Jesús y el sábado I

Juan 5:1-18

Aquí viene la tercera señal. La superstición decía que si te metías en ese estanque sanarías. El enfermo no podía hacerlo. Pero llega Jesús y le hace la pregunta de su vida: ¿quieres ser sano? Llama la atención la respuesta del enfermo. En lugar de ser categórico, le da vueltas, explicaciones no pedidas. El Maestro parece pasar por alto todo eso. “No te estoy preguntando por qué sigues enfermo sino si quieres dejarlo de serlo, porque yo sí”. La respuesta del enfermo en la puerta de las Ovejas se parece a la que muchos dan cuando escuchan el evangelio. Como si al momento de quemarse uno se pusiera a meditar sobre el fuego. ¡Cuánta palabrería cuando Jesús sólo quiere escuchar un monosílabo!

Pero el escritor ahora se fija en una de las actitudes típicas de los legalistas de siempre. En lugar de maravillarse por la salud recobrada de un enfermo, los “judíos” se fijan en una Ley que, así presentada, parece lo más inhumano que se haya escuchado. Aquí dos precisiones: cuando el escritor evangélico habla de los judíos se está refiriendo al establishment religioso de Jerusalén. La segunda: la Ley de Moisés en sí misma no está alejada de la esencia humana, es más bien la interpretación que esa cúpula religiosa tiene la que confunde medios con fines. No podemos hacernos de la vista gorda y decir: son ellos. Más bien, uno debería reconocer que también dentro del cristianismo se dan estas discusiones y envidias asesinas. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, los seguidores de Jesús siguen peleando por el asunto del “día de descanso”. ¿Hay una religión en el mundo donde el descanso sea el pretexto de peleas y de incomodidades? Cuando decimos el sábado decimos, en general, las leyes que grupos imponen y que sutilmente (concedamos este punto) van subiendo de nivel hasta ser más importante que el evangelio. Pastores actuales se escandalizan por asuntos tan triviales como el vestido, los peinados, los colores, el lenguaje. Como si el cristiano tuviera que cumplir la etiqueta religiosa para ser considerado digno del Maestro. Eso es como fijarse en la camilla y no en las piernas sanas de los enfermos espirituales.

Jesús los contradice con un argumento sencillo: si mi Padre trabaja todos los días, yo también. Pero esto cae en tierra estéril. No sólo no lo escuchan sino que procuran matarlo. Otra vez, se fijan en la gramática y no en la sustancia del mensaje. Todavía hoy, luego de una predicación poderosa, llega la hermana que se había congregado en otro grupo y dice: “muy bien, muchos quieren conocer más a Jesús, buena hermenéutica, excelente exposición, pero no alaban como debe ser”. Santa simplicidad.

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Un comentario

  1. Ernesto · · Responder

    Su punto de vista en este particular por usar un calificativo, me parece simplón. Toma los temas bajo ninguna responsabilidad, le quita el carácter ético a los asuntos como si se tratara de vender cacahuates en la plaza. No soy partidario de su simplicidad al menos en lo que respecta a este tema.
    Un saludo.

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