Treinta años después…

Una secta llegó a México hace treinta años. Afirmaba que se apegaba cien por ciento «a la Biblia». Vamos a hacer dos simples preguntas, un sencillo examen.

  • ¿Cuánto tiempo tardó la Iglesia del primer siglo en nombrar diáconos, maestros, ancianos, pastores, profetas? (Si se quieren ver más quisquillosos, podrían preguntarse si realmente existía la «ordenación» en esa primera Iglesia). ¿Se tardó treinta años?
  • ¿Cuál es la manera bíblica de «nombrar», entrenar, educar o como se le quiera llamar a esos puestos, oficios, funciones? ¿Iban a una escuela? ¿Se elegían por mecanismos democráticos? ¿Los nombraba un apóstol?

Sí lo ven, ¿verdad? La Biblia no es un manual de construcción de instituciones religiosas. Pero, en todo caso, «fundar iglesias» y luego «nombrar líderes» es creer que la carreta va a dirigir a las mulas, con todo respeto.

Pero, venga, no hay bronca, llámenle «evento histórico», describan cómo llegar en transporte público, pidan que no lleven niños (una iglesia que nombra «Ancianos» y que no logra educar a sus niños, oukei) y tomen muchas, muchas fotos y selfis. 😉

“Anímense con estas palabras…”

¿Para qué se reunían los cristianos en el primer siglo? Lo que nos llega de las Escrituras podría no ser una lista exhaustiva, pero, volvamos al tema de ser bíblicos, y preguntémonos mejor:

Lo que usted y su iglesia hacen ¿se parece, al menos de lejos, a lo que usted lee en el Nuevo Testamento?

Trate de ser honesto. Aunque duela.

Yo solía asistir a un grupo religioso que presumía de ser bíblico. Dejemos de lado que tenían un lema un poco riesgoso “donde la Biblia calla, nosotros hablamos” y digamos que para ellos eso de ser bíblicos era tener actividades que se parecieran a lo que la Biblia decía. El gran peligro (para quien enseñaba tal cosa) era que cualquiera que viera la lista de preocupaciones de los líderes y las comparara con aquellas del texto bíblico descubriría que las prioridades e incluso las actividades tenían poco que ver. Acá una lista:

  • Luces y sonido. Sí, quizá una de las principales preocupaciones cuando nos reuníamos era que no fallara el micrófono. Cuando nos robaron el equipo de audio, el líder estaba en la tristeza total. Lo mismo cuando proyectábamos algo: el proyector siempre fallaba cuando no tenía que hacerlo. La verdad es que era una ansiedad terrible que alguien quisiera presentar un power point o un video al público, no fuera a fallar el equipo a la mera hora.
  • Campañas evangelísticas. Se nos enseñaba que el crecimiento era sinónimo de nuevas personas convertidas. El silogismo era simple: una iglesia sana crece (en número de miembros), una iglesia enferma no crece. Con esto en mente, los debates sobre días, temáticas, nombres de las campañas, impresión de propaganda, programa, invitados especiales, eran interminables. A veces poníamos nombres de telenovelas o películas de moda (no dudo que alguien hoy en día dijera algo como “Escuadrón Suicida para Dios” o una cosa similar. No se rían, es serio), otras veces los predicadores nos fallaban, algunas discutíamos si poner un baile o mejor al hermano que cantaba bonito… ¡qué inmisericorde forma de perder el tiempo!
  • Recolección de dinero. Este tema quizá compite con cualquier otro en importancia. Un dicho común era que para Dios el dinero no era importante, pero para el mundo sí, y como nosotros estábamos en el mundo, pues necesitábamos monedas. Vi muchas veces la cara de preocupación en líderes que veían cómo el dinero escaseaba. Se hacían planes, se exaltaba a los hermanos que daban sus cuotas, se regañaba y amenazaba con maldiciones (bíblicas, obvio) a quien no diera. El dinero era un verdadero dolor de cabeza cuando no había y una gran alegría cuando abundaba.
  • Talleres para solteros, casados, adolescentes, madres solteras y un largo etcétera. En algún momento se creyó que era buena idea separar por edades o por estado civil a la iglesia. Esto sólo generó divisiones, pero además, la atención que la iglesia daba a cada grupo dependía del estado y el ánimo del líder en turno. Cuando un líder principal era soltero, el ministerio de solteros tenía mucha relevancia; ese mismo líder se casaba, ahora los matrimonios eran importantes; tenía hijos, la enseñanza para padres se convertía en lo relevante; los hijos eran adolescentes, pues el grupo de adolescentes se fortalecía. ¿Se adivina el resultado? Una iglesia que da bandazos, que un día quiere una cosa, otro día quiere lo contrario. Y recursos ingentes se gastaban para mantener esos grupos con cierta salud “espiritual”. Por supuesto, había “fiestas de solteros”, “fiestas de casados”, retiros de jóvenes y así ad infinitum.
  • Ministerios de música y una lista larga de otros ministerios. Si el sonido ocupaba gran atención en los servicios, la música tenía también su propio lugar. El coro era un rompecabezas que iniciaba por cuestiones técnicas (¿a capella o con instrumentos?) y terminaba en primeros auxilios emocionales (el líder del coro ya está viendo con ojos de lujuria a la hermanita del coro o viceversa). De ahí a los interminables ministerios que surgían. Llegó a existir un ministerio de poner y quitar sillas… que peleaba con el ministerio de la música que tenía que llegar temprano y se quejaban de los ruidos que hacían los del ministerio de sillas, que a su vez se quejaba con el de Santa Cena porque desordenaban las filas y éstos a su vez se enfadaban con el cuidado de niños porque los responsables no lo eran tanto y los niños gritaban como posesos a la mitad de la oración… y un largo viacrucis para que en el momento del sermón hubiera cierto orden y armonía y el predicador no se enojara y lanzara anatemas desde el púlpito al ministerio del sonido…

Esos son sólo algunos ejemplos de prioridades en una iglesia. A cambio, sólo como ejemplo, el Apóstol San Pablo dice a los Tesalonicenses: “Por tanto, aliéntense los unos a los otros con estas palabras (1 Tes. 4:18)”. ¿Cuáles eran esas palabras? ¡La resurrección de los muertos! Y si revisamos 1 Corintios, veremos una lista de los asuntos y problemas que aquejaban a esa iglesia y que interesaban poner por escrito a Pablo:

  • Divisiones en el que los grupos en pugna tomaban a su propio caudillo.
  • Relaciones sexuales (oh sí, matrimonio, prostitución e incesto desfilan en las páginas de 1 Corintios).
  • Problemas entre cristianos que terminaban en pleitos legales ante jueces no-cristianos.
  • Qué era y cómo se tenía que tomar la Santa Cena.
  • Los dones milagrosos y las manifestaciones espirituales.
  • La manera en la que se debían ordenar las reuniones cristianas.
  • La resurrección de los muertos.
  • La ofrenda para los santos.

