cree. Siempre tiene una explicación alterna, otro posible camino para llegar a aquello que le están contando. Se sienta a ver cómo los argumentos pelean entre sí en una batalla que parece inacabable. Cuando una parte empieza a tener ventaja y parece ser la vencedora, la otra surge de sus cenizas y vuelve a humillar a la otra. El eterno retorno. No es fácil creer para aquel acostumbrado a dudar.

Pero Jesús tiene una respuesta en los propios términos a estos dudosos. A Tomás no lo regañó, no lo exhibió como la oveja negra, no lo llevo a juicio por demostrar su duda. Quizá los discípulos ya se habían cansado de decirle cómo había sido la aparición. Un converso desesperado por convencer a otro de su nueva realidad termina casi siempre diciendo: “no sé cómo explicarlo pero sucedió”. Con esa seguridad del que se sabe poseedor de la verdad, la iglesia se vuelve a reunir a la siguiente semana. Veamos cómo Tomás no creía en lo que los discípulos le decían pero esto no implicaba un alejamiento de su comunidad o incluso dejar de recordar y pensar en los buenos tiempos a lado del Maestro. Acaso esas primeras reuniones eran fruto de la espontánea e imperiosa necesidad de explicarse todo aquello. Y sí, ante el escéptico, Jesús vuelve a repetir el método. Shalom Tomás. Y el incrédulo creyó.

No hay forma de saber todo lo que pasó por el cuerpo de ese sencillo hombre, pero sólo atinó a arrodillarse y adorar. Entonces el Cristo resucitado lanza el gran reto, la gran esperanza, la gran misión: creer. Y ahí termina el evangelio…

Jesús aparecido a sus discípulos

Juan 20:19-23

Se puede decir que esta es una de las primeras reuniones de la Iglesia primitiva. Ahí, en el temor, escondiéndose de la persecución, estaban reunidos hombres y mujeres que habían creído en Jesús. Su fe flaqueaba, los eventos de la mañana los tenían en vilo y es probable que la declaración de la Magdalena había sido tomada como propia de una mujer atormentada por la tristeza. ¿Qué era eso de que Jesús estaba vivo? ¿Cómo que había pedido ir a avisarle a los doce? ¿Las palabras extrañas que usaba en sus enseñanzas preveían todo eso? Ese domingo de resurrección, antes del anochecer, sólo era motivo de alegría para la Magdalena, para todos los otros, aquella noche parecía una más de luto. Pero en esa reunión signada por el temor, de pronto se aparece Jesús.

Shalom. La paz sea con ustedes. Era Él. Ahí estaban todavía los signos de la tortura, pero su cuerpo estaba vivo. Vivo. ¿Qué palabras podrían describir lo que aquellos hombres sentían? El evangelista dice: «los discípulos se regocijaron». Sí, había un gozo que era exactamente (o más) que la tristeza de hacía unas cuantas horas. Jesús no había muerto y si lo había hecho ahora estaba de nuevo entre ellos. ¡Qué explicación necesitaban! En ese momento de euforia, los discípulos no entendían más que algo: el Maestro había resucitado, había cumplido su palabra. Jesús, entonces, era el Hijo de Dios, el Mesías, el Ungido. Esa noche, quizá sin tener conciencia clara de aquello, Jesús se estaba convirtiendo ante los ojos de sus seguidores en el Cristo. Jesucristo resucitado los visitaba.

Shalom. Hola, aquí estoy. La familiaridad con la que Jesús literalmente irrumpe en ese cuarto podía incluso chocar con algunas solemnidades modernas. Pero ese saludo trae consigo una misión: vayan y propaguen el evangelio. Y también, por fin, el Espíritu Santo: sopla, envía ese Defensor prometido tres noches antes. La llegada del Espíritu Santo tampoco es para Juan un acto con los prodigios que vio Lucas en los Hechos. Es un sencillo acto donde Cristo sopla y afirma que ahí están recibiendo el Espíritu Santo. En cualquier caso, hay que decirlo: es en la iglesia, entendida esta como la reunión de los que creen en Jesús, donde hace su presencia el Espíritu. No es un acto de misticismo elevado. Quizá todo lo contrario. Esa noche, quizá silenciosa, lo único que había entre los seguidores de Jesús era recuerdos, nostalgia. No hubo ningún tipo de parafernalia o adornos litúrgicos. Así llega Jesús para darles un gran poder y, por tanto, una gran responsabilidad: lo que perdonen, será perdonado. Serían los propagadores del perdón y la redención que sólo es posible en Cristo.

