Otro cristianismo es posible

Está el cristianismo de tradiciones bellas, de parroquia adornada, de cumplimiento de normas, reglas y sacramentos, de contemplación de estatuas, imágenes y hojas de papel. Y está el cristianismo que mira sólo a Dios y en esa contemplación descubre al prójimo y lo ama como a sí mismo; el que se maravilla de ver cómo Dios añade más y más personas a una comunidad cuyas características hacen vanidad el intento de contarla. Está el cristianismo de paja, con puertas y ventanas cerradas y el de tabique, con puertas, ventanas y techo abierto. El que construye en la arena y el que lo hace en la roca. El que se aletarga con la voz del hombre y el que vive en las palabras de Dios. El que dice amar y el que ama con pasión desenfrenada.


¿Dónde estás ahora?

Porque existe el cristiano asustado, echado para atrás, a la defensiva, lleno de culpas, cargado con el peso de la lealtad a sus gobernantes, inseguro, sin poder: una caricatura mal hecha de los seguidores del Maestro galileo. Y está el creyente lleno de gozo, comprometido a crecer, a entender y a vivir los asuntos espirituales; el que no teme responder a los retos que le llegan a su mente todos los días. Y no teme porque este creyente sabe que el poder de lo alto no es una linda metáfora, una única y excepcional experiencia que le ocurrió a otros únicos creyentes hace dos mil años. No. Este creyente reclama el cumplimiento de la promesa y el pacto que su Dios dejó escrito para todos aquellos que le crean. Es un ser humano conciente de sus limitaciones intelectuales y por eso no impone, propone; no gobierna, convive; no manda, obedece al Señor. Uno defiende a la institución que le vendió la promesa de la seguridad espiritual a cambio de rendirle su voluntad. Otro defiende la libertad que le dio su creencia en el Mesías. Aquel acusa a sus hermanos de toda su mediocridad. Éste le habla a su Dios y se pelea y se reconcilia y llora y seca las lágrimas única y exclusivamente con su Padre del cielo.

¿Quién eres tú?

Porque el Dios del cristiano le dijo un día a cierto hombre que dejara todo, que se fuera, que le entregara a su hijo. Ese señor lo obedeció con la misma naturalidad que uno va a dormir o que uno come. A ese hombre se le conoce como amigo de Dios porque le creyó. Muchos años después, ese mismo Dios le dice a un pueblo liberado, que muchas veces añoró regresar a la esclavitud: “miren, hoy les doy a elegir…”. No es el Señor de las imposiciones absolutas. Es el Señor de la libre, soberana e ilimitada capacidad de elegir. A cada “héroe de la fe” le da siempre la opción de decir no. ¿Se vale decir no a los caminos de Dios? Por supuesto. Es entonces que el cristiano se construye otros dioses y se aleja de aquel que manda caminar, respirar, salir de las comodidades de una vida mediana. Ese cristiano olvida que ni moral ni piedad ni la amistad con otros hombres buenos y religiosos le van a saciar la sed de lo infinito, el hambre de lo trascendente. Es el cristiano que elige el camino del legalismo, del humanismo y de las buenas apariencias y deja el camino de la realidad espiritual, de la realidad humana y del amor ilimitado. Ahí sigue hoy la opción personal de cada creyente: decirle sí a su Dios o decirle sí a sus buenas ideas.

¿Qué camino has elegido?

Porque hay que decirlo de una vez: otro cristianismo es posible. Y yo elijo ese. Lo elijo con toda mi humanidad encima. Lo elijo con toda mis limitaciones. Lo elijo sabedor de mi ignorancia. Pero también conocedor de que el Dios en el que creo está vivo, es real y habla. Si tu dios no te habla, crees en una fantasía y para fines prácticos, ese dios no existe. En el que yo creo me quiere usar, refinar y apoyar. A cambio, yo quiero apoyarlo, usarlo y probarlo. Si esto es una locura, el tiempo lo dirá. Ese es el mismo Dios que usa la voz, los brazos, las piernas, la mente, la humanidad para sus propósitos. En todo caso, que sea el Señor quien de cuentas de lo que manda a hacer a sus esclavos. Claro: el cristiano es un esclavo voluntario del Señor que descubre, ante el pasmo del hombre moderno, que en esa esclavitud hay libertad plena.

Digo, pues, que ese cristianismo se sabe portador de un mensaje relevante para su época. No se asusta cuando habla con quien piensa diferente a él. No se amedentra ante la burla, los adjetivos ni la indiferencia del mundo. Hay tanta luz en ese cristianismo que sólo los ciegos no lo verían. Pero tampoco intenta enderezar a golpes al jorobado. Ante el mundo y su época, este tipo de cristianismo ama. No olvida que su Dios es amor. No se rasga las vestiduras ante las injusticias, es una pérdida de tiempo. Se apresta, con suma alegría, a ser la mano del Señor del amor en el mundo de odio en el que vive.

Pero, que no haya confusión en esto: no es la justicia humana donde hay salvación. La pobreza espiritual es igual de ominosa que la material. Y por eso, en ese otro cristianismo, el creyente se mira a sí mismo, se interesa en su interior, se ocupa de su propio crecimiento espiritual y deja que los otros vivan. No anda viendo paja en los ojos ajenos mientras el suyo tiene una viga. No corre a ser rey de ciegos, él que es tuerto. Ese otro cristiano no olvida que sus codiscípulos son mejores que él y por eso los respeta. Al débil lo fortalece, no lo juzga. Y lo fortalece no con humanismo y optimismo bienintencionado. Lo hace con la única manera que sabe y que tiene: el poder de lo alto, el Paracleto, el Guiador, el Iluminador. No le presenta un sistema de normas morales y éticas para ser mejor persona. Le pone de frente ante la miseria de su humanidad y ante la perfección de lo divino. De nuevo, como su Dios, le da a elegir. Entonces, cuando ese débil bebe del mismo Espíritu, se convierte en su hermano. No es mejor persona: es una persona nueva, con una naturaleza distinta a la del resto. Ahora, en ese viaje al interior, se ha descubierto que no está tan solo. Hay compañeros de camino. La vida se vuelve un constante compartir los descubrimientos de la nueva existencia.

