Las memorias de Kung.

Sale directito del Vaticano News en México. Milenio pública esta nota realmente atrasada. El libro en cuestión tendrá por lo menos unos cinco años de haberse publicado. Lo que vale es la parte sobre Ratzinger y Wojtyla.

Tomado de aquí. Si quieren ver a Küng en una foto reciente, valdría la pena que visitaran la página.

La aldea
Memorias de Hans Küng

Nacido en 1928 en Sursee, el célebre teólogo suizo acaba de publicar el primer libro de sus Memorias (compendio autobiográfico de tres tomos): Mi combate por la libertad.   
Hans Küng, decano emérito de Tübingen
14-Noviembre-06

Durante mucho tiempo, ellos fueron los hermanos gemelos de la poderosa teología alemana. Casi la misma edad, mismo recorrido universitario en Tübingen, mismo brío intelectual, misma bulimia por la escritura, misma pasión por la música y por Mozart, misma audacia cuando de 1962 a 1965 fueron los jóvenes expertos del Concilio Vaticano II. Por entonces, ellos querían cambiar el mundo y la Iglesia católica. Ordenado sacerdote en 1954, luego de realizar estudios en Roma y en el Instituto Católico de París, en la actualidad, Hans Küng, 78 años, es decano emérito en Tübingen, conferencista internacional, autor prolífico, presidente de la Fundación para una Ética Planetaria. El otro, Joseph Ratzinger, 79 años, es Papa.
Dos falsos gemelos, en realidad, y no sólo a causa de su origen, bávaro en el caso de Ratzinger, suizo para Küng. El primero hizo una carrera sin faltas en la Iglesia. El segundo fue sancionado en 1979 por el Vaticano, se le prohibió enseñar a causa de un libro subversivo sobre la infalibilidad del Papa, y se convirtió en el más feroz adversario de Juan Pablo II.

Küng y Ratzinger, hoy Benedicto XVI, se conocen de memoria, se espían a distancia, se estiman, se tienen envidia. Electo Papa, uno de los primeros gestos de Benedicto XVI será invitar a la villa de descanso de Castelgandolfo a su antiguo colega. No se veían desde… 1983. Durante cuatro horas, Küng y Ratzinger hablaron sin tabú, caminaron, rieron, hablaron de los desafíos de la ciencia, del diálogo de las religiones, etcétera.

La larga silueta de Küng se estira en su terraza de Tübingen (sur de Alemania), resplandeciente de sol, de donde se capta, a los lejos, las hondonadas del bosque suevo. Es ahí donde él medita, lee, escribe. En otra vida, este hombre habría sido un gato. Bajo la cabellera gris, mantiene un aire, un brillo en la mirada, un andar devastador, un amor inmoderado por la libertad. Cada día, él se sumerge en la piscina de su suntuosa propiedad: un piso para su “staff”, otro para su oficina-biblioteca, un tercero para su personal de servicio.

La mecánica intelectual es también muy eficiente. Este enciclopedista católico conoce de memoria la teología protestante (Lutero, Karl Barth) y la literatura atea, de Feuerbach a Hegel, Nietzsche, Freud, Marx, Sartre. Sus principales libros han nutrido a generaciones de creyentes, de confesiones diversas: Ser cristiano (1978), ¿Dios existe? (1981), El Cristianismo y las religiones del mundo (1986), Proyecto de ética planetaria (1991) y El Judaísmo (1995). Acaba de salir ahora el primero de tres volúmenes de su autobiografía, Mi combate por la libertad, una mina de oro que vale sobre todo por el relato, sin medias tintas, de su compromiso para una reforma de la Iglesia.

Pero su condición de enfant terrible de la teología lo rebasa: “Las controversias sobre el celibato de los curas, la infalibilidad del Papa o la ordenación de las mujeres me aburren. Mis posturas son conocidas. Un día, un Papa la tomará diciendo que siempre había pensado en eso…”. Durante su encuentro con Benedicto XVI, nada de eso hablaron, tampoco de su eventual rehabilitación.

En cambio, el diálogo de las religiones se ha convertido en su adicción. Es, para él, la tabla de salvación de la humanidad. Küng viaja regularmente a Berlín, Moscú, Teherán, Riyad, Nueva York, Pekín, Seúl y México para desarrollar su proyecto de una ética planetaria, sus aplicaciones en la ciencia, al armamento, a la tecnología, a las religiones. Él es severo con los tres monoteísmos igualmente adheridos al “paradigma medieval”: el catolicismo con su papado y su sistema clerical; el judaísmo ortodoxo con su estrecho sistema rabínico; el islam con su código (la charia). El mundo estará mejor cuando las religiones hayan alcanzado el “paradigma de la edad moderna”. Es posible, aboga Küng, y menciona las grandes reconciliaciones de la historia —Francia y Alemania, África del Sur— y los nuevos profetas: Gandhi, Martin Luther King, Desmond Tutú.

Lo que más detesta el sabio es la ignorancia. A la vez seductor e implacable, echa pestes contra el discurso de su amigo Ratzinger en la universidad de Ratisbonne (donde Benedicto XVI desató la furia de los musulmanes por sus fallidas alusiones al carácter musulmán): “¡No tiene derecho de hablar de la gran figura de Mahoma sin haber leído nada sobre el islam!”

Para Küng, Ratzinger se quedó en la teología “de los padres y del Santo Padre”, es decir, en una tradición estereotipada y en el sistema de papado: “Él nunca trabajó la teología de la Reforma ni la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento [lamenta Küng]. ¿Cómo se atreve a dar una lección a los musulmanes sobre la razón? ¿Cree usted que, para ellos, nuestra religión cristiana, con su Dios hecho hombre en tres personas, es una religión racional?”

Küng desmiente, en parte, las informaciones según las cuales él tenía aula llena en Tübingen, mientras que el profesor Ratzinger era abucheado: “También era exitoso. Pero después de Mayo 68, frente a los estudiantes de extrema izquierda, él tuvo miedo y se fue. Yo también me sentía contrariado, pero empuñaba el micrófono y los confrontaba.” Sin hacerse rogar, Küng cuenta sus años de camaradería con el Papa. Guarda cariño por él, pero siente odio por su predecesor Karol Wojtyla que, en veintiséis años de reinado lo ignoró, nunca respondió al envío de una sola carta o de un libro: “Juan Pablo II era un hombre de golpes mediáticos, siempre en la escena. Como Reagan”, dice.

En sus Memorias, Küng revela con crueldad que la formación teológica de Wojtyla era “tan estrecha” que Juan Pablo II fue suspendido en su doctorado en la universidad gregoriana de Roma: “El Papa condenó a teólogos que no conocía.” Con Ratzinger, Küng respira: “Él ha estudiado, como yo, noche y día. Y hablar con él es un verdadero placer intelectual. Es mucho más escéptico que su predecesor, en cuanto al impacto de los viajes y los grandes encuentros, y más lúcido sobre los defectos de la Iglesia”.

Küng y Ratzinger no sólo se han visto. También se escriben. ¿Le sorprende el nuevo pontificado? Ríe: “No, no hasta ahora, la única sorpresa es que ¡se atrevió a recibirme! Pero no puedo imaginarme que un día se anime a realizar un acto de valentía, ahí donde la gente sufre, por ejemplo, a favor de los divorciados vueltos a casar dejados fuera de los sacramentos. Si no lo hace, no quedará ningún rastro de él en la historia”.

Küng no pide ningún favor. Su solidaridad con Benedicto XVI es crítica. Y tiene en muy alta estima la pasión por su libertad: “No tengo ningún resentimiento hacia él. No somos enemigos, pero estamos en dos sistemas diferentes”.
  
  Henri Tincq/Roma

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