Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

4,329 films were submitted to the 2012 Cannes Film Festival. This blog had 49.000 views in 2012. If each view were a film, this blog would power 11 Film Festivals

Haz click para ver el reporte completo.

Una modesta reflexión de Navidad

Primero los lugares comunes:

  1. La noche del 24 de diciembre la civilización cristiana recuerda el nacimiento de Jesús de Nazareth.
  2. Jesús de Nazareth no nació el 25 de diciembre del año cero.
  3. Navidad se ha convertido en las sociedades capitalistas en una celebración tanto familiar como de consumismo.
  4. Sí: es cierto que hay componentes de culturas no cristianas en todo el numerito: que si el árbol de navidad, que si santa clós (o el festejo del «sol invictus, etc).

Muy bien. Ahora lo que no es tan obvio. Si poner el árbol de navidad es un acto que reúne a la familia (o a los room-mates), que si en la cena del 24 de diciembre nadie se acuerda de Jesús pero sí llegan a casa de los abuelos todos los tíos y se la pasan bien, que hay comida, abrazos, cariño: ¿Jesús de Nazareth va a llegar a derribar el pino de navidad? ¡Por supuesto que no!

La navidad (sí, con minúscula) se convierte en un festejo más o menos secular y salvo algunos tradicionalistas que «arrullan al niño», en realidad es el pretexto para pasarla bien. A Jesús, en todo caso, no se le experimenta cada año, sino cada día. Y ese libro que los cristianos leemos dice que «todo me es permitido pero no todo conviene»; «para el puro todo es puro pero para el corrompido…». En fin, si me preguntaran a mí qué sentiría si el 19 de marzo festejaran mi cumpleaños y todos brindaran y descansaran de sus trabajos a pesar de que nací cinco meses después, ¡qué importa! ¡Viva la convivencia!

Pero la navidad tiene, también, un componente espiritual. Claro que a pocos les importa. Vaya, si no les importa la exactitud del nacimiento del Mesías. Pero resulta que el hijo de Dios se hizo hombre para que todos los hombres tuvieran una relación con Dios. Jesús es la reconciliación, el camino para acercar el más acá y el más allá. Jesús se hizo hombre para que todos pudieran servir al Rey. Hacer eso supone un compromiso entre el creyente y el Dios que Jesús le hace accesible. «Compromiso», he ahí la palabrita que cada vez está más pasada de moda.

Los padres creyentes que conozco enseñan a sus hijos que las Escrituras dicen que Jesús nació en Belem, que pudo haber sido en algún momento de septiembre, pero que la navidad es un momento especial en que «recordamos» al Mesías. No, no es su cumpleaños; pero esos padres les enseñan a sus hijos algo más importante que el pinito o el santa o los reyes magos; les enseñan a creer, a amar y a vivir con intensidad bajo la guía de Dios. Yo veo a mis amigos festejando Navidad cada día.

Dicho lo cual: felices navidades.

La ICOC en México cumple 25 años

Un cuarto de siglo cumple la Iglesia de Cristo en México AR. Nuestro querido hermano, Jaime de Anda, escribió una pequeña nota en su blog. Aquí me permito reproducirla con una traducción libre al español:

El 4 de octubre de 1987, la Iglesia de Cristo en la Ciudad de México realizó su servicio dominical inaugural. Después de llegar en julio de ese año, los miembros del equipo de la misión estaban llenos de visión y esperanza de una gran asistencia. Varios miembros de las iglesias en los EE.UU. habían viajado para el gran acontecimiento, para llegar unos días antes y unirse al equipo de la misión en un esfuerzo de una semana de alcance evangelístico. Como hemos descrito en mensajes anteriores, el equipo de 13 miembros de la misión de México se había preparado durante meses, no sólo para tener un gran servicio inaugural, sino para sentar las bases de lo que podría llegar a ser una iglesia pilar para América Latina.

Era costumbre en aquel tiempo establecer metas. Se acostumbraba establecer metas para muchas cosas: contactos personales evangelísticos, visitas personales, asistencia dominical, el número de personas que iniciaban un estudio de la Biblia … ¡Incluso fijamos la meta de tener 100 personas bautizadas en el primer año de la iglesia! Sí, en retrospectiva, podríamos ser criticados por tener un enfoque de hacer mucho trabajo y enfocado en la competencia. ¡Pero no es fácil de transmitir, a los que no estaban allí durante ese tiempo, la fe como de niño que nos motivó a establecer esas metas!

Decidimos que queríamos tener 153 visitantes en nuestro servicio inaugural. Tal vez te preguntes de dónde proviene la cifra… pues en realidad es un número bíblico. En Juan 21 está escrito que Jesús resucitado dirige a los discípulos desde la orilla, ellos, impresionados, sacan del lago una pesca milagrosa. Cuando trajeron a tierra las redes, contaron los peces y ¡hubo 153 (Juan 21:11)! Dado que creíamos que nuestra misión era ser pescadores de hombres (Mateo 4:19), nos dimos cuenta de que ¡153 «hombres-pez» sería una gran meta!

Y en esa mañana histórica del 4 de octubre, en el «Salón Carnaval», un salón de baile del Hotel Diplomatico de la Ciudad de México , ¡174 personas se reunieron para adorar a Dios y escuchar la predicación del evangelio! ¡Tres jóvenes fueron bautizados! ¡La Iglesia de la ciudad de México había tenido un gran comienzo, para gloria de Dios!

Para el servicio inaugural, ¡mi tarea consistió en llevar las canciones de adoración! Por favor, no se confundan: pude dirigir una melodía (e incluso toqué una guitarra pequeña) pero no tenía formación musical formal. Yo no era un ministro, yo estaba en México como científico invitado en una universidad local. ¡Pero yo era el único hermano que hablaba español nativo y que de hecho se sabía las canciones! Que todo el mundo se quedó durante todo el evento, que nadie se salió, es un testimonio convincente de que se trataba de una obra de Dios, ¡no de los hombres!

Eso fue hace 25 años. Algunos de los miembros originales del equipo de la misión se encuentran todavía en el ministerio a tiempo completo. Algunos se han trasladado a otros campos de actividad. La Iglesia en la Ciudad de México ahora tiene una membresía de más de 3.800, liderado por los evangelistas mexicanos y líderes de ministerios, como esperaba el equipo de la misión. En esos 25 años, la Iglesia de la Ciudad de México ha sido directamente responsable de la plantación de más de 20 iglesias en México, Cuba, Honduras, Costa Rica, Nicaragua, Colombia y Bolivia. Varias de esas iglesias misioneras de segunda generación también han plantado otras, ¡misiones de tercera generación en sus respectivas áreas geográficas! La historia aún se está escribiendo … y es nuestra esperanza que podamos continuar dando cuenta de esa historia aquí en los diarios de la Misión.