¿Se parece esta lista a las preocupaciones de su iglesia? O quizá ya somos de una generación tan madura y tan espiritual, que eso que Pablo escribió ya está muy fuera de moda y pues solo sirve para pasar un rato de sano esparcimiento espiritual. Quizá, si Pablo escribiera hoy, tendría una línea para el ministerio de niños y otra para el equipo de audio de los inmuebles donde se reúne la iglesia. ¿Será?

MEDITE: ¿Y si nuestras prioridades como iglesia no son las prioridades ni de la Biblia ni del Maestro ni de Dios? Cuidado con ser odre viejo.

Fracasos generacionales

El líder fundador explicaba su método de manera muy simple:

  1. Misioneros extranjeros plantan una iglesia.
  2. Los miembros locales crecen, vigilados por esos misioneros.
  3. A su debido tiempo, los misioneros regresan a casa o se van a plantar otra misión y los locales son nombrados líderes.
  4. Estos líderes nacionales entrenarían a su vez a nuevos y así hasta alcanzar toda la nación y todo el mundo.

No suena mal… hasta que se puso en práctica y lo que ocurrió fue que esos líderes nacionales crecieron mal, medio torcidos, medio ególatras, medio medio. Llevaron de tal manera las cosas que se pelearon entre ellos, sacaron a algunos (¡sacaron hasta a su padre fundador!), metieron a otros y al final, con la iglesia hundida en una de las peores crisis de su corta historia, todos esos primeros “grandes líderes” nacionales se derrumbaron. De esa generación antigua no quedan más que uno o dos.

¿Qué pasó? ¿Qué hicieron mal? Me parece muy simple: el sistema estaba diseñado para tener un líder supremo al que todos se debían plegar. Cuando intentaron dividir el poder entre cinco, la cosa se salió de control porque simplemente el diseño original de su grupo no cambió. En cierta manera, era un acomodo piramidal que, al quererlo hacer trapezoide, reventó. Meter a un vocho 89 el motor de un Beetle 2013 no es buena idea. Tunearon la nave intentando hacer un auto del año y les salió un Simpson móvil.

Ante esto queda reflexionar en el fracaso de una generación que no pudo formar líderes que llevaran al grupo hacia el nuevo siglo. La realidad les pasó por encima. Ahora, como siempre, tienen dos opciones:

  1. Regresan a las prácticas más duras y rebasan por la derecha a su líder fundador (que parece gozar de buena salud), o
  2. Revolucionan todo y clausuran de una vez la franquicia para renacer como una nueva iglesia.

En ambas opciones hay costos elevados. Quizá el que más les duela (porque está en su ADN) es que muchos hermanos saldrán de ahí. Porque cada que un grupo cristiano sufre de este tipo de crisis, muchos creyentes sufren con ellos. Será a estos creyentes a los que se les deberá apoyar y orientar.

Por lo mientras, los que se quedan harán bien en poner sus barbas a remojar y harían bien en reconocer públicamente que se equivocaron. Sería el preámbulo para algo nuevo. Esperemos, pues.

Enfoques, burocracia y ofrendas especiales

Si uno quería tener novia, el proceso que tenía que pasar era un tanto tortuoso. Empezaba con ir con su discipulador quien le contaba al líder. Éste le decía a la discipuladora de la hermana quien, a su vez, iba con la líder. Ellas dos (o solo la discipuladora) le preguntaban a la hermana. Si mostraba interés, se hacía el mismo proceso pero a la inversa hasta llegar con usted.

Venía entonces un periodo raro. Dos personas querían estar cerca porque se gustaba , porque sentían atracción o por lo que quiera y mande. Pues bien, el consejo consentido era: «aléjense un mes. No se hablen, no se manden mensajes, no salgan juntos». Nunca entendí muy bien el sentido de esto, pero supongo que era una especie de demostración de que en realidad se atraían. Supongo que era justamente tener una evidencia de esa atracción. Y creo que era una idiotez.

Si después de todo eso, usted seguía interesado en la hermana, quizá tendría una plática con el amado líder para leerle la cartilla y eso terminaría con un «¿y cuándo quieres pedirle que sea tu novia?». Era un momento feliz, sin duda. Quizá por todo eso, se le llamaba «estar enfocado». Pues sí, deberías tener más que fuerza de voluntad: negociar, demostrar, convencer, no a la hermana, sino a los amados líderes de que eras digno de tener una hermanita para ti. Esto requiere concentración, enfoque, pues.

Bueno, todo ese sistema se alimenta de dinero. Los amados líderes viven del dinero que los hermanos les dan. Y una vez al año, esa cuota se incrementa más de viente veces. Se le llama «ofrenda especial». Si usted la da, si usted llega con el pretexto de «no veo hombres, veo a Dios», pues luego no se queje de que esto que acabo de describir se repita. En realidad, si usted sigue dando su ofrenda especial, sigue alimentando al monstruo. ¿Se vale quejar?

PD.- Este sistema de noviazgos y parejas tenía una falla: podía salirse, casarse y regresar (restaurarse). Era un atajo que varios tomaron. La verdad es que, en la práctica, pocas desventajas tenía. De hecho, hay casos en donde el que lo hizo, regresa con su esposa ¡a dirigir a los casados que aguantaron vara ahí dentro! Y luego se quejan…

El desierto

Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían (Marcos 1:12-13 RV60)

Cuando salimos de una iglesia institucional, dejamos atrás amigos, costumbres, tradiciones, hábitos. Y nos encontramos de pronto con algo que suena terrible: la nada. No tenemos una agenda preestablecida que indique qué toca hacer cada día. No tenemos reuniones con horarios inflexibles («si no llegas a tiempo, no entras a la reunión»). No recibimos castigos por incumplir las obligaciones que otros impusieron. No hay horarios fijos. Y entonces uno siente que llegó al desierto. Es ahí cuando uno sabe que, ahora sí, está afuera, lejos de todo eso que por años le daba sentido a nuestra vida, lejos de aquello que nos daba incluso identidad. Ya no es nuestra iglesia. Ya no es nosotros, son ellos.