Este otro cristianismo, entonces, no anda comprando terrenos para crear su franquicia, su templo; no anda alquilando lugares para enriquecer al dueño y tener bien controlados a sus hermanos. Con la iglesia, pues, hemos topado. Y tenemos que solucionar desde ya la pregunta que se repite por aquí y por allá: ¿está Dios en la iglesia? ¿No será que ese rabino disfrazado de cristiano, llamado Pablo, la inventó? La Iglesia, con mayúscula, es la familia de Dios, el pueblo elegido, un rebaño cuyo dueño es el Pastor Jesús. La respuesta se puede adivinar: Dios está en la Iglesia porque el Espíritu vive en los creyentes y cuando dos o más se unen, el cuerpo de Cristo toma forma.

Este cristianismo entiende que sólo cuando los creyentes se unen en amor, el mundo tiembla. No es el mundo que se presenta en viejas instituciones morales. Es el mundo donde el Diablo tiene poder. Es ahí donde la Iglesia tiene su lugar. Debe ser el refugio, el lugar de descanso, donde el soldado se va a reponer de las heridas que deja la batalla. Muy pronto, el cristiano se da cuenta que no pelea contra carne sino contra poderes y fuerzas espirituales. Descrubre, con fascinación, que sin la Iglesia, el mundo estaría peor, que el poder enemigo es contenido por personas como él. Cuando ocurre esto, de nuevo, puede elegir la comodidad de ver el espectáculo de la guerra desde su televisor o salir y dar la batalla.

¿Respondimos qué es la Iglesia? El otro cristianismo no mira a la iglesia como el club de las buenas conciencias, de los puros, de los que caminan con la nariz viendo al cielo. Le aburre, le indigna ese concepto de cristianismo. La Iglesia es entonces una suerte de ensamble, un acomodo de engranes sin los cuales el mecanismo no funciona. No hay gobernantes ahí. Los siervos sirven. Los fuertes ayudan. Los maestros enseñan. Hay amor, perdón y celo. Pero no ese celo que condena al hereje. No. Es el celo que caracteriza al Dios en el que cree. Aunque se burlen los modernos: el cristiano cree en un Dios celoso, que exige absoluta fidelidad, absoluto culto. Este tipo de cristiano no le pide a otro: “sirve al pueblo”. Más bien, le exige: “¡Sirve al Señor!”. Por eso, en ese otro cristianismo, la Iglesia ayuda a perfeccionar al cristiano. Si ese cristiano se equivoca, no deja de ser hermano. Todos tienen la posibilidad de errar. Todos tienen el derecho de cambiar. Y en la Iglesia los que se equivocan encuentran la manera de regresar al camino. En ese otro cristianismo no existe el concepto de “mi iglesia, mi familia, mi congregación”, más bien está la única, mística, universal, poderosa, santa y perfecta Iglesia de Cristo y nadie tiene el derecho de expropiar y monopolizar su nombre. Desdichado de quien lo haga.

Existe otro cristianismo donde la fe y el amor son indisolubles. Ni el fideísmo sólo ni el amor sólo son suficientes. Este tipo de cristiano sabe que su Dios de amor no lo dejará de amar si se equivoca. Sabe que a sus otros compañeros, los que prefieren la comodidad de una vida piadosa resuelta, a ellos, su Padre los sigue amando. No pierde el tiempo queriendo sacar del lodo al que quiere seguir ahí. No olvida que sus tiempos y sus agendas no son los del Señor, que, de hecho, ni sus inmensas ganas de rescatar al perdido son suficientes si el Padre no lo desea. Y ante esto, que parece una injusticia, prefiere esperar que el acusador termine despertando. Es a Dios a quien le toca esa parte. Él vive y deja vivir.

Existe otro cristianismo que no le teme a la burla, a la calificación de ingenuo, de idealista, de desviado, de irrespetuoso, de ingrato. Prefiere caminar por el agua y hundirse en el intento, que gritar lleno de miedo en la balsa. Este cristiano sabe que su Maestro le ha mostrado el camino y lo prefiere recorrer por él mismo y no que otros le cuenten.

Otro cristianismo es posible. Es el de siempre. El de la Revelación. El único que vale la pena vivir. Al menos, el único que para mí vale la pena, ese que se vive como desenfrenado amor a Dios. Que los demás elijan el suyo. Yo he elegido seguir este cristianismo. Y si fallo, y si me equivoco, y si estoy en un error monumental, que el Padre en el que creo con desmesura me arrope, me guíe, me consuele y me corrija. Que otros construyan catedrales y dogmas; yo prefiero que Dios construya mi vida y que el amor se apodere de mi.

Porque en definitiva, otro cristianismo es posible. Existe, es real y está ahí.

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7-8)
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Un comentario

  1. Ricardo · · Responder

    Parece ser interesante, pero para leerlo integro y en la medida del tiempo disponible no se puede bajar, pues hay que entrar en algunas de las comerciables y detestables agrupaciones.
    es lamanetable la comercializacion, pero es el mundo en que viven todavia.
    fraternalmente
    ricardo

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