La gran oración II

Juan 17:6.-19

El objetivo ahora es ese grupo de hombres y mujeres asustados. La oración más intensa, la más conmovedora, tiene dedicatoria: los primeros discípulos. Nosotros, dos milenios después, no podemos sino observar la escena, admirarnos y maravillarnos por los sentimientos que el Maestro tenía en ese momento, por la intensidad personal y sentimental que involucró en la misión. No era un gerente que administraba recursos humanos. No era un general que diera órdenes a sus subalternos. Ni siquiera era un padre iracundo: era el amigo, el hermano, el Dios hecho carne para revelar la mente divina a la humanidad. Y eso era tan serio que no podía dejar fuera el amor.

No era el caudillo carismático que manda al matadero a sus seguidores para salir protegido Él. Acaso todos esos llamados a estar listos, toda la enseñanza sobre el dolor que trae consigo seguirlo, quizá todo eso que parecía una receta para alejar a las masas no era sino la demostración suprema del amor y el cariño que Él tenía a los hombres. Claro, mientras vivió en este planeta, el Maestro los protegió. Nadie sino el que estaba predestinado se perdió. Y aquí no sólo es la perdición espiritual, también está la protección física y personal. Jesús entiende que por su culpa serán odiados, apedreados, despreciados. Lo entiende tan bien que pide por ellos, por lo que habrán de pasar.

¿Habían entendido todo lo escuchado? Nosotros podemos decir que no. Pero la visión de Jesús era otra: lo Importante no era que explicaran todo lo atestiguado en sesudas exposiciones teológicas. Habían creído en Él, que era la palabra y por lo tanto en la verdad y eso era más que suficiente. Creer. Que no se nos olvide: el primer requisito para seguir a Jesús es creer en Él. Cuando uno lo hace, cuando uno confiesa que Jesús salió del Padre, nuestro Señor es glorificado. Sí. Por medio de los creyentes, el Mesías es exaltado. No que dependa de nosotros sino que se manifiesta en los que lo siguen.

Ellos no son del mundo, dice Jesús. Pero viven aquí. No pide que los saque sino que los proteja. El cristiano en el mundo, no como parte sino como partícipe. Sus seguidores no son de este mundo pero aquí viven. Jesús oró para que el Maligno no tuviera poder en ellos. Miremos a nuestro alrededor en este momento: ahí está el mundo. Miremos hacia nuestro interior: ¿ahí está Jesús o el diablo? En esa noche de pesares, Jesús mostró su grandeza como encarnación del Verbo pero también como el ser humano. En el mundo, Él los protegió. Con su partida, los discípulos sentirían la soledad y el miedo. Pero ahí les recuerda: Dios mismo velará por ellos. ¿Creemos en la oración de Jesús por quienes lo siguen?

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