En ese momento muchos hermanos se quiebran. Como los israelitas en el desierto, prefieren la comodidad de la esclavitud (al menos tenían seguro techo y comida) que la libertad del desierto, donde comían siempre lo mismo y no parecían tener claro el rumbo. Extrañan lo bonito que, definitivamente, hay en sus jaulas religiosas: sus amigos, fiestas, excursiones, abrazos, risas. Olvidan que eso les quitó y les desvió de otro propósito: construir una relación personal con Dios. No estamos en una iglesia porque haya amigos sino porque esos amigos nos ayudan a crecer y a conocer en y con Dios. Nada de esto sirve: quieren «comer» aunque les cueste su libertad, esta última, condición imprescindible para crecer espiritualmente. Vagan por el desierto, se van en pos de espejismos, a veces caen en caravanas de beduinos, vuelven a ser dañados… en el peor de los casos, mueren en el desierto.

Nada de esto ocurrió con el Maestro. Nos llama la atención que lo primero que el Espíritu le impulsa a hacer es ir al desierto. Los tres evangelios sinópticos coinciden en eso: 1) Jesús va al desierto, 2) es tentado por Satanás, 3) vence, 4) es servido por ángeles. Los evangelios también coinciden en informar que ahí pasa cuarenta días. Es el número canónico de la preparación. Jesús es inspirado por el Espíritu a ir al desierto a prepararse. Ahí es probado por el enemigo. Vence por el poder de la Palabra de Dios. Cuando regresa, el Maestro proclama el arrepentimiento. ¡Qué lejos del desierto están las iglesias! Quieren que el nuevo cristiano ande en su grupo, que no se separe, que dependa de ellos. ¿No decimos que el creyente siempre está acompañado por el Señor? Entonces, incluso cuando está en el desierto, en la soledad y el calor del desierto, el cristiano no está solo nunca. Es ahí donde recibe instrucción y entrenamiento para empezar la batalla diaria que significa la vida cristiana. El enemigo atacará, le ofrecerá todo para que se rinda a sus pies. Ahí, en medio de «las fieras”», el hijo de Dios sigue gozando de todas las prerrogativas de un nacido de Espíritu. Va a triunfar. Está garantizado.

Ahora bien, nosotros nos damos cuenta de otra cosa más en el desierto: no existe la dicotomía «afuera-dentro» que enseñaban en el club religioso. Si lo que dice el párrafo anterior es cierto, ¡siempre estamos dentro de Dios! Además, hay otros cristianos caminando (no todo el que vaga está errado, dice una frase) en el desierto y es maravilloso encontrarnos. La comunión que existe entre estos hijos de Dios es extraordinaria. Caminamos juntos, reconocemos las tentaciones y las armas espirituales que cada creyente utiliza para vencer y crecer en el Espíritu. A veces los no-caminos del desierto convergen y otras divergen. Pero, ¡ay de nosotros si interrumpimos el crecimiento único y personal de cada creyente!

Esto no es sólo palabrería. En nuestro caso se ha traducido en una comunidad de creyentes que se reúne para estudiar las Escrituras, compartir sus derrotas, sus victorias, sus preocupaciones y sus ocupaciones. Hemos compartido el evangelio a quien no lo ha escuchado. Lo hacemos con la predicación del domingo, pero el mejor método es ser nosotros mismos el evangelio viviente. No tenemos campañas de proselitismo. Tenemos dos preguntas básicas: ¿cómo crecemos en Dios? y ¿para qué propósito nos puso Dios en este plano de la realidad? Y el desierto es un lugar maravilloso, fuera de ruidos y de distracciones, para esperar la respuesta de nuestro Señor. Esa respuesta siempre, siempre, siempre llega.

¡Que Dios bendiga a los libres que obedecen el llamado del Espíritu para ir al desierto!

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Una emboscada

[OJO: esta historia está basada en hechos reales. Sin embargo, se cambiaron los nombres para no herir susceptibilidades. Cualquier parecido a la realidad es mera coincidencia. De veras.]

Eddy (así lo llamaremos) era un líder bronco de la ICMAR. Un día se enteró que un tal Luis Venegas, caído y traidor de la fe, andaba enseñando herejías por su tierras (él no usaría la palabra “herejía” porque no la conocía, siempre presumió su ignorancia; él diría: fuera de la sana enseñanza), a sus solteros y a sus miembros (porque eran SUYOS, sin duda). Cuando supo que la casa donde se reunía ese Venegas era la misma en donde sus solteros tendrían un convivio, mandó a Jorgito (así lo llamaremos) a decir que el amado líder decía que ahí no se podían reunir, que no fuera a ser que se contaminaran. Pero la cosa no paró ahí. Tan celoso de su deber era (es), que Eddy preparó una emboscada.

Un grupo de los que se reunía con Venegas se veía en la semana para tiempos de oración. Así que, de sorpresa, este Torquemada de Neza llegó y cuando empezaba la reprensión, los hermanos ahí reunidos le contestaron con tal amabilidad y conocimiento de la Escritura (y de su oscuro pasado, eso que ni qué) que lo dejaron callado. A Eddy nunca le dijeron que meterse a palabras con ancianos, que hacerlo a traición, y además sin el supuesto líder (o sea, el Venegas caído), no era buen negocio. Cuentan los que estuvieron ahí, que Eddy venía preparado con unas cuantas Escrituras, pero cuando subió el tono de voz, hasta de eso se olvidó. Le ganó su indomable carácter. Pero qué importa: él no sería como Martincito (así lo llamaremos), su némesis en Neza, que dejaba que todo tipo de desórdenes pasara en su iglesia. Eddy se fue con la cola entre las patas… pero compartió a sus superiores su hazaña, cómo combatió a los caídos, a los que querían robarse al rebaño.

Sus amados líderes lo felicitaron. Sus solteros no se contaminaron. Su sagrada familia ocupó cargos en su empresa-iglesia. Su conflicto con Martincito siguió. Su amado líder cambió de iglesia. Pero él dice que Luis Venegas es su amigo. Dice que sigue orando para que regrese. Niega que aquello fuera una cobarde, estúpida y mundana emboscada que le salió mal. Eddy, como Rigo, es amors… y es ICMAR. Eso, se me hace, explica todo.

