El fin del evangelio

Juan 21:24-25

Terminemos. El capítulo veinte concluye con estas palabras: “Y ciertamente muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. El objetivo de este evangelio se escribe al final: todo esto se ha escrito para creer en que Jesús es verdadero hombre, verdadero Dios y para que, una vez que el ser humano toma el riesgo de creer en Él, se tenga acceso a la vida eterna. Muchas cosas, detalles, contrastes, se han perdido porque el evangelista ha considerado que todo eso sólo distraería de lo primario: Jesús es Cristo. Nosotros, lectores del siglo XXI, más identificados con Tomás que con el discípulo amado, quisiéramos saciar nuestra curiosidad con una biografía de Jesús. Pero esto no es el recuento de la vida de Jesús de Nazareth. No. Es el recuento de lo más importante que hizo y dijo el Verbo encarnado. Búsquense esos detalles en otros lados, porque en el evangelio se va a encontrar… el evangelio.

Sí, la buena noticia de que el Padre se ha hecho hombre, de que ha caminado como uno más y de que los ha rescatado de sus miserias espirituales y emocionales. Porque, como lo dijera frente a Pilato: su reino no es de este mundo. La promesa de la salvación se alcanza en este mundo, pero se ejerce el día final. La misión de un creyente es obedecer a su Maestro para así llegar a ser verdadero hijo. Porque, ya que Jesús es el reflejo de Dios, ya que Él vino a mostrar la mente de su Padre, si uno decide seguirlo, debe saber que ha elegido  el camino del Padre, un Padre que amó tanto al mundo que dio a su Hijo para que no se pierda. Seguir a Jesús es caminar por una vereda estrecha pero iluminada. Claro, uno nunca sabe qué hay después de una curva, pero lo que venga, no tendrá poder sobre aquel que pide y se encomienda al Cristo resucitado.

Las huellas de Jesús también conducen al dolor. Pasan, por fuerza, por el Getsemaní, por el Pretorio, por el Gólgota. Nadie que se diga seguidor de Jesús puede evitar ese camino. Ahí estarán los actuales Anás, los actuales Caifás, los Pilatos; también una familia, un barrio, una sociedad hostil frente al raro, al que parece ir en contra de algo que, al perecer, ha probado su eficacia para sobrellevar una vida en este valle de lágrimas. El cristiano debe saber que su Maestro venció a ese mundo y que, por lo tanto, uno también verá ese triunfo. Es una victoria que alcanza su parte más gloriosa en ese sepulcro vacío, en ese cuarto inundado por el miedo y en el Maestro consolando y afirmando su poder. Jesús ha ganado la legitimidad y tiene el respeto para caer a sus rodillas, como escéptico rendido para decirlo: Señor y Salvador. Porque eso es Jesús: el Señor y el Salvador de sus discípulos. Él es, pues, la verdad, el camino y la vida.

Sin ese sepulcro vacío, sin esas apariciones milagrosas, hoy no existiría el Espíritu Santo. Es esta entidad prometida por Jesús y existente hoy, la que nos hace seguirlo, la que nos conduce por el camino de la verdad. Es Jesús mismo acompañando a sus seguidores. El Espíritu de la verdad, siempre incomprendido, casi siempre el “espantapájaros de la teología”, es la realidad actual de Dios en la vida de aquellos que han decidido seguir a Jesús. Y todo eso gracias a Jesús.

Sí. Cuando se trata de la espiritualidad, las palabras, todas, suelen limitar. Podrían escribirse millones de letras para entender y luego para intentar explicar la mentalidad de Dios traída a los mortales por Jesús. Pero, aunque sea con balbuceos, el cristiano debe atreverse a hacerlo un día. Saldrá fatigado pero feliz. Jesús vive, podemos decir ya. Y terminar como las traducciones clásicas:

Amén. Así sea.

Pedro, ¿lo amas?

Juan 21:15-23

Tres veces pregunta Jesús a Pedro si lo ama. Las mismas que otros evangelistas afirman que Pedro lo negó. Es la restitución plena de Simón, hijo de Juan, como el principal pastor del grupo apostólico. Tres veces donde Jesús le dice: si me amas, sirve, cuida, pastorea a mis ovejas. La incertidumbre de Pedro al principio de la aparición había pasado a la certeza de estar con su Rabí y luego  a la tristeza de escuchar esas preguntas. Termina, sí, con una reprensión, pero convencido de aquello que le transformaría el resto de sus días: Pedro sería el primer dirigente de la primera comunidad cristiana de la historia. Moriría preso, pero su muerte, siendo fiel a las enseñanzas del Maestro, serviría para dar la gloria a Dios.

Ese fue el ministerio de Pedro: ser el pastor de esas primeras ovejas cristianas. ¿Primeras? Preguntará más de uno. No se ve por ningún lado que este pasaje se refiera a más que la autoridad y la misión de Pedro esos primeros años del movimiento cristiano. Es más, quizá lo único que estaba en la mente de Pedro era cómo sobrevivir la persecución de los dirigentes judíos. ¿Jesús se refería en este pasaje al eterno primado de Simón Pedro para todas las generaciones por venir? ¿No era acaso la última ayuda a un hombre ciertamente de gran disposición pero de carácter volátil? Jesús reconoció el gran amor que este pescador le tenía, también sus debilidades y por eso repite tres veces la pregunta. Pedro estaba destinado a ser el primer gran referente de Jesús y su enseñanza, un pescador que transmitiría lo mejor que pudiera, con ayuda del Espíritu Santo, aquello de lo que estaba siendo testigo. Ni más ni menos.

Pero antes, un regaño final. Pedro, el celoso, pregunta por el destino del discípulo amado. La respuesta de Jesús es fulminante: ¿qué te importa? ¡Le pedía que cuidara de las ovejas y ya empieza a competir con otro! Sí. Es una respuesta poco amable para una pregunta poco pertinente. ¿Qué te importa lo que hago con otros? Sígueme. Ahí está el reto para los egos de toda la historia. Seguir a Jesús implica renunciar al yo que celoso y vanidoso. Si Jesús va a hacer grandes obras por medio de otros hombres, ¡a ti qué! ¡Tú sigue a Jesús! Cuando uno dice que sigue a Jesús y no a los hombres debe saber que se está comprometiendo a amar y respetar al otro, a ese compañero para quien el Padre tiene otra misión. Rápidamente, Pedro volvió a escuchar a un Jesús duro. No era para menos, la misión de dar a conocer a su Padre estaba en manos de esos hombres. Debían estar preparados.

En ese pequeño grupo de hombres comunes, nacía la semilla que convertiría a millones, que separaría al pueblo judío del pueblo cristiano y cuyas ramas alcanzan ya nuestros días. Mientras ellos comían, la victoria final de Cristo se concretaba. Él ha vencido al mundo.

Apéndice I

Juan 21:1-14

Debemos decirlo: este capítulo no aparece en algunos manuscritos y su estilo y forma hacen creer que es un agregado de un autor diferente al que veníamos leyendo. Vale la pena aclarar que todo este capítulo apunta a Pedro como principal protagonista. El autor parece decirnos que esa tercera manifestación física de Jesús resucitado tenía como objetivo arreglar un asunto pendiente con Pedro quien, con todo, seguía pasando como aquel que negó a Jesús a pesar de haber prometido su vida antes. Valga esto como una nota aclaratoria y que cada lector saque sus conclusiones.

Ahora nos transportamos al “mar de Tiberias”. Al menos siete apóstoles estaban pescando. Volvían a su profesión. Después de ver todo aquello, después de que Jesús se apareciera, ¡vuelven al agua a pescar! ¿No deberían estar predicando el evangelio, sanando enfermos, huyendo de las autoridades? ¿Por qué se quedaron ahí, como si volvieran a las viejas andadas (a las anteriores a Jesús)? La naturaleza de estos hombres es la más común: buscaban aquello que dominaban y por lo tanto su seguridad.

Era una noche en la que no habían pescado nada. Pero amanece, ven a un hombre que les da una indicación, la obedecen, quizá más como un acto reflejo frente a la sorpresa de esa compañía. Cuando se llena de peces, algo ocurrió en la mente de aquellos pescadores, un flashback lo llamaríamos hoy, un regreso al pasado, una voz familiar: era Jesús. Notemos que Pedro no reparó en ello, pero escuchó a los otros y ahora sí no estaba dispuesto a ser el último. Se lanza al agua para llegar el primero. La escena que vemos se parece más a una reunión de amigos que al reencuentro de los discípulos con su Maestro. Ante los sorprendidos ojos de sus seguidores, el Maestro les prepara el desayuno, como en los viejos tiempos. Salvo que ahora habían pasado por el trauma de la crucifixión y la dicha de la resurrección. Con todo, todavía el autor nos aclara que nadie se atrevió a preguntar quién era. Quizá era una referencia a la duda de Tomás. Ahora sí, todos creyeron.