Muchas implicaciones derivan de esas palabras. Mucho estaba ocurriendo ahí y que determinaría el curso de los siguientes dos milenios. Pero eso tan trascendental es transmitido por el Padre en una escena que transpira alegría, sorpresa y sencillez.

Jesús vive

Juan 20:11-18

Pedro y el otro discípulo partieron de ese lugar, quizá con más dudas que antes de llegar, quizá con mayor pesadumbre que antes de que la Magdalena fuera a verlos. Ella no, ella se quedó ahí llorando: al parecer, alguien se había robado el cuerpo de su Rabí. Un verdadero desastre, un cambio de situación brutal; la Magdalena era testigo de primera línea en aquel drama.

Pero no era el fin. Así, «llorando como estaba, se agachó» y no vio el vacío, el sudario cubriendo una roca; no, lo que María vio fue «un par de ángeles», dos seres extraordinarios que le hicieron una sola pregunta: «¿por qué lloras?». Tanto era su tristeza, la impotencia de estar ahí, de pie, frente a un sepulcro vacío, la sorpresa al ver dos seres espirituales, que voltea para otro lado. Y ahí estaba Jesús.

Hay que notar la condición emocional de esta mujer. De apariciones ya estaba bien, ella quería a Jesús. Sus lágrimas, su pesar no lo dejaba ver el prodigio que estaba pasando ahí. También sus oídos estaban bloqueados. Entonces, el Maestro exclama su nombre. Ella reacciona, reconoce su voz y, en un instante, las lágrimas de dolor, la insoportable soledad, desapareció. Rabí, Maestro, es la confesión de esta mujer (sí, mujer), la primer testigo de la resurrección de Jesús, cuyas palabras, a su vez y por si quedara duda, volvían a ser un recordatorio de su origen: iba a reunirse con el Padre y Dios suyo y nuestro, estaba vivo, no de manera figurada, retórica. No. Había vencido la muerte.

El sepulcro vació no era la victoria final del príncipe de este mundo; no era el símbolo del fracaso de ese hijo de carpintero y su banda de seguidores. La roca movida, las vendas que no envolvían los restos mortales del Rabí, todo eso más María de Magdala exclamando su sorpresa, con deseos de aprehender a su amado Maestro y luego su segunda carrera para avisar a los abatidos apóstoles, aquello era la escena más representativa de la victoria de Cristo, la profecía cumplida, la derrota de lo carnal, de la muerte.

Cristo vive y María de Magdalena y nadie más fue la primera en verlo, en sorprenderse, en gritarlo al mundo.

El sepulcro vacío

Juan 20:1-9

Domingo por la mañana, de madrugada, la Magdalena va al sepulcro a continuar con los ritos funerarios detenidos por ese sábado del que en este evangno se habla mucho. Un sábado perdido en este evangelio. El primer día completo sin su Maestro. Quizá todavía con lágrimas en los ojos esta mujer (por lo demás enigmática), llega a la tumba y ve que la piedra está movida. A la tristeza y el trastorno emocional de ver a su Rabí siendo asesinado, ahora habría que sumar la angustia y el miedo de una presunta exhumación clandestina. En lugar de ir a averiguar, corre a ver a Pedro y «al otro discípulo» quienes ahora corren de regreso. María iba detrás de ellos.

¿Qué habrá sentido Pedro en esa carrera loca hacia el sepulcro? Ese domingo se cumplían tres días desde que el gallo diera la señal fatal de su traición. Había dejado solo a su Señor luego de haberle prometido su vida misma. Mientras Jesús era abofeteado, Pedro se calentaba en aquella noche oscura, previa a la Pascua, cuando ese gallo cantó, la Roca se había convertido en arena. Tres días de huídas, de correr, de querer olvidarse de toda esa aventura que lo tenía al borde del colapso. Pero todavía ahí, el otro discípulo llega primero al sepulcro pero no se atrevió a bajar. Pedro no iba a dudar: al entrar ve las vendas y el sudario acomodado en otro lado. No sabían qué estaba ocurriendo, pero ambos creyeron… a la Magdalena. Por eso el autor nos ayuda: «no habían entendido la Escritura».

