Jesús es tentado

Mateo 4:1-11

Jesús ha sido bautizado y ahora, como Moisés, se va al desierto. Este periodo de preparación, quizá perdido en el mundo occidental moderno, tiene mucho que enseñar a los cristianos de hoy. Vemos a un Jesús que es tentado por el maligno luego de pasar por la prueba de dejar de comer por cuarenta días y cuarenta noches. Hambre, cansancio físico, soledad, incertidumbre acaso, todo esto atacó a Jesús en esa prueba autoimpuesta que serviría para entrar en contacto con su Padre con miras a salir de ahí a predicar como un verdadero profeta.

Pero, al final de su ayuno, Jesús se topa de frente con el gran enemigo: Satanás. La primera tentación es la más pueril: tienes hambre, convierte estas piedras en pan. El segundo dardo va dirigido al orgullo: si de verdad eres hijo de Dios, demuéstralo. La última tentación va dirigida directamente a la ambición: te daré el mundo si me adoras. Y lo interesante es que en las primeras dos pruebas, el Diablo usa las escrituras. En otras palabras, no sólo de conocer la Biblia vivirá el hombre. La carta a Santiago dirá: “tu crees que hay un Dios y haces bien, pero los demonios también lo saben y tiemblan de miedo”. El conocimiento correcto de las escrituras salvó a Jesús en el momento de mayor tentación que registre el Nuevo Testamento. No cualquier memorización de la que muchos cristianos presumen, sino la recta interpretación usada en el momento adecuado. La diferencia entre Jesús y el Diablo en este duelo cósmico no fue su conocimiento de la Torá sino su interpretación y su práctica. En el fondo, ambos compartían un mismo origen y tenían un conocimiento intelectual quizá del mismo calibre. La diferencia aquí lo constituyó la espiritualidad de uno y la carnalidad (perdonen este terminajo) del otro.

Este pasaje nos revela otra verdad: Jesús fue tentado. Venció gracias a su relación con Dios. Estaba en el límite humano de sus fuerzas. No podemos argumentar aquí que su victoria ante la tentación fue porque era Hijo de Dios. Este pretexto utilizado por millones de creyentes no tiene ningún sustento lógico: si Jesús tenía la capacidad de utilizar sus poderes divinos, ¿por qué pasar por todas estas pruebas? No había necesidad de demostrar su debilidad. Porque lo que estos versículos enseñan no es la fortaleza sino la debilidad de Jesús. De haber sido el super hombre que algunos creen que fue, ni siquiera habría nacido en calidad de ser humano. Si en ese ayuno se había transformado para ser el invencible, Satanás no se habría atrevido a atacar. Justo porque Jesús se encontraba a punto del desfallecimiento, el enemigo lo ataca. En su debilidad humana, el Galileo usó lo único a lo que puede recurrir: se encomendó a la providencia divina. No usó ningún poder extranatural, un rayo que terminara de una vez y para siempre a Lucifer. Nada de eso: sólo la obediencia. Ahí empezó su victoria y la construcción de un nuevo hombre, un nuevo Adán.

Este duelo insólito en todas las escrituras canónicas es presentado ante nuestro ojos como la demostración fehaciente de la doble naturaleza de nuestro Señor. Declarémonos con fuerza: verdadero hombre y verdadero Dios.

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