Flor de la abundancia en la ICMAR

Suponga que yo convenzo a cuatro personas de que cada una me regale cien pesos. ¿Qué les doy a cambio?: una fórmula, forma, método o técnica para que ellas a su vez convenzan a otras cuatro personas de que les den cien pesos.

En un solo paso, yo habré tenido 400 pesos. Si ellas convencen a sus cuatro, cada una habrá recuperado su inversión y tres cientos más. Das cien pesos, recibes 400. No suena mal. Si todo sale bien, en un solo paso se estará moviendo la cantidad de dos mil pesos. 

¿Cuál es la base de que esto funcione?

  • Uno, la confianza. Los primeros cuatro que reclute deben confiar en mí, y a su vez los que ellos recluten también deben confiar.
  • Dos, el dinero. Los participantes deben tener cien pesos, al menos, para “invertir”.
  • Tres, los nuevos reclutas. Sin nuevos reclutas, usted pierde sus cien pesos originales.
  • Cuatro, por supuesto, que usted sea de esos primeros cuatro le asegura que tendrá mayor oportunidad de recibir su dinero. Lástima por los últimos, estos no tendrán de regreso su dinero nunca.

Esto se llama “negocio (o fraude) de pirámide”. Me enteré hace poquito que algunas líderes ICMARs, movidas claramente por sus ganas de ayudar a las demás (🤔😂), han embaucado (ellas dicen “ayudado”) a otras en un esquema similar al que acabo de describir.

Disculpen que lo diga así: su cinismo y amor por el dinero no tiene límites. Como ellas tienen la posibilidad de tener ese dinero rápido, incluso cuando lo pierdan, no lo hacen ver tan feo. Es el demonio el que está detrás de eso. Y me da mucha pena que algunas hermanitas hayan caído en tan evidente mentira. No sabemos muy bien cuántas porque todo ahí dentro es secreto (¡todo es tan parecido!).

La otra vez, en Foro TV, pasó un reportaje de eso. Se le llama “La Flor de la Abundancia“. ¡No vayan a caer ustedes en eso! Piensen así: si una líder ICMAR anda metida en eso, algo raro muy, pero muy raro, debe andar por ahí. No es solo que no declaren impuestos, sino que además no hacen un cálculo de saturación del mercado que les permitirá saber que entre más “telares” (así les llaman a sus grupos), menos probabilidades de recuperar su dinero.

Cuidado, pues. Y abracen a sus líderes con palabras de amor. 😇

El miedo supone castigo

En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. (1 Juan 4:18 RV60)

Cuando nos fuimos, ¿a qué le teníamos miedo? A alejarnos de todo aquello que ahí nos habían enseñado como lo bueno, lo mejor, lo santo, la voluntad de Dios. Porque en todo grupo religioso hay modelos que el feligrés debe seguir, ideales a los que debe aspirar, metas a las que debe llegar y, por supuesto, caminos (únicos) que conducen a eso. Todos los que se alejan de ese esquema son sospechosos de ser caídos, imperfectos y, en suma, pecadores separados de Dios.

Cuando nos alejamos de esas iglesias institucionales lo primero que se asomó por la ventana fue el miedo, ese temor de encontrarnos cara a cara con el «coco» que nos dijeron que existía «afuera». Temíamos estar completamente desechos, postrados en el suelo y escuchar esas terribles tres palabras: «te lo dije». En ese desierto, del que ya hemos hablado, esa sensación de estar haciendo lo incorrecto, de haberse equivocado, de dudar sobre si es la voz de Dios o la voz del demonio lo que estamos escuchando (ay por esta confusión), es terrible, paralizante e incluso mortal. Si en el desierto se detiene más de la cuenta, encontrará pronto la muerte. Y a esos temores apuestan quienes muestran y enfatizan el castigo antes que el amor.

Descubrimos algo: las iglesias institucionales tienen la necesidad de inventarse legiones de fantasmas y castigos porque, frente ese mundo salvaje de «afuera», les urge que el creyente las considere indispensables y únicas protectoras. Imaginen lo que sería de muchos que viven de esas iglesias cuando el creyente se diera cuenta que lo único que necesita para vencer es una relación íntima con su Creador, cuando repara en el hecho de que no necesita «pastores-puentes» entre él y su Padre. Enseñar a depender de Dios y no de los hombres debería ser uno de los principales objetivos de cualquier comunidad de creyentes.