Placebos

Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente (Mateo 9:17)

El gran problema cuando se vive en un sistema religioso abusivo es que muchos de las soluciones de hermanos bien intencionados son sólo calmantes. Es querer curar el cáncer con agua oxigenada. Lo viví y lo sigo viendo. ¿Por qué no funcionaba la campaña evangelística? ¿Por qué los hermanos seguían igual después de la velada de oración? ¿Por qué los hermanos seguían faltando y no daban sus ofrendas y “pecaban”? ¡Porque todo el sistema estaba quebrado! Había hermanos que tenían muy buenas ideas, muy buenas propuestas. Pero llegaban a las manos de los líderes y todo lo que ese plan tenía de vivo se convertía en algo acartonado, seco, aburrido, tibio. Eso, si pasaba por la autorización de los superiores. Si decidían hacerlo “por la libre” y simplemente lo empezaban, no faltaba el día en que la jerarquía se enteraba y terminaban con el plan, con el hermano y con toda idea que no tuviera su bendición. No es que no creyeran en los hermanos entusiastas. No. Lo hacían todo en nombre del orden, el progreso y la paz de su iglesia. Estos hermanos de buen corazón siguen existiendo. Todo mundo los conoce… y todo mundo sabe que ahí no serán libres de aplicar su idea hasta que lleguen a cierto nivel de liderazgo y, entonces, se tendrán que cuadrar a lo que otros liderazgos autoricen. En los sistemas jerárquicos, los cambios suelen venir siempre de arriba hacia abajo. Pero de muy arriba. Es ahí donde el sistema se mantiene. En esos puestos, algunos líderes se suelen quejar de lo apático de los hermanos. Piden alguna propuesta y nadie propone. Dan a conocer un plan y todos dicen que sí. ¿Cómo pretenden que los hermanos opinen cuando nadie les ha enseñado a hacerlo? ¿Cómo va alguien a dar una idea cuando los han oprimido por años? ¡No saben volar! Así que esos lindos planes no son más que placebos. El Espíritu de los hermanos no es alimentado. Lo pueden ver en cientos de congregaciones: las cosas se hacen así porque así se han hecho por décadas. El hermano entusiasta más tarde o temprano se da cuenta de eso. A veces concluye que el malo del cuento es él. No. El sistema está rebasado, no funciona, no sirve. El responsable, hay que decirlo, es el liderazgo. Son ellos y no el hermano bien intencionado los que sojuzgan a la Iglesia. Pero, como lo hemos visto también, el creyente un día se da cuenta que las alas nunca se las cortaron y simplemente vuela. ¡Qué maravilloso día ese!

¿Y los pobres?

Pero vosotros habéis menospreciado al pobre (Santiago 2:6)

“Todo se lo debes a la iglesia”. Una y otra vez me lo dijeron. Cuando estaba dentro, esta frase funcionaba para que no me fuera. Cuando estuve fuera, era un reproche por lo malagradecido que había sido. Ellos lo creían. Había algunas evidencias de que era cierto. Muchas personas llegan ahí con vidas destruidas, con una visión terrible de sí mismas, con dependencias enfermizas hacia sustancias, personas, grupos. El típico converso viene de un desastre personal y su último recurso es la religión. Es ahí, en esa institución, donde le llenan de sentido, donde le dan una guía para que sienta que pisa en suelo firme. Es ahí donde tiene esa epifanía, esa revelación de que hay algo por lo que vale la pena seguir vivo. Esa persona vive con entusiasmo y con pasión su nueva vida. ¿Cómo alguien se atreve a cuestionar su ancla a la felicidad? Si esa persona, además, empieza a tener autoridad, afirmación, la institución tiene ganada la lealtad casi absoluta del converso. Porque, además, en algunos casos, esos conversos se vuelven profundamente incompetentes en la sociedad. Mientras que la sociedad los mira como mediocres por no pasar de ser taxistas, albañiles o profesores, en su iglesia aparentemente los valoran y puede ocurrir que el taxista sea el líder espiritual del gerente de una poderosa empresa. Pero esto es una excepción y no la regla.

Cuando uno mira a los verdaderos jefes de la institución y observa con detenimiento sus intereses y ambiciones, se lleva sorpresas. ¿Cuántos siguen diciendo que dejaron mucho por estar en la iglesia? ¿Cuántos son mirados como “héroes” por rechazar el nombramiento de alguna corporación y dedicarse de “tiempo completo” a su iglesia? Los hermanos que no son dueños de títulos y dinero son, a lo más, buenos servidores, leales, pero no verdaderos “líderes”. Noten cómo la ambición de muchos de esos pastores es tener la misma vida que un alto directivo de una empresa. Y en el fondo, el taxista leal jamás es reconocido ni en la sociedad (cosa que no le importa) ni en su iglesia (tragedia total). Les duele saber esto: las grandes decisiones no son tomadas por ellos sino por los que ambicionan tener la vida que el mundo según ellos les daría de no estar ahí. Sus autos, casas, viajes, ropa lo demuestran: estos pastores desprecian y miran hacia abajo al converso entusiasta pero pobre.

No. Tan feo como es, en esas iglesias donde se ambiciona un estatus en el mundo más que uno en el cielo, no tienen cabida los que simplemente quieren atesorar oro en el cielo. Unos viven en el más acá y otros en el más allá. Y visto así, a muchos de esos líderes les queda perfecta la frase: ellos sí le deben todo a su iglesia. Y por tanto, no dejarán ni soltarán el negocio.

Buenos pretextos

Centrarse en uno mismo es lo contrario de centrarse en Dios. Cualquiera completamente absorto en sí mismo, no tiene en cuenta a Dios; termina pensando más en sí mismo que en Dios. Esa persona ignora quién es Dios y lo que Dios está haciendo (Romanos 8:7)

“Yo estoy aquí por Dios, no por los hombres”. Un día me di cuenta que en realidad seguía ahí porque pensaba más en mí mismo que en Dios. Todos mis pretextos caían en un círculo vicioso en donde me condenaba trágicamente a estar en ese lugar porque me daba miedo salir. Y ese miedo me paralizaba. Me hacía posponer lo que ya era inminente: ese no era mi lugar. También ponía de pretexto que Dios no era claro en lo que me pedía. ¡Pero sí que lo era! Sólo que mi ego me ponía una barrera ficticia. Me daba cuenta de que su doctrina era perversa. Sabía de los abusos hacia hermanos. No desconocía los desastres en el manejo del dinero. La falta de crecimiento era grotescamente evidente. Y yo seguía ahí. No podía huir. No podía ser un traidor. No podía ser un cobarde ni malagradecido ni amargado ni rencoroso. Me habían atado pero yo había encontrado la llave y no la usaba. Entonces venía la culpa: sí estaba huyendo, siendo traidor, cobarde… pero conmigo mismo. La sensación de estar en un lugar donde todos tienen caras felices y tú no es insoportable. “Quizá yo esté mal y ellos bien”. Así pasaron meses enteros. Tenía que poner cara de felicidad pero en la intimidad de mi recámara, mi vida espiritual agonizaba. Estaba seguro, además, de que no era el único.

