En favor de la libre decisión

Artículo aparecido en Expresión espiritual. Este artículo no pretende ser más que mi sincera y honesta posición personal ante el tema de la despenalización del aborto. No agota el tema y habría que añadir un segundo texto: “Contra el aborto“. Pero de todas formas, sale aquí con toda la crítica que esto traerá. Gracias al equipo de Expresión Espiritual por su publicación.

EN FAVOR DE LA LIBRE DECISIÓN

Por Luis F. Venegas

A menos de que algún inquisidor me venga a examinar y me repruebe, puedo decir que soy cristiano. Y sé lo que significa decir eso en un mundo que presume ser cada vez más secular aunque en la práctica uno se sorprenda de la religiosidad que aflora por todos lados, a veces en su versión más tristemente radical. Pues bien, yo, que soy cristiano, me declaro en favor de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana doce. !Que enredo! ¿Por qué no decir que estoy a favor del aborto? ¡Pues porque no lo estoy! No se trata de cuidar el lenguaje, de escribir con asepsia para no terminar de herir las sensibilidades de aquellos que quizá no lleguen a esta línea. No. Basta de eufemismos y de darle la vuelta al tema: estoy a favor de que una mujer decida libremente, es decir, sin temor de ir a la cárcel, qué hacer con su cuerpo. Pero, y he aquí el meollo, yo no lo recomendaría ni lo practicaría: estoy a favor de la vida y de que el ser humano tome responsabilidad de sus actos.

Uno podría empezar por reflexionar en qué momento el ser humano es ser humano. Podríamos ir a la doctrina de los Concilios y concluir que la vida empieza desde el mismo momento en que hay fecundación (cosa por lo demás curiosa porque ningún padre conciliar -no de los primeros cinco o siete concilios- conocía científicamente el proceso de gestación). También, como hace poco recordó Küng, podríamos decir con Santo Tomás que no se puede hablar de alma cuando el ser humano está en el vientre materno (otra metáfora pues en realidad el ser humano se desarrolla en la matriz femenina). Y en fin, preguntarse si el hombre es verdaderamente capaz de responder tan peliaguda pregunta, cuestionar por qué un feto tiene derecho de vivir hasta el día 60 pero no al 61, decir que el cristianismo cree en un Dios de vida (aunque las muertes que entre cristianos han ocurrido en dos mil años no permiten que el escéptico esté tan seguro de ello), que la vida humana es, como diría Kant, un imperativo categórico. Y todo eso será cierto. Para el cristiano, el aborto está prohibido (qué fea palabra en un ambiente cristiano).

En efecto, la vida es un fin en sí mismo. Pero es probable que miles de personas (de mujeres) no estén de acuerdo en este valor. Que es superior, que es divino, que es cristiano, y que hay que defenderlo no cabe duda. Pero ¿qué cristiano con dos dedos de mente estaría a favor de imponer a la fuerza (activa o pasiva) nuestros valores por muy dignos y superiores que éstos sean? Dice la multicitada regla de oro: “haz con los demás como quieras que hagan contigo”. Si nuestros hermanos misioneros en países represores vieran  una reforma a favor de la libertad de credo, seguro que festejarían con bombo y platillo. Y  nosotros también. ¿Nos gustaría que, por ser (supuestamente) minoría, nos prohibieran reunirnos, cantar y rendirle culto a Dios tal como lo hacemos hoy? ¡Claro que no! Seguramente protestaríamos. Diríamos que creemos en la libertad de cultos, que el Estado no tiene derecho a meterse en la vida interna de las iglesias y menos en las conciencias de los creyentes. Y sin embargo, con temas como las uniones homosexuales, el aborto y la eutanasia, saltamos y defendemos nuestros valores como si los de ellos fueran deleznables. A veces creo que hay más de política que de sana doctrina en todo esto.