Tomás el escéptico

Juan 20:24-31

¿No es Tomás la metáfora casi perfecta del hombre escéptico? ¿Quién en su sano juicio podría creer aquello de Jesús resucitado? El resumen más popularizado de este pasaje es “hasta no ver, no creer”. En la dispersión provocada por la ejecución del Mesías, Tomás había ido más lejos de Jerusalén. Además de dudar, Tomás era, por decir lo menos, más precavido. Había huído lejos. Pero quien conoce a Jesús no puede pasar mucho tiempo sin regresar a Él, a sus conocidos, a los antiguos compañeros de correrías. Así que en el reencuentro, Tomás escucha el testimonio de los doce, de la Magdalena y de cuanto lo vio. No lo cree.

¿Lo habríamos creído hoy? No. Mil veces no. Es fecha que Tomás parece el santo de los escépticos, de aquellos para quienes no hay más que esta realidad o al menos una realidad que ellos puedan entender. Abundan dentro y fuera de las religiones. Incluso viendo prodigios, señales, el que duda no tiene más que una seguridad: su propia duda. En la mañana de los domingos escucha los testimonios siempre elocuentes de los conversos y no los cree. Siempre tiene una explicación alterna, otro posible camino para llegar a aquello que le están contando. Se sienta a ver cómo los argumentos pelean entre sí en una batalla que parece inacabable. Cuando una parte empieza a tener ventaja y parece ser la vencedora, la otra surge de sus cenizas y vuelve a humillar a la otra. El eterno retorno. No es fácil creer para aquel acostumbrado a dudar.

Pero Jesús tiene una respuesta en los propios términos a estos dudosos. A Tomás no lo regañó, no lo exhibió como la oveja negra, no lo llevo a juicio por demostrar su duda. Quizá los discípulos ya se habían cansado de decirle cómo había sido la aparición. Un converso desesperado por convencer a otro de su nueva realidad termina casi siempre diciendo: “no sé cómo explicarlo pero sucedió”. Con esa seguridad del que se sabe poseedor de la verdad, la iglesia se vuelve a reunir a la siguiente semana. Veamos cómo Tomás no creía en lo que los discípulos le decían pero esto no implicaba un alejamiento de su comunidad o incluso dejar de recordar y pensar en los buenos tiempos a lado del Maestro. Acaso esas primeras reuniones eran fruto de la espontánea e imperiosa necesidad de explicarse todo aquello. Y sí, ante el escéptico, Jesús vuelve a repetir el método. Shalom Tomás. Y el incrédulo creyó.

No hay forma de saber todo lo que pasó por el cuerpo de ese sencillo hombre, pero sólo atinó a arrodillarse y adorar. Entonces el Cristo resucitado lanza el gran reto, la gran esperanza, la gran misión: creer. Y ahí termina el evangelio…

Jesús aparecido a sus discípulos

Juan 20:19-23

Se puede decir que esta es una de las primeras reuniones de la Iglesia primitiva. Ahí, en el temor, escondiéndose de la persecución, estaban reunidos hombres y mujeres que habían creído en Jesús. Su fe flaqueaba, los eventos de la mañana los tenían en vilo y es probable que la declaración de la Magdalena había sido tomada como propia de una mujer atormentada por la tristeza. ¿Qué era eso de que Jesús estaba vivo? ¿Cómo que había pedido ir a avisarle a los doce? ¿Las palabras extrañas que usaba en sus enseñanzas preveían todo eso? Ese domingo de resurrección, antes del anochecer, sólo era motivo de alegría para la Magdalena, para todos los otros, aquella noche parecía una más de luto. Pero en esa reunión signada por el temor, de pronto se aparece Jesús.

Shalom. La paz sea con ustedes. Era Él. Ahí estaban todavía los signos de la tortura, pero su cuerpo estaba vivo. Vivo. ¿Qué palabras podrían describir lo que aquellos hombres sentían? El evangelista dice: «los discípulos se regocijaron». Sí, había un gozo que era exactamente (o más) que la tristeza de hacía unas cuantas horas. Jesús no había muerto y si lo había hecho ahora estaba de nuevo entre ellos. ¡Qué explicación necesitaban! En ese momento de euforia, los discípulos no entendían más que algo: el Maestro había resucitado, había cumplido su palabra. Jesús, entonces, era el Hijo de Dios, el Mesías, el Ungido. Esa noche, quizá sin tener conciencia clara de aquello, Jesús se estaba convirtiendo ante los ojos de sus seguidores en el Cristo. Jesucristo resucitado los visitaba.

Shalom. Hola, aquí estoy. La familiaridad con la que Jesús literalmente irrumpe en ese cuarto podía incluso chocar con algunas solemnidades modernas. Pero ese saludo trae consigo una misión: vayan y propaguen el evangelio. Y también, por fin, el Espíritu Santo: sopla, envía ese Defensor prometido tres noches antes. La llegada del Espíritu Santo tampoco es para Juan un acto con los prodigios que vio Lucas en los Hechos. Es un sencillo acto donde Cristo sopla y afirma que ahí están recibiendo el Espíritu Santo. En cualquier caso, hay que decirlo: es en la iglesia, entendida esta como la reunión de los que creen en Jesús, donde hace su presencia el Espíritu. No es un acto de misticismo elevado. Quizá todo lo contrario. Esa noche, quizá silenciosa, lo único que había entre los seguidores de Jesús era recuerdos, nostalgia. No hubo ningún tipo de parafernalia o adornos litúrgicos. Así llega Jesús para darles un gran poder y, por tanto, una gran responsabilidad: lo que perdonen, será perdonado. Serían los propagadores del perdón y la redención que sólo es posible en Cristo.

Muchas implicaciones derivan de esas palabras. Mucho estaba ocurriendo ahí y que determinaría el curso de los siguientes dos milenios. Pero eso tan trascendental es transmitido por el Padre en una escena que transpira alegría, sorpresa y sencillez.

Jesús vive

Juan 20:11-18

Pedro y el otro discípulo partieron de ese lugar, quizá con más dudas que antes de llegar, quizá con mayor pesadumbre que antes de que la Magdalena fuera a verlos. Ella no, ella se quedó ahí llorando: al parecer, alguien se había robado el cuerpo de su Rabí. Un verdadero desastre, un cambio de situación brutal; la Magdalena era testigo de primera línea en aquel drama.

Pero no era el fin. Así, «llorando como estaba, se agachó» y no vio el vacío, el sudario cubriendo una roca; no, lo que María vio fue «un par de ángeles», dos seres extraordinarios que le hicieron una sola pregunta: «¿por qué lloras?». Tanto era su tristeza, la impotencia de estar ahí, de pie, frente a un sepulcro vacío, la sorpresa al ver dos seres espirituales, que voltea para otro lado. Y ahí estaba Jesús.

Hay que notar la condición emocional de esta mujer. De apariciones ya estaba bien, ella quería a Jesús. Sus lágrimas, su pesar no lo dejaba ver el prodigio que estaba pasando ahí. También sus oídos estaban bloqueados. Entonces, el Maestro exclama su nombre. Ella reacciona, reconoce su voz y, en un instante, las lágrimas de dolor, la insoportable soledad, desapareció. Rabí, Maestro, es la confesión de esta mujer (sí, mujer), la primer testigo de la resurrección de Jesús, cuyas palabras, a su vez y por si quedara duda, volvían a ser un recordatorio de su origen: iba a reunirse con el Padre y Dios suyo y nuestro, estaba vivo, no de manera figurada, retórica. No. Había vencido la muerte.

El sepulcro vació no era la victoria final del príncipe de este mundo; no era el símbolo del fracaso de ese hijo de carpintero y su banda de seguidores. La roca movida, las vendas que no envolvían los restos mortales del Rabí, todo eso más María de Magdala exclamando su sorpresa, con deseos de aprehender a su amado Maestro y luego su segunda carrera para avisar a los abatidos apóstoles, aquello era la escena más representativa de la victoria de Cristo, la profecía cumplida, la derrota de lo carnal, de la muerte.