¿Quién ahí? Nadie. Lo que hoy llamamos cristianismo se estaba forjando en medio de hombres y mujeres confundidos por los sucesos de los últimos días. Las polvosas calles de la ciudad santa, imperturbables, eran espectadoras mudas del nacimiento de un movimiento religioso que partiría la historia del mundo en dos. Pero en el momento de la carrera, de la llegada presurosa, sudorosa, no había más que un gran signo de interrogación. Ni Pedro, ni «el otro discípulo», ni la Magdalena sabían lo que ocurría. Ellos entraron y no vieron el cuerpo del Maestro. A la infamia de la crucifixión, ¿habría que añadir la bajeza de robar su cuerpo? No. Algo grande, espectacular, cósmico estaba ocurriendo.

Los que que habían sembrado con lágrimas cosecharían con gritos de alegría.

Jesús sepultado

Juan 19:38-42

José de Arimatea y Nicodemo: dos líderes religiosos ya convertidos a la causa de Jesús. Dos hombres que sentían el mismo miedo de todos aquellos que siguieron al Maestro. No era un miedo infundado sino basado en las serias amenazas que la Junta Suprema había lanzado al Galileo. Con todo y su miedo, van a rogar a Pilato que entregue el cuerpo sin vida de Jesús para darle sepultura. Las costumbres están arraigadas en lo más profundo del ser humano. Estos dos, con todo y haber seguido a Jesús, hicieron los preparativos que demandaba la religión, lo bajaron de la cruz, lo ungieron con especias y corrieron al primer sepulcro disponible antes de que cayera sobre ellos alguna pena por violar el Sabath.

No. A los ojos de ese par de seguidores del Maestro, la enseñanza que habían abrazado no sólo no contradecía ninguna de las cláusulas de la Ley de Moisés sino que le daba su verdadero significado. Jesús había venido a revalorar, a desempolvar la antigua religión y ellos, al fin piadosos, estaban interesado en todo aquello. No levantemos nuestras plumas contra estos dos hombres entrados en años. Seguramente, a pesar del miedo, consideraron que en algún momento su posición en el Sanedrín podría de servir de algo a la causa. Así que el miedo podría ser de utilidad. Y, por lo que leemos, Jesús no recriminó a ninguno de ellos ese miedo ante los judíos. No lo podía hacer porque sabía que todos a su alrededor sentían lo mismo. Cuando critiquemos a los que creen pero en secreto, recordemos que ellos estaban también en la mente del Maestro en su última oración.

Pero, más allá de los detalles en el relato, vale la pena volver al punto importante. Estos son los primeros minutos después del gran cataclismo que significó la muerte de Jesús en un grupo pequeño pero significativo. Todavía seguían cerca de Jerusalén, escondidos. Las mujeres y el discípulo amado de Jesús seguían muy cerca del cadáver, José de Arimatea y Nicodemos fueron los únicos seguidores que dieron la cara por Jesús, sí, quizá camuflajeados, pero al fin reclamando los despojos del Maestro. La desgracia, con todo y los bemoles que significó el juicio de Jesús, estaba consumada. Ahora sólo quedaba la tristeza, las lágrimas, la impotencia, los remordimientos en medio de aquellos que 24 horas antes departían con su Rabí. De una cena solemne, los seguidores pasaron a un frío sepulcro, cerca del Gólgota.

Las tinieblas eran más espesas que nunca. La luz parecía haber perecido en ese madero. La roca en el sepulcro y José y Nicodemo llorando son de las escenas más dramáticas en la historia del cristianismo.