¡Feliz aniversario 25 a la Iglesia Ciudad de México!

Más que reglas

Dice Wayne Jacobsen:

Mi papá solía decir que mucha gente solo tiene lo suficiente de Dios como para ser miserable. Entre más vivo, más me convenzo que estaba en lo correcto.

Si piensas que Dios es una deidad metiche que demanda que sigas sus reglas para vivir en su gracia, probablemente eres una de esas personas. Si el pensamiento de tener a Dios contigo durante el día provoca que tu estómago se agite con pensamientos de fallas e insuficiencia probablemente eres una de esas personas. Y si tu experiencia cristiana no es más que un conjunto de rituales, reglas y obligaciones que crees que lo hacen feliz, entonces probablemente eres una de esas personas.

Tomado de: Wayne Jacobsen, In Season: Embracing the Father’s Process of Fruitfulness

El poder evangelístico del discipulado

Acabo de leer estos párrafos. Creo que deberíamos reflexionar sobre el tema.

Si una congregación contratara al predicador más celoso, más efectivo de todos los tiempos, éste nunca podría cubrir la efectividad de un discípulo totalmente comprometido y dedicado a construir a la manera de Jesús. Si el predicador fuera muy efectivo y bautizara una persona a diario por un periodo de 32 años y el discípulo bautizara y discipulara hasta la madurez a una persona el primer año y, después del primer año, los dos discípulos convirtieran cada uno y se invirtieran en una persona y cada año siguiente cada discípulo hiciera lo mismo por 32 años, esto es lo que pasaría.
Primeros cuatro años
Año– Predicador –Discípulo

1. — 365 — 2
2. — 730 — 4
3. — 1095 — 8
4. — 1460 — 16

Siguientes cuatro años
5. — 1825 — 32
6. — 2190 — 64
7. — 2555 — 128
8. — 2920 — 256

En el año 13
13. — 4745 — 8192

En el año 32
32. — 11680 — 4.3 mil millones

Esta ilustración simple demuestra el poder evangelístico del discipulado. Un predicador enfocado en convertir grandes cantidades de personas genera más crecimiento a corto plazo, pero como la tortuga y la liebre, el estilo de Jesús funciona mejor a lo largo del tiempo. El discipulado no solo agrega miembros, multiplica los trabajadores y los líderes. Cada discípulo es un trabajador para el Señor y por medio del discipulado se equipa para serlo. La gran comisión, cuando es obedecida, tiene el poder de alcanzar el mundo.

F. Barton Davis, Closer than a brother.

¡Cómo pudo alguien perseguir tanto a Jesús!

Algo de Oswald Chambers:

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hechos 26:14)

¿Estás empeñado en seguir a Dios a tu manera? Nunca nos libraremos de esta trampa hasta que se nos lleve a la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). La obstinación y la terquedad siempre lastiman a Jesucristo. Quizá no hieran a nadie más, pero hieren a su Espíritu. Siempre que somos obstinados, voluntariosos y que nos empeñamos en nuestras propias ambiciones, herimos a Jesús. Cada vez que defendemos nuestros derechos y persistimos en que no vamos a ceder, estamos persiguiendo a Jesús. Cada vez que insistimos en nuestra dignidad, estamos contristando y perturbando a su Espíritu de modo sistemático. Y cuando finalmente entendemos que es a Jesús a quien hemos estado persiguiendo todo el tiempo, esto se convierte en la más abrumadora revelación.

¿Es la Palabra de Dios muy penetrante y cortante en mí cuando te la transmito, o mi vida traiciona lo que enseño? Puedo dar lecciones sobre la santificación y, aun así, manifestar el espíritu de Satanás, el mismo espíritu que persigue a Jesucristo. Su Espíritu sólo está consciente de una cosa: la perfecta unidad con el Padre. Él nos dice: Lleven mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas (Mateo 11:29). Todo lo que hago debería tener como base una perfecta unidad con Él y no la determinación voluntariosa de ser piadoso. Esto implica que las personas fácilmente pueden aprovecharse de mí, pasarse de listas conmigo o ignorarme por completo; pero si me someto a estas circunstancias por causa de Él, impediré que Jesucristo sea perseguido.

 

Hablar sobre la iglesia

La iglesia no es teoría, es vida. Si leemos el Nuevo Testamento en el orden que tienen prácticamente todas las Biblias actuales, es decir, si iniciamos en Mateo, ¿hasta cuándo aparece la palabra iglesia? Aparece hasta el capítulo 16 de Mateo, en el famoso pasaje donde Jesús le dice a Pedro: “sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Luego, en Mateo 18:17: “Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia”. Y de ahí, parece que a los evangelistas se les pasó el detallito de hablar de la iglesia. No aparece hasta que Lucas lo escribe en Hechos 5:11: “y gran miedo vino sobre la iglesia al escuchar estas cosas”. A partir de ahí, el término aparece aproximadamente 70 veces. Alguien podría decir que después de Jesús vino la iglesia.

Pero no es así. El Nuevo Testamento respira comunidad, relaciones, familia. Aunque no hay una elaboración teológica compleja, la Iglesia sí está ahí. Una cuarta parte de los escritos neotestamentarios tiene un destinatario individual; es decir, siete de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento van dirigidos a una sola persona: Lucas escribió a Teófilo y Pablo a Tito, Filemón, Timoteo; 3 de Juan es dirigida a Gayo. El resto, los veinte restantes, tienen implícita una lectura en comunidad. Ciertamente, el cristianismo se vive dentro de una comunidad de personas. Hay varias referencias de los unos a los otros (“aménse los unos a los otros”), Jesús habló muchas veces en plural y, en general, hay un reconocimiento bíblico a vivir más allá del individualismo ramplón moderno. Sí: la iglesia es una realidad espiritual y humana.