Cristo vive y María de Magdalena y nadie más fue la primera en verlo, en sorprenderse, en gritarlo al mundo.

El sepulcro vacío

Juan 20:1-9

Domingo por la mañana, de madrugada, la Magdalena va al sepulcro a continuar con los ritos funerarios detenidos por ese sábado del que en este evangno se habla mucho. Un sábado perdido en este evangelio. El primer día completo sin su Maestro. Quizá todavía con lágrimas en los ojos esta mujer (por lo demás enigmática), llega a la tumba y ve que la piedra está movida. A la tristeza y el trastorno emocional de ver a su Rabí siendo asesinado, ahora habría que sumar la angustia y el miedo de una presunta exhumación clandestina. En lugar de ir a averiguar, corre a ver a Pedro y «al otro discípulo» quienes ahora corren de regreso. María iba detrás de ellos.

¿Qué habrá sentido Pedro en esa carrera loca hacia el sepulcro? Ese domingo se cumplían tres días desde que el gallo diera la señal fatal de su traición. Había dejado solo a su Señor luego de haberle prometido su vida misma. Mientras Jesús era abofeteado, Pedro se calentaba en aquella noche oscura, previa a la Pascua, cuando ese gallo cantó, la Roca se había convertido en arena. Tres días de huídas, de correr, de querer olvidarse de toda esa aventura que lo tenía al borde del colapso. Pero todavía ahí, el otro discípulo llega primero al sepulcro pero no se atrevió a bajar. Pedro no iba a dudar: al entrar ve las vendas y el sudario acomodado en otro lado. No sabían qué estaba ocurriendo, pero ambos creyeron… a la Magdalena. Por eso el autor nos ayuda: «no habían entendido la Escritura».

¿Quién ahí? Nadie. Lo que hoy llamamos cristianismo se estaba forjando en medio de hombres y mujeres confundidos por los sucesos de los últimos días. Las polvosas calles de la ciudad santa, imperturbables, eran espectadoras mudas del nacimiento de un movimiento religioso que partiría la historia del mundo en dos. Pero en el momento de la carrera, de la llegada presurosa, sudorosa, no había más que un gran signo de interrogación. Ni Pedro, ni «el otro discípulo», ni la Magdalena sabían lo que ocurría. Ellos entraron y no vieron el cuerpo del Maestro. A la infamia de la crucifixión, ¿habría que añadir la bajeza de robar su cuerpo? No. Algo grande, espectacular, cósmico estaba ocurriendo.

Los que que habían sembrado con lágrimas cosecharían con gritos de alegría.

Jesús sepultado

Juan 19:38-42

José de Arimatea y Nicodemo: dos líderes religiosos ya convertidos a la causa de Jesús. Dos hombres que sentían el mismo miedo de todos aquellos que siguieron al Maestro. No era un miedo infundado sino basado en las serias amenazas que la Junta Suprema había lanzado al Galileo. Con todo y su miedo, van a rogar a Pilato que entregue el cuerpo sin vida de Jesús para darle sepultura. Las costumbres están arraigadas en lo más profundo del ser humano. Estos dos, con todo y haber seguido a Jesús, hicieron los preparativos que demandaba la religión, lo bajaron de la cruz, lo ungieron con especias y corrieron al primer sepulcro disponible antes de que cayera sobre ellos alguna pena por violar el Sabath.

No. A los ojos de ese par de seguidores del Maestro, la enseñanza que habían abrazado no sólo no contradecía ninguna de las cláusulas de la Ley de Moisés sino que le daba su verdadero significado. Jesús había venido a revalorar, a desempolvar la antigua religión y ellos, al fin piadosos, estaban interesado en todo aquello. No levantemos nuestras plumas contra estos dos hombres entrados en años. Seguramente, a pesar del miedo, consideraron que en algún momento su posición en el Sanedrín podría de servir de algo a la causa. Así que el miedo podría ser de utilidad. Y, por lo que leemos, Jesús no recriminó a ninguno de ellos ese miedo ante los judíos. No lo podía hacer porque sabía que todos a su alrededor sentían lo mismo. Cuando critiquemos a los que creen pero en secreto, recordemos que ellos estaban también en la mente del Maestro en su última oración.

Pero, más allá de los detalles en el relato, vale la pena volver al punto importante. Estos son los primeros minutos después del gran cataclismo que significó la muerte de Jesús en un grupo pequeño pero significativo. Todavía seguían cerca de Jerusalén, escondidos. Las mujeres y el discípulo amado de Jesús seguían muy cerca del cadáver, José de Arimatea y Nicodemos fueron los únicos seguidores que dieron la cara por Jesús, sí, quizá camuflajeados, pero al fin reclamando los despojos del Maestro. La desgracia, con todo y los bemoles que significó el juicio de Jesús, estaba consumada. Ahora sólo quedaba la tristeza, las lágrimas, la impotencia, los remordimientos en medio de aquellos que 24 horas antes departían con su Rabí. De una cena solemne, los seguidores pasaron a un frío sepulcro, cerca del Gólgota.

Las tinieblas eran más espesas que nunca. La luz parecía haber perecido en ese madero. La roca en el sepulcro y José y Nicodemo llorando son de las escenas más dramáticas en la historia del cristianismo.

La Pasión VI

Juan  19:28-37

Misión cumplida: consumado es. Visto en retrospectiva, cada detalle cuenta para el reclamo mesiánico: el vinagre, la lanza en el costado. El evangelista nos está diciendo cómo todo aquello debía ocurrir. Era el guión escrito desde la eternidad para que en la carne de Jesús de Nazareth se cumplieran todas las promesas del Ungido. Pero, si tan sólo por un momento pensamos que en el Gólgota estaba recibiendo la muerte un hombre inocente, si recordamos que su madre era testigo de aquello, si hemos seguido los pasos de este predicador y ahora lo vemos ahí, colgado de la cruz, ¿cómo deberíamos reaccionar?

Consumado es. La vida material, el cuerpo donde había encarnado el Verbo dejaba de tener los signos vitales. No habría más fiestas que visitar, más enfermos que sanar ni multitudes que enseñar. Se terminarían las caminatas por los polvosos caminos de la Palestina, las pescas, las horas de comer, o las noches frente a la fogata donde el Maestro mostraba la mentalidad del Padre a doce hombres comunes. Dormir, despertar, reír, huir de sus perseguidores. Todo aquello se había terminado. Lo que había alcanzado a enseñar era lo único con lo que se quedarían los discípulos. Estaba entregando el espíritu, manera eufemística para decir que había muerto.

Consumado es. Jesús, el de Nazareth, el hijo de José y María, el que confrontaba al establishment colgaba de la cruz. Los mismos que lo llevaron a esa muerte ahora pedían a los soldados del Ejército ocupador que apuraran la muerte. El predicador de Palestina ya había muerto cuando sus verdugos fueron a quebrar sus rodillas. Para asegurarse, clavan la lanza. No había más Jesús: había sido borrado de esas calles.

¿Seguro? ¿Quiénes eran sus verdugos: los judíos, los romanos, los pecadores? ¿Quién mató a Jesús?

La Pasión V

Juan 19:17-27

El Gólgota, el lugar de la Calavera, donde los criminales de la provincia de Palestina, en el último rincón del Imperio, un cerro a la salida de Jerusalén, ahí se consumaría la injusticia. Anás lo había dicho con total claridad: «más vale que muera uno a que toda una nación se condene». Impecable y pragmático pensamiento, sólo que esta no era la situación exacta. La proclamación de Jesús no tenía tintes políticos. No quería poderes terrenales. Por eso Pilato lo encuentra inocente. El miedo del Sanedrín tenía orígenes morales y sociales pero no políticos. Pero eso era lo de menos: tenían que eliminar esa amenaza ante cualquier costo.

La broma macabra final: «Jesús de Nazareth, Rey de los judíos», en versión trilingüe. Cuando los líderes que habían provocado todo ese espectáculo se dan cuenta, Pilato ya estaba instalado de nuevo en su papel de delegado romano todopoderoso. La explicación de los sacerdotes sale sobrando: se queda así porque lo digo yo. El complot contra Jesús queda así, casi perfecto porque, en el Gólgota, colgado de esa cruz, se podía leer (los que sabían) que su delito había sido el proclamarse «Rey de los judíos». Quien lo hubiera escuchado, sin embargo, sabía que Jesús jamás se había proclamado rey. Su delito había sido llamarse Hijo de Dios… algo más, mucho más que ser «Rey de los judíos». Para la mentalidad romana no había diferencia porque no había un sólo Dios universal. Esos soldados jugando al pie de la cruz, rifando las «pertenencias» de un condenado, tampoco vieron sus acciones como el cumplimiento de la profecía. ¿Quién en ese momento pensaba en cumplimiento de profecías? Era más importante preservar la capa de una sola pieza del Rabí judío que escudriñar en los textos sagrados de esos súbditos rijosos.

