Mercaderes y marchantes

Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:23)

Leo la historia de un pastor y su señora esposa. Eran parte de una de las franquicias más exitosas de la cristiandad de mercado. El dueño de la franquicia puede operar desde Miami y Guatemala sin problema alguno. La historia de ese matrimonio está llena de vanidad, riquezas, lujuria, mentiras y muerte. El pastor muere asesinado, con sospechas de ser un verdadero depredador sexual. La pastora viuda se queda con el negocio llamado iglesia pero lo administra mal; sus declaraciones son tan incoherentes que sus abogados deciden dejar de defenderla y sale huyendo del país. Verdaderos vendedores (y a gran precio) de la fe. Pero por cada vendedor de la fe hay un comprador. ¿Qué orilla a las personas más pensantes, más prósperas, más aventajadas de una comunidad ir a los brazos de estos chamanes modernos? En muchos casos, las ganas de expiar sus culpas. El ser humano moderno, ese ser lleno de dudas, culpas e inseguridades. En otros casos, la curiosidad por lo desconocido. Ser católico está pasado de moda. Si ya somos tan ricos como la clase media gringa, pues tengamos el plato completo: también su religión. Nos hacemos de la vista gorda ante los evidentes excesos. Todos tenemos cola que nos pisen. Ya Dios juzgará. La gente suele inventarse un montón de excusas. Además, ¿no hicieron esos siervos de Dios milagros? ¡Claro! Jesús sabía que iba a pasar eso. Por arreglos espirituales, por asuntos del otro mundo, el nombre de Jesús tiene poder. Sí, esos milagros son milagros de verdad. Esas vidas cambiadas, también. No me cabe la más mínima duda: los feligreses de esos mercachifles tienen testimonio de cosas sobrenaturales. Pero ser líder cristiano no significa sólo que se tiene poder. Por supuesto que ante el aburridísimo sermón dominical que hace referencia a historias de hace dos mil años, el espectáculo de esos señores es muy atractivo. Jesús no tiene reparo en afirmar que habrá gente que haga espectáculos. Qué bueno por los receptores de esos milagros. Pero llegará un día, El Día, en que el último de los engañados tendrá su premio mientras que el pastor devenido showman no será reconocido por Jesús, básicamente porque Jesús nunca fue su señor. Nada de venganza: simple realidad.

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