Muy humana. Me he descubierto hablando, teologizando, teorizando sobre la iglesia más que viviendo y gozando el grupo de personas que Dios colocó a mi alrededor para que yo sirva y para que ellos me acompañen en mi crecimiento en Cristo. Hay momentos en que los cristianos nos pasamos horas organizando la iglesia mientras que solo gastamos unos minutos dentro de esa iglesia. Como si nosotros fuéramos los arquitectos, esa manía humana de jugar a ser Dios se apodera de nosotros disfrazada de ministerio piadoso. ¿Por qué no entendemos que solo somos barro en las manos del Señor? ¿En qué momento se nos escapa el mensaje del Espíritu de que el dueño se encarga del rebaño? Nosotros no somos más que encargados, mayordomos, sirvientes. Todas palabras bonitas que yo he pronunciado mientras me desvelo “preocupado” por las necesidades de la iglesia. Cuando alguien me dice que el mismísimo apóstol Pablo padeció esta preocupación (2 Corintios 11:28), uno debería preguntar a Pablo y a quien argumenta: “oiga hermano, ¿qué ya olvidó que es el Espíritu que hace crecer la iglesia y que su evangelio enseña a confiar en el Padre que no deja de cuidar a sus hijos?”. Además, para hacer justicia a Pablo, el contexto de esa escritura tiene que ver más con una disputa con los que se creían más que Pablo que con una preocupación “santa”:

“Me he portado como un loco, pero ustedes me obligaron a hacerlo. Porque ustedes son quienes debían hablar bien de mí, pues en nada valgo menos que esos superapóstoles. ¡Y eso que yo no valgo nada!” 2 Cor. 12:11.

No olvido las necesidades de cada congregación cristiana. Por supuesto que hay problemas, dudas, debilidades. Han existido desde el inicio. Por eso se escribió el Nuevo Testamento. Hay que buscar la guía de Dios para servirle mejor a Él y a sus santos. Pero cuando nos pasamos horas, días, meses y años hablando de “la iglesia”, cuando terminemos de hacerlo, los creyentes nos habrán dejado para reunirse en torno a quien siempre debe ser el Pastor: Jesucristo. La iglesia no es ni el edificio ni la reunión en sí misma de los creyentes: es la comunión íntima, la hermandad entre los que hacen a Cristo Jesús el Señor de sus vidas.

Municiones misioneras (Oswald Chambers)

Leamos juntos una reflexión de Oswald Chambers. Y meditemos con calma lo que transmite. Disfrútenlo y estremézcanse. ¿Han pensado en ser misioneros? Del libro “En pos de lo supremo”:

Municiones misioneras

Cuando estabas debajo de la higuera, te vi” Juan 1:48

Adora siempre que tengas la oportunidad. Nosotros pensamos que estaríamos listos para la batalla, si enfrentáramos una gran crisis. Pero la crisis no construye algo dentro de nosotros, sino que revela de qué estamos hechos. ¿Estás diciendo: “Si Dios me llama a la batalla, por supuesto que estaré a la altura de la situación”? Pero no lo estarás, a menos que te hayas ejercitado en el campo de entrenamiento de Dios. Si no estás realizando la tarea que tienes a la mano, y que Dios dispuso para tu vida, cuando sobrevenga la crisis, en lugar de estar listo para la batalla, serás un inepto. Las crisis siempre revelan el verdadero carácter de una persona.

Una relación privada de adoración a Dios es el acto más grande y esencia para poder ser idóneo espiritualmente. Llegará el tiempo, como lo experimentó Natanael en este pasaje, cuando ya no será posible la vida bajo la higuera, porque todo estará al descubierto y el trabajo se expondrá a la luz. Pero te considerarás sin ningún valor en ese momento, si no has estado adorando a Dios en todas las oportunidades diarias que se te presentan en tu hogar. Si tu adoración es correcta en tu relación privada con Dios, entonces Él te liberará y estarás preparado. Él es el único que ve que te has vuelto perfectamente apto, y cuando viene la prueba, puede confiar en ti.

¿Estás diciendo: “pero no se puede esperar que viva una vida santificada en las circunstancias actuales, pues no tengo tiempo para orar o para estudiar la Biblia. Además, aun no ha llegado mi oportunidad para la batalla, pero cuando llegue, por supuesto que estaré listo”? No, no lo estarás. Si no has estando adorándolo en cada oportunidad diaria, cuando llegue el momento de entrar en la obra de Dios, no solo serás inútil, sino un gran estorbo para los que estén trabajando contigo.

El campo de entrenamiento divino, donde se encuentran las municiones misioneras, es la vida de adoración privada y personal del creyente.

Nuestros hermanos

¿Qué une a evangélicos, presbiterianos, metodistas, católicos y ortodoxos? Me parece que solo dos creencias fundamentales:

  1. Que Jesús de Nazareth es el Mesías, el Cristo Salvador y Redentor de la humanidad.
  2. Que Dios dejó parte de su revelación en escritos que llamamos genéricamente Escrituras o Biblia.

Nada más. Nada menos. Los cristianos no se ponen de acuerdo ni siquiera en quién merece llamarse así, cristiano. No sabemos si uno es cristiano cuando se bautiza por inmersión en agua, cuando habla en lenguas (glosolalia) o cuando acepta a Cristo en su corazón. No hay acuerdo en cómo organizar la iglesia, si en casas o en edificios propios (o rentados); en cómo llamar a sus liderazgos (ministros, obispos, presbíteros, dirigentes, líderes), en cómo nombrarlos (después de cursos académicos o luego de cierto tiempo en el ministerio); en cuáles son los libros inspirados por Dios y cuáles no (allá se lee Judit como canónico y acá como deuterocanónico). Vaya, no hay ni siquiera acuerdo en la personalidad de Jesús: si es Dios mismo o su Hijo, si fundó una nueva religión o si refundó el judaísmo. La lista de desacuerdos es tan larga como la historia del cristianismo. Entonces, ¿es viable el ecumenismo?

Debemos ser sinceros desde el inicio: no hay forma honesta de que dos creyentes se pongan de acuerdo en convicciones distintas sin que asome la sombra de la traición. Si el evangélico llamara “padre” a un ministro católico, sería expulsado de su comunidad. Si un católico afirmara que el Magisterio no es más importante que un cristiano común en cuestiones de interpretaciones dogmáticas, violaría uno de los principios de su iglesia. No podemos coincidir en la práctica de cientos de cosas. Lo demás es una bonita campaña de relaciones públicas donde cada quien alaba al otro solo para “llevar la fiesta en paz”. No: con total sinceridad debemos aceptar que definitivamente no coincidimos con esta y esta otra comunidad de cristianos.