De los doce que lo habían seguido, de las multitudes que lo habían ido a buscar para que los sanara, les diera de comer, ¿quiénes quedaban? Mujeres. Valientes mujeres. Más el discípulo amado. Aún agonizando, Jesús tiene unas últimas palabras para su madre. Un último encargo: cuídense como familia. Los últimos minutos de vida y Jesús pensando en lo que iba a dejar en la tierra. María Magdalena, María de Cleofás, María de José, su tía y el joven discípulo. Ninguno parece protagonista en alguna parte del evangelio. Todos los que habían apareci
do antes se han esfumado; presas de la angustia, del miedo o de la vil traición, los seguidores que habían prometido su vida para defender al Maestro lo han dejado solo.

El evangelista y Jesús saben del valor de las mujeres. No son de adorno, no son para labores domésticas. Ellas son las únicas que, sin importar reglas sociales, están en la primera línea en esos momentos terribles. A diferencia de los que siguieron a Jesús en la bonanza, estas creyentes demuestran su integridad y congruencia. Seguir a Jesús no sólo implica sentir bonito sino también acompañarlo al Gólgota. Parece increíble cómo ese respeto, ese reconocimiento de su relevancia moral en el movimiento de Jesús se fue convirtiendo en actitudes de sojuzgamiento masculino. ¿Cómo ocurrió ese cambio? ¿Cómo los creyentes han enviado a las últimas filas a aquellas que estuvieron al frente en esa Jerusalén hostil? ¿Dónde quedó el lugar primordial que el Maestro les dio? Ellas no querían ser recordadas por la posterirad. Lo que querían es que aquello no estuviera ocurriendo, que su hijo, su sobrino, su Maestro no pasara por ese trauma. Dejaron todo, arriesgaron mucho, para estar ahí, viendo a los soldados destruir la ropa, el cuerpo, la dignidad del Rabí.

Llegar a la cruz significa también reconocer dónde ha puesto el cristianismo a cada quien en su lugar. El Maestro moría mientras sus discípulos buscaban un escondite, los líderes judíos se enojaban por el letrero, los soldados rifaban su capa y las mujeres sufrían al pie de la cruz.

La Pasión IV

Juan 8:39-9:16

El drama aumenta de intensidad y la infamia, la crueldad y la injusticia campean por todo este pasaje. Las burlas de los soldados, la denigración del ser humano por otro ser humano: tenemos el cuadro de un evento donde se muestra toda la fealdad moral de una sociedad y de una época. Ya ultrajado y maltratado, el procurador lo saca. “Ya lo torturé y ni así encuentro delito”. Pero la chusma iracunda, morbosa, idiotizada por el espectáculo de la sangre y la deformación, sube la demanda. Querían la muerte.

Pilato, ya fastidiado por aquello, les reclama su responsabilidad en todo aquello. Si querían matarlo, que lo hicieran ellos. Con total hipocresía y un manejo comodino de la ley, los judíos dicen: “si fuera por nosotros, ya estaría sepultado, pero no podemos”. Y en medio de la demanda, mencionan un hecho que pintará a Pilato de cuerpo completo: ese hombre se llama a sí mismo Hijo de Dios. Entonces el arrogante funcionario romano es invadido por las supersticiones, las angustias y los miedos que lo llevarán eventualmente a caer de la gracia de Roma. Peor aun. Jesús mismo, en los últimos momentos de su vida, lo exonera. “¿Cómo: tu a mí, el más poderoso en esta región, tu, me perdonas?”. Algo tenía Jesús de Nazareth porque esas simples palabras hicieron que el siguiente paso, la formalidad legal del Imperio, estuviera dominado por el temor del representante de César en la Palestina.

¿Quién dictaba justicia ahí? Un judío que era perseguido por asuntos meramente religiosos es llevado con malicia ante el procurador y ahí la idea que Anás y Caifás tenían bien meditada se materializa. Jesús es acusado de usurpar la función del mismísimo César. Ante dos males, eligieron lo que para ellos era el menor: el delincuente Barrabás salía libre en lugar de Jesús. Así que el Maestro del amor era golpeado, humillado, herido por una acusación religiosa que mágicamente se convertía en una falta civil. Así que Él era el mal menor. El príncipe de este mundo, no Pilato, era más culpable de todo aquello. Pero Pilato tiene su parte de culpa. Si bien era supersticioso, también tenía claro que un escándalo llevado a Roma terminaría con su carrera. Según el Sanedrín (o sus representantes), Jesús había insultado a César. Y eso sí que era penado. Para no llevarse todo el problema, aplica la democracia justiciera. A mano alzada, a grito pelón, la gente ahí pide la cruz. Con un tanto de sarcasmo nervioso, pregunta: ¿voy a asesinar a su rey?”. Pero aquellos no estaban para bromas. El nazareno debía morir.

En el Gabáta, en ese empedrado, donde los jefes religiosos no pasaron para no contaminarse, Jesús era sentenciado. Era una jugada de ajedrez político. Si los judíos hubiesen asesinado a Jesús, el asunto no habría trasendido. Pero ellos serían cuestionados con severidad. Como no tenían los medios militares para terminar con todo aquello, fueron a con los odiados enemigos. Así, Roma sería culpable de sentenciar a un judío y ellos siempre habrían dicho: fueron ellos, nosotros ni siquiera nos contaminamos entrando ahí. Es más, hay que añadir otro delito a Jesús; estuvo en un lugar impuro en el día solemne.

La siguiente parada de Jesús sería en el Gólgota. El cielo se nubló.

La Pasión III

Juan 18:28-38

El diálogo con Pilato es más que interesante. Frente al representante del arrogante y conquistador Imperio, un carpintero de profesión, ya golpeado, vuelve a afirmar su origen. Pilato, el supersticioso, contra Jesús, el «Rey de los judíos». Vemos al establishment preocupado por los detalles. Legalistas hasta el final, preocupados por la ley pero no por el espíritu detrás de los mandamientos de Moisés, llevan ante la justicia romana a un ciudadano judío. Es claro el desprecio que esos tercos súbditos le despertaba a Pilato. Mandar a un funcionario a ese arisco territorio era más un castigo que un premio. Tenía que procurar la justicia pero el supuesto delito no era del interés de Roma. Conflictos, chimes, usos y costumbres locales, nada de importancia para Pilato. Y, sin embargo, ahí estaba Jesús de Nazareth.

¿Cómo calificar ese interrogatorio? Uno tiene la impresión de que en un punto determinado, ese hartazgo del principio parece convertirse en un interés genuino a pesar de la evidente indiferencia de Jesús, la resignación de alguien que sabe que su suerte está ya echada. Pero todavía ahí, en la tensión de uno que parece jugar con la vida de otro ser humano como si de un juego se tratara, se muestra la majestad del judío más universal. Ahí, en el Pretorio, Jesús establece un principio que debe resonar todos los días en los cristianos: su Reino no es de este mundo. Sencillo. ¿Qué tipo de teología se necesita para entender que lo de Jesús es un asunto espiritual? No seguimos a Jesús para aprender química, física, antropología, política, gerencia. ¡No, mil veces no! Lo seguimos porque nos lleva al cielo, porque nos enseña a ser espirituales. Si yerra quien busca la salvación en este mundo, también se equivoca quien busca el mundo en el cielo.

Jesús sigue mostrando cuál es su misión en este mundo: acercar la verdad a la humanidad. Y esa humanidad, representada por Pilato, pregunta: ¿qué es la verdad? Y punto. El filósofo quisiera la respuesta. Pero no la hay. Sin embargo, no debemos preocuparnos. Ya lo sabemos: ¡Jesús es la verdad! ¿Y quién es Jesús? La imagen misma del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. El rostro de ese Dios refleja amor. Quien es de Dios, escucha la voz de Jesús. Pilato se termina aburriendo y descubre la intención política en ese juicio. Jesús era inocente. ¿No decían sus parientes que estaba fuera de sus cabales? Quizá ese sería su único problema. Podemos imaginar el fastidio en todo aquello. ¿Cómo no dejar que Jesús respondiera la gran pregunta? Porque Pilato no era de la verdad…

¿Escuchamos la voz de Jesús? Algunos cristianos tienen la misma actitud de Pilato. Una lejanía moral, aunque una curiosidad intelectual. Eso no es el evangelio. Pilato, Caifás y Anás conocían a Jesús, pero la diferencia es que no lo creyeron. Así que uno no es diferente por conocerlo sino por seguirlo.

