Una lección de Herodes Antipas (1 de 2)

En la Biblia tenemos ejemplos a seguir y ejemplos de lo que no se debe hacer. Casi siempre los más nombrados en sermones son los buenos ejemplos, los personajes que realizaron una proeza en el nombre de Dios , que tuvieron fe, que cambiaron para agradar a Dios. Sin embargo, también podemos aprender de aquellos hombres y mujeres que no son precisamente los mejores en la moral o en sus acciones. Se aprende también de los malos.

El personaje que vamos a estudiar para ilustrar lo contrario a la metanoia es el de Herodes Antipas, gobernador de Galilea y Perea desde el tiempo en que Juan anunciaba su mensaje y hasta después de la crucifixión de Jesús. De pocos personajes en el Nuevo Testamento se puede decir que fueron influidos por dos profetas y que, incluso así, no cambiaron. Pues bien, Herodes escuchó la predicación de Juan y de Jesús, y no cambió. Murió lejos de su pueblo, acusado de traición a Roma.

1. Su necesidad: arrogancia y adulterio

Herodes era heredero de los Macabeos, esos héroes judíos que se habían enfrentado a los griegos unos 200 años antes de Cristo pero que ya en la época de la predicación del Bautista se hallaban en plena colaboración (o dependencia) con el imperio romano. Herodes no sólo tenía el idioma y la cultura romana, también tenía su relativismo moral y una absoluto egoísmo que le hacía construir grandes obras arquitectónicas, incluido el templo, y que, al parecer, le hacía olvidar su desapego a la Ley de Moisés.

Herodes pecaba por haberse proclamado rey de los judíos sin ser descendiente de David. Él estaba en el trono sólo porque así lo habían aceptado los romanos. No tenía la legitimidad de las Escrituras. Pero lo realmente patético era la relación amorosa con su cuñada. Herodes traicionaba a su hermano y a su esposa. Herodías era la lepra en la piel de Herodes y en los tiempos de Juan era la noticia más escandalosa de la región.

2. La voz del profeta: Juan

Dice Lucas 3:18 que Juan el Bautista “reprendió a Herodes” por la relación incestuosa que estaba cometiendo (porque Herodías, además, era su sobrina). En Mateo 14:4 se resume la reprensión de Juan: “no debes tenerla como tu mujer”. Así de claro.

¿Era esta reprensión una idea del profeta? ¿Era algo que a él no le gustaba, propio de sus fobias y filias? Claro que no. Levítico 18:6 dice: “Ningún hombre debe acercarse a una mujer de su propia familia para tener relaciones sexuales con ella”. Y los versículos 16 y 17: “No deshonres a tu hermano teniendo relaciones sexuales con su mujer. No tengas relaciones sexuales con una mujer y con la hija de esa mujer (…). Esa es una conducta depravada, pues son de la misma sangre”. Juan no venía a innovar, a implantar nuevas reglas morales o sociales. Lo que Juan decía a Herodes no provenía de su mente sino de lo que Dios mandaba a su pueblo.
Para los romanos, Herodes era el Rey de los judíos. Para Dios y su pueblo, no era más que un depravado, adúltero y arrogante. Juan el Bautista se lo dijo con todas sus palabras.

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