¿Quién es mi hermano? El Maestro elaboró esta pregunta y también dio la respuesta: “quien hace la voluntad de mi Padre” (Marcos 3:33-34). El asunto es que cada quien tiene un concepto distinto de qué es esa voluntad. Pero esto no es pretexto para que pueda decir con total confianza “hermano” a aquel que cree en dos fundamentos esenciales de mi fe. Que ese cristiano no pertenezca a mi comunidad no lo excluye de la comunión que tenemos con nuestro Padre común. Y, a menos que descaradamente (o en privado) adore al satanás, no veo por qué tener ese prurito que muchas sectas tienen de no llamar hermano a otro que, a su manera, se ha hecho seguidor de Jesús. Que ese hermano no crea en mis dogmas no lo excluye de que forme parte de los que iremos con el Mesías cuando Él regrese. “El que no está contra nosotros, está a nuestro favor” (Marcos 9:40). Ese “nosotros” de Jesús es revelador: quien no esta en contra de Jesús y su comunidad, está a su favor. Hay iglesias que pelean entre sí por el tipo de música que hay en sus reuniones. Critican, ridiculizan y humillan al contrario. Al mismo tiempo, ponen cara piadosa y gritan ¡Aleluya! Es mi convicción que esos son más anti-cristianos que ateos críticos.

En Marcos 3:25 leemos: “una familia dividida, no puede mantenerse”. El cristianismo moderno, con su multitud de sectas, confesiones y tradiciones no podrá mantenerse por mucho tiempo. Los verdaderos adoradores, los que lo hacen en Espíritu (Juan 4:23) no necesitan más que ese poder que viene de lo alto para que se unan y den a conocer al mundo lo que el Maestro quiere: que todos se salven creyendo en Él. Ese tal, sin importar la franquicia religiosa a la que pertenezca, ese que busca adorar a Dios con su propia vida y que cree que Jesús es el Mesías, ese tal es mi hermano. Y estoy seguro que él sabrá reconocerme cuando me vea. Entonces nos abrazaremos y nos diremos: “La paz sea contigo”. Y será esa paz que sobrepasa cualquier entendimiento (Fil. 4:7).

Los idiomas de la Biblia

¿Qué otra cosa podría hacer el creyente que entender a su Dios? Los cristianos, dicen algunos estudiosos, somos religiosos de libro. ¿Será? Creo que tales estudiosos o bien exageran o bien no terminan de entender la esencia del cristianismo. Y la esencia es que podemos tener una relación con el Creador. Tan místico (esquizofrénica, dirán mis amigos psiquiatras) como suene.

Y sin embargo, leemos una colección de escritos con más de cinco milenios de edad. Una buena parte están escritos originalmente en una lengua que, para fines prácticos, está muerta; otra ha cambiado tanto que prácticamente es otro idioma. Hebreo, arameo y griego, no los idiomas de Dios, los lenguajes a través de los cuales nos llegó una parte de la revelación de Dios. Ni más ni menos que eso.

Estudiarlos, entenderlos, leerlos. Luego, reflexionar. Y, finalmente, vivir. Pero, por favor, que no se acuse al estudioso de vanidoso. ¿Es vanidad tratar de entender los idiomas en que los escritores de las Escrituras plasmaron lo que el Espíritu les iba revelando? No lo creo. Más bien, siento que es una necesidad genuina de todo individuo y toda comunidad que tome en serio una de sus fuentes de autoridad. Muchos errores se podrían evitar y muchas mentiras podrían descubrirse si los cristianos fueran al texto hebreo, griego y arameo, al menos.

¿Qué otra cosa podemos hacer los seguidores de Jesús que, luego de ser salvados, entenderlo? No necesitas hebreo para servir, pero para servir mejor sí es necesario. Nada comparado a entender estas palabras:

וַיְדַבֵּ֥ר יְהוָ֖ה אֶל־מֹשֶׁ֥ה לֵּאמֹֽר׃
דַּבֵּ֤ר אֶֽל־אַהֲרֹן֙ וְאֶל־בָּנָ֣יו לֵאמֹ֔ר כֹּ֥ה תְבָרֲכ֖וּ אֶת־בְּנֵ֣י יִשְׂרָאֵ֑ל אָמֹ֖ור לָהֶֽם׃ ס
יְבָרֶכְךָ֥ יְהוָ֖ה וְיִשְׁמְרֶֽךָ׃ ס
יָאֵ֨ר יְהוָ֧ה ׀ פָּנָ֛יו אֵלֶ֖יךָ וִֽיחֻנֶּֽךָּ׃ ס
יִשָּׂ֨א יְהוָ֤ה ׀ פָּנָיו֙ אֵלֶ֔יךָ וְיָשֵׂ֥ם לְךָ֖ שָׁלֹֽום׃ ס
וְשָׂמ֥וּ אֶת־שְׁמִ֖י עַל־בְּנֵ֣י יִשְׂרָאֵ֑ל וַאֲנִ֖י אֲבָרֲכֵֽם׃ פ

Si quieren saber cómo se pronunciaría, sonaría más o menos así (noten que YHWH no lo pronunciamos, aunque ahí está. Mejor decimos “Adonáy”. Si quisieran pronunciarlo, quizá una pronunciación cercana sería decir, Yavé donde dice Adonay):

Ayedeber Adonáy el Moshé lemor:
Dabér el Aarón veél banáv lemór, koh tebarejú et bnéi yisraél, amór lahém:
Yevarejéja Adonáy veyishmeréja: yaér Adonáy panáv eloéja vijunéja: yisá Adonáy panáv eléija. veyasém lejá shalóm: vesamú et shmí al bnéi yisraél vaaní avarejém.

Feliz inicio de década

Pues llegamos a la segunda década del tercer milenio. ¿Qué nos espera los próximos diez años? La gran incógnita, la gran pregunta, el gran empeño del hombre: intentar predecir, jugar al profeta. No lo sabemos porque ni siquiera estamos seguros de la existencia del destino. Así que salgamos a enfrentar los retos. No olvidemos que el Señor está listo a hablar y que sólo necesitamos tener la frecuencia correcta para escucharlo. Lo que sigue sí es decisión nuestra: o lo obedecemos o no. Mi humilde recomendación es que lo obedezcamos.

Bendiciones para el 2011.

Domingo de Pascua (1 de 3)

Ahora Barclay empieza el comentario del capítulo 24 de Lucas.

¿POR QUÉ BUSCÁIS ENTRE LOS MUERTOS AL QUE VIVE?
Lucas 24:1‑12
El shabat judío, nuestro sábado, es el séptimo día de la semana, y conmemora el descanso de Dios cuando completó la Creación: El domingo cristiano es el primer día de la semana, y conmemora la Resurrección de Jesús. Aquel primer domingo cristiano, las mujeres fueron a la tumba para llevar a cabo los últimos quehaceres del amor y embalsamar el cuerpo de su amado muerto con aromas y ungüentos. En Oriente, las tumbas se hacían muchas veces en la roca. El cadáver se envolvía en largas tiras de lino, como vendas, y se colocaba en un poyo de la roca. Luego se cerraba la tumba con una gran piedra circular. Cuando llegaron las mujeres se encontraron con que la piedra no estaba en su sitio, y la tumba abierta.