La Pasión II

Juan 18:12-27

Mientras Pedro se reunía frente al fuego, mientras entraba en calor, mientras lo negaba, Jesús enfrentaba la cobardía disfrazada de bravuconería. Anás cuestionó al Maestro y éste responde con valor: pregúntale a quienes me escucharon. El guardia aquel empieza la agresión física contra el Rabí. Si toda violencia es inaceptable, esta era injusta e infame. Eso es lo que Jesús dice inmediatamente. Pero además, Anás no era el sumo sacerdote sino Caifás. Anás funge como el primer contacto de eso que ya estaba más que consumado.

El guardia y Anás no dejan de ser íconos de los tipos duros que pululan en la historia del cristianismo. Son los auto proclamados (y nunca auto críticos) defensores y guardianes de la fe. ¿Qué defendían esos líderes? No sólo su comodidad material sino la preservación patológica del status quo. Defendían su religión. Un momento: ¿no era Jesús parte de esa religión? Sí, pero era insoportable; cuestionaba no sólo la dogmática sino la praxis. Traer al Dios de Jesús a la sociedad humana provoca terror. El Padre había bajado del altar y había encontrado una humanidad tan hostil que quiso regresarlo.

Afuera, los apóstoles fieles, los Pedros que daban su vida por el Maestro, sienten frío y se van al fuego donde se mimetizan con los perseguidores. ¿No que eras cristiano? preguntan al creyente-actor, quien presto responde: ¡jamás! ¡No! Adentro el Maestro es vapuleado. En el patio trasero un gallo canta. La traición se ha completado.

La Pasión I

Juan 18:1-11

Hemos llegado al drama de la Pasión, al momento culminante de la historia de Jesús en la Tierra. El Maestro y los suyos se van al jardín del Getsemaní, un lugar al parecer usado por el grupo para sus reuniones y que Judas conocía muy bien. Lo conocía tanto que llega al frente de un destacamento. La aprehensión ocurre en la noche, la hora de los cobardes en medio de, faltaba más, malos entendidos. Porque, ¿cómo no calificar de mal entendido la reacción de Pedro? ¿Y la caída, más por miedo que por milagro, de los soldados? Pero en medio de todo aquello, el valor de Jesús. Es el primero en salir, el que da la cara, el que todavía reprende a Pedro por su reacción iracunda.

¿A quién busan? preguntó el Rabí. A un tal Jesús de Nazareth. Yo soy: no es gratuita la frase. Ahí está como para recordarnos que los represores iban por el hombre, por un cuerpo humano. En ese jardín y en ese cuerpo estaba también el Hijo de Dios. No lo entendieron así ni Judas ni Pedro ni los líderes religiosos ni los soldados que sólo cumplían órdenes. Pero Jesús lo repite por enésima vez: «yo soy». Sí, como la traducción tradicional de las consonantes YHWH. Jesús era y nadie más, por eso, casi como última voluntad, pide la libertad de sus seguidores, acaso por eso recrimina a Pedro: «¿no he de beber la copa amarga que el Padre me da?».

Porque sí: todo lo que estaba por venir era voluntad divina. Es un misterio al que las mentes más agudas han querido acceder con poca fortuna (digo yo). El misterio consiste en el hecho de que teniendo todo el poder, Jesús se despoja y se convierte en un sacrificio necesario para la redención de la humanidad pecadora. ¿Por qué Dios amó tanto al mundo? Sabemos que en ese sacrificio se cumpliría la ira y la justicia de Dios, que, de lo contrario, el ser humano no estaría sino repitiendo ritos ineficaces, pero, ¿por qué sacrificar a su Hijo? ¿Por qué, pues, tanta sangre? Las respuestas llegan: por la gran corrupción de la humanidad, por cumplir con un plan eterno, por amor. Sin embargo, ninguna es del todo satisfactoria porque siempre se podría decir que Dios tenía todo el poder para evitar esa copa amarga. No lo hizo. El enemigo sonrió, el cielo se entristeció, pero todo estaba en control. La victoria final estaba asegurada.

Quizá no tengamos tanto entender como sentir este sacrificio. Es posible que la mente humana no tenga la capacidad de comprender la mente divina. Lo que a nosotros se nos hace una locura, una tontería, era poder de Dios. No lo sabemos bien, pero toda esa sangre era necesaria…

La gran oración III

Juan 17:20-26

La oración por las próximas generaciones: Jesús pide por aquellos que van a creer por la Palabra de esos primeros seguidores. Pide por la unidad de los creyentes. Pero no cualquier tipo de unidad sino la unión entre ellos, la unidad con Él y así, la unión con el Padre. El amor, nos dijo antes, es el sello de los cristianos. Sí, pero el síntoma del amor es la unidad. No existe amor en la separación entre el creyente y el Señor. Por eso antes Jesús había dicho que el creyente no es sino una rama de la vid y que si queremos dar fruto debíamos estar pegados a ese tronco. No es una ocurrencia más: si no hay unidad, no está el Espíritu de Jesús.

La perfección está en la unidad. Y el Señor quiere que sus seguidores lo sigan hasta el mismo cielo (o el lugar donde Él esté). El amor que hay entre el Hijo y el Padre deberá transmitirse a los discípulos. El final de este gran capítulo dice: «para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos». El amor: he ahí el gran misterio del evangelio. ¿Por qué nos sigue amando ese Padre? ¿Por qué está dispuesto a hacerse hombre y caminar entre escombros espirituales? Jesús nos vino a anunciar que en la mente del Padre, la humanidad está más que presente. Si es cierto que somos su creación, entonces el Maestro enseña que el hombre es la creación favorita. Nos guste o no.

Ahí está el Galileo, con la vista al cielo, intercediendo por los suyos y por los que están por venir. ¿No es una escena conmovedora y con repercusiones espirituales que apenas alcanzamos a ver? El evangelio de Juan añade esta gran oración justo antes de la Pasión. Quizá al terminar de leer el discurso más largo registrado en el evangelio, podremos empezar a entender la fase final de la vida pública del Señor Jesús. La Pasión viene después de una oración donde no pide por Él sino por sus seguidores. Ahí queda el registro del gran amor que Jesús tiene por sus amigos. ¿No hay aquí una diferencia cardinal entre un vulgar caudillo y el Rabí que da su vida por sus seguidores?

El amor que Jesús tiene de parte de su Padre es el mismo que provoca la unidad y el crecimiento espiritual en los cristianos. Es el amor el que envía al Espíritu y el que nos cuida. Aquella noche triste marcaría la historia universal. Hoy, veinte siglos después, estas palabras siguen resonando en la vida y el corazón de millones en este planeta.

La gran oración II

Juan 17:6.-19

El objetivo ahora es ese grupo de hombres y mujeres asustados. La oración más intensa, la más conmovedora, tiene dedicatoria: los primeros discípulos. Nosotros, dos milenios después, no podemos sino observar la escena, admirarnos y maravillarnos por los sentimientos que el Maestro tenía en ese momento, por la intensidad personal y sentimental que involucró en la misión. No era un gerente que administraba recursos humanos. No era un general que diera órdenes a sus subalternos. Ni siquiera era un padre iracundo: era el amigo, el hermano, el Dios hecho carne para revelar la mente divina a la humanidad. Y eso era tan serio que no podía dejar fuera el amor.

No era el caudillo carismático que manda al matadero a sus seguidores para salir protegido Él. Acaso todos esos llamados a estar listos, toda la enseñanza sobre el dolor que trae consigo seguirlo, quizá todo eso que parecía una receta para alejar a las masas no era sino la demostración suprema del amor y el cariño que Él tenía a los hombres. Claro, mientras vivió en este planeta, el Maestro los protegió. Nadie sino el que estaba predestinado se perdió. Y aquí no sólo es la perdición espiritual, también está la protección física y personal. Jesús entiende que por su culpa serán odiados, apedreados, despreciados. Lo entiende tan bien que pide por ellos, por lo que habrán de pasar.