Justo cuando uno dice «enseñar a depender de Dios», llega la poderosa escritura que abre esta reflexión: «el amor perfecto echa fuera el temor». Porque Dios es amor. Esta frase tan trillada sigue teniendo su valor. Si Dios no nos hubiera amado en Cristo, si Cristo no hubiese padecido por nosotros, si no estuviéramos redimidos, salvos y protegidos por el sacrificio de Cristo, entonces sí, deberíamos temer y temblar. Si usted tiene sus piernas sanas pero le da pavor tropezar y caer, muy probablemente preferiría una silla de ruedas a usar usar sus propias piernas. ¡Qué absurdo es esto! Pero lo mismo pasa con el cristiano que actúa más por temor a «perder su salvación» que por el amor inmenso que debería tener a su Creador.

Este miedo es una de las más grandes herramientas que usa Satanás contra nosotros, pues no quiere que crezcamos y lleguemos a ser todo lo que Dios sabe que podemos llegar a ser. Pero, fíjese cómo muchas iglesias hacen el caldo gordo al enemigo: el creyente promedio no teme a Dios sino a eso que alguien le dijo que era Dios. Lo primero que deberíamos decir es «¡eso no es Dios! Al menos aprenda a distinguir entre el Dios viviente y el dios de papel que le enseñaron en su grupo religioso».

El cristiano se perfecciona en el amor. Nosotros hemos aprendido a distinguir los temores que provienen de los viejos paradigmas. El proceso de des-aprender no es sencillo. De vez en cuando aparece el antiguo hombre religioso, el moralista que actúa motivado por «no me vaya a castigar Dios». Es entonces que debemos regresar al amor. Al fin y al cabo no estamos en este camino para ser bendecidos, para huir del infierno, sino por ese amor ardiente que Dios nos tuvo primero y al que nosotros respondimos. Qué desdichado debe ser el cristiano que vive en el temor de perderlo todo y no en la seguridad de que ya tiene todo.

Y hemos visto milagros, crecimiento, libertad y perfección en el creyente que, a pesar del miedo, se avienta de frente al camino del amor. Es ahí y sólo ahí, despojado del viejo hombre, del miedoso y cobarde hombre natural, que un día se encuentra de frente con el Dios de amor que su Maestro le enseñó. Por ese instante valen la pena todos los años que pasamos en el desierto. Oramos porque ese encuentro llegue y usted sea un perfecto amante. Vale la pena. Es lo único que vale la pena.

Paralizarse-de-miedo

El desierto

Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían (Marcos 1:12-13 RV60)

Cuando salimos de una iglesia institucional, dejamos atrás amigos, costumbres, tradiciones, hábitos. Y nos encontramos de pronto con algo que suena terrible: la nada. No tenemos una agenda preestablecida que indique qué toca hacer cada día. No tenemos reuniones con horarios inflexibles («si no llegas a tiempo, no entras a la reunión»). No recibimos castigos por incumplir las obligaciones que otros impusieron. No hay horarios fijos. Y entonces uno siente que llegó al desierto. Es ahí cuando uno sabe que, ahora sí, está afuera, lejos de todo eso que por años le daba sentido a nuestra vida, lejos de aquello que nos daba incluso identidad. Ya no es nuestra iglesia. Ya no es nosotros, son ellos.

En ese momento muchos hermanos se quiebran. Como los israelitas en el desierto, prefieren la comodidad de la esclavitud (al menos tenían seguro techo y comida) que la libertad del desierto, donde comían siempre lo mismo y no parecían tener claro el rumbo. Extrañan lo bonito que, definitivamente, hay en sus jaulas religiosas: sus amigos, fiestas, excursiones, abrazos, risas. Olvidan que eso les quitó y les desvió de otro propósito: construir una relación personal con Dios. No estamos en una iglesia porque haya amigos sino porque esos amigos nos ayudan a crecer y a conocer en y con Dios. Nada de esto sirve: quieren «comer» aunque les cueste su libertad, esta última, condición imprescindible para crecer espiritualmente. Vagan por el desierto, se van en pos de espejismos, a veces caen en caravanas de beduinos, vuelven a ser dañados… en el peor de los casos, mueren en el desierto.