Aquí nos encontramos con una de esas discrepancias en los relatos de la Resurrección a las que dan tanta importancia los que no quieren creer. En Marcos, el mensajero de la tumba es un joven con una túnica larga blanca (16:5); en Mateo, es un ángel del Señor (28:2). Aquí son dos varones con vestiduras deslumbrantes; y en Juan son dos ángeles (20:12). Es cierto que hay algunas diferencias de detalle; pero también es cierto que lo que importa está muy claro y siempre igual: el hecho de la tumba vacía. Si, como algunos sugieren, todos estos relatos se inventaron para presentar algo que no había ocurrido, habría sido facilísimo ponerse de acuerdo en los detalles también. Ningún juez espera que los testigos presenciales coincidan en todos los detalles de su testimonio. Si dos firmas son exactamente iguales, una por lo menos es falsa. Las diferencias son una prueba de la honradez de los evangelistas, y de la verdad de la Resurrección.

Las mujeres volvieron con la mejor noticia de la Historia, pero los apóstoles no las creyeron. Aquello les sonaba a cuento. La palabra que se usa en el original se emplea en las historias médicas para referirse a las tonterías que se dicen en un estado febril agudo o de locura. Sólo Pedro se lanzó a comprobar si aquello era cierto. Esto dice mucho de Pedro. El que negara a su Maestro no se podía haber mantenido oculto; y, sin embargo, tenía el coraje moral necesario para enfrentarse con los que conocían su vergüenza. El que había actuado como “una paloma incauta”, se iba convirtiendo en “una roca”.
La pregunta ineludible y desafiante de esta historia es la que dirigieron a las mujeres los mensajeros: “¿Cómo es que estáis buscando donde se ponen los muertos al que está vivo?”

Todavía hay muchos que buscan a Jesús entre los muertos.

(i) Hay quienes le consideran el hombre más grande y el más noble héroe que haya habido jamás, y el que vivió la vida más encantadora que se haya vivido en la Tierra pero que murió hace mucho tiempo. Eso no es. Jesús no está muerto: ¡está vivo! No es meramente un héroe del pasado, sino una realidad viviente del: presente.

(ii) Hay quienes consideran a Jesús meramente como un hombre cuya vida hay que estudiar, cuyas palabras hay que examinar y cuya enseñanza hay que analizar. Esto se ve claramente en los muchos grupos de estudio que proliferan mientras desaparecen las reuniones de oración. Sin duda, el estudio es necesario; pero Jesús no es meramente un objeto de estudio, sino Alguien con quien puede uno encontrarse y vivir cada día. No es meramente el personaje de un libro, ni siquiera del mayor libro del mundo, sino una presencia viva.

(iii) Hay quienes ven en Jesús el modelo y ejemplo perfecto. Y lo es; pero un ejemplo perfecto puede ser algo descorazonador. A algunos de nosotros nos daban en el “cole”un cuaderno de caligrafía a la cabecera de cuyas páginas había una línea de escritura perfecta que teníamos que reproducir. ¡Qué pobre era el resultado que lográbamos en nuestro esfuerzo para reproducir aquel modelo perfecto! Pero, a veces, el maestro se nos acercaba, se sentaba a nuestro lado, nos cogía la mano en la suya, y nos guiaba los trazos. ¡Qué bien nos salían entonces, y con qué concentración nos mordíamos la lengua! Eso hace Jesús con nosotros: no se limita a ser un dechado perfecto que nunca podremos reproducir, sino que nos guía y fortalece para que podamos seguir su ejemplo. No es sólo un modelo de vida; es también una presencia que nos ayuda a vivir.

Podría ser que nuestra vida cristiana careciera de este elemento esencial porque hemos estado buscando al que está vivo entre los muertos.

Tomado de: Comentario de William Barclay al Nuevo Testamento (v. 4. Lucas)

¿Qué es una iglesia sana?

“pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con alardes de sabiduría y retórica, para no quitarle valor a la muerte de Cristo en la cruz.” (1 Corintios 1:17)

He aquí una pregunta difícil y polémica. Vamos a tratarla en el contexto del evangelismo, tema que hemos venido abordando estos días. Quizá el texto que acabamos de citar suene raro en los oídos de aquellos acostumbrados a sólo escuchar Mateo 28:18-20. Al parecer es una provocación de Pablo. Pero volvemos al punto que hemos tratado antes: evangelizar significa que anunciamos a Cristo vivo y resucitado. Alguna vez quise mostrar a uno de mis queridos líderes esta Escritura. Le dije que él hacía mucho énfasis en aquello de que una iglesia sana debe bautizar a tantos como Dios lo permita (con una ayudadita del hombre, añadiría yo), sin embargo, el mismísimo Pablo decía algo diferente. No recuerdo qué me dijo, pero estoy casi seguro que me respondió algo como: “no uses las Escrituras para justificar tu falta de espiritualidad y tu evidente falta de amor por los perdidos. Si no has bautizado a nadie, no estás dando fruto y no eres un buen cristiano”. ¿Será?

Otra breve historia. Un líder respetadísimo escribe en su página que está organizando un domingo evangelístico, una conferencia donde quiere mostrar la gloria de Dios. Son cien personas en su congregación y pide a Dios que lleguen más de 300 en ese domingo especial. Llega el día y en la noche anuncia: “estoy impresionado por el poder de Dios pues pedimos por 300 y el total fue 440. ¡Gloria a Dios!”. Un hermano amado lee eso y me dice: “mira, ellos sí están haciendo el trabajo, no como aquí que dicen estudiar las Escrituras pero se la pasan peleando entre líderes y no crecen”. Volví a preguntar, ¿será cierto?