Pablo manda a obedecer a las autoridades (Rom. 13.1-7, con todo y que este pasaje se preste a más de una interpretación). Desde San Agustín hasta Küng, pasando por Calvino y por los “seculares” Locke y Hobbes, el debate sobre la participación de cristianos en política no ha tenido una conclusión decisiva. Unos decían que, incluso si el gobernante es déspota, no se valía sublevarse (Hobbes); otros que en casos extremos, los miembros de un Estado podrían levantarse contra sus gobernantes (Locke). En la práctica, las iglesias han tenido más una actitud de veleta que de real y verdadera posición fundamental frente a la política. Cuando los vientos políticos les beneficiaron, las iglesias dijeron que, como lo decía Pablo, los gobernantes (arjontes) estaban ahí para el bien de los fieles. Si te portas mal puedes acabar en la hoguera (pero a los diversos “pro vidas” se les olvidan los autos de fe que bendecían sus pastores), si te portas bien tendrás el cielo asegurado. Cuando los vientos políticos soplaron en su contra, las iglesias se volvieron las víctimas de una edad de impiedad donde el anticristo era visto en cualquier gobernante (¿arjonte?). De Constantino a Stalin las iglesias cristianas han sabido acomodarse, enviar bendiciones o anatemas según convenga.
Y ahora, en el México del siglo XXI, con  guerra cristera incluida (aunque esto pasó en el lejano siglo XX), resurgen las voces cristianas que dicen defender la vida pero que no hacen mucho para que sus huestes más radicales dejen de molestar a los diputados, por lo demás también recalcitrantes. Pero, ¿por qué se nos olvida que el mismo apóstol escribió: “No me toca a mí juzgar a los de fuera; Dios será quien los juzgue (1 Cor. 5.12)”? Simple: porque las iglesias siguen añorando unas y anhelando otras, tener mayor control sobre una población que se dice miembro de alguna congregación pero que no acepta los dictados de ella. Ahí está el 60% que está a favor de la despenalización en el D.F. O son “falsos cristianos” o sus pastores no están haciendo bien su trabajo.

Y es que, una vez que la ley se apruebe, el fondo del asunto va a estar en eso: en que los ministros, pastores, guías espirituales no están haciendo bien su trabajo. Una feligresía que dice sí a esa ley “por si las dudas” no revela la impiedad de los diputados sino la impericia de un grupo dirigente que es incapaz de transmitir sus enseñanzas no en papel o en palabras sino en la mente, alma y corazón de sus fieles. Si hay algunos buenos cristianos que siguen prohibiendo el uso de preservativos, ¿por qué irse contra los diputados, que al fin cumplen con su trabajo, y no contra la irresponsabilidad de hombres y mujeres que quieren gozar de la sexualidad pero no de sus consecuencias? Si dicen que el mejor método anticonceptivo es la abstinencia (nadie se atrevería a opinar que la castración es mucho más eficaz), ¿por qué no decir que la mejor ley antiaborto es evitar embarazarse? El chivo expiatorio de todos esos buenos cristianos que dejan exhibir su trasnochería será la Asamblea Legislativa (nietos de Juárez, dirá más de uno); pero en realidad se legisla una realidad: se practican miles de abortos al año y eso pone en riesgo la vida de la mujer y del feto, que, en los peores casos, sí es asesinado por no contar con ningún tipo de cuidado profesional.

Los no cristianos seguramente rechazan los medievales y pueriles métodos que sugieren algunos líderes cristianos. Nosotros, como cristianos, ¿estaríamos de acuerdo en una ley que prohíba la abstinencia? ¡Es absurdo! Pues igual de absurdo es oponerse a una ley que seguramente será aprovechada por no cristianos (¿o la usarán los cristianos también?). Que legislen. No temamos a la libertad, cristiana o no. ¿ Dónde está el Espíritu hay libertad? No es el tipo de libertad que pensaban los ilustrados del siglo XVII. Es la libertad de amar a Dios. En Dios, dice Pablo, somos libres de elegir ser sus esclavos. Y si somos verdaderamente sus siervos, no tendremos miedo a legislaciones que ni siquiera vamos a utilizar.

Esto es quizá un llamado a los pastores cristianos: dejen de hacer alarde de fuerza social, de entrar a politiquerías, no pueden usar las armas políticas porque éstas son en buena parte muy mundanas y por lo tanto están condenados a la derrota. En lugar de eso, dediquen su tiempo a convencer, reprender, animar y enseñar a sus ovejas. ¡Prediquemos la palabra, el Evangelio! Dejemos las vanas palabrerías y dejemos que Dios sea el juez, no nosotros.