¿Habían entendido todo lo escuchado? Nosotros podemos decir que no. Pero la visión de Jesús era otra: lo Importante no era que explicaran todo lo atestiguado en sesudas exposiciones teológicas. Habían creído en Él, que era la palabra y por lo tanto en la verdad y eso era más que suficiente. Creer. Que no se nos olvide: el primer requisito para seguir a Jesús es creer en Él. Cuando uno lo hace, cuando uno confiesa que Jesús salió del Padre, nuestro Señor es glorificado. Sí. Por medio de los creyentes, el Mesías es exaltado. No que dependa de nosotros sino que se manifiesta en los que lo siguen.

Ellos no son del mundo, dice Jesús. Pero viven aquí. No pide que los saque sino que los proteja. El cristiano en el mundo, no como parte sino como partícipe. Sus seguidores no son de este mundo pero aquí viven. Jesús oró para que el Maligno no tuviera poder en ellos. Miremos a nuestro alrededor en este momento: ahí está el mundo. Miremos hacia nuestro interior: ¿ahí está Jesús o el diablo? En esa noche de pesares, Jesús mostró su grandeza como encarnación del Verbo pero también como el ser humano. En el mundo, Él los protegió. Con su partida, los discípulos sentirían la soledad y el miedo. Pero ahí les recuerda: Dios mismo velará por ellos. ¿Creemos en la oración de Jesús por quienes lo siguen?

La gran oración I

Juan 17:1-5

He aquí una de las grandes oraciones de toda la Biblia. El Maestro termina la gran cena, mira al cielo y clama a su Padre. Estamos atestiguando quizá el momento más íntimo entre el Hijo y el Padre, un momento repleto de símbolos, de revelaciones, de frases para animar a los creyentes. La vida eterna, nos recuerda el evangelista, consiste en conocer y amar al Padre y a Jesus, el Cristo. No hay más que un camino para llegar al cielo y ese camino pasa por Jesús.

La hora había llegado. Jesús pasa por el momento último. Sabe que «ha acabado la obra». Claro, en eso consistía la misión: en demostrar que había un Dios dispuesto a amar a la humanidad y en dar la vida eterna a quienes Él había destinado desde el inicio. La glorificación del Padre ocurre cuando hay mucho fruto. La frase «he acabado la obra» tiene que ver con todo lo que hasta ese momento había ocurrido y, principalmete, con lo que estaba por ocurrir: en el fruto que permanece se demuestra la gloria de Dios. ¿Quién podría decir que había dado fruto si no Jesús?

La hora había llegado. La hora en el que las tinieblas parecían apagar la luz eterna. El momento en que la vida espiritual parecía tener el gran tropiezo. ¿Tenía razón la familia de Jesús al considerarlo loco? El stablishment tenía su momento de aparente triunfo. Quizá el cielo se mantenía a la expectativa, triste, angustiado. ¿Y qué decir de los once que estaban ahí? Pero era todo lo contrario: la hora había llegado de mostrar la gloria que el Logos tenía desde antes del que mundo fuera.

Sí, los creyentes deben saberlo y recordarlo todos los días: tienen un Señor que goza de todos los derechos del Padre. Es el Padre. Y desde antes del que mundo existiera había destinado el momento para que irrumpiera en su vida.

Vencedores del mundo

Juan 16:25-33

¿Qué quería decir eso de ser el vencedor del mundo? ¿Cómo sonaría a los oídos de los ahí reunidos las palabras de Jesús? Acaban de decir: «ya te vamos entendiendo» y de inmediato, el Maestro prevé que se irán, que lo traicionarán, lo dejarán solo. Eran los apóstoles quienes tendrían que haber dicho «no te preocupes, todo va salir bien». Así que aquellas frases eran más que palmaditas en la espalda. Eran más que un «échale ganas». Les advertía el dolor que viene por la causa del evangelio. La promesa es que, por sobre todas las cosas, encima de las persecuciones, atrás de las lágrimas, está la victoria. Seguir sus huellas conduce al sufrimiento, pero también a la felicidad. Si el Maestro ganó, sus discípulos lo harán de la misma forma.

En el discurso más intenso que registra el Nuevo Testamento, Jesús afirma además que Él no pedirá por ellos (se entiende que por los Doce) sino que Dios mismo está en control de sus vidas porque han llegado a amar a su Hijo. Ahí está la supremacía del amor. No importa lo ignorante, confundido, aturdido o despistado que sea un seguidor de Jesús, lo que realmente importa a los ojos del Padre es que se le ame. Cuando uno dice que ama a Jesús debería recordar que aquellas palabras tienen eco eterno. El que realmente ama al Galileo tiene un lugar en la mente del Dios que envió a su Hijo. Si esto es así, cuando lleguen las pruebas, Él estará en control y la derrota está descartada.

Los creyentes tenemos la victoria asegurada. Pero vale la pena preguntarse de qué tipo es ese triunfo. Jesús es el vencedor del mundo en cuanto que la muerte no actuó en Él; en cuanto que, siendo hombre, venció las tentaciones y en cuanto que, a pesar de la persecución, trajo a Dios de regreso a la Tierra. Venció al príncipe de este mundo y logró la trascendencia. No de manera figurada sino de manera real. Cuando un cristiano afirma que Cristo vive lo hace convencido de su presencia real, no física, pero sí espiritual. Y si el Maestro está aquí, en la forma del Espíritu Santo, no hay nada de que temer: Él nos está cuidando.

¿Nos incomoda ser cuidados? ¿Viola nuestra intimidad, nuestro derecho a estar solos? Pues quien proclama que Jesús es su Señor y su Salvador sabe que está vigilado y que nada de este mundo tiene poder sobre él. Pero cuando uno se aleja, cuando uno dice que prefiere su Yo al Espíritu que viene de Dios, entonces luego no vale llorar y quejarse. Si uno está unido a Cristo, vencerá el mundo. De lo contrario, el festín de derrotas espirituales está asegurado.

El gozo vence la adversidad

Juan 16:16-24

Un poquito más, sólo un poquito más para que sus discípulos volvieran toda esa angustia en alegría. Vaya imagen que utiliza el Maestro: el de una mujer que da a luz. Ciertamente que el parto es uno de los dolores físicos más grandes, que involucra sufrimiento, llanto, tensión, angustia; pero todo aquello se olvida rápidamente cuando la madre tiene a su hijo en brazos. Sí, venimos con dolor al mundo, pero este se convierte rápidamente en felicidad. Un segundo que parece eterno pero que hace la diferencia entre un estado de ánimo y otro. Así ocurriría con los seguidores de Jesús después de esa traumática experiencia.

La comparación no podría ser más atinada. Lo que Jesús haría traería nueva vida a millones. Por un momento el mundo, el príncipe y gobernante de este mundo se alegraría por lo sucedido. El mundo incrédulo, crítico, se alegra por las supuestas derrotas del seguidor del Maestro: «mira dónde te llevó tu fe», «¿no estabas mejor antes de volverte hermanito?», «mira cómo triunfa tu compañero incrédulo», «¿dónde está tu fe en este problema?». La sonrisa de los cínicos asoma al ver al cristiano sufrir por su fe. Pero ese placer dura un momento. Sí, los momentos nuestros suelen tener otro sentido en la mente de Dios. Pero su promesa es que aquello va a terminar en gozo perdurable. Algunos años después de esa escena, el apóstol Pablo dirá que está convencido de que nada podría separarnos del amor del Señor.

Y entonces termina lo empezado dos capítulos antes: todo lo que pidan en mi nombre lo recibirán; entonces, el gozo será completo. Jesús no es pues el genio de la lámpara, el cumplidor de caprichos. El Cristo anunciado en el Evangelio es el que enseña a pedir por temas y asuntos trascendentales que, curiosamente, tienen repercusiones en la vida diaria. Claro, el creyente anda con la mirada en la eternidad y con los pies en la tierra. No hay forma de huir de este valle de lágrimas. Pero si en esos momentos pedimos en Jesús, la vida cobra una nueva dimensión. Por eso, los mártires cristianos (los testigos de Cristo) podían ir a las más infames de las muertes cantando y acaso alegres. El tormento duraría poco si se le comparaba con la dicha eterna de encontrarse con el Padre.

Desde la comodidad del escritorio, aquello de resistir los tormentos suena romántico. Se necesita una fe aunque sea del tamaño de una semilla de mostaza y la guía del Espíritu Santo para resistir las pruebas más terribles. ¿Lo vivimos o sólo leemos la historia con ojos de sorpresa pero con soberana indiferencia en la vida diaria?