Creo que pensar que una iglesia es sana sólo porque el número de miembros aumenta es un error. Quizá sea una mala interpretación de la comparación de la Iglesia con el cuerpo. Romanos 12:4-5, 1 Corintios 10:17, 12:12-27; Efesios 1:23, 5:29-30; Colosenses 1:18, 2:19; etc, etc. son Escrituras que comparan claramente a la Iglesia con el cuerpo de Cristo. Fijemos nuestra atención en la última:

“Ellos no están unidos a la cabeza, la cual hace crecer todo el cuerpo al alimentarlo y unir cada una de sus partes conforme al plan de Dios” (Colosenses 2:19)

Pablo está hablando de algunos hermanos que se hacen pasar por muy religiosos pero en realidad no lo son. La clave para aclarar el punto de la “salud” de una iglesia está en la parte de que la Cabeza, es decir Cristo, hace crecer el cuerpo al alimentarlo y unir cada una de sus partes. ¿Se está refiriendo Pablo a los de afuera? Es decir, como Dios ya tenía un plan, quizá “unir sus partes” no sea más que una suerte de rompecabezas divino y la misión de los cristianos sea buscar a los que de antemano Dios ya había destinado a ser parte de ese cuerpo. Esta idea del rompecabezas podría parecer ofensivo para algunos lectores, pero no pretende ser más que un ejercicio de lo que una mala interpretación puede hacer. Porque se podrá decir que si esto fuera cierto, ¿para qué buscar a Dios si Él de por sí nos va a encontrar? Y si esto es cierto, la misión de la Iglesia no sería ir y hacer discípulos porque ya estarían hechos. ¿Absurdo? Puede ser. Concedamos, pues, que unir las partes no se refiere a los no conversos. Unir las partes en el contexto de este pasaje tiene que ver con los cristianos.

Entonces, ¿quién hace crecer el cuerpo? ¡Cristo! Es Cristo quien la alimenta. Veamos con claridad el proceso: la cabeza alimenta al cuerpo y éste crece. O al revés: el cuerpo crece cuando la cabeza lo alimenta. ¿Significará alimentar, multiplicar el número de miembros? La multiplicación de miembros no aparece en la Escritura. En todo caso, entiendo que cuando uno se alimenta, fortalece un cuerpo que en realidad ya posee. Yo no como diariamente porque quiero tener tres brazos. Me gustaría encontrar un alimento que fortalezca los ojos que ya tengo (enfermos, por cierto), pero no para tener cuatro ojos (los lentes no cuentan). Así, Cristo alimenta y da salud a un cuerpo que en realidad ya existe. Si se trata de medir la salud del cuerpo (la iglesia), debemos buscar cómo ese cuerpo está siendo alimentado. Si ese cuerpo no está sano, la cabeza no existe o es otra diferente a Cristo porque, lógicamente, la cabeza debe estar sana y nadie en su sano juicio dirá que Jesús no está alimentando a su iglesia. Lo más probable es que esa iglesia no esté siendo regida por Cristo.

Aunque seguimos sin contestar la pregunta de qué es una Iglesia sana, ya sabemos que, de acuerdo a la Escritura, la Cabeza (Cristo) alimenta, cuida y da salud al cuerpo (la Iglesia). No es una conclusión menor: si Cristo alimenta la iglesia, ¿no sería redundante preguntar si tal congregación es sana? Si Cristo está en la Iglesia, ¡por supuesto que es sana! Investiguemos, entonces, algunas señales de esa salud, misión que vendrá en los próximos artículos.

Vamos a la calle, ¿o no?

“Todos los días enseñaban y anunciaban la buena noticia de Jesús el Mesías, tanto en el templo como por las casas” (Hechos 5:42)

Es claro que se debe anunciar el evangelio en cualquier parte. En Hechos 8:4 se nos dice que los cristianos exiliados de Jerusalén “anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban”. Entonces, ¿lo anunciamos o no en las calles, en las delegaciones, en los palacios municipales, en el autobús, en el metro? ¡Sí! Por supuesto que sí. Solos o acompañados, en medio “campañas evangelistas” o sin ellas. El cristiano tiene una buena noticia que anunciar al mundo y no puede quedarse callado. El regalo de Dios es tan grande, extraordinario y poderoso, que el verdadero cristiano no puede ir por el mundo guardándolo como si fuera un secreto de gran valor. Pero se trata de anunciar el evangelio, la gracia, el perdón, la salvación. Quizá ese sea mi punto en estos artículos. Lo que veo constantemente en varias iglesias es una promoción descarada de esa iglesia y no la promoción agresiva del evangelio.

Hay, claro, una visión (una teología, si se prefiere el término) de la iglesia en todo esto. La iglesia es la familia de Dios, el cuerpo visible de Cristo en la tierra. Cuando dos o más cristianos se reúnen en el nombre de Jesús, ahí está Él (Mateo 18:20). Además, la Escritura enseña que no existe el Rambo espiritual, ese guerrero solitario todopoderoso y toda debilidad al mismo tiempo. El cristiano existe dentro de una comunidad. Entiendo que cuando invito a alguien a una reunión cristiana lo estoy llamando a conocer a Cristo. Lo que me preocupa es que otros queridos hermanos confundan los términos y terminen siendo vendedores de una franquicia (“la iglesia fulanita”) y de un producto (“la salvación”). No es malo ni hay que desechar por inútiles las “campañas evangelísticas” pero habría que darles un nuevo sentido. Y ese sentido no puede ser otro más que Cristo y su evangelio.

Las llamadas “campañas evangelísticas” sirven (y mucho) cuando cumplen el verdadero propósito: que otros conozcan a Cristo. Porque, ¿de qué sirve que dos cristianos traigan a su reunión a cien personas si ninguna de ellas conoció a Cristo? Porque ciertamente, el mundo conoce de Cristo, sabe los datos generales porque se enseñan desde niños. Pero, ¿conoce nuestra sociedad a Cristo vivo y resucitado? No lo sé, pero lo dudo. Sin embargo, para eso está la iglesia: para conocer, vivir, experimentar a Cristo. Una campaña con muchas invitaciones, mucho espectáculo, muchos espejitos y lucecitas es igual de efectiva que una simple invitación de un cristiano a un no cristiano. Pero tiene más poder (en términos de que otros vivan a Cristo) cuando hay toda un soporte espiritual detrás y cuando las miles de almas se quedan en la familia de Dios. A mí no me impresionan los números que lleguen a una reunión cristiana, me alegraría más saber cuántos de esos números se convierten en almas que llegan al cielo. Si me piden un indicador de “éxito” de una conferencia, no diría qué tantos llegan, o qué también estuvo la escenografía o qué bien lo hizo el predicador. No, mi indicador sería cuántas almas se salvan. ¿Más difícil de medir? Quizá. Pero también más realista. Dicho sea de paso: lo que el libro de los Hechos reportan no es el número de visitas a las reuniones; esos tres mil (Hechos 2:41), esos cinco mil (Hechos 4:4) son el número de los salvos. ¿Cuántas “visitas” tuvieron que llegar para que tantos se salvaran?