Nada de esto ocurrió con el Maestro. Nos llama la atención que lo primero que el Espíritu le impulsa a hacer es ir al desierto. Los tres evangelios sinópticos coinciden en eso: 1) Jesús va al desierto, 2) es tentado por Satanás, 3) vence, 4) es servido por ángeles. Los evangelios también coinciden en informar que ahí pasa cuarenta días. Es el número canónico de la preparación. Jesús es inspirado por el Espíritu a ir al desierto a prepararse. Ahí es probado por el enemigo. Vence por el poder de la Palabra de Dios. Cuando regresa, el Maestro proclama el arrepentimiento. ¡Qué lejos del desierto están las iglesias! Quieren que el nuevo cristiano ande en su grupo, que no se separe, que dependa de ellos. ¿No decimos que el creyente siempre está acompañado por el Señor? Entonces, incluso cuando está en el desierto, en la soledad y el calor del desierto, el cristiano no está solo nunca. Es ahí donde recibe instrucción y entrenamiento para empezar la batalla diaria que significa la vida cristiana. El enemigo atacará, le ofrecerá todo para que se rinda a sus pies. Ahí, en medio de «las fieras”», el hijo de Dios sigue gozando de todas las prerrogativas de un nacido de Espíritu. Va a triunfar. Está garantizado.

Ahora bien, nosotros nos damos cuenta de otra cosa más en el desierto: no existe la dicotomía «afuera-dentro» que enseñaban en el club religioso. Si lo que dice el párrafo anterior es cierto, ¡siempre estamos dentro de Dios! Además, hay otros cristianos caminando (no todo el que vaga está errado, dice una frase) en el desierto y es maravilloso encontrarnos. La comunión que existe entre estos hijos de Dios es extraordinaria. Caminamos juntos, reconocemos las tentaciones y las armas espirituales que cada creyente utiliza para vencer y crecer en el Espíritu. A veces los no-caminos del desierto convergen y otras divergen. Pero, ¡ay de nosotros si interrumpimos el crecimiento único y personal de cada creyente!

Esto no es sólo palabrería. En nuestro caso se ha traducido en una comunidad de creyentes que se reúne para estudiar las Escrituras, compartir sus derrotas, sus victorias, sus preocupaciones y sus ocupaciones. Hemos compartido el evangelio a quien no lo ha escuchado. Lo hacemos con la predicación del domingo, pero el mejor método es ser nosotros mismos el evangelio viviente. No tenemos campañas de proselitismo. Tenemos dos preguntas básicas: ¿cómo crecemos en Dios? y ¿para qué propósito nos puso Dios en este plano de la realidad? Y el desierto es un lugar maravilloso, fuera de ruidos y de distracciones, para esperar la respuesta de nuestro Señor. Esa respuesta siempre, siempre, siempre llega.

¡Que Dios bendiga a los libres que obedecen el llamado del Espíritu para ir al desierto!

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Donde la Biblia calla…

Todos sabemos de memoria esta escritura:

Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a obedecer todo lo que yo les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:18-20 DHH)

Podríamos reflexionar y meditar sobre este pasaje y sus implicaciones. Algunos temas:

  • ¿Qué son «las naciones»?
  • ¿Qué es «bautizar»?
  • ¿Qué es «en el nombre de…»?
  • ¿Qué es «Padre, Hijo, Espíritu Santo»?
  • ¿Qué mandó Jesús (porque eso hay que «enseñar a obedecer»)?

Y podríamos seguir (¿hay variantes textuales?, si existen, ¿son importantes?).

Pero, ¿qué pasa si agregamos palabras que ni en los manuscritos ni en las traducciones ni en ningún otro lado más que en nuestra imaginación existen? Que nos vamos a encontrar ante una de las más básicas artimañas del demonio: torcer la Escritura para que parezca otra cosa cuyas implicaciones  alejen al creyente de Dios y lo pongan en bandeja de plata para Satanás. Es el diablo el padre de la mentira.

