El dilema de los elegidos

Originalmente publicada en la revista Expresión Espiritual, noviembre 2006. Aquí el vínculo para el artículo en línea:

¿Es dable tocar el tema de la importancia de la religión en una revista cuya sola circulación es ya una demostración de ello? ¿Es una mera verdad de Perogrullo (retórica fácil para un ferviente creyente) reafirmar el papel primordial de las creencias en el mundo de hoy? ¿Vale la pena hablar de religión en el mundo moderno? Permítaseme gastar unas líneas en un par de paradojas que son como espinas clavadas en las sociedades cada vez más modernas, cada vez más prósperas del mundo occidental: la paradoja de la existencia de la religión después de que las mentes más preclaras de los últimos siglos han profetizado su muerte y la paradoja de los grupos de elegidos en un mundo que reclama el diálogo.

I

Desde que allá por el siglo XVII las verdades reveladas empezaron a ser cuestionadas, el mundo occidental ha vivido un cambio gradual pero importante en su vida espiritual. Hasta la llegada de Lutero, en las postrimerías de la Edad Media, la existencia de Dios era una certeza absoluta. Un hombre de la época podría no saber nada sobre su futuro pero dos cosas eran ciertas: iba a morir y existía un Dios que lo juzgaría. En esto último, la Ilustración con su posterior versión radicalizada (y armada) llamada revolución francesa (una suerte de cruzada racional), le empezó a quitar el monopolio de la verdad a la religión. La diosa Razón tuvo uno de sus momentos culminantes en el siglo XIX con Augusto Comte y su religión llamada positivismo. Sí, decía el francés, el mundo tenía un orden, podría progresar, el ser humano pasaría de la infancia religiosa, a la madurez científica. Y de Comte a la izquierda del mismo tronco, Marx extendía la filosofía de Hegel y afirmaba ya sin ambages que la religión es el opio de los pueblos. Y, antes de llegar al manicomio, otro alemán, Nietzsche, ídolo de los adolescentes desde Moscú hasta Tegucigalpa, en un tono más poético pero no menos extremo, le anunciaba a su Zaratustra que Dios había muerto.

Ya en el siglo XX y con el florecimiento de las llamadas ciencias sociales, estudiosos como Max Weber, Emile Durkheim, Sigmund Freud, Seymour Lipset y otros tantos, predecían que conforme la modernidad penetrara a más sociedades, la religión desaparecería o, en el mejor de los casos, las cosmovisiones sufrirían metamorfosis importantes. En todo caso, el cristianismo sería sepultados (y venerado) como las momias del antiguo Egipto. Llegó la Primera Guerra Mundial, el ascenso del fascismo, el crack financiero de 1929, la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica, Vietnam, los viajes a la luna, Internet, una nueva ola democrática, un nuevo boom económico, la Unión Europea… y la religión sigue viva. Casi se podría decir: “vivita y coleando”.

Los atentados terroristas en Nueva York y Madrid, la guerra de George W. Bush contra Irak y su consiguiente lenguaje medieval son algunos hechos que han puesto de moda el “fenómeno” religioso. En realidad, esta ola de religiosidad no tiene mucho de novedad. Si nos quedamos con la definición clásica de religión de Durkheim en Las Formas Elementales de la Vida Religiosa se podría afirmar que la religión (e incluso el cristianismo) nunca ha dejado de estar presente en la historia del occidente. Dice Durkheim:

Una religión es un sistema solidario de creencias y de prácticas relativas a las cosas sagradas, es decir, separadas, interdictas, creencias que unen en una misma comunidad moral llamada Iglesia, a todos aquellos que se adhieren a ellas. (p. 49)

Es cierto, el cristianismo está seriamente retado en la Europa occidental del siglo XXI; es cierto, hoy la principal iglesia, la católica romana, tiene más miembros en países en vías de desarrollo que en los desarrollados; es cierto, los lugares donde se escuchan más historias de eventos sobrenaturales son zonas rurales. Pero también es cierto que en el país más rico del mundo la religión es tan importante que influye en la elección del presidente de esa nación y que lo que comúnmente llamamos “protestantismo” se define en alguna ciudad de Estados Unidos. Todavía más, cuando Juan Pablo II murió, dos millones de personas, en su mayoría europeos, colmaron las calles romanas y en sus funerales, amparados en abstracciones como “derechos humanos”, “paz mundial”, los dirigentes de naciones tan disímbolas como Irán, Gran Bretaña, México y Estados Unidos estaban sentados en las mismas filas durante una misa de cuerpo presente del dirigente espiritual de los católicos. Dato curioso: cuando se cuente qué evento inició el siglo XXI se dirá: los atentados terroristas del 11 de Septiembre. ¿Y qué fue eso sino un acto eminentemente religioso (mezclado de política y economía)?

II

Religión sí, cristianismo no. He aquí el dilema. A cualquier observador se le hará sospechoso e incluso paradójico que una religión como la cristiana haya servido de plataforma para inventar conceptos seculares: derechos humanos, libertades individuales e incluso democracia (que tal y como la conocemos no es un invento griego sino norteamericano). Y es que el cristianismo, como el judaísmo y el islam, tiene un componente históricamente incompatible con todo lo que hoy está de moda: la noción de pueblo elegido. Los cristianos son un pueblo elegido, una nación santa. ¿Cómo puede un cristiano del siglo XXI observar impertérrito que un mormón o un musulmán se establece frente a su casa y lo llama a él, al cristiano, perdido o infiel o de plano pagano? El gran dilema del cristiano es, pues, sentirse elegido y tolerar y respetar al vecino que no profesa su religión. Si Jesús mandó hacer discípulos de todas las naciones, ¿no estaré en pecado si no convierto al musulmán o al ateo que vive a lado de mí?