Pero aquí hemos llegado a otro punto un tanto polémico. ¿Cómo medimos el éxito, la salud, de una iglesia? Si Dios nos da fuerza y entendimiento, trataremos este tema en los siguientes artículos. Baste decir por el momento que la Escritura es muy clara en llamar a los discípulos a hacer más discípulos donde sea, como sea y con quien sea. Hacer más discípulos quiere decir llamarlos a ser parte de la familia de Dios, es decir, presentarles el plan de Dios para ellos, decirles que el perdón de pecados y el regalo del Espíritu Santo les espera en las aguas bautismales. Ah, y la anexión al cuerpo de Cristo, que no es, de lejos, el regalo menos importante.

La Gran Comisión revisitada

«Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y háganlas mis discípulos, bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28: 18-20).

He aquí el caballito de batalla del proselitismo religioso más agresivo. Su argumento dice que así como Jesús mandó a los Doce, así manda a cada generación a hacer discípulos de de todas las naciones. Después del bautismo, continúa un proceso de enseñanza que en nuestra iglesia se llama «discipulado». Pero la clave no está en esto último sino en aquello de «ir a la gente de todas las naciones». Se enfatiza «gente», «todas» y «naciones» para decir, «vámonos a la misión» que traducido quiere decir, «engordemos nuestras iglesias (o denominaciones)». El argumento mezcla verdades contundentes con opiniones y pierde de vista algunas obviedades.

Vamos por partes. El evangelismo es «enseñar todo lo que yo [Jesús, el Cristo] les he enseñado». Es decir, evangelizar es anunciar lo que Jesús anunció. Evangelismo es llamar a todo individuo a ser discípulo (seguidor) de Jesús. Es así como podemos decir que el “discipulado” no es otra cosa sino evangelismo porque se está anunciando o enseñando aquello que Jesús mandó. No se puede decir que uno no está cumpliendo con la Gran Comisión si está enseñando a Cristo a otro hermano de fe pero no trae visitas a la iglesia. Medir el éxito de un cristiano por el número de amigos que trae a cada reunión es tratarlo como un simple vendedor que gana más comisión si vende más. Esto no es lo que enseñó Jesús.

¿No hay que ir a la calle y anunciar el mensaje? Ciertamente, la primera generación de discípulos predicaba las buenas noticias a luz del día y cuando no se pudo hacer porque la persecusión arreciaba, lo hicieron también en las tinieblas de las catacumbas. Pero debemos notar que lo primeros cristianos, aquellos Doce, primero evangelizaron a sus familias. Los evangelios tienen varios ejemplos de eso: Juan y Andrés van a ver a Jesús, luego, Andrés va con su hermano Pedro y le presenta al Maestro (Juan 1:41-42). Luego, Jesús llama a Felipe quien va a buscar a un amigo cercano, Natanael (Juan 1:44-45). Juan y Santiago eran hermanos (Marcos 1:19). Y cuando enferma la suegra de Pedro, Jesús la sana (Marcos 1:30-31). ¿Y qué decir de la familia de Lázaro (Juan 11)? ¡Familia por todas partes! Si no somos capaces de anunciar a Cristo con nuestras familias, que nos conocen al menos en forma externa, ¿por qué ir con los desconocidos de la calle? La respuesta es simple: porque ellos no nos conocen, porque el fruto del Espíritu Santo no es conocido por ellos. Puesto que el primer ministerio de un cristiano es la casa (1 Timoteo 3:5) el evangelio debe ser anunciado, en primer término, a la familia.

Pero sigo sin responder si no se debe hacer ningún tipo de proselitismo callejero. En el siguiente post hablaré de esto. Baste repetir una vez más que el Nuevo Testamento (y con mucho mas fuerza, el Antiguo) nos enseña que el primer grupo de personas a las que un cristiano tiene que evangelizar es su propia familia.

¿Números santos?

«Iglecrecimiento» han traducido al español un término anglosajón que se refiere a una tendencia eclesiástica según la cual entre más gente albergue una iglesia más saludable es. Y podrían añadir: es mejor, más santa y más espiritual que las pequeñas congregaciones que no «crecen» en años. Claro, ellos no lo dirán así jamás (no en público) y le quitarán las comillas a la palabra crecimiento. Porque para ellos, fuera las complicaciones, crecer es igual a tener el número más grande de miembros. No los cuestiones porque dirán: «es la misión que nos dio Cristo», «¿no has leído Hechos, los tres mil, los cinco mil?». Te citarán Mateo 28:18-20, Juan 15, Hechos 4:4. Te dirán que la iglesia es un cuerpo y que todo cuerpo debe crecer, si no muere.

¿Quiénes son estos promotores de la mercadotecnia espiritual? Los propagandistas y proselitistas de su iglesia son, digámoslo sin cortapisas, herederos de la reforma protestante. Hijos quizá mal queridos de Lutero, su vocabulario está lleno de frases provenientes de la versión Reina Valera y sus métodos no son tan diferentes de una organización en pirámide. Cuando se les recuerda que el grupo que más crece es el de los mormones y el de los Testigos de Jehová y que, si seguimos sus argumentos, ellos sí que son «saludables» o en todo caso que la Iglesia cristiana más grande es la católica romana, lanzan sus adjetivos favoritos: falsos, Babilonia, superficiales, desviados. Sí, lector atento, enseñan su profundo rostro sectario. Pero no les digas eso porque es peor que ofendieras al Espíritu.

¿A qué viene todo esto? ¿Estás subestimando el evangelismo, Venegas? ¡No! Los siguientes posts hablarán del tema pero lo quiero dejar claro desde ahora: el evangelismo es un mandato que todo cristiano, y por extensión, toda iglesia tiene que cumplir. En los próximos días vamos a hablar sobre el tema, pero desde ahora lo digo: evangelismo no es sinónimo de competencia en el mercado religioso por ganar más almas. ¡No! Evangelismo es anunciar el evangelio de Cristo. ¿Qué hacemos cuando invitamos a alguien? ¿Lo invitamos a «nuestra iglesia» o lo invitamos a conocer a Cristo? El tema, sin duda polémico, nos servirá, de paso, para saber qué entendemos por Iglesia. Ni más ni menos que eso.

La comunión

Gálatas 1:4
«Jesucristo se entregó a la muerte por nuestros pecados, para librarnos del estado perverso actual del mundo, según la voluntad de nuestro Dios y Padre»

La voluntad de Dios fue librarnos. ¿De qué nos libró? ¡De un mundo perverso! Nos trajo a su Reino. La comunión nos recuerda eso pero también nos recuerda que ahora somos una nación santa, un pueblo elegido por Dios y consagrados por medio de Jesús. Cuando la tomamos, nos estamos reafirmando como pueblo elegido. Todos tomamos del mismo pan y del mismo jugo para recordar que somos uno solo, que si uno sufre, los demás también padecen.

