Amar al enemigo

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en el cielo; porque Él hace que su sol salga sobre malos y buenos; y envía lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también así los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los publicanos? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto.

Ese último versículo resuena en los oídos de los seguidores de Jesús como la alarma que despierta almas dormidas. Con eso termina esta primera etapa del sermón, donde las relaciones entre hermanos están en el centro del blanco. La hipérbole perfecta: ser como Dios. ¡Vaya desafío del Rabí de Galilea!

Pero, antes de eso, Jesús establece el principio del amor supremo. Aquí está otro llamado a superar los límites religiosos y morales de la época. Se trata de que hombres ordinarios hagan cosas extraordinarias. No es este un llamado al ideal pacifista que tanto anhela el occidente al menos desde que Tomás Moro escribió su Utopía. De lo que trata el Maestro aquí es de universalizar el amor. Con miras a la universalidad del mensaje, Jesús está previniendo contra la discriminación, contra la comodidad de una religión donde todos los hermanos se aman pero hacen la guerra a los enemigos. ¡Con qué contrariedad tuvieron que ver los romanos de los primeros siglos al ver orar a un grupo de personas en el circo! ¡Qué espectáculo tan hilarante escuchar a los cristianos clamar por el perdón de sus perseguidores! ¿Por qué el cristianismo alcanza límites inconcebibles cuando es minoría? ¿Qué hoyo negro se crea cuando hay una mayoría cristiana que absorbe la médula del mensaje de Jesús? ¿Es que necesitamos ser minoría para demostrar la nobleza de nuestra fe?

Al fin de cuentas: ¿quiénes serían los enemigos de los cristianos? Idealmente sólo aquellos a los que la honestidad, la integridad, la verdad, les perjudica. La verdad es tan deslumbrante que hace ciegos a los que han vivido por años en la oscuridad. El enemigo no es nuestro hermano. Orar por el que uno ama es sencillo, lo difícil es hacerlo por aquel que nos persigue. ¿Qué ganamos con odiarlo? En una frase que nos recuerda al Eclesiastés, Jesús lo pone en términos simples: el sol sale para buenos y para malos. Así que no ganamos nada con guardar resentimientos.

El llamado de Jesús en este capítulo es de ser luz frente a los hombres, en ser la sal en este mundo. Saludar al hermano no tiene nada de extraordinario. Sí que lo tiene amar al enemigo, poner la otra mejilla, mirar con respeto a otro ser humano, cumplir con lo que se promete. Es con el otro con quien se demuestra que uno es cristiano. Todos pueden llamarse cristianos, la diferencia es cuando los otros lo llaman seguidores de Jesús. En el otro puede estar un examen que Dios mismo envía.

Si hay otra ley que Jesús abroga es la de así soy y qué. No: el otro debe ser tocado por el amor de Dios que habita en nosotros. ¿Eso ocurre?

 

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2 comentarios

  1. mauricio · · Responder

    También Pablo no exorta a amar a tu enemigo, pero mi duda nace cuando teniendo algún tipo de enfado o coraje hacia alguien que crees que te ha lastimado, puedo pensar que existe el salmo 59 en el cual dice que Dios hará con mis enemigos mi deseo y caerá sobre ellos toda clase de calamidades…Qué pues? Dios te dá poder de destruir?

  2. mauricio · · Responder

    También Pablo nos exorta a amar a tu enemigo, pero mi duda nace cuando teniendo algún tipo de enfado o coraje hacia alguien que crees que te ha lastimado, puedo pensar que existe el salmo 59 en el cual dice que Dios hará con mis enemigos mi deseo y caerá sobre ellos toda clase de calamidades…Qué pues? Dios te dá poder de destruir?

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