Complicidad

y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado (Santiago 4:17)

Hubo un tiempo, y quizá continúa pero a más baja intensidad, cuando me criticaban por las críticas que hacía a la institución religiosa a la que pertenecí. Me decían que quién me creía yo para tratar así al grupo que me había dado todo lo que espiritualmente vale la pena. Según estos críticos, yo le debía todo a esa institución. Tenía, entonces, que ser agradecido; tenía que ver a Dios y no a los hombres. Por cierto, que la abrumadora mayoría conocía y entendía los abusos que esos líderes habían cometido (o que seguían cometiendo). Para estos hermanos de buen corazón, lo que yo hacía (lo que sigo haciendo) sólo reflejaba mi amargura, rencor, frustración y, en suma, mi apostasía. Calla y deja que Dios obre justicia (o gracia, según el hermano en turno) con esos líderes.

Pero no he hecho caso. Prefiero esas críticas e incomprensiones, que no obedecer a mi Señor. No quiero, no es mi llamado, “sacar” a los hermanos de esas sectas abusivas. Ya tienen un salvador y se llama Jesucristo. Pero pobre de mí si, amparado en la comodidad de la frase “Dios juzgará” no prevengo a otros de lo peligroso que es estar ahí. Imagine que yo sé que en la esquina de mi calle hay un ladrón violento. Además de denunciarlo con la policía (y sabemos que muchas veces la policía no hace nada), mi deber es prevenir a las personas que pasen por ahí. ¿Cómo voy a dejar que mi hermana, mi amigo, mi compañero pase por esa esquina sin que yo le diga “cuidado con el ladrón”? ¿No es complicidad mía? Pero eso es justamente lo que me piden aquellos que exigen mi “prudencia”. Que deje que una decena sean asaltados y que, ya escarmentados, alguien haga algo.

No y no. En México hay un refrán que ilustra este silencio cómplice: “tanto peca el que agarra la pata como el que mata a la vaca”. Y, lamentablemente, muchos cristianos que adoran más a su institución que a Dios, caen en eso. Es cierto, por lo demás, que el Padre del cielo no deja solos a los hijos que lo buscan. Es cierto que muchos pasarán por la esquina justo cuando el ladrón no esté. Son los que me dirán: “yo no vi a nadie, no me asaltaron”. Tienen razón: pero no me diga que es una regla general. Por eso no saldrá de mi boca la frase “sálgase de su iglesia y venga a la mía (o a cualquier otra)”, pero no malgaste su tiempo al pedirme que no le diga que su iglesia en realidad es una secta que está abusando de usted. Viva su experiencia. No le voy a decir: “se lo dije”.

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