Pero llegó el día. Nadie me trató mal. Nadie me hizo un gesto de desagrado. Simplemente vi con claridad que seguir sometiendo mi voluntad y mis decisiones a hombres con buenas intenciones pero con espiritualidad tendiente a cero, era una estupidez mayúscula. Se trataría a partir de ahí en centrarme en mi o en centrarme en Dios. No tenía que ver ni siquiera con el lugar en sí mismo porque siempre he sabido que hay más de uno ahí dentro con una gran relación con Dios. No. Era mi propio llamado. Esa voz que me había dicho desde hacía tiempo que yo tenía que salir. Era eso que el mundo llama “intuición”, “corazonada”, “sensación”; pero que yo llamo simplemente Dios. Salir de ese lugar, para mí, representó en realidad ponerme ante el reto de seguir ocupado en mi carne o estar ocupado en los asuntos espirituales. Es mi oración que usted adivine cuál le conviene más. Así será.

Complicidad

y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado (Santiago 4:17)

Hubo un tiempo, y quizá continúa pero a más baja intensidad, cuando me criticaban por las críticas que hacía a la institución religiosa a la que pertenecí. Me decían que quién me creía yo para tratar así al grupo que me había dado todo lo que espiritualmente vale la pena. Según estos críticos, yo le debía todo a esa institución. Tenía, entonces, que ser agradecido; tenía que ver a Dios y no a los hombres. Por cierto, que la abrumadora mayoría conocía y entendía los abusos que esos líderes habían cometido (o que seguían cometiendo). Para estos hermanos de buen corazón, lo que yo hacía (lo que sigo haciendo) sólo reflejaba mi amargura, rencor, frustración y, en suma, mi apostasía. Calla y deja que Dios obre justicia (o gracia, según el hermano en turno) con esos líderes.

Pero no he hecho caso. Prefiero esas críticas e incomprensiones, que no obedecer a mi Señor. No quiero, no es mi llamado, “sacar” a los hermanos de esas sectas abusivas. Ya tienen un salvador y se llama Jesucristo. Pero pobre de mí si, amparado en la comodidad de la frase “Dios juzgará” no prevengo a otros de lo peligroso que es estar ahí. Imagine que yo sé que en la esquina de mi calle hay un ladrón violento. Además de denunciarlo con la policía (y sabemos que muchas veces la policía no hace nada), mi deber es prevenir a las personas que pasen por ahí. ¿Cómo voy a dejar que mi hermana, mi amigo, mi compañero pase por esa esquina sin que yo le diga “cuidado con el ladrón”? ¿No es complicidad mía? Pero eso es justamente lo que me piden aquellos que exigen mi “prudencia”. Que deje que una decena sean asaltados y que, ya escarmentados, alguien haga algo.

No y no. En México hay un refrán que ilustra este silencio cómplice: “tanto peca el que agarra la pata como el que mata a la vaca”. Y, lamentablemente, muchos cristianos que adoran más a su institución que a Dios, caen en eso. Es cierto, por lo demás, que el Padre del cielo no deja solos a los hijos que lo buscan. Es cierto que muchos pasarán por la esquina justo cuando el ladrón no esté. Son los que me dirán: “yo no vi a nadie, no me asaltaron”. Tienen razón: pero no me diga que es una regla general. Por eso no saldrá de mi boca la frase “sálgase de su iglesia y venga a la mía (o a cualquier otra)”, pero no malgaste su tiempo al pedirme que no le diga que su iglesia en realidad es una secta que está abusando de usted. Viva su experiencia. No le voy a decir: “se lo dije”.

La reunión cristiana

Parece que el famoso pasaje de Hebreos 10:25, tiene otra traducción y se parece a esta:

“No olviden que un día se van a reunir con Cristo, como algunos hacen [olvidarse de ese día], sino que anímense los unos a los otros porque ese día [el encuentro con el Señor] ya viene”.

De cualquier manera, el texto enfatiza un hecho: el cristiano solo, sólo existe en la mente egoísta de algunos. Vamos a dejar como “no dejando de congregarnos”. ¿Establece la Escritura un patrón claro de periodicidad? ¿Cada cuánto nos debemos congregar? ¿Cómo deben ser estas reuniones? ¿Qué pasa si uno falta a una (o a dos o a tres) de esas reuniones? Hay quien dice que ahí donde la Biblia calla, nosotros, los lectores, podemos hablar. Así que si bien no lo dice, tampoco lo prohíbe. Si así lo hemos hecho desde siempre, ¿para qué cambiarlo? De esta manera, el cristiano piensa en “congregarse” como ir a un templo a hacer cosas ya establecidas desde siempre: escuchar o cantar himnos, escuchar la oración de algún hermano, escuchar un sermón, escuchar los anuncios, dar su cuota de tiempo y de dinero, dar un aventón a algún hermano, llegar a casa, ver la tele, orar, dormir… Es cierto que este tipo de reuniones pueden ser (y de hecho lo son), de mucha ayuda para los más jóvenes, para quien inicia y apenas sabe abrir una Biblia. También es muy cómodo para el que quiere enseñar: lo hace en grupo y se evita el engorroso trámite de hacerlo uno a uno, ya no repite información, abarca a más personas y, en general, “cuida” al rebaño. Pero si es cierto que la iglesia es una familia, ¿cuánto tiempo se necesita para que el cristiano se de cuenta de que ese tipo de eventos empieza por aburrirlo y terminan por enfriar su comunión tanto entre hermanos como con el mismo Dios? En algunos caso son años. Encontrarse de pronto con que algo en esa reunión no está bien provoca problemas internos en el creyente. Piensa que el culpable es él, que el malagradecido es él, que el soberbio es él. De nuevo, como en otras ocasiones, ese día el cristiano deberá tomar una decisión: o se queda con ese formato de reunión, o busca activamente en Dios renovar la grandiosa, vital y dinámica reunión entre creyentes. Doy fe que la segunda opción es asombrosamente útil, necesaria y vital. Ahí se respira vida. Inténtelo, le va a gustar.

