Cumpleaños

Cuando era más joven me preguntaba por qué nos felicitamos cuando cumplimos años. Pensaba que ni siquiera tenemos muy claro cuándo nosotros somos los que somos. Quizá fuera más conveniente festejar el día que las células paternas y maternas se unían, nueve meses antes de ver la luz de este planeta. Otra respuesta, más bien de teoría de la conspiración, era que en realidad el cumpleaños era un rito velado a las deidades del sol. Al fin y al cabo, nuestros calendarios son solares y cuando cumplimos un año hemos dado una vuelta completa al sol. Como fuera, ¿por qué nos decimos “feliz cumpleaños”? Todavía no sé si existe una respuesta clara y contundente. Pero suelo pensar que los cumpleaños en realidad son celebraciones a la vida. El abrazo sincero, las palabras, las fiestas de cumpleaños sirven para gritar a los cuatro vientos: ¡qué bueno que estás vivo! Ese día una mujer sufría para que yo naciera. Ese día un hombre esperaba paciente pero ansiosamente la llegada de lo que él había ayudado a crear. Es un día en que recordamos que la anatomía completa parece conspirar sospechosamente contra la muerte: los órganos femeninos parecen misteriosamente acomodados para guardar vida. El nacimiento y su recordatorio anual es, entonces, un canto de victoria a la muerte.

Pero el cumpleaños es también, idealmente, un recordatorio que los demás nos dan de algo que, con la cotidianidad, se nos olvida: ¡qué maravilla estar cerca de ti! ¡Es grandioso tenerte como hermano, hijo, pariente, amigo, compañero, camarada! Sólo podemos tener amigos en la vida. Nos abrazamos porque el amor tiene una fuerza de atracción poderosa. Las personas que se quieren, quieren estar cerca. Al abrazar al cumpleañero le ganamos, aunque sea por 24 horas, al reino del mal y la oscuridad. El cumpleaños es también la fiesta que tenemos porque queremos a otra persona.

Y también es, qué remedio, el recordatorio anual de que el tiempo pasa, de que nos vamos haciendo viejos, de que la tumba nos espera pacientemente. Aquí es donde la creencia juega un papel fundamental: el cristiano cree que la muerte no es más que un estado intermedio antes de habitar eternamente a su Dios. De hecho, el cristiano dice que “se va a dormir” y que cuando despierte, lo primero que verá es al Maestro.

Por mi parte, he descubierto que me encanta el día de cumpleaños. Celebro a la vida. Celebro a mis amigos y conocidos. Espero con ansia dar una vuelta más, a ver qué más pasa. Y sí, también digo con Pablo:

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 5:55)

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