La obra del Espíritu Santo

Juan 16:1-15

Dice Jesús que cuando llegue el Espíritu de la verdad hará ver al mundo tres cosas: el pecado por no creer en Él, la justicia que se refiere a su regreso con el Padre y el juicio, esto es, la derrota final del Príncipe de este mundo que, de hecho, ya ha sido juzgado. Palabras misteriosas en esa noche fría en Jerusalén. Los comensales no entendían más que las advertencias sobre las persecuciones por venir y la despedida que estaba tomando forma. Jesús parece entender que por más sencillez que le ponga a su discurso, habrá cosas que las tendrá que venir a decir el Espíritu Santo porque, en ese momento, sus discípulos no estaban preparados.

¿Qué hace entonces ese ser que está prometiendo Jesús? Convence, guía y trae a los creyentes la palabra que viene de Jesús, que, al ser el reflejo del Padre, es Dios mismo. Sí. La Trinidad, aquello que los más simples afirman es la parte politeísta del cristianismo, tres dioses en uno, la Trinidad cuyo nombre no está en ninguna parte de la Escritura, eso está aquí. En estos versículos viene esbozado lo que el cristianismo después desarrollará hasta límites casi impenetrables. La Trinidad, la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, eso que dividió a la cristiandad mil años después, salía natural de la voz del Maestro. Y, sin meterse en especulaciones teológicas, les decía a sus apóstoles: les conviene que me vaya (que regrese al Padre) porque así el Espíritu, el Consolador, el Defensor, vendrá. El versículo 15 (todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará [el Consolador] de lo mío, y os lo hará saber) es la esquematización de la Trinidad.

No. No son tres dioses como en el inicio no fueron dos. Ni dualidades ni trieísmo (disculpen el terminajo). Todo apunta al Padre. Jesús mismo se declara inferior a su Padre. Y, ciertamente, no minimiza al Espíritu. Ya está: el Padre ha enviado a su Hijo a recordarles de quién son y a dónde deben ir. Los hará ver lo inútil de los intentos humanos para afirmar a Jesús como el único vehículo que conduce a Él. El sacrificio de expiación quedaría incompleto de haberse quedado ahí. Jesús no sería más que polvo y en polvo se habría convertido. Pero no. El mensaje de Jesús regresa en voz de ese Ser inmaterial que se llama Espíritu Santo. El regalo que Él da a sus seguidores. Y ese Defensor será quien guíe a los creyentes. ¿Hacia dónde? Hacia el cielo, de regreso a la Verdad que no es sino Jesús.

El Espíritu trabaja para el bien de los creyentes. El asunto de fondo es si los creyentes se convencerán que no necesitan más que ese Consolador para ganar las batallas espirituales. Vaya, todo parece ser «espiritual» en esto.

Serán perseguidos

Juan 15:18-27

He aquí el recordatorio de que no todo en el cristianismo es color rosa. Sí, todo lo que se pida en nombre de Jesús se cumplirá; sí, vendrá el Espíritu de la verdad y nos consolará; sí, Jesús nos ve como sus amigos. Pero todo eso no detendrá las persecuciones, las críticas, las insidias de del mundo. Claro: el príncipe de este mundo no se enoja cuando uno está con Él, pero cuando se empieza a alejar de su influencia, sí que salta. El propio Maestro padeció todo esto. Así que olvidémonos del cristiano “buena onda”, domesticado por la sociedad. Todo lo contrario. ¿No debería ser el personaje incómodo? El elemento potencialmente peligroso, el aguafiestas, el apestado: un creyente en Jesús está en su ambiente cuando es aborrecido.

Como consuelo, Jesús dice que obedecerán las palabras de sus discípulos. Dejemos claro esto: el Maestro repite, casi como estribillo, que quien escucha el evangelio, lo escucha a Él y, por lo tanto, al Padre mismo. Ya en este momento debería quedar claro cuál es el mensaje principal: ¡Dios! Él es el evangelio; eso es lo que manda a anunciar a sus seguidores, a un Dios que ama, que envía luz a los ciegos, pies a los cojos, que resucita a los sepultados. Cuánto ganaría la iglesia si se anunciara a Cristo y no las agendas personales de los dirigentes, cuánto si fuera Jesús sólo y no la vanidad de sus seguidores. Los de afuera no tienen pretexto, pero los de dentro, ¿cómo se justificarán en aquel día cuando se les pregunté si fueron fieles en anunciar el mensaje de su Maestro?

Esos hombres en la Jerusalén de Pilatos, esos que desde el principio habían estado con el Maestro no tenían ya más que seguir. Su vocación sería la de anunciar el evangelio. Ni más ni menos. El Espíritu Santo hará ese trabajo. A nosotros sólo nos queda soportar lo mismo. Vivimos en el mundo pero no somos parte de ese club. Y los raros no son bien vistos.

La vid verdadera

Juan 15:1-17

El cristiano debe permanecer en Jesús y como consecuencia habrá mucho fruto. ¿Quieren realmente glorificar al Padre? Den fruto. Es un ciclo: uno se hace seguidor de Jesús, lo escucha y lo obedece, entonces, llega el fruto y así Dios es glorificado. Puesto que Jesús es el tronco, nosotros somos poco menos que ramas. La alegoría es muy gráfica: todo aquel que no permanece en ese tronco se seca y no sirve más que para ser quemado. Un cristiano lejos de Jesús no lo es.

Pero vale la pena preguntarse aquí a qué fruto se está refiriendo el Maestro. Algunos piensan que se refiere al fruto del carácter. Otros creen que se trata de traer a más almas a Cristo. ¿Cuál es la correcta? ¿Es proselitismo? ¿Es madurez? Las dos cosas no son excluyentes. Si el Maestro repite que pidamos lo que queramos y se nos cumplirá, acaso se refiere tanto a los frutos de cambio en la vida y práctica y al deseo de un cristiano de que otros conozcan el camino que nos ha cambiado. En cualquier caso, los frutos son visibles. El que roba, dejó de robar. El que antes era un egoísta, ahora predica la Palabra de salvación y otros (los frutos) llegan al Padre.

Con todo, Jesús está poniendo de importancia la necesidad de permanece en Él. No es gratuito que diga: «sin mi nada pueden hacer». No se refiere a asuntos carnales. Pensar que alguien que se separa de Jesús cae en estado vegetal, en una cama de hospital, o definitivamente en la tumba es querer contar una historia de castigos más propia para niños que para adultos creyentes. No. Jesús se refiere a lo espiritual. Alguien que ha conocido la verdad y luego se aleja, se quedará en coma espiritual, es decir, esa angustia, esa sed existencial volverá pero queda la terrible desesperanza de no encontrar la medida para saciarlo. Sí: el que se va puede tener una vida incluso con mayores comodidades que antes, pero en la tumba se terminará su satisfacción.

En el mismo capítulo, el gran Maestro se vuelve el gran amigo. Pero un amigo verdadero de Jesús no es el que le cae bien sino quien lo obedece. Es una relación de amistad donde uno debe seguir al amigo especial. Nos lo recuerda: no lo elegimos nosotros, él nos eligió (¿Calvino está en lo correcto?). Su mandamiento de amarse el uno al otro pasa por la prueba suprema: la vida misma por el amigo. Jesús es el amigo perfecto por dos razones: ha dado a conocer todo lo que sabe del Padre y ha dado la vida por sus amigos. Él no nos llama siervos, pero, ¿qué podemos decir nosotros? ¡Qué sigue siendo nuestro Señor! El gran Señor cumplidor de promesas, protector; el Jefe al que seguimos con lealtad y sin condiciones. Lo hacemos por fe pero también porque sabemos que todo lo que nos pide hacer, Él ya lo hizo.

El fruto viene de la madurez y ésta llega cuando estamos unidos a la vid. Una vid que se convierte en hombre, pasa por ser el Señor y luego se convierte en amigo generoso.