Mercaderes y marchantes

Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:23)

Leo la historia de un pastor y su señora esposa. Eran parte de una de las franquicias más exitosas de la cristiandad de mercado. El dueño de la franquicia puede operar desde Miami y Guatemala sin problema alguno. La historia de ese matrimonio está llena de vanidad, riquezas, lujuria, mentiras y muerte. El pastor muere asesinado, con sospechas de ser un verdadero depredador sexual. La pastora viuda se queda con el negocio llamado iglesia pero lo administra mal; sus declaraciones son tan incoherentes que sus abogados deciden dejar de defenderla y sale huyendo del país. Verdaderos vendedores (y a gran precio) de la fe. Pero por cada vendedor de la fe hay un comprador. ¿Qué orilla a las personas más pensantes, más prósperas, más aventajadas de una comunidad ir a los brazos de estos chamanes modernos? En muchos casos, las ganas de expiar sus culpas. El ser humano moderno, ese ser lleno de dudas, culpas e inseguridades. En otros casos, la curiosidad por lo desconocido. Ser católico está pasado de moda. Si ya somos tan ricos como la clase media gringa, pues tengamos el plato completo: también su religión. Nos hacemos de la vista gorda ante los evidentes excesos. Todos tenemos cola que nos pisen. Ya Dios juzgará. La gente suele inventarse un montón de excusas. Además, ¿no hicieron esos siervos de Dios milagros? ¡Claro! Jesús sabía que iba a pasar eso. Por arreglos espirituales, por asuntos del otro mundo, el nombre de Jesús tiene poder. Sí, esos milagros son milagros de verdad. Esas vidas cambiadas, también. No me cabe la más mínima duda: los feligreses de esos mercachifles tienen testimonio de cosas sobrenaturales. Pero ser líder cristiano no significa sólo que se tiene poder. Por supuesto que ante el aburridísimo sermón dominical que hace referencia a historias de hace dos mil años, el espectáculo de esos señores es muy atractivo. Jesús no tiene reparo en afirmar que habrá gente que haga espectáculos. Qué bueno por los receptores de esos milagros. Pero llegará un día, El Día, en que el último de los engañados tendrá su premio mientras que el pastor devenido showman no será reconocido por Jesús, básicamente porque Jesús nunca fue su señor. Nada de venganza: simple realidad.

La empresa llamada iglesia

…Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador (Efesios 5:23)

Alguien vendió la idea de que la iglesia es una institución con normas, ritos, edificios, presupuestos, liderazgos, objetivos, misión, visión… y nosotros la compramos. Preguntemos si esta era la única forma en que el cristianismo podría sobrevivir. ¿Le debemos a Constantino el favor de preservar y propagar el cristianismo? Sí: le debe el cristianismo institucional. Pero todos aquellos que, a partir de ahí, murieron porque otros cristianos les llamaron herejes, desviados, traidores, apóstatas, ¿le deben algo a Constantino y a su madre Helena? Si le vamos a creer a la Biblia (y eso es, ya en sí mismo, un problemón), Jesucristo es la cabeza y la Iglesia es su cuerpo: Él es el Jefe, quien alimenta, quien la cuida, quien provee de liderazgo. Parece que los cristianos ya no creen mucho en el mundo espiritual. Se les hace muy místico, muy de la Edad Media eso de que Jesús es la cabeza. A algunos les de pena admitir que ya no creen en ciertas porciones de las Escrituras. No queremos la hiper institucionalización del cristianismo al estilo católico romano (u ortodoxo oriental), ahora mejor pensamos a la iglesia como una PyME, una pequeña o micro empresa. Como en toda empresa, hay gerentes, estatutos, comités, oficinas, metas. Eso se parece más al mundo moderno. Ahora sí, con la iglesia convertida en una empresa (que vende espiritualidad, o algo así), podemos dejar los libros aburridos de los teólogos (¿griego? ¿arameo? ¿hebreo? ¡ni que fuera nerd!) y nos ponemos a leer libros de “cómo ser un buen líder”, “cómo hacer que su iglesia (entiéndase, empresa) crezca”. Literatura de café. Los cristianos se sienten así más cómodos en este mundo: la iglesia como actor en el mundo capitalista. Pero como eso no es la Iglesia, hay algo en lo más íntimo del creyente que no le hace sentido. Tarde o temprano se preguntará: ¿y si todo esto no es necesario? En ese momento, tendrá la opción de callar sus dudas y acomodarse (al mundo), o seguir en serio hasta las últimas consecuencias. Si llega hasta allá, recordar los días en que basaba su cristianismo en una institución le parecerá incluso obsceno. Será un día crítico. Un día feliz.

Un mecanismo de control

Hace poco, platicaba con un hermano sobre un incidente en el que su líder de iglesia estuvo involucrado. Básicamente, el líder lo acusa de haber «pecado». Vi, entonces, con claridad el mecanismo de control mental y espiritual que se usa en cientos de grupos sectarios-religiosos.

  1. El líder afirma que estás mal, que has cometido una falta.
  2. El líder te manda a llamar en privado.
  3. En la reunión con el líder, te dará terapia de choque: debes estar convencido de que estás mal, de que has cometido una falta grave. Según cómo respondas, podrá ser amable-rudo, amoroso-amenazador. Jugará al interrogador hasta que aceptes tu culpa.
  4. Una vez que aceptas lo mal que estás, viene la penitencia. De nueva cuenta, esta penitencia irá en proporción a lo duro que fuiste para aceptar tu culpa. Si a las primeras dijiste que estabas mal, la penitencia será incluso simbólica. Pero si te pusiste difícil, la penitencia será más grande: pedir perdón en público, aceptar lo equivocado que estabas y lo acertado que estaba el líder, ya no participarás en su reunión, etc.

Si no aceptas tu culpa, prepárate para más sesiones de choque. Y si de plano te aferras, entonces te expulsarán e iniciarán una campaña para que todos vean lo malo que eres.

Preguntas sobre la iglesia IV


Una de las cosas que más me han preguntado es qué vamos a hacer ahora. ¡El primero en preguntar eso soy yo mismo!

¿Quieres que los miembros de tu antigua iglesia se vayan a la tuya? ¿Quieres dividir?

Escribí una carta cuando salí. Nunca escribí que quiera que salgan y se vayan conmigo. Dejé claro que mi deseo no es señalar a los buenos (que siempre es el que acusa) y a los malos (que siempre son ellos). Cada quien debe evaluar la situación y orar para que el Padre les muestre qué hacer. He dicho que para algunos, el camino no es dejar la iglesia. Para otros sí lo es. Hay hermanos que tienen la influencia y la voluntad de cambiar y los he animado a quedarse ahí para dar la batalla.

