El Maestro del escándalo

Mateo 10: 34-40

No habrá en todo el sermón más que una frase que ayude a los discípulos a recobrar su valor en medio de tantas promesas francamente malas: serán salvos. Y ni siquiera se puede decir que sea así sin más. El Maestro ha dicho que sólo los que perseveren hasta el final alcanzarán la salvación. Incluso en esta última parte del sermón, Jesús deja claro que los que recibirán recompensa serán los que arropen a estos Doce que a estas alturas ya deberían tener un temor existencial tal que quizá ya estaban dudando.

Ahora vemos a Jesús en un aspecto desconocido para las multitudes “sin pastor”. Afirma que vino a dividir una familia. Y para que no quede duda, el Maestro aumenta el nivel de compromiso que pide: sólo el que ama a Jesús por sobre la familia es digno de llevar Su nombre. Y termina con una frase todavía más desafiante: “quien ha hallado su vida, la perderá; y el que ha perdido su vida por Mi causa, la hallará”. ¡Con razón han criticado duramente a Jesús como un Mesías que pide el mayor compromiso posible en un ser humano! Aquel que tenga un hijo comprenderá mejor lo que está diciendo el Maestro.

Lo que hay aquí es un desafío contra el ego. Para los oídos modernos, como para los antiguos, estas palabras son un escándalo. Vivimos en una sociedad donde la familia es considerada como el núcleo de la convivencia. Nos enseñan que la familia es primero, que hay que luchar por tener una vida de comodidad. ¿Cómo hemos llegado del compromiso pedido por Jesús a una sociedad hedonista? ¿En dónde se perdió el sentido de las palabras de Jesús? Porque aquí no caben las medias tintas. Es claro que le mensaje de Jesús, con todo y que sea una hipérbole, es demandante, no acepta creyentes a medias. Por sobre la paz familiar se encuentra la obediencia a Dios. Ese es el fondo de la Escritura. Y podríamos hablar de cientos de ejemplos donde las palabras de Jesús en una casa han provocado catástrofes. Cuando digo casas, también me refiero a sociedades donde las guerras de religión han enlutado familias completas, países donde “los enemigos del hombre han sido los de su propia casa”. Amar a Jesús por sobre todas las demás relaciones, ¿no es una invitación para dejar la propia vida y ganar la vida en Cristo?

Y la cruz. He aquí una de las escrituras más absurdamente malentendidas de todo el Nuevo Testamento. No está hablando el Maestro de un collar en forma de cruz. No está invitando a que cada mañana nos levantemos y como el miope busca sus lentes, el creyente busque su colguije. Cargar con la cruz cada día significa que no desistimos de pelear la batalla de la fe. Cargar una cruz era un castigo que los romanos imponían a algunos condenados a muerte. Nosotros, los cristianos, debemos condenar nuestras debilidades a la muerte. No peleamos con nuestras propias fuerzas. La cruz que cargamos es esa parte incómoda del evangelio. La cruz de alguien puede ser el enojo, la lujuria, la mentira. Si uno no carga con todo eso, a la primera provocación terminará cayendo en las conductas que antes tenía. Así que un cristiano debe saber de qué está hecha su cruz y llevarla. No es fácil cargar con todo esto cuando el mundo quiere escuchar y ver el espectáculo del discípulo que niega a su Maestro. Pero no hay opción: para ser dignos de Jesús debemos cargar con la responsabilidad de nuestros hechos, no huir de la pelea. Ahí, en esa pelea, vendrá el Espíritu a auxiliarnos.

Vamos a dejar este capítulo con una pequeña reflexión sobre el carácter de estos apóstoles y de los apóstoles de todas las épocas. ¿Está llamando Jesús al heroísmo a estos hombres? No. No al modo griego, ese donde el hijo de un Dios y un humano está condenado a sufrir luego de hacer él mismo grandes proezas. Lo que Jesús hace con estos Doce es llamarlos justo al antiheroísmo. La única característica común podría ser el valor. Pero ni así habría una forma de equiparar la actitud misionera de un cristiano con las gestas de un héroe. El valor de un héroe griego está determinada desde la eternidad por los dioses. Su destino está trazado y, aunque lo quiera, no podrá huir. Su ejemplo servirá para impresionar a otros seres humanos y morirá irremediablemente. El cristiano tiene un destino marcado pero tendrá siempre la oportunidad de elegir y, el punto más claro de distancia entre el estoicismo de los héroes griegos y el valor de los cristianos, creerá en un poder superior que no sólo no lo desamparará en esta realidad, sino que le promete otra mejor. No busca esta realidad (cielo, llamémosle) por medio del suicidio. El cristiano sólo tendrá que anunciar el evangelio como el Espíritu lo indique. Su valor no vendrá de su fortaleza como entidad superior, sino, paradoja, de su debilidad. El creyente descubre que en su debilidad habrá un Dios que lo fortalecerá. No busca la muerte, tampoco le teme, más bien vive en la felicidad que da saber que la Providencia lo cuida. Y su servicio no consistirá en asesinar hombres y cantar sus victorias bélicas. La batalla es celeste y la victoria es espiritual. Jesús lo dice muy bien: serán azotados, el mundo no los querrá. Es la receta del antihéroe (sólo hay que revisar la historia de Pedro)

No, aunque el concepto héroe suene muy bien a los oídos actuales, lo que Jesús está haciendo aquí es instruir a Doce pescadores sencillos, comunes, humanos, muy humanos, para servir y dar su vida por una causa superior a ellos. Es el llamado eterno, este sí, a todos los seguidores de Jesús que quieran llevar a sus últimas consecuencias su vida espiritual, que no es su logro sino gracia de Dios.

Luego de aquí, esos Doce apóstoles no serán los mismos. Valga una licencia: serán la personalización de lo que los griegos llamarían héroes pero nosotros, y Jesús, le llamaremos siervos.

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3 comentarios

  1. Cierto Jesus ha sido una figura mal entendida en el mundo a travez de los siglos.

  2. Gabriel · · Responder

    Muy importante para los cristianos de este siglo.

  3. Los quiero felicitar, esta muy bien explicada la aclaración de mantener la cruz
    Nuestra debilidad que abarca mucho por cierto, es una gracia que nos da Dios
    No un súper yo, si no, un estado espiritual, de vencer lo que uno no puede, pero por medio de El si.

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