Este es el dilema de los elegidos. El cristianismo tiene una frase que funciona como una espada de dos filos: “el que no está a mi favor está en contra mía”. Esto le hace decir el evangelista Mateo a Jesús. En nuestra época, Jesús sería acusado de radical, de un Mesías que polariza a la población. Peor aún, anatema de la democracia (“democracia se hace con d de diálogo”, decía el IFE), Jesús sería acusado de intolerante. Sin embargo, esta misma frase tiene una pequeña pero reveladora variante en Marcos y Lucas. Aquí, la frase es dicha al revés: “el que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. En este caso, Jesús posiblemente sería acusado de populista, aunque seguiría siendo llamado “polarizante”. La frase, así formulada, no deja de ser polémica.

¿Qué quiso decir Jesús aquí? ¿Qué significa estar “a nuestro favor” (o “en contra”)? Según los relatos de Marcos y Lucas, Jesús pronunció estas palabras cuando los discípulos se sintieron inseguros de su autoridad y de su “monopolio”. Otros estaban haciendo lo mismo que ellos, pero sin que Jesús lo autorizara. Les estaban comiendo el mandado. Pero no hacían más que hacer el bien, es decir, el relato no dice que esos otros exorcistas cobraran o hicieron uso indebido del “nombre de Jesús”. Y Jesús no los condena. Hacer lo que Jesús quiere, incluso sin que se tenga conciencia de ello, no es condenable.

El reto viene, entonces, a la iglesia. La iglesia, como reunión de creyentes, es un lugar donde los elegidos se reúnen. Aquí está el verdadero meollo del asunto. El pasaje no dice: “si alguien no es cristiano, será condenado”. Sin mediación de iglesia, el mensaje de Jesús es, por el contrario, incluyente: no importa que otro “profeta” lo mande, no importa que se siga otro libro, si alguien cumple con la esencia del mensaje de Jesús (amor a Dios y al prójimo) ese tal es amigo de él. El mismo pasaje puede ser interpretado por los extremistas y por los moderados y cada uno tendrá su propia versión. Con todo, y visto en perspectiva, no parece que Jesús fuese el intolerante que muchos quieren ver. El carpintero de Nazaret tenía que poner en claro quiénes verdaderamente eran sus seguidores. En otras palabras, Jesús también pudo decir: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, con los riesgos que los lemas cortos traen.

Pero he aquí que aparece la iglesia, en contraposición a la Ekklesía del Nuevo Testamento. La iglesia como lo han entendido las llamadas “iglesias históricas”, está muy lejos de este mensaje sencillo del nazareno. Por eso es que dentro de la modernidad, las grandes iglesias no sólo no crecen sino que tienden a ser seriamente cuestionadas. Las iglesias están compuestas, por definición, de gente que se cree a sí misma elegida. En otros momentos históricos, esta postura ha desencadenado verdaderos progroms contra otros credos y, lo peor, contra mismos cristianos. Los cristianos no son bélicos, las iglesias cristianas sí. Las iglesias, grupos institucionales y jerárquicos, no pueden tener un ápice de duda. La certeza, el sentirse depositarias de la verdad revelada, esto es lo que hace atractiva a una iglesia. Ningún hombre, moderno o antiguo, estará confiado en un grupo que diga “tengo dudas de lo divino en este culto”. ¡No! ¿Cuál sería la razón de ser de estos grupos si dieran oportunidad a que sus miembros fueran libres de elegir el credo que quisieran? ¿Por qué tendrían que tener un relativismo religioso? Cuando una iglesia afirma querer un diálogo con otras religiones, en el fondo sabe que ese diálogo sólo servirá, literalmente, para no matarse. Los dialogantes, sin embargo, sabrán que su interlocutor puede ser afable, buena persona, pero nunca salvo. Las religiones conceden, dan, nunca reciben.

La Ekklesía, por otro lado, es a lo que, idealmente, pretenden llegar grupos ecuménicos. Pero el verdadero ecumenismo no debería estar solo entre los cristianos, sino entre otras religiones. Y esto es teológicamente imposible, por lo menos en el mundo cristiano, en el mundo de las religiones reveladas. Porque aceptar que otros tienen razón equivale a decir que uno no la tiene. Y aquí razón debería ser escrita con mayúscula. Este tipo de ecumenismo mundial sería, al fin, una nueva religión, pero no el cristianismo establecido, la religión que salió de los judíos, que se apropió de las promesas y esperanzas del pueblo de Israel. Y esto, guste o no, es el dilema, la paradoja en la que el mundo actual tiene metido al cristianismo. ¿Pueden las iglesias (grupos institucionalizados de elegidos) convivir sin remordimientos con las Ekklesías (grupos espirituales de creyentes)?

III

En este espinoso ensayo hemos visitado paradojas, dilemas. El primero es el de que la religión, bastión de la antigüedad por excelencia, sobrevive en un mundo moderno. El segundo es el de esos grupos de elegidos viviendo en un mundo donde la tolerancia, el relativismo cultural no sólo es una moda sino un requisito obligatorio para la convivencia. El gran reto de los creyentes y de los incrédulos es aceptar al otro sin remordimientos o sentimientos de culpa. Por algo el famoso pescador de hombres también dijo:

Yo he venido a prender fuego en el mundo; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por una terrible prueba, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo! ¿Creen ustedes que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino división. (Lucas 12:49-53)

Y como él también dijera, el que tenga oídos que oiga…

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2 comentarios

  1. Ya fresaaaa…..

  2. ya macqueritooooo….

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