A fin de cuentas, el cristianismo es la más seria, profunda y trascendente decisión, y se toma en un ambiente de libertad: nadie puede forzar a otro a seguir a Cristo. Sí: a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

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3 comentarios

  1. Adolfo Orozco · · Responder

    Con todo respeto para el Señor Venegas y compartiendo algunos de sus puntos de vista, creo que pierde el punto fundamental de la cuestión. Si como él dice está contra el aborto, cómo se puede permitir que éste se despenalice?. El problema central no es si la mujer puede decidir sonre su cuerpo, Claro que puede Pero el embrión no es su cuerpo, se aloja temporalmente en su cuerpo para poder crecer. Aceptar el eufemismo de `la interrupción voluntaria del embarazo’ es lo mismo que hacer la interrupción voluntaria del hijo no deseado o estorboso. Igual estorba a una mujer en su plan de vida, un embarazo, que un recién nacido. ¿Porque no permitir que se interrumpa voluntariamentee el post-embarazo porque la mujer tiene derecho a decidir?
    El aborto voluntario es un asesinato, ni la mujer, ni el marido ni el estado tienen derecho a decidir sobre la interrupción de la vida del embrión en la etapa que sea. ¿Cuál es la diferencia de 12 semanas? El único cambio cualitativo es el de la fecundación. Antes hay dos entidades un óvulo y un espermatozoide. Después de la fecundación ya hay un elemnte nuevo un embrión que inicia su desarrollo de acuerdo a la programación establecida en el ADN. ¿O qúé? ¿Si el padre muriera un segundo después del acto sexual, el niño que se empieza a desarrollar después de la fecundación no tiene derecho e heredar de su padre? ¿Se imagina a una ‘madre’ que ‘interrumpe voluntariamente el embarazo’ para evitar que herede lo que a ella le corresponde? y ¿Si hay duda sobre si el feto es un ser humano con toda su dignidad o no lo es, no es más humano darle la posibilidad por si acaso? ¿No se presume a alguien inocente a menos que se demuestre culpable? ¿Porque asesinar a un inocente sin derecho a juicio, peor que a un criminal a quien se le da el derecho a defenderse? ¿Que defensa tiene el embrión? ¿Tiene la madre derecho a matar a su embrión por que le estorba? NO ES SU CUERPO, ES SU HIJO. A ese paso, al rato tendrán derecho a asesinar a sus hijos nacidos ¡porue les estorban para su desarrollo!
    No Señor Venegas, no es cristiano quien no respeta la vida. Si ud. está de acuerdo con el ‘derecho’ de las mujeres sobre su cuerpo, lo que es un auténtico eufemismo, con todo respeto no es cristiano, Cristo vino a traer el amor a todos, a los nacidos y a los por nacer y aceptar el que se permita libremente cortar la vida de un inocente no es cristiano.
    Dios lo Bendiga.

  2. Es un buen punto, ahora veamos la otra parte…..
    Gracias por escribirnos.

    EKRM
    Saludos

  3. Muchas gracias por el comentario.

    Curioso que envíe el anatema (“Si ud. está de acuerdo con el ‘derecho’ de las mujeres sobre su cuerpo […] no es cristiano”) y luego la bendición. De una misma fuente no puede brotar agua limpia y agua sucia, ¿o sí?

    De acuerdo con todo lo que dice. Lo digo con todas sus letras: NO ESTOY A FAVOR DEL ABORTO. ¿Quién lo está? ¿Los legisladores? ¿Los médicos? Claro que de la unión de un espermatozoide y un óvulo surge un humano. Ese embrión es ser humano en potencia. Matarlo es destruir una vida humana en potencia. Pero ese no es el único punto fundamental de la cuestión. Porque lo que está en juego es una política pública, no una regla moral. ¿Hay estudios serios que demuestren que una ley ha fomentado una conducta? ¿No puede ser al revés? Es como si uno pasara por un prostíbulo y entrara y luego dijera: “es que me metí porque me dieron la propaganda”. ¡Te metes porque quieres! El punto acá es hasta dónde debe el Estado meterse en la vida privada. Y mientras no haya concenso de hasta cuándo empieza la vida humana, mientras los no creyentes no coincidan con los creyentes, no podemos imponer con el brazo secular lo que debe ser estrictamente personal. ¿No es mejor educar apropiadamente a todo mundo para que tome verdadera responsabilidad de su sexualidad? ¿Qué es más fácil: un marchita (patética, por cierto) contra la legislación o una permanente política de enseñanza?

