Los ojos y la luz

La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Mas si tu ojo fuere maligno, todo tu cuerpo estará en oscuridad. Así que, si la luz que hay en ti es tinieblas, ¿cuánto más lo serán las mismas tinieblas?

Esta pasaje suena raro a los oídos actuales. ¿Por qué habla de ojos, luz y cuerpo cuando el contexto tiene que ver con riquezas? Esta inserción es francamente extraña. Pero, he aquí la importancia de la historia, nos dicen que los ojos eran una imagen para la avaricia / generosidad. A los discípulos reunidos en ese monte les hizo mucho sentido escucharla inmediatamente después de la enseñanza del tesoro en el cielo. Dicho de otra manera, Jesús dice que un avaricioso y envidioso tiene una terrible oscuridad en sí mismo. Lo contrario, un hombre generoso es un ser lleno de luz. Y la pregunta final es intrigante. También es un anuncio: que la oscuridad de un humano puede ser tan sólo el preludio de algo todavía peor. Si los infiernos de este mundo son de angustia y temor, los del otro mundo son peores.

Un tacaño es un ser oscuro. Y, si regresamos al inicio y descubrimos que esta es una advertencia a sus seguidores, podríamos darnos cuenta de la importancia que Jesús tiene sobre no caer en los excesos de este mundo. Porque uno puede ser el hombre más rico del mundo, pero si esta riqueza no es compartida, no sólo se pudre (todo lo terrenal es perecedero) sino que también pudre al poseedor. No es gratuito que los grandes filántropos suelen ser personas que llegan a una edad madura y se dan cuenta de lo efímero de sus vidas. Un discípulo no tiene porque esperar ni las riquezas ni los años para enseñar al mundo lo que alguien que tiene la mirada puesta en el cielo es capaz de hacer. Lo contrario es volverse Rey Midas. Cuando calificamos a alguien así, ¿nos damos cuenta de todo lo que implica? Midas terminó muerto porque todo lo que tocaba lo convertía en oro. Pero el oro no sirve para comer. Sólo y triste, Midas muere de inanición. Es una tragedia por la que no debería pasar ningún cristiano.

Así que, en el contexto de la enseñanza sobre las riquezas, esta interpretación tiene sentido. Pero podríamos agregar aquí mismo otra forma de considerar estos versículos. Quizá Jesús se esté refiriendo a la importancia de dejar que el evangelio penetre hasta lo más profundo del ser y del espíritu de las personas. Si pensamos en los ojos como una imagen de la capacidad receptora de un ser humano, este pasaje pasaría a convertirse en una advertencia que trasciende al dinero. Querría decir que el Maestro nos previene de que no hacer caso al evangelio equivale a dejar que las tinieblas reinen en nuestro ser. Tomar la decisión de no vivir en la luz es otra forma de decidir por la oscuridad. ¿Qué significa vivir en la oscuridad? Significa algo más que una concepción moral asustadiza. No quiere decir que uno va por el mundo haciendo el mal, asesinando, dañando a las personas. Podría ser cierto, pero hay algo todavía más dramático: la tumba espiritual podría estarse construyendo desde hoy. Si uno desobedece o no hace caso de lo que el Maestro enseña, su felicidad será perecedera. Cuando lleguen los problemas tendrán más una actitud estoica que cristiana. A diferencia de los estoicos, los cristianos creemos que hay salvación, que no todo se acaba aquí, que el Salvador vive y que siente una profunda misericordia por sus seguidores.

Nótese pues que la diferencia no está en tener o no problemas. Se trata de cómo los enfrentamos. La oscuridad puede amenazar a un cristiano, pero jamás lo vencerá pues él mismo tiene la luz eterna en su ser. Los ojos abiertos al mensaje de salvación saben que detrás de una tormenta hay un cielo azul tranquilo. Y están conscientes de que esto es mucho más que cualquier metáfora convertida en cliché. Realmente el Maestro tendrá la capacidad de detener la tormenta. Y por lo tanto podemos vivir en una constante fiesta espiritual, aunque el mundo se venga abajo.

Dejemos las frases trilladas y digamos que, cualquiera de las dos interpretaciones sugieren que el creyente debe dejar que el evangelio lo alumbre, tanto para las riquezas materiales como para las espirituales. Tacaño y cristiano deberían ser antónimos, según Jesús.

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