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Preguntas sobre la iglesia III

Estas se relacionan a los líderes. Es, sin duda, el gran tema porque pasa por un aspecto emocional muy importante. Ahí tengo líderes que son (o fueron o dijeron ser) mis amigos. Se ha dicho que me hicieron algo feo. Pero no es verdad: jamás me pidieron dar masaje a los dedos de los pies de mi líder (true story), jamás me corrieron (uno de ellos, cuando yo apenas tenía un par de meses me corrió de “su reunión de líderes”, pero esa no la cuento), jamás me discriminaron (al menos no lo sentí así). No es un asunto de “Venegas vs los líderes de la ICMAR”. Dada la insistencia de las preguntas, paso a responder las siguientes tres preguntas:

  • ¿Te caen mal los líderes?
  • ¿No quieres que los líderes ganen dinero? “El trabajador tiene derecho a su paga”. ¿Los quieres a todos pobres?
  • ¿Por qué no dices nombres? Ellos te llaman a ti por tu nombre, ¿no deberías hacer lo mismo?

¿Te caen mal los líderes? ¿Tienes problemas con ellos?

Ni lo uno ni lo otro: son líderes religiosos y los trataré siempre como Jesús trató a los líderes religiosos de su época. No me caen mal porque no me han hecho nada malo. Son buenas personas. Algunos son padres de familia excepcionales, un ejemplo notable en sus matrimonios. Además, muchos hermanos que aprecio siguen ahí con ellos. Por amor a ellos, me encantaría que les fuera bien. Pero se han puesto como gobernantes de sus hermanos, y como tales tienen responsabilidades. Ahora bien, quiero precisar que cuando me refiero a “líderes religiosos”, me estoy refiriendo, principalmente, a aquellos que gozan de un sueldo fijo, que tienen una relación contractual con la ICMAR. Digo, “principalmente” porque tristemente no sólo son los “asalariados” (ellos se llaman “ministros”) quienes padecen estos problemas, también líderes “debajo” (así les dicen) de los ministros copian lo peor de éstos. Me refiero que algunos líderes de sector, de charla y discipuladores también pueden estar contagiados. Sin embargo, dada la estructura de la iglesia, los que tienen más posibilidades de iniciar un cambio de cultura son los ministros. En ellos estoy pensando cuando me refiero a los “líderes”.

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Preguntas sobre la iglesia II

Seguimos en la serie de preguntas y respuestas. Ahora quiero responder dos preguntas que me hacen sobre lo que me aportó la iglesia, sobre cómo ahora parezco un malagradecido que no quiere reconocer todo lo que se me dio. La segunda pregunta tiene que ver con la importancia de las reuniones cristianas y mi supuesto desdén por las mismas. Digo, un día me peleé públicamente con el maestro de la ICMAR porque en un correo, en letras chiquitas decía: “no es una reunión opcional”. Yo pregunté: “¿Es obligatoria? ¿Hay que ir sí o sí? ¿Me quitan puntos si no asisto? Si ese día muero, ¿voy al infierno (por faltar a la reunión “no opcional”)?“. Y afirmaba: “El Dios en el que creo es un Dios de opciones”. Con eso bastó para que se armara un alboroto tal… en fin. Aquí mis respuestas.

¿Cómo puedes decir que la iglesia que dejaste está mal si ahí te casaste, ahí creciste, ahí viste cosas increíbles pasar?

Yo sostengo que el sistema de la iglesia que dejé está en crisis y sus dirigentes lo saben hasta el punto que muchos de ellos lo han somatizado: su cuerpo, sus gestos, su salud delatan cómo viven su cristianismo. Mi oración constante para ellos es que logren reunir el valor suficiente para cambiar lo que urge cambiar y que, mientras eso no ocurra, los hermanos no se extravíen y que esa iglesia no termine siendo una fábrica de ateos, agnósticos, relativistas cínicos o resentidos. Hoy es una fábrica de desilusionados y la desilusión puede provocar tragedias. Pido al Padre que eso no ocurra.

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Preguntas sobre la iglesia I

En las últimas semanas, hermanos de gran corazón y gran curiosidad me han hecho un montón de preguntas. Es mi deber servir a Dios y no a los hombres. Ese Dios me pide poner la otra mejilla y dar la capa si alguien, en pleito, me pide la túnica (Mateo 5:39ss). En el contexto semítico, eso significa que si alguien quiere aprender, hay que dar generosamente. Así que, acá voy.

Como muchas preguntas se repiten, quiero agruparlas. El primer grupo trata sobre la iglesia, tanto la que dejé como «la nueva». En este post, intentaré responder a las preguntas sobre por qué dejé la congregación.

¿Por qué te fuiste de la iglesia?

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Malas homilías, adiós a la feligresía

Cuidado con esta nota. Lo primero que podríamos decir es: «por supuesto, los sermones de los curitas son aburridísimos». Claro, en la película de la boda, de los XV años, la parte de la iglesia se recorre (¿a poco no dicen aquello de: «saltáte esa parte» cuando su prima les enseña su gran video con su corte de chambelanes?). Pero no echemos las campanas al vuelo. La ineptitud de los pastores católicos para ofrecer una homilía de calidad no significa que los protestantes sí lo hagan. ¿Ustedes no han sido testigos de homilías protestantes que son más bien llamados a la emoción? Homilías donde el pretexto es la Escritura pero el fondo es el carisma del pastor, homilías donde la Biblia sólo sirve para que el predicador tenga donde apoyar sus brazos, sermones donde la Palabra es el sustituto de una varita para regañar alumnos. Malas homilías, pues.

Aprendamos de la autocrítica católica. Distingamos esas síntomas en nuestras congregaciones y actuemos en consecuencia. De lo contrario, la iglesia seguirá siendo la principal fábrica de ateos.

Aquí la nota:

Reconoce Iglesia católica pérdida de fieles por malas homilías

Lun, 06/10/2008 – 08:01

Ciudad del Vaticano.- La Iglesia católica pierde numerosos fieles que emigran a otras iglesias o sectas por las malas homilías y la carente predicación de los sacerdotes, reconoció hoy el cardenal Marc Ouellet.

El relator de la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, la máxima cumbre de prelados del mundo que inició este lunes en El Vaticano, reveló la existencia de una ‘insatisfacción’ entre los feligreses por la baja calidad de los discursos sacerdotales.

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Evangélicos ¿a favor de la minifalda?

