Él perdona pecados

Mateo 9:1-8

Aquí vemos a Jesús embarcando nuevamente por el lago. De los sepulcros, el Maestro llega a su ciudad. En Nazareth, como en la mayoría de las ciudades, Jesús no es bien visto por el establishment religioso. Ahora el conflicto estalla porque el Rabí sana a un paralítico. Recordemos que en el mundo antiguo las enfermedades estaban relacionadas con el pecado. Se creía que el enfermo tenía problemas morales y por eso sufría. Así que Jesús recuerda esto para, acto seguido, escuchar las críticas de sus adversarios. Antes de arrojar la primera piedra, pongámonos en su lugar. Los escribas, con toda la razón, cuestionan que un hombre se abrogue el derecho de repartir perdones de pecado. Incluso hoy, si escucháramos que alguien, por muy hacedor de milagros que fuese, diera perdones, ¿nos quedaríamos impávidos? No. Sin embargo, Jesús no se queda ahí en la confrontación. La gran autoridad del Nazareno provenía de su actuación consecuente. Ahora les reprocha la crítica y les muestra con quién están hablando. Entonces, en un acto de demostración de poder, acompaña el perdón de pecados con la salud del paralítico. Los escribas se sorprendieron por partida doble: porque Jesús parece adivinar lo que piensan y porque observan una señal del Mesías. La gente queda más sorprendida. El pasaje termina con una frase reveladora: “glorificaron a Dios, que había dado tal poder a los hombres”. Es decir que hasta en este momento, Jesús no era más que un gran Rabí, acaso un profeta, pero en todo caso, un hombre. Nadie dijo: “Dios está con nosotros” o “Yahvé salva”. Sólo vieron al hijo del carpintero y se sorprendieron.

Vemos aquí la continuación de dos grandes confrontaciones: contra los líderes religiosos y contra sus propios paisanos. Ni unos ni otros alcanzan a ver más allá de lo que ven sus ojos. Y ante su presencia, Jesús no era más que un agitador, como mucho un profeta del calibre de Juan, pero más insoportable que su primo. Y más peligroso. Los innovadores nunca son bien recibidos. Y Jesús, que tenía días de pronunciar un discurso memorable, era ya un Maestro del pueblo incómodo. Como cualquier judío de Palestina, sabía las Escrituras, pero, a diferencia de sus líderes, Jesús hablaba y actuaba con un poder que ya en ese momento podría calificar como francamente sobrenatural. Y sus paisanos, aquellos que sabían de los dichos que decían ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret?, esos mismos no toleraban que ese carpintero siguiera dejando en ridículo a su ciudad. Porque ciertamente que Jesús dividió. Para unos era superior a Juan en cuanto su autoridad moral, para otros sí lo era en su afán de peregrino. Mientras Juan se quedó en el Jordán, aislado en el desierto, Jesús caminó, habló y sanó. Era alguien excepcional. Para bien o para mal.

No podemos dejar este pasaje sin tocar la parte alegórica. Como ese paralítico, muchos hemos llegado a Cristo con la duda de si Él puede hacer algo. ¿Cuántos de nuestros amigos tenían más fe que nosotros? Y, como los escribas, hemos oído más de una vez la crítica feroz de los religiosos, de los conocedores, de los sabios. No sabemos cómo, pero la fe en Jesús pudo más que los consejos de cientos de terapeutas profesionales. Cuando escuchamos esas palabras de Jesús, esas que dicen “ánimo, tus pecados te son perdonados”, sólo recogimos nuestra camilla y lo seguimos. “Levántate”: he aquí la orden de Jesús que todavía resuena en el corazón de cientos que están postrados en sus camillas de hedonismo, conformismo y egoísmo. Y luego: “camina”. Jesús lo ha dicho.

 

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