    Según su argumento, la sociedad protectora de animales ya hubiera condenado a los humanos que tienen piojos y que los matan. Ellos dirían que la vida animal es sagrada. ¡Vivan los piojos! ¡Mueran aquellos que los matan! ¡No es su cuerpo, ellos, los piojos, son sus hijos, ahora que los mantengan! ¿Nace en el cuerpo femenino un ser vivo por generación espontánea? ¡No! Ellas lo consienten. La vida no llega por el Espíritu Santo sino porque dos personas en su calidad de seres racionales así lo deciden. ¿Qué pasa con las mujeres violadas? ¿Dieron su aceptación para que nazca un hijo? ¿Sugiere usted, amable lector, que ese ser que ellas no pidieron deba nacer porque “ya no es su cuerpo”? Curioso, muy curioso, que se quiera continuar con una legislación que agarra parejo a irresponsables (aquellos que no son responsables de su sexualidad) y criminales (aquellos violadores que andan impunes porque “ellas los provocan”-entonces hay que hacer una ley antiminifalda o antibikini-). Y que no se me malinterprete: no comparo niños con piojos. Mi punto es hasta dónde la mujer deba soportar algo que ya no es ellas… lo que desde el punto de vista moral y cristiano podría hacerse, pero no desde la postura secular de estos días.

    ¿Vino Cristo a hacer marchas en contra de la lapidación? ¿Vino Jesús a legislar en política política? ¿Permitió meter a la cárcel a aquel que no creyera en lo que él enseñó? ¿Autorizó la espada para combatir a los herejes? Por cierto que él vino a traer fuego, según nos informa Lucas.

    Soy cristiano, Señor Orozco, y sospecho de los que, cuales Papas inquisitores, se atreven a decir que uno no lo es porque no cree en eso que ellos sí creen, o lo que creen que enseñó Jesús. ¿Me hubiera condenado Jesús al leer mi postura? ¿Me hubiera rechazado? ¿Qué hace un cristiano metido en política? Claro, nunca me opondré a que las iglesias expongan su voz. No pediré alguna ley para callarlos solo porque no me gusten sus opiniones. Ni pediría, como algunos diputadillos, que guarden silencio. Ni apelaría a nuestro pasado para negarles la voz. Simplemente que me enfada ver esos cristianos tratando de pelear con armas espirituales algo que, por lo demás, se podría ganar con armas mundanas. Y éstas, aunque las sé usar, no son dignas de un cristiano. Hay más eufemismo en eso de tratar de defender la vida con el disfraz secular cuando detrás hay cristianismo puro. Hay más eufemismo en citar a esa ciencia que el cristianismo tantas veces ha escupido y no a la Biblia, ese libro que es sagrado pero que en este debate ningún cristiano se atreve a usar. Hay más eufemismo en tratar de convencer a la sociedad desde la ley (humana) cuando en el fondo hay revanchas históricas y políticas.

    Yo podría terminar diciendo que el eufemismo es hipocrecía y que Jesús sí que detestó la hipocresía. Y decir: “usted es un eufemista y los eufemistas no son cristianos”. Decir también que, en estricto sentido, Cristo jamás, jamás, enseñó algo referente al óvulo fecundado por el espermatozoide. Decir que aquel que pone en la boca del Maestro lo que él no dijo hace lo propio del anticristo. Pero no lo diré. La cristiandad está enferma desde hace años del cáncer de las descalificaciones mutuas. Si el Patriarca excomulgó al Papa y el Papa al Patriarca y esto dura mil años, qué se espera un simple cristiano, de a pie, que es anatematizado por ¿otro cristiano?

    Que la paz de Cristo gobierne su alma, señor Orozco.

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