Donde la Biblia calla…

Todos sabemos de memoria esta escritura:

Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a obedecer todo lo que yo les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:18-20 DHH)

Podríamos reflexionar y meditar sobre este pasaje y sus implicaciones. Algunos temas:

  • ¿Qué son «las naciones»?
  • ¿Qué es «bautizar»?
  • ¿Qué es «en el nombre de…»?
  • ¿Qué es «Padre, Hijo, Espíritu Santo»?
  • ¿Qué mandó Jesús (porque eso hay que «enseñar a obedecer»)?

Y podríamos seguir (¿hay variantes textuales?, si existen, ¿son importantes?).

Pero, ¿qué pasa si agregamos palabras que ni en los manuscritos ni en las traducciones ni en ningún otro lado más que en nuestra imaginación existen? Que nos vamos a encontrar ante una de las más básicas artimañas del demonio: torcer la Escritura para que parezca otra cosa cuyas implicaciones  alejen al creyente de Dios y lo pongan en bandeja de plata para Satanás. Es el diablo el padre de la mentira.

Veamos un solo ejemplo. «bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (en una generación)». Esas tres palabras, en apariencia tan insignificantes, cambian completamente el sentido original del texto. Y sus implicaciones son muy fuertes como para quedarse callados.

Si Mateo 28:18-20 dice «en una generación», es claro que por dos mil años, nadie, ni Pedro ni Juan ni Pablo ¡ni Jesús! lo cumplieron. El Nuevo Testamento tiene ejemplos de miles de conversiones. La historia del cristianismo da cuenta de millones de personas rendidas a Cristo… pero en ningún lado ni en ninguna parte de los últimos dos milenios «el mundo entero» fue bautizado en Cristo. Nunca. No está bien ni mal: es un hecho.

Cuando un grupo religioso decide unilateralmente poner palabras a la Escritura, cae en la categoría de demoniaco. Por muy buenas intenciones que parezcan. En este caso, impone una responsabilidad al cristiano que decide creerles a ellos. Los lleva a hacer del proselitismo el eje de su vida cristiana. Pero lo más importante: enseñan una mentira.

El hecho es tan evidente que solo quien no lo quiera ver no lo verá: la Biblia no dice lo que ellos afirman. Es su interpretación y como tal deberían aclararlo. Si no lo hacen, lo que se enseña ahí no es Bíblico.

La práctica de añadirle (o quitarle) al texto bíblico es muy común entre grupos sectarios que quieren ganar adeptos con una «nueva revelación». Es peligroso caer en uno de esos grupos porque tacharán a los demás como «tibios», «muertos espirituales», «perdidos» y otros adjetivos. Donde la Biblia guarda silencio, yo lo debo hacer so pena de merecer la ira de Dios.

La solución a esto es mostrar el texto revelado. La Palabra sigue siendo tan luminosa como siempre y pronto se distingue el oro de la falsa bisutería. Nuestras oraciones para que vaya en aumento el número de aquellos que seguirán deslumbrados por la Luz Poderosa.

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