Regla de oro

Así que, todas las cosas que queráis que los hombres os hagan, así también haced vosotros a ellos; porque esto es la ley y los profetas.

¡Que principio tan sencillo y al mismo tiempo tan útil para la convivencia entre seres humanos! Libros enteros se han escrito con sólo este versículo que parece encerrar el secreto de la paz mundial en sí mismo. Y qué olvidado es al momento de vivir el día a día. Pasa como el Quijote: todos lo citan pero pocos lo han leído. En este caso es peor porque hay todavía una minoría dentro de esa minoría que lo practica. Y si se necesita un libro completo para entender la profundidad de estas palabras, sólo queda concluir que somos necios o duros de entendimiento.

¿Qué más se podría explicar en este punto? Ya Jesús había explicado que uno debería pedir para recibir. Ahora apostilla: trata a los demás como quieras ser tratado. ¿No está aquí implícita la necesidad de dar a Dios en la misma magnitud (dentro de nuestras limitaciones) como pedimos? Además, no es ocioso recalcar la parte positiva de la indicación. El Maestro no llama a la “no intervención”. Más bien apela al propio ego humano para empujar a una acción. No hay lugar para la pasividad. No sirve aquello de “vivir y dejar vivir”. Por el contrario, la indiferencia es la raíz del solapamiento de crímenes.

Nuevamente, no es este un llamado a las complicidades. Porque cualquiera podría entender este versículo como una invitación a no denunciar, a callar ante injusticias, a la abstención de la vida social. Y el Maestro parece decirnos: si callas injusticias, al final tú serás víctima de los que hoy toleras. Así que la regla de oro nos invita a actuar y a hacerlo de la manera en que agrada a Dios.

No hay que añadir mucho más a este principio. Sólo valdría la pena anotar que el Rabí resume así toda la Ley y los Profetas. El camino de la paz y de la trascendencia en este mundo pasa por aquí. Toda la ética judeo-cristiana reposa en estas sencillas palabras. El ser humano es un “imperativo categórico” que tiene su justificación en el yo. De nuevo lo pragmático: si no lo haces por Él, hazlo por ti mismo. Cuando a uno le tocan el propio pellejo, responde.

Finalmente, ¿no es esta regla la que el Padre celestial quisiera aplicar a su creación entera? ¿Cómo sería el cristianismo si cada uno de sus adherentes tratara a Dios como Él trata a sus hijos?

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