Ya no entendí. La nota que reproduzco más abajo dice que la Confraternice, donde se agrupan varias iglesias evangélicas, acusa de fariseos a los jerarcas católicos que sugieren que por andar en minifalda una mujer provoca su violación. A mí esta opinión sobre las minifaldas, sin más, me parece estúpida. Pero que sea un pastor evangélico quien califique a los pastores católicos sobre este tema me parece «hipócrita y fariseo». El estereotipo de la mujer evangélica es aquella que va a la iglesia con velo y largas faldas. Ellos, los evangélicos, se han encargado también de propagar estas prácticas «anti-tentación». Es cierto, Jesús llama al corazón (y a la mente, añadiría yo), entonces, ¿dejarían a las mujeres evangélicas entrar de minifalda, sin velo y con maquillaje a sus iglesias?Ahora, el asunto de las prendas podría parecer trivial, pero no lo es. No podemos disociar la carne del espíritu. Y tan es así, que en el Nuevo Testamento hay ordenamientos sobre la vestimenta. Sin embargo, conozco a cristianas que provocarían infartos a evangélicos y católicos por su manera de vestir pero que, lo creo de todo corazón, serían aprobadas por el Señor.

Todo un tema este de cómo deberían vestirse los cristianos.

Evangélicos critican postura católica de prohibir uso de minifalda

Por: Redacción | Nacional Martes 19 de Agosto de 2008 | Hora de publicación: 02:59

La Confraternidad de Iglesias Cristianas Evangélicas (Confraternice) manifestó su desacuerdo con la postura de la Arquidiócesis de México en torno a que el uso de minifaldas invita al abuso sexual contra las mujeres.

El presidente de Confraternice, Arturo Farela, dijo que la Iglesia Católica pretende imponer a las féminas atavíos de la época medieval; «sólo falta que quieran imponer instrumentos como el cinturón de castidad que obligaban portar a las mujeres».

Indicó que estas posturas reflejan que la Iglesia Católica no se da cuenta de que el fondo del problema radica en el corazón del hombre, en el cual, las iglesias deben hacer una transformación espiritual.

«Jesucristo nuestro Señor y Salvador dice que el problema está en el corazón del hombre o de la mujer, no en el atavío; a nosotros nos parece hipócrita y fariseo, por decir lo menos, que se pretenda culpar a la mujer de los abusos en su contra por su forma de vestir», recalcó.

Destacó que, si bien, las autoridades no pueden inmiscuirse en la vida interna de las iglesias, sí debería hacer un recordatorio a la católica sobre que México es un Estado laico y no confesional.

Fuente: Crónica

Descubren iglesia (¿más antigua?)

Estas notas debemos tomarlas con cautela. Algunos de los descubridores se emocianan tanto que adelantan conclusiones sensacionalistas que luego deben desmentir. Como sea, el descubrimiento queda documentado. Por cierto, no entiendo bien eso de que «de acuerdo con la historia autentificada [Jesús] estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab. O son los nombres modernos de problaciones bíblicas o esos documentos son poco conocidos porque justamente un descubrimiento documental o arqueológico que demuestre la presencia física de Jesús sería el más grande descubrimiento de la llamada arqueología cristiana. En fin, aquí la nota.

En Rihab, la primera iglesia del mundo

No lejos del mítico río Jordán los arqueólogos acaban de descubrir una gruta que no sólo definen como la primera iglesia del mundo, sino que aseguran que el mismo Jesucristo se refugió allí con sus discípulos.

Así lo afirma el arqueólogo Abdul Qader Hosan, director de las excavaciones que sacaron a la luz esta pequeña gruta cuyo origen se remonta al siglo I de nuestra era, en la población agrícola jordana de Rihab.

«De acuerdo con los indicios que tenemos, creo firmemente que Jesucristo se encontraba entre los primeros cristianos que visitaron Rihab y la presencia de treinta iglesias en este pueblo es una clara señal de esto», dijo a Hosan, director del Centro de Estudios Arqueológicos Rihab.

Para defender su tesis, el arqueólogo explicó que «además, Jesucristo pasó parte de su vida en Jordania y de acuerdo con la historia autentificada estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab.

Según este investigador, los cristianos, acosados por los romanos de Jerusalén, buscaron refugio en grutas montañosas de la actual Jordania donde poder celebrar sus ritos.

Una de estas grutas, en el pueblo de Rihab, parece ser la más antigua de la que se tiene constancia.

«Creemos que esta es la primera iglesia del mundo, donde los cristianos vinieron a refugiarse cuando escaparon de la persecución romana en Jerusalén», aseguró el director de las excavaciones.

Primera iglesia

Fuente: EFE

¿Para qué un ministerio de solteros? II

II. El celibato

Si usted es un cristiano soltero y le dicen que su grupo sirve para tener pareja, ¿qué pensaría? En la entrada pasada les compartí que vi cómo los hermanos abrían sus ojos como si trataran de ver mejor a quien les estaba diciendo aquella suerte de blasfemia. Habría que agregar que además, la lección se estaba impartiendo en un lugar un tanto clandestino porque ese día no teníamos una casa donde reunirnos. Debajo de las escaleras de un edificio a punto de cerrar sus puertas, fuimos aprendiendo lo que la Biblia decía de la soltería.

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¿Para qué un ministerio de solteros?

En los dos últimos años he sido parte de un grupo compuesto de solteros. Esta es una tendencia en varias iglesias que se organizan de acuerdo a características comunes de sus miembros. En casi todas las organizaciones hay un grupo de jóvenes. En otras, como la mía, también hay grupos de matrimonios, de viudas y de solteros. La idea detrás de esta organización es que los integrantes del grupo pueden ayudarse porque comparten necesidades comunes.

Hace unas semanas propuse a los hermanos que nos preguntáramos ¿para qué un ministerio de solteros? Y es que muchas veces damos por hecho que las cosas son así por un mandato divino. Ciertamente la mano de Dios se mueve en toda la historia. Esta visión la heredamos los cristianos de los judíos del Antiguo Testamento. Pero también es cierto que el hombre tiene la oportunidad de tomar decisiones y con ello la responsabilidad de las consecuencias. En todo caso, no hay un modelo único de iglesia «según la Biblia»: ni Jesús, ni Pedro, ni Juan, ni Pablo nos dejaron instrucciones claras de cómo organizar la iglesia. Así que algunos proponen que ahí donde la Biblia calla, nosotros podemos hablar. Y al parecer este el caso.

Recién casado, pensé que mi respuesta a esa pregunta podría parecer sesgada. Quizá. Porque, siguiendo la propuesta de otro artículo, les dije: el ministerio de solteros existe para buscar una pareja y establecer las bases para un matrimonio sano. Más de uno (y de una) abrieron los ojos y arquearon las cejas en señal inequívoca de duda. Ahí estaba el reto y la provocación. De vez en cuando en nuestra vida cristiana debemos parar y preguntarnos lo básico ya sea para reforzar lo que estamos haciendo o para cambiar el rumbo. Si no lo hacemos, podríamos estar intentando atrapar el viento. La respuesta es sencilla. La explicación no tanto.

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