La Santa Cena reúne al pueblo de Dios. Le recuerda a su Maestro. ¿Es gratuito que la oración más cristiana empiece diciendo “nuestro”? No. Por eso, ahora que tomes del pan y del jugo, piensa también en el hermano con quien tienes un rencor, una mala actitud o un pensamiento en su contra. Recuerda que Jesús es también su Señor. Él murió por nosotros, es decir, también por ese hermano que tú criticas. Cuando lo haces, ¿se te olvida que Jesús murió para sacarnos de un mundo perverso? En ese mundo perverso hay chismes, rencores y resentimientos. ¿Se vale que eso lo padezcamos también en la familia de Dios? No. Mil veces no. La comunión debe unir a los cristianos. Mira ese pan y ese jugo. ¿Por qué lo tomas dentro de esta reunión? ¡Porque Jesús ordenó que lo hiciéramos cuando nos reuniéramos! Él sabía que habría conflictos, pero la Santa Cena los iba a regresar al punto esencial: todos somos iguales delante de Dios.

Perdona a tu hermano por la cruz de Jesús. No lo veas a Él, ve antes la cruz de tu Maestro. En el Gólgota Jesús también murió por los apóstoles, esos que lo habían abandonado. Si Él los perdonó, ¿por qué tú no? Si Él los amó sin condición, ¿por qué tú no lo haces? Ama y perdona por la cruz.

¿Hay cambios en el protestantismo?

No deja de ser paradójico que los hijos de la Reforma sean los más reacios a los cambios eclesiásticos. Las comunidades protestantes prefieren dividirse antes que cambiar. Y mire que, salvo excepciones, estos cambios no suelen ser espectaculares. El resultado es un cristianismo dividido, disperso y confundido.

En apariencia, el protestantismo no es anquilosado. Al poner el énfasis en la responsabilidad individual y al dejar que cada creyente vaya a las fuentes, los protestantes son más plurales en su forma de vivir el cristianismo. Pareciera que cada comunidad tuviese sus propias reglas donde todos son felices porque ellos, los miembros, se dieron tales normas. Pero esta fotografía es borrosa.

La realidad es que estas iglesias se sienten incómodas con el disidente. Parece una vieja historia: una persona lee blanco donde la comunidad lee negro, lo expresa, no le hacen caso, la persona ahora lo grita, la iglesia lo calla, él se va con su grupo y la calma vuelve a la congregación. Y, claro, una nueva iglesia nace: la iglesia principal se llama La puerta de oro, la nueva El portón dorado. Ambas se lanzarán indirectas y, aunque no lo digan, se considerarán mejores que los otros. Tendrán miles de escrituras para autojustificarse.

¿Será un gen propiedad de Lutero lo que provoca todo esto? La Reforma protestante ha dejado de ser Reforma para solo convertirse en protesta. Y un cristiano en protesta permanente no parece tener futuro.

¿Debemos aspirar a ser una iglesia del Nuevo Testamento?

Valdría la pena preguntarse si realmente la iglesia moderna debe parecerse a la iglesia primitiva. La iglesia es la institución más antigua del Occidente: ¿no hay nada bueno qué aprender de dos milenios? La otra cosa es preguntarse, ya desde la exégesis, si lo que Dios quiere es que imitemos a esos primeros cristianos. En esta reflexión hay, debemos decirlo, un componente de la modernidad: la noción del progreso. Y, ya lo sabemos, la modernidad se nos presenta como antítesis de la religión y al cristianismo como su enemigo a vencer. Hay algo de parricidio en estos modernos. Pero debemos reconocer que la modernidad ha dejado el principio de progreso como positivo: ser progesista es, en la sociedad del siglo XXI, infinitamente mejor que ser conservador. O al menos, es más chick, ser «progre» es saber venderse en este mundo.

Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿debemos aspirar a ser la copia exacta de la iglesia primitiva? O más: a la iglesia neotestamentaria. La primera dificultad que un lector atento del Nuevo Testamento va a encontrar es que no existe el concepto «la» iglesia como entidad monolítica, unificada y uniforme. Lo que sí hay es una pluralidad de iglesias. La iglesia de Jerusalén parecía tener poco en común con la iglesia de Corinto y ésta a su vez menos con la de Roma. Ese poco, dirán con razón los lectores, es mucho: creían todos en la obra y enseñanza de Jesús de Nazareth. Más allá de eso, quizá, no había más.

Lo que sí vemos muy claramente en las escrituras griegas es una serie de principios. O mejor: hay algunas doctrinas, algunas prácticas y algunas «estructuras» que todos los creyentes practican desde entonces. Hay que encontrar esas tendencias generales y aplicarlas en el contexto moderno de la iglesia.

La pregunta viene a colación porque hay una suerte de obsesión en algunas iglesias descendientes de la Reforma. Dígame usted si no: la idea de que la iglesia moderna debe ser una copia de la iglesia primitiva o, en el extremo, de la iglesia del Nuevo Testamento permea infinidad de grupos. Esta teología ha llevado a situaciones bochornosas: grupos de cristianos que se visten como ellos creen que se vestían en el siglo I, que hacen de esas minucias un verdadero dogma que, en la práctica, se ponen encima de la soteriología. Una mujer que crea en Jesús, que practica sus preceptos y que en general es piadosa pero que se vista de pantalón y se maquille es vista poco menos que «ramera», adjetivo preferido de estos restauracionistas trasnochados.

Pero hay aquí un error de interpretación y de profunda ignorancia en las escrituras. Acomodan las escrituras a su antojo: ¿por qué exigir los atuendos en mujeres pero no en hombres? Porque si a esas vamos, los hombres deberían ir por este mundo en sandalias y túnicas. Y todavía más: deberían hablar, al menos, en griego koiné. También deberían tener una teología peculiar de la Trinidad, que no se desarrolló sino hasta al menos tres siglos después de Cristo y deberían resolver el asunto de la organización: ¿elegimos el modelo de Jerusalén o el paulino? Pero, más dramático aun: ¿qué Escrituras leemos y consideramos inspiradas?

Porque los restauracionistas no han podido responder con eficacia algunas preguntas:
1. ¿Por qué, desde el punto de vista exegético, hay que copiar la primera iglesia?
2. ¿Qué consideramos «iglesia primitiva»? ¿Qué periodo histórico comprende? ¿Qué conocemos con certeza histórica de tal periodo?
3. ¿Qué aspectos de esa iglesia copiamos y por qