La Gran Comisión revisitada

«Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y háganlas mis discípulos, bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28: 18-20).

He aquí el caballito de batalla del proselitismo religioso más agresivo. Su argumento dice que así como Jesús mandó a los Doce, así manda a cada generación a hacer discípulos de de todas las naciones. Después del bautismo, continúa un proceso de enseñanza que en nuestra iglesia se llama «discipulado». Pero la clave no está en esto último sino en aquello de «ir a la gente de todas las naciones». Se enfatiza «gente», «todas» y «naciones» para decir, «vámonos a la misión» que traducido quiere decir, «engordemos nuestras iglesias (o denominaciones)». El argumento mezcla verdades contundentes con opiniones y pierde de vista algunas obviedades.

Vamos por partes. El evangelismo es «enseñar todo lo que yo [Jesús, el Cristo] les he enseñado». Es decir, evangelizar es anunciar lo que Jesús anunció. Evangelismo es llamar a todo individuo a ser discípulo (seguidor) de Jesús. Es así como podemos decir que el “discipulado” no es otra cosa sino evangelismo porque se está anunciando o enseñando aquello que Jesús mandó. No se puede decir que uno no está cumpliendo con la Gran Comisión si está enseñando a Cristo a otro hermano de fe pero no trae visitas a la iglesia. Medir el éxito de un cristiano por el número de amigos que trae a cada reunión es tratarlo como un simple vendedor que gana más comisión si vende más. Esto no es lo que enseñó Jesús.

¿No hay que ir a la calle y anunciar el mensaje? Ciertamente, la primera generación de discípulos predicaba las buenas noticias a luz del día y cuando no se pudo hacer porque la persecusión arreciaba, lo hicieron también en las tinieblas de las catacumbas. Pero debemos notar que lo primeros cristianos, aquellos Doce, primero evangelizaron a sus familias. Los evangelios tienen varios ejemplos de eso: Juan y Andrés van a ver a Jesús, luego, Andrés va con su hermano Pedro y le presenta al Maestro (Juan 1:41-42). Luego, Jesús llama a Felipe quien va a buscar a un amigo cercano, Natanael (Juan 1:44-45). Juan y Santiago eran hermanos (Marcos 1:19). Y cuando enferma la suegra de Pedro, Jesús la sana (Marcos 1:30-31). ¿Y qué decir de la familia de Lázaro (Juan 11)? ¡Familia por todas partes! Si no somos capaces de anunciar a Cristo con nuestras familias, que nos conocen al menos en forma externa, ¿por qué ir con los desconocidos de la calle? La respuesta es simple: porque ellos no nos conocen, porque el fruto del Espíritu Santo no es conocido por ellos. Puesto que el primer ministerio de un cristiano es la casa (1 Timoteo 3:5) el evangelio debe ser anunciado, en primer término, a la familia.

Pero sigo sin responder si no se debe hacer ningún tipo de proselitismo callejero. En el siguiente post hablaré de esto. Baste repetir una vez más que el Nuevo Testamento (y con mucho mas fuerza, el Antiguo) nos enseña que el primer grupo de personas a las que un cristiano tiene que evangelizar es su propia familia.

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