Tesoros en el cielo

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan. Mas haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla, ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mis queridos amigos emprendedores, esos que tienen el deseo escondido de ser reyes midas, tienen algunos problemas con esta Escritura. ¿Es la receta para la mediocridad? ¿Jesús no quería a los ricos? ¿O tenía una forma sui generis de asegurar fortunas? Creo que solemos olvidar la hipérbole que está usando el Maestro en estas palabras. Y también nos saltamos el último enunciado: donde está mi tesoro ahí está mi corazón.

Preguntémonos dónde está nuestro tesoro. Preguntemos qué está dentro de nuestro cofre de riquezas. Aquello que nos interesa, que nos gusta, que nos da placer demandará nuestro corazón. Si uno cree que la salvación en esta Tierra es “vivir bien”, verá con buenos ojos al empleado que trabaja siete días a la semana por 30 años, todo para darle lo mejor a su familia y para que muera rodeado de sus nietos en una bella escena final. Aplaudimos a los desposeídos que construyen su fama con esfuerzo, sudor, lágrimas. Levantamos monumentos a los que, de la nada, han sabido “salir adelante”. Premiamos y hacemos homenajes (y damos honoris causa) a los obreros afanosos que dan casa a sus hijos y más riqueza a sus empresas. Muy bien, pero incluso el más premiado de los seres humanos se enfrentará un día a la ansiedad y el temor de la barrera final: la muerte.

En efecto, Jesús enseña aquí a identificar nuestros objetivos. Un cristiano debería ir solidificando su tesoro por medio de todo lo que el Maestro le enseña y que él practica. Un creyente y un practicante del Sermón de la Montaña: ahí está el inversionista inteligente. Si uno tiene como único y más grande tesoro estas verdades enseñadas por el Rabí de Galilea, sepa que ha incrementado su cuenta en el cielo.

No es difícil identificar el tesoro. Basta con preguntar: ¿qué es lo que más cuidamos? ¿A qué damos más tiempo y pensamiento? Si hoy perdiéramos ese tesoro ¿cómo nos sentiríamos y por qué? En las respuestas francas está la clave para empezar a reconocer dónde estamos parados. Claro, la verdad incomoda. He visto cristianos que se dejan arrastrar por sus parejas porque creen que el amor es infinito. Esta es una verdad a medias. De hecho, la típica fórmula de una boda cristiana es “hasta que la muerte los separe”. Pero algunos no deben esperar la tumba. Las decepciones amorosas, los engaños y las infidelidades son moneda común en la sociedad moderna. Creer que el amor de la pareja o de los hijos o de los padres puede suplir el amor de Dios es una bella ilusión que puede terminar abruptamente. Pero ahí están, los discípulos de Jesús que dicen aleluya en las iglesias pero que le ponen más atención a sus familias, que llegan a traicionar los principios cristianos por amor a sus parientes. Qué mentira tan fina podemos inventarnos. Y lo mismo ocurre con el trabajo, sea este de cualquier tipo. Cuando dejamos de ser productivos, el patrón nos da las gracias (si es amable) y nos manda a casa. ¿De qué sirve andar por el mundo diciendo que seguimos a Jesús si nuestro tesoro es de este mundo? Y aquí se quedará.

Jesús nos enseña que el más grande e incontable de los tesoros no está aquí. No vale la pena perder la vida por nada que sea material. He sido testigo de hermanos que me reprenden por “no cuidar tus cosas”, por “no valorar tu trabajo”, por no hacerme llamar “licenciado” y por otros asuntos igual de frívolos que la vanidad. Les agradezco sus palabras y les prometo que me esforzaré. Pero también les prevengo: mis cosas son prestadas, un día las voy a dejar y no sabré quién las disfrutará. Mi trabajo último es proclamar el evangelio. Es lo que maximiza mi felicidad. Si mi auto tiene un rayón, si ya le pegué por enésima vez, ¿cuánto pierdo en el cielo? Y lo de los títulos es francamente ridículo. Incluso en este mundo, mi papelito no sirve si no va acompañado de pruebas fehacientes de mi capacidad, pero, mejor aún, quizá en el cielo sea utilizado como material para limpiar cristales.

Qué alegría ser testigos de cómo hermanos progresan según los estándares de la sociedad moderna. Pero qué tristeza cuando, deslumbrados por su dinero, por su fortuna, olvidan que su vida está prestada, que su Salvación no será negociable y que su cuenta en el cielo presenta números rojos. Ese día, cuando estemos frente a frente con el Dueño, ¿presentaremos un balance positivo de nuestras finanzas espirituales?

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4 comentarios

  1. muy bueno hermano!! dios te bendiga!

  2. Por eso me siento como un millonario, ya que tengo todo lo que necesito y ese es Cristo en mi corazón. Dios les continue bendiciendo

  3. muy lindo. gracias. los bendigo

  4. pastor; Jose J. Yanez · · Responder

    que lindo que todos pudieramos entender que solo somos extrajeros y avenedizos en este mundo y que buscamos una patria mejor, cuyo arquitecto es Dios mismo la nueva Jerusalen, con calles de oro y un mar de Cristal. bendiciones a todos los que tienen la mente de cristo. y los que no la tengan el te esta llamando para que la recivas en el nombre de Jesus.

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