Veamos un solo ejemplo. «bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (en una generación)». Esas tres palabras, en apariencia tan insignificantes, cambian completamente el sentido original del texto. Y sus implicaciones son muy fuertes como para quedarse callados.

Si Mateo 28:18-20 dice «en una generación», es claro que por dos mil años, nadie, ni Pedro ni Juan ni Pablo ¡ni Jesús! lo cumplieron. El Nuevo Testamento tiene ejemplos de miles de conversiones. La historia del cristianismo da cuenta de millones de personas rendidas a Cristo… pero en ningún lado ni en ninguna parte de los últimos dos milenios «el mundo entero» fue bautizado en Cristo. Nunca. No está bien ni mal: es un hecho.

Cuando un grupo religioso decide unilateralmente poner palabras a la Escritura, cae en la categoría de demoniaco. Por muy buenas intenciones que parezcan. En este caso, impone una responsabilidad al cristiano que decide creerles a ellos. Los lleva a hacer del proselitismo el eje de su vida cristiana. Pero lo más importante: enseñan una mentira.

El hecho es tan evidente que solo quien no lo quiera ver no lo verá: la Biblia no dice lo que ellos afirman. Es su interpretación y como tal deberían aclararlo. Si no lo hacen, lo que se enseña ahí no es Bíblico.

La práctica de añadirle (o quitarle) al texto bíblico es muy común entre grupos sectarios que quieren ganar adeptos con una «nueva revelación». Es peligroso caer en uno de esos grupos porque tacharán a los demás como «tibios», «muertos espirituales», «perdidos» y otros adjetivos. Donde la Biblia guarda silencio, yo lo debo hacer so pena de merecer la ira de Dios.

La solución a esto es mostrar el texto revelado. La Palabra sigue siendo tan luminosa como siempre y pronto se distingue el oro de la falsa bisutería. Nuestras oraciones para que vaya en aumento el número de aquellos que seguirán deslumbrados por la Luz Poderosa.

Algunas propuestas para la ICMAR

¿Puede la ICMAR salir del hoyo en el que ha caído? ¿Puede realmente rescatar algo de lo perdido? ¿Sus líderes pueden “competir” frente a la personalidad de los discípulos de Kip?

Una visión fatalista dirá que no, que el futuro cercano, ahora que suenan los tambores de guerra, sólo depara meses y hasta años de violencia verbal, divisiones, salidas masivas, reparto de culpas (y de botines), y sí, verdaderas caídas de la fe. Esta es la respuesta más sencilla cuando un mira los hechos. Casi treinta años después, la ICMAR no ha logrado dar un salto de madurez para consolidar la institución. Siguen dependiendo de las ocurrencias, cada vez más aburridas y predecibles, de sus “evangelistas”. Dependen de las enseñanzas, cada vez más una repetición, de su único maestro. Y dependen de los olvidos y la memoria de los hermanos. Me refiero que hay quien todavía recuerda la época dorada de los noventa y suspira por ello. Y hay quien el nombre “Kip McKean” no le dice nada. Estas dependencias no le hacen bien y quitarlas luce algo complicado.

Pero hay otra salida, creo, para su crisis. Y es el camino de todos los que realmente cambiaron en la Biblia. Zaqueo, aquel cobrador de impuestos, lo hizo: reconocer todos sus pecados, actuar en consecuencia a tal confesión de parte, y seguir al Maestro. Quienes deben empezar, por supuesto, son sus líderes principales. Los de Kip tienen un as bajo la manga: dicen que los líderes de la ICOC (la casa matriz de la ICMAR) mintieron en cuanto a la caída de su caudillo. ¿Por qué eso suena tan verosímil? Porque de esos líderes, tristemente, sí se espera que mientan, que escondan detalles, que no cuenten toda la historia. No estoy diciendo que el argumento de Kip sea cierto. Estoy diciendo que parece cierto. Los líderes de la ICMAR deberían de empezar a responder: ¿por qué suena realista esa evidente mentira de Kip? Y la respuesta no es agradable: porque en el pasado lo han hecho. Y deben empezar a dejar de hacerlo. ¿Cómo? Aquí unas propuestas:

  1. Empezar una temporada en que dejan atrás sus sermones aburridos y francamente malos (donde Michael Jordan sigue siendo un ejemplo de gran ganador) para dar paso a contar su historia. “Esto somos, hermanos, de aquí venimos”. Sin adornos, sin guardar detalles vergonzosos. Adornar y pulir la historia para que cuadre en una visión romántica donde todo es maravilloso y sólo hay unos anecdóticos tropezones, no ayuda. Ahí deben responder ¿cómo hemos llegado a esta situación actual?
  2. Eso implica que ellos (“los cuatro fantásticos”) reconocen interiormente todos sus abusos y todas sus mediocridades y todas sus limitaciones. Pero de verdad. Sin falsos dramas ni desorbitados optimismos. ¿Hace falta quién les haga el diagnóstico? Me propongo. ♥ Mi punto es que si los hermanos (todos, sus congregaciones en pleno, no su grupo de líderes, no sus discípulos, no quienes les aplauden y dicen que sí a todo) si los cristianos no sienten que ellos realmente están reconociendo la crisis, simplemente sus horas como iglesia unida están contadas.
  3. Este es el paso más complejo. Si los de Kip están equivocados (y lo están), los líderes ICMAR deben tener claro qué los diferencia. El riesgo que se corre es que vuelvan a esa época en donde desde el púlpito se enseñó que eran la única verdadera iglesia. Pero si no dejan claro por qué ellos no coinciden con Kip, la confusión va a reinar entre los hermanos. Y si en el camino deben de marcar también sus diferencias entre super-regiones y entre liderazgos, lo deben hacer. Basta de amistades simuladas, de uniones hecha a base de papel estraza. Si Mario no soporta a Vargas y si Arturo no soporta a ninguno, lo deben hacer explícito (y si Andoreni… bueno, él debe pedir consejo antes de hacer nada). Lo contrario llevará a una situación similar a lo que pasa en Neza, donde la guerra entre sus líderes clama al cielo (¿quieren insultar a uno de los dos que dirigen ahí? ¡Llámenle con el nombre del otro!). Reconocer esas diferencias ayudará a reconciliarse entre ellos. Aquí deben responder la pregunta: ¿qué realmente nos hace diferentes a Kip?
  4. Tienen que reconocer y dejar de presionar y mandar maldiciones o de hacer la ley del hielo a quienes se van de su iglesia. Esto no está en el ADN de la ICMAR, que considera traidor, débil, caído a quien se va. Pero si sinceramente dejan la puerta abierta y con honestidad dicen “seguimos siendo hermanos”, evitarán, al menos, una violencia espiritual innecesaria. Además, harán que la cara de los discípulos de Kip se caiga de vergüenza porque ahí sí que las pedradas al “antiguo movimiento” y a todo “lo religioso” están presentes todo el tiempo (aunque digan lo contrario). Y esto, evitar rencores y competencias entre supuestos cristianos, no es cosa menor.
  5. La ICMAR debe cuidar de verdad a las “iglesias de provincia”. Al menos a las que formalmente supervisa. Lo que en un inicio era un aparente cuidado, terminó siendo un lugar de vacaciones de tal forma que se cuenta cómo al discipulador de Cancún le encantaba ir a discipular esa iglesia pero no Mérida (¡mira tú, tan bonita Mérida!). No. Ahí se cocinan conflictos dramáticos que, no porque sean diez o veinte los miembros de esas iglesias, son menores. Si no preparan algo con ellos, a largo plazo veremos ya no sólo la capital sino todo el país compitiendo por con quién se va… y si Kip suelta dinero (como ocurre), también perderán ese flanco.

Nada de lo que acabo de describir es fácil o sencillo. En realidad es doloroso. Pero si no hacen algo realmente importante, el dolor que pasarán cientos de hermanos será peor y más intenso. Pidan perdón, retírense a hacer sólo aquello para lo que Dios los llamó (incluso si Dios los llamó a hacer congresos de solteros), den pie a que en su iglesia entre aire limpio. Revisen con alguien más que con Arturo temas como los noviazgos (¿de veras creen que la Biblia dice que no se pueden casar más que entre ICMARs? ¿Un matrimonio entre los de Kip y los de la ICMAR es válido?), el dinero, el discipulado, el evangelismo, el liderazgo (el pagado y el no pagado). Den una vuelta de tuerca.

Aunque no lo crean, tienen una feligresía noble, inteligente, madura, humilde y espiritual (deberían ver cómo me hablan en privado estos hermanitos de buen corazón, cómo los defienden). A pesar de sus líderes…

Una emboscada

[OJO: esta historia está basada en hechos reales. Sin embargo, se cambiaron los nombres para no herir susceptibilidades. Cualquier parecido a la realidad es mera coincidencia. De veras.]

Eddy (así lo llamaremos) era un líder bronco de la ICMAR. Un día se enteró que un tal Luis Venegas, caído y traidor de la fe, andaba enseñando herejías por su tierras (él no usaría la palabra “herejía” porque no la conocía, siempre presumió su ignorancia; él diría: fuera de la sana enseñanza), a sus solteros y a sus miembros (porque eran SUYOS, sin duda). Cuando supo que la casa donde se reunía ese Venegas era la misma en donde sus solteros tendrían un convivio, mandó a Jorgito (así lo llamaremos) a decir que el amado líder decía que ahí no se podían reunir, que no fuera a ser que se contaminaran. Pero la cosa no paró ahí. Tan celoso de su deber era (es), que Eddy preparó una emboscada.

Un grupo de los que se reunía con Venegas se veía en la semana para tiempos de oración. Así que, de sorpresa, este Torquemada de Neza llegó y cuando empezaba la reprensión, los hermanos ahí reunidos le contestaron con tal amabilidad y conocimiento de la Escritura (y de su oscuro pasado, eso que ni qué) que lo dejaron callado. A Eddy nunca le dijeron que meterse a palabras con ancianos, que hacerlo a traición, y además sin el supuesto líder (o sea, el Venegas caído), no era buen negocio. Cuentan los que estuvieron ahí, que Eddy venía preparado con unas cuantas Escrituras, pero cuando subió el tono de voz, hasta de eso se olvidó. Le ganó su indomable carácter. Pero qué importa: él no sería como Martincito (así lo llamaremos), su némesis en Neza, que dejaba que todo tipo de desórdenes pasara en su iglesia. Eddy se fue con la cola entre las patas… pero compartió a sus superiores su hazaña, cómo combatió a los caídos, a los que querían robarse al rebaño.

Sus amados líderes lo felicitaron. Sus solteros no se contaminaron. Su sagrada familia ocupó cargos en su empresa-iglesia. Su conflicto con Martincito siguió. Su amado líder cambió de iglesia. Pero él dice que Luis Venegas es su amigo. Dice que sigue orando para que regrese. Niega que aquello fuera una cobarde, estúpida y mundana emboscada que le salió mal. Eddy, como Rigo, es amors… y es ICMAR. Eso, se me hace, explica todo.

La agonía de la ICMAR 

La ICMAR está moribunda. A pesar de los fuegos de artificio y de los adornos que le pongan, es como la tienda que se fue a la quiebra y hace un último intento para rematar sus productos con una campaña publicitaria. Pero está quebrada. ¿Cómo no va a estarlo cuando irse con los KipMarcianos es considerada una opción válida y mejor que quedarse? ¿Cómo explicar que la sectita tenga más sex appeal que la secta? Algo está terriblemente podrido ahí dentro y todos parecen contener el aliento para no olerlo. Se alejan a prudente distancia con la falsa esperanza de que cuando explote no se llenen de las porquerías que saldrán expulsadas por los aires. La ICMARCITA, ese experimento de Kip, está sana, chiquita, diminuta, pigmea, pero sana, demencialmente sana (es decir, igual de dañina que siempre)… mientras, la ICMAR languidece y parece disfrutar su propia agonía. En este asunto, sólo el tamaño parece contener el problema: ambas son un grano de arena en la inmensa playa cristiana. Al menos.