La promesa del Espíritu

Juan 14:15-31

La promesa del Espíritu Santo es una promesa cumplida. El Consolador, el Defensor, aquel que vive en cada seguidor de Jesús. El mundo no lo puede ver porque no es (valga la expresión) espiritual. El Maestro no dejará sólo a los suyos. Es por eso que, aunque en ese momento doliera, al final esa muerte no sólo serviría como ofrenda de propiciación sino también para que Él pudiera vivir y existir en cada cristiano que llegara a conocerlo. Todos nosotros podríamos querer conocer «en vivo y a todo color» a Jesús, pero Él enfatiza la importancia de su partida. Así que una de las funciones del espíritu de la verdad es hacer recordar al creyente eso, sus creencias, es decir, a Jesús. Si confiamos en nuestra memoria, en nuestros recursos, la batalla espiritual no sólo sería más difícil sino probablemente una misión imposible. Es el Espíritu al que debemos invocar cuando queramos aprender asuntos divinos. Es al Consolador al que debemos recurrir para tener y guardar la palabra del Cristo.

¿Cuál es la prueba de amor? O como pregunta Judas: ¿por qué te manifiestas a nosotros pero no al resto del mundo? La respuesta es clara: escuchar y hacer caso. Obedecer a Jesús, a pesar de todo, por sobre todo, es la gran demostración de que el creyente lo ha hecho su verdadero Señor y Salvador. No sólo es hablar de Él o tener una parafernalia cristiana (el hábito no hace al monje). Ni siquiera conocerlo. Uno puede decir que conoce a Jesús, la prueba, sin embargo, es saber si Jesús lo conoce a uno. No sólo es escuchar y decir con la cabeza que sí. Es obedecerlo a pesar y por sobre todo. Aun cuando no sea agradable a los ojos o a la carne humana. Por obedecer a Jesús, el creyente se hace merecedor de tener al espíritu de la verdad.

Los discípulos seguramente estaban turbados. Ya a esas alturas podrían estar confundidos o tan sorprendidos como asustados. Su Pastor, el Hijo del hombre les dice: «no se angustien, si me creen, verán sus vidas guiadas por el Espíritu Santo». ¡Qué difícil es hacer caso cuando todo indica que lo mejor para vivir en este planeta es lo contrario! El «Príncipe de este mundo» podrá ser atrayente, zalamero, mentiroso; pero Jesús es más fuerte que Él (y el Padre es mayor que Él, buen reto teológico para la doctrina de la Trinidad). Por un momento ese príncipe de la oscuridad podría sentir que tenía la victoria. El Hijo de Dios estaba en la Tierra, acorralado en un cuarto alto de Jerusalén, con un par de traidores en su grupo, con todos medio confundidos con la enseñanza. Sin embargo, ahí se fraguaba la victoria cósmica-espiritual más grande de todos los tiempos.

Los cristianos no tenemos nada de extraordinario con otros seres humanos. Compartimos sus debilidades y fortalezas. La pequeña diferencia, decimos los seguidores de Jesús, es que tenemos en nosotros el Espíritu de la verdad. Lo seguimos porque así seguimos a Jesús y por lo tanto el camino al Padre está asegurado. Que nadie se turbe ni se acobarde: Jesús es en nosotros.

El camino, la verdad y la vida

Juan 14:1-14

Para que Jesús viva hoy, dos mil años después, tenía que haber muerto. Este es un mensaje de esperanza. El Maestro, en su papel de Salvador, anuncia lo que habrá de venir. Él va a preparar una morada para que, cuando regrese, vayamos con Él. Si somos en Él, Él será en nosotros. Jesús está revelando su divinidad, está profetizando. Siendo el camino, la verdad y la vida, todos los que lo acepten como su Salvador tendrán acceso a su Padre. Vuelve a enfatizar su naturaleza: Jesús es Dios mismo, Él está en el Padre y viceversa. Las obras que hace como ser humano provienen de Dios, son señales, demostraciones de la naturaleza divina. Cuando uno mira al Maestro, mira al mismo tiempo al Padre.

El camino: si quieres ir con el Padre, sigue a Jesús. Si quieres conocer la verdad, ten una cita con el Rabí. Si quieres tener vida eterna, obedece al Maestro. Jesús es la verdad. Una e indivisible. No es una verdad abstracta. No es un camino terrenal. No es la vida en el cuerpo material. Repitámoslo: ¡Jesús es el mensaje! ¿Y no es esto una forma de decir que Dios es la medida exacta para el ser humano? Fuera máscaras. Aquí Jesús está diciendo también lo que no es: un maestro de la moral y la ética, un revolucionario, un negociante de la fe. Cualquiera lo puede confundir. Pero Él lo dice para que no quede duda: su mensaje se escucha aquí, pero se goza y se cumple en otra vida. La Salvación no pertenece a este mundo. Aquel que decide seguir a Jesús tendrá la esperanza y la fe de seguir la verdad, esa que desciende directamente del Creador y que regresa a Él.

Así que el mensaje, el evangelio se resume en Dios. Eso vino a mostrar Jesús. Así se infiere de la respuesta a Felipe: «¿quieren ver a Dios? Aquí está: soy yo». Curioso: «si no quieren creer lo que digo, crean por lo que hago». Pero la cosa no queda ahí. Los cristianos se han obsesionado por demostrar su fe. Lo hacen con apologías más o menos históricas. Es el método preferido para convertir incrédulos. Como si poniéndose a su nivel pudieran ganarlos para la causa de Jesús. Pero el Maestro dice algo más: «quien está conmigo hará cosas mayores a las que yo hice». Sí, no es con textos, descubrimientos y piedras con los que se gana en la batalla. La verdadera prueba de la veracidad del mensaje es la vida de quienes lo creen. Eso es lo que está diciendo Jesús y la primera generación lo atestiguó: Pedro predicó a miles, habló en lenguas extrañas; Pablo llegó a Roma, predicó a gobernantes, sus escritos son ahora leídos con devoción. El cristianismo no debería olvidar la promesa, el reto, del galileo; habría que preguntar: ¿hago cosas más grandes que Jesús?

¿Cuál es el arma de los cristianos? La oración en el nombre de Jesús. No es por la fuerza intelectual o física, no por lo bien portados o por la transformación espiritual (¿hay algo peor que un converso? se preguntan los escépticos): es el nombre de Jesús, su poder y no el nuestro. No es arrogancia disfrazada de modestia. Es la realidad: Jesús salva. ¿Cómo saber si es Él o somos nosotros? Fácil: ¿a quién se le da la gloria por nuestro trabajo? Si es al Padre eterno, Jesús es el que actúa. Si el ídolo es uno, ahí no hay más que soberbia. Al final, la morada final será la prueba de quién actuó por Jesús y quién por su ego.

Ámense los unos a los otros

Juan 13:31-38

La glorificación de Jesús estaba por ocurrir y con Él la de su Padre. El proceso inverso también es válido. En ese proceso de glorificación (algunas traducciones dirán «clarificación»), el Maestro impone un nuevo mandamiento, el único que aparece en la versión de Juan del evangelio. «Aménse los unos a los otros». No hay en esa formulación forma de escapar a la característica de un cristiano: si quieres que otros sepan que eres seguidor de Jesús, ama a tu prójimo. El nuevo mandamiento es una formulación de aquel «ama a tu prójimo como a ti mismo». El sello de los creyentes no es externo sino interno. El amor nos une y nos da identidad.

¿Qué tipo de amor? se preguntará cualquier lector. No es ciertamente el amor erótico. Juan usa «ágape». El ágape que deben tener los cristianos entre sí va más en el sentido espiritual. Es una unión interna, armoniosa con el prójimo. No es este un llamado a decirse palabras románticas sino a procurar el bien para el otro. Ese bien pasa algunas veces por el regaño y la reprensión. El que ama como Jesús enseñó no será alcahuete sino protector de su hermano. Amar es respetar, orar, cuidar, enseñar, escuchar al otro. Tener ágape es unirse, es tener comunión con nuestro Señor. La verdadera amistad no es aquella que pasa por alto el mal sino la que apunta a Cristo. Por eso es un mandamiento, por eso el Maestro no da cabida a la opción. Amar es un compromiso, no una emoción. En ese compromiso se distingue al seguidor.

Pero el capítulo termina con las duras palabras de Jesús a un Pedro emocional: ¿te vas? ¡Yo voy a dar mi vida por ti! Y entonces, Jesús le responde: ¿tu vida? Me traicionarás antes de que entiendas lo que estás prometiendo. Los gallos han cantado: ¿cuántas traiciones al evangelio han cometido los que un día prometieron su alma al Rabí? Cada uno deberá examinar su boca antes y después de hablar. Si el mandamiento es amar al otro, ¿cuánto valor se requiere para decir que uno ama al Señor Jesús?

Incluso ahí, en la traición, Jesús sigue amando a sus discípulos.