La Pasión VI

Juan  19:28-37

Misión cumplida: consumado es. Visto en retrospectiva, cada detalle cuenta para el reclamo mesiánico: el vinagre, la lanza en el costado. El evangelista nos está diciendo cómo todo aquello debía ocurrir. Era el guión escrito desde la eternidad para que en la carne de Jesús de Nazareth se cumplieran todas las promesas del Ungido. Pero, si tan sólo por un momento pensamos que en el Gólgota estaba recibiendo la muerte un hombre inocente, si recordamos que su madre era testigo de aquello, si hemos seguido los pasos de este predicador y ahora lo vemos ahí, colgado de la cruz, ¿cómo deberíamos reaccionar?

Consumado es. La vida material, el cuerpo donde había encarnado el Verbo dejaba de tener los signos vitales. No habría más fiestas que visitar, más enfermos que sanar ni multitudes que enseñar. Se terminarían las caminatas por los polvosos caminos de la Palestina, las pescas, las horas de comer, o las noches frente a la fogata donde el Maestro mostraba la mentalidad del Padre a doce hombres comunes. Dormir, despertar, reír, huir de sus perseguidores. Todo aquello se había terminado. Lo que había alcanzado a enseñar era lo único con lo que se quedarían los discípulos. Estaba entregando el espíritu, manera eufemística para decir que había muerto.

Consumado es. Jesús, el de Nazareth, el hijo de José y María, el que confrontaba al establishment colgaba de la cruz. Los mismos que lo llevaron a esa muerte ahora pedían a los soldados del Ejército ocupador que apuraran la muerte. El predicador de Palestina ya había muerto cuando sus verdugos fueron a quebrar sus rodillas. Para asegurarse, clavan la lanza. No había más Jesús: había sido borrado de esas calles.

¿Seguro? ¿Quiénes eran sus verdugos: los judíos, los romanos, los pecadores? ¿Quién mató a Jesús?

La Pasión V

Juan 19:17-27

El Gólgota, el lugar de la Calavera, donde los criminales de la provincia de Palestina, en el último rincón del Imperio, un cerro a la salida de Jerusalén, ahí se consumaría la injusticia. Anás lo había dicho con total claridad: «más vale que muera uno a que toda una nación se condene». Impecable y pragmático pensamiento, sólo que esta no era la situación exacta. La proclamación de Jesús no tenía tintes políticos. No quería poderes terrenales. Por eso Pilato lo encuentra inocente. El miedo del Sanedrín tenía orígenes morales y sociales pero no políticos. Pero eso era lo de menos: tenían que eliminar esa amenaza ante cualquier costo.

La broma macabra final: «Jesús de Nazareth, Rey de los judíos», en versión trilingüe. Cuando los líderes que habían provocado todo ese espectáculo se dan cuenta, Pilato ya estaba instalado de nuevo en su papel de delegado romano todopoderoso. La explicación de los sacerdotes sale sobrando: se queda así porque lo digo yo. El complot contra Jesús queda así, casi perfecto porque, en el Gólgota, colgado de esa cruz, se podía leer (los que sabían) que su delito había sido el proclamarse «Rey de los judíos». Quien lo hubiera escuchado, sin embargo, sabía que Jesús jamás se había proclamado rey. Su delito había sido llamarse Hijo de Dios… algo más, mucho más que ser «Rey de los judíos». Para la mentalidad romana no había diferencia porque no había un sólo Dios universal. Esos soldados jugando al pie de la cruz, rifando las «pertenencias» de un condenado, tampoco vieron sus acciones como el cumplimiento de la profecía. ¿Quién en ese momento pensaba en cumplimiento de profecías? Era más importante preservar la capa de una sola pieza del Rabí judío que escudriñar en los textos sagrados de esos súbditos rijosos.

De los doce que lo habían seguido, de las multitudes que lo habían ido a buscar para que los sanara, les diera de comer, ¿quiénes quedaban? Mujeres. Valientes mujeres. Más el discípulo amado. Aún agonizando, Jesús tiene unas últimas palabras para su madre. Un último encargo: cuídense como familia. Los últimos minutos de vida y Jesús pensando en lo que iba a dejar en la tierra. María Magdalena, María de Cleofás, María de José, su tía y el joven discípulo. Ninguno parece protagonista en alguna parte del evangelio. Todos los que habían apareci
do antes se han esfumado; presas de la angustia, del miedo o de la vil traición, los seguidores que habían prometido su vida para defender al Maestro lo han dejado solo.

El evangelista y Jesús saben del valor de las mujeres. No son de adorno, no son para labores domésticas. Ellas son las únicas que, sin importar reglas sociales, están en la primera línea en esos momentos terribles. A diferencia de los que siguieron a Jesús en la bonanza, estas creyentes demuestran su integridad y congruencia. Seguir a Jesús no sólo implica sentir bonito sino también acompañarlo al Gólgota. Parece increíble cómo ese respeto, ese reconocimiento de su relevancia moral en el movimiento de Jesús se fue convirtiendo en actitudes de sojuzgamiento masculino. ¿Cómo ocurrió ese cambio? ¿Cómo los creyentes han enviado a las últimas filas a aquellas que estuvieron al frente en esa Jerusalén hostil? ¿Dónde quedó el lugar primordial que el Maestro les dio? Ellas no querían ser recordadas por la posterirad. Lo que querían es que aquello no estuviera ocurriendo, que su hijo, su sobrino, su Maestro no pasara por ese trauma. Dejaron todo, arriesgaron mucho, para estar ahí, viendo a los soldados destruir la ropa, el cuerpo, la dignidad del Rabí.

Llegar a la cruz significa también reconocer dónde ha puesto el cristianismo a cada quien en su lugar. El Maestro moría mientras sus discípulos buscaban un escondite, los líderes judíos se enojaban por el letrero, los soldados rifaban su capa y las mujeres sufrían al pie de la cruz.

La Pasión IV

Juan 8:39-9:16

El drama aumenta de intensidad y la infamia, la crueldad y la injusticia campean por todo este pasaje. Las burlas de los soldados, la denigración del ser humano por otro ser humano: tenemos el cuadro de un evento donde se muestra toda la fealdad moral de una sociedad y de una época. Ya ultrajado y maltratado, el procurador lo saca. “Ya lo torturé y ni así encuentro delito”. Pero la chusma iracunda, morbosa, idiotizada por el espectáculo de la sangre y la deformación, sube la demanda. Querían la muerte.

Pilato, ya fastidiado por aquello, les reclama su responsabilidad en todo aquello. Si querían matarlo, que lo hicieran ellos. Con total hipocresía y un manejo comodino de la ley, los judíos dicen: “si fuera por nosotros, ya estaría sepultado, pero no podemos”. Y en medio de la demanda, mencionan un hecho que pintará a Pilato de cuerpo completo: ese hombre se llama a sí mismo Hijo de Dios. Entonces el arrogante funcionario romano es invadido por las supersticiones, las angustias y los miedos que lo llevarán eventualmente a caer de la gracia de Roma. Peor aun. Jesús mismo, en los últimos momentos de su vida, lo exonera. “¿Cómo: tu a mí, el más poderoso en esta región, tu, me perdonas?”. Algo tenía Jesús de Nazareth porque esas simples palabras hicieron que el siguiente paso, la formalidad legal del Imperio, estuviera dominado por el temor del representante de César en la Palestina.

¿Quién dictaba justicia ahí? Un judío que era perseguido por asuntos meramente religiosos es llevado con malicia ante el procurador y ahí la idea que Anás y Caifás tenían bien meditada se materializa. Jesús es acusado de usurpar la función del mismísimo César. Ante dos males, eligieron lo que para ellos era el menor: el delincuente Barrabás salía libre en lugar de Jesús. Así que el Maestro del amor era golpeado, humillado, herido por una acusación religiosa que mágicamente se convertía en una falta civil. Así que Él era el mal menor. El príncipe de este mundo, no Pilato, era más culpable de todo aquello. Pero Pilato tiene su parte de culpa. Si bien era supersticioso, también tenía claro que un escándalo llevado a Roma terminaría con su carrera. Según el Sanedrín (o sus representantes), Jesús había insultado a César. Y eso sí que era penado. Para no llevarse todo el problema, aplica la democracia justiciera. A mano alzada, a grito pelón, la gente ahí pide la cruz. Con un tanto de sarcasmo nervioso, pregunta: ¿voy a asesinar a su rey?”. Pero aquellos no estaban para bromas. El nazareno debía morir.

En el Gabáta, en ese empedrado, donde los jefes religiosos no pasaron para no contaminarse, Jesús era sentenciado. Era una jugada de ajedrez político. Si los judíos hubiesen asesinado a Jesús, el asunto no habría trasendido. Pero ellos serían cuestionados con severidad. Como no tenían los medios militares para terminar con todo aquello, fueron a con los odiados enemigos. Así, Roma sería culpable de sentenciar a un judío y ellos siempre habrían dicho: fueron ellos, nosotros ni siquiera nos contaminamos entrando ahí. Es más, hay que añadir otro delito a Jesús; estuvo en un lugar impuro en el día solemne.

La siguiente parada de Jesús sería en el Gólgota. El cielo se nubló.

La Pasión III

Juan 18:28-38

El diálogo con Pilato es más que interesante. Frente al representante del arrogante y conquistador Imperio, un carpintero de profesión, ya golpeado, vuelve a afirmar su origen. Pilato, el supersticioso, contra Jesús, el «Rey de los judíos». Vemos al establishment preocupado por los detalles. Legalistas hasta el final, preocupados por la ley pero no por el espíritu detrás de los mandamientos de Moisés, llevan ante la justicia romana a un ciudadano judío. Es claro el desprecio que esos tercos súbditos le despertaba a Pilato. Mandar a un funcionario a ese arisco territorio era más un castigo que un premio. Tenía que procurar la justicia pero el supuesto delito no era del interés de Roma. Conflictos, chimes, usos y costumbres locales, nada de importancia para Pilato. Y, sin embargo, ahí estaba Jesús de Nazareth.

¿Cómo calificar ese interrogatorio? Uno tiene la impresión de que en un punto determinado, ese hartazgo del principio parece convertirse en un interés genuino a pesar de la evidente indiferencia de Jesús, la resignación de alguien que sabe que su suerte está ya echada. Pero todavía ahí, en la tensión de uno que parece jugar con la vida de otro ser humano como si de un juego se tratara, se muestra la majestad del judío más universal. Ahí, en el Pretorio, Jesús establece un principio que debe resonar todos los días en los cristianos: su Reino no es de este mundo. Sencillo. ¿Qué tipo de teología se necesita para entender que lo de Jesús es un asunto espiritual? No seguimos a Jesús para aprender química, física, antropología, política, gerencia. ¡No, mil veces no! Lo seguimos porque nos lleva al cielo, porque nos enseña a ser espirituales. Si yerra quien busca la salvación en este mundo, también se equivoca quien busca el mundo en el cielo.

Jesús sigue mostrando cuál es su misión en este mundo: acercar la verdad a la humanidad. Y esa humanidad, representada por Pilato, pregunta: ¿qué es la verdad? Y punto. El filósofo quisiera la respuesta. Pero no la hay. Sin embargo, no debemos preocuparnos. Ya lo sabemos: ¡Jesús es la verdad! ¿Y quién es Jesús? La imagen misma del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. El rostro de ese Dios refleja amor. Quien es de Dios, escucha la voz de Jesús. Pilato se termina aburriendo y descubre la intención política en ese juicio. Jesús era inocente. ¿No decían sus parientes que estaba fuera de sus cabales? Quizá ese sería su único problema. Podemos imaginar el fastidio en todo aquello. ¿Cómo no dejar que Jesús respondiera la gran pregunta? Porque Pilato no era de la verdad…

¿Escuchamos la voz de Jesús? Algunos cristianos tienen la misma actitud de Pilato. Una lejanía moral, aunque una curiosidad intelectual. Eso no es el evangelio. Pilato, Caifás y Anás conocían a Jesús, pero la diferencia es que no lo creyeron. Así que uno no es diferente por conocerlo sino por seguirlo.

La Pasión II

Juan 18:12-27

Mientras Pedro se reunía frente al fuego, mientras entraba en calor, mientras lo negaba, Jesús enfrentaba la cobardía disfrazada de bravuconería. Anás cuestionó al Maestro y éste responde con valor: pregúntale a quienes me escucharon. El guardia aquel empieza la agresión física contra el Rabí. Si toda violencia es inaceptable, esta era injusta e infame. Eso es lo que Jesús dice inmediatamente. Pero además, Anás no era el sumo sacerdote sino Caifás. Anás funge como el primer contacto de eso que ya estaba más que consumado.

El guardia y Anás no dejan de ser íconos de los tipos duros que pululan en la historia del cristianismo. Son los auto proclamados (y nunca auto críticos) defensores y guardianes de la fe. ¿Qué defendían esos líderes? No sólo su comodidad material sino la preservación patológica del status quo. Defendían su religión. Un momento: ¿no era Jesús parte de esa religión? Sí, pero era insoportable; cuestionaba no sólo la dogmática sino la praxis. Traer al Dios de Jesús a la sociedad humana provoca terror. El Padre había bajado del altar y había encontrado una humanidad tan hostil que quiso regresarlo.

Afuera, los apóstoles fieles, los Pedros que daban su vida por el Maestro, sienten frío y se van al fuego donde se mimetizan con los perseguidores. ¿No que eras cristiano? preguntan al creyente-actor, quien presto responde: ¡jamás! ¡No! Adentro el Maestro es vapuleado. En el patio trasero un gallo canta. La traición se ha completado.

La Pasión I

Juan 18:1-11

Hemos llegado al drama de la Pasión, al momento culminante de la historia de Jesús en la Tierra. El Maestro y los suyos se van al jardín del Getsemaní, un lugar al parecer usado por el grupo para sus reuniones y que Judas conocía muy bien. Lo conocía tanto que llega al frente de un destacamento. La aprehensión ocurre en la noche, la hora de los cobardes en medio de, faltaba más, malos entendidos. Porque, ¿cómo no calificar de mal entendido la reacción de Pedro? ¿Y la caída, más por miedo que por milagro, de los soldados? Pero en medio de todo aquello, el valor de Jesús. Es el primero en salir, el que da la cara, el que todavía reprende a Pedro por su reacción iracunda.

¿A quién busan? preguntó el Rabí. A un tal Jesús de Nazareth. Yo soy: no es gratuita la frase. Ahí está como para recordarnos que los represores iban por el hombre, por un cuerpo humano. En ese jardín y en ese cuerpo estaba también el Hijo de Dios. No lo entendieron así ni Judas ni Pedro ni los líderes religiosos ni los soldados que sólo cumplían órdenes. Pero Jesús lo repite por enésima vez: «yo soy». Sí, como la traducción tradicional de las consonantes YHWH. Jesús era y nadie más, por eso, casi como última voluntad, pide la libertad de sus seguidores, acaso por eso recrimina a Pedro: «¿no he de beber la copa amarga que el Padre me da?».

Porque sí: todo lo que estaba por venir era voluntad divina. Es un misterio al que las mentes más agudas han querido acceder con poca fortuna (digo yo). El misterio consiste en el hecho de que teniendo todo el poder, Jesús se despoja y se convierte en un sacrificio necesario para la redención de la humanidad pecadora. ¿Por qué Dios amó tanto al mundo? Sabemos que en ese sacrificio se cumpliría la ira y la justicia de Dios, que, de lo contrario, el ser humano no estaría sino repitiendo ritos ineficaces, pero, ¿por qué sacrificar a su Hijo? ¿Por qué, pues, tanta sangre? Las respuestas llegan: por la gran corrupción de la humanidad, por cumplir con un plan eterno, por amor. Sin embargo, ninguna es del todo satisfactoria porque siempre se podría decir que Dios tenía todo el poder para evitar esa copa amarga. No lo hizo. El enemigo sonrió, el cielo se entristeció, pero todo estaba en control. La victoria final estaba asegurada.

Quizá no tengamos tanto entender como sentir este sacrificio. Es posible que la mente humana no tenga la capacidad de comprender la mente divina. Lo que a nosotros se nos hace una locura, una tontería, era poder de Dios. No lo sabemos bien, pero toda esa sangre era necesaria…