La vid verdadera

Juan 15:1-17

El cristiano debe permanecer en Jesús y como consecuencia habrá mucho fruto. ¿Quieren realmente glorificar al Padre? Den fruto. Es un ciclo: uno se hace seguidor de Jesús, lo escucha y lo obedece, entonces, llega el fruto y así Dios es glorificado. Puesto que Jesús es el tronco, nosotros somos poco menos que ramas. La alegoría es muy gráfica: todo aquel que no permanece en ese tronco se seca y no sirve más que para ser quemado. Un cristiano lejos de Jesús no lo es.

Pero vale la pena preguntarse aquí a qué fruto se está refiriendo el Maestro. Algunos piensan que se refiere al fruto del carácter. Otros creen que se trata de traer a más almas a Cristo. ¿Cuál es la correcta? ¿Es proselitismo? ¿Es madurez? Las dos cosas no son excluyentes. Si el Maestro repite que pidamos lo que queramos y se nos cumplirá, acaso se refiere tanto a los frutos de cambio en la vida y práctica y al deseo de un cristiano de que otros conozcan el camino que nos ha cambiado. En cualquier caso, los frutos son visibles. El que roba, dejó de robar. El que antes era un egoísta, ahora predica la Palabra de salvación y otros (los frutos) llegan al Padre.

Con todo, Jesús está poniendo de importancia la necesidad de permanece en Él. No es gratuito que diga: “sin mi nada pueden hacer”. No se refiere a asuntos carnales. Pensar que alguien que se separa de Jesús cae en estado vegetal, en una cama de hospital, o definitivamente en la tumba es querer contar una historia de castigos más propia para niños que para adultos creyentes. No. Jesús se refiere a lo espiritual. Alguien que ha conocido la verdad y luego se aleja, se quedará en coma espiritual, es decir, esa angustia, esa sed existencial volverá pero queda la terrible desesperanza de no encontrar la medida para saciarlo. Sí: el que se va puede tener una vida incluso con mayores comodidades que antes, pero en la tumba se terminará su satisfacción.

En el mismo capítulo, el gran Maestro se vuelve el gran amigo. Pero un amigo verdadero de Jesús no es el que le cae bien sino quien lo obedece. Es una relación de amistad donde uno debe seguir al amigo especial. Nos lo recuerda: no lo elegimos nosotros, él nos eligió (¿Calvino está en lo correcto?). Su mandamiento de amarse el uno al otro pasa por la prueba suprema: la vida misma por el amigo. Jesús es el amigo perfecto por dos razones: ha dado a conocer todo lo que sabe del Padre y ha dado la vida por sus amigos. Él no nos llama siervos, pero, ¿qué podemos decir nosotros? ¡Qué sigue siendo nuestro Señor! El gran Señor cumplidor de promesas, protector; el Jefe al que seguimos con lealtad y sin condiciones. Lo hacemos por fe pero también porque sabemos que todo lo que nos pide hacer, Él ya lo hizo.

El fruto viene de la madurez y ésta llega cuando estamos unidos a la vid. Una vid que se convierte en hombre, pasa por ser el Señor y luego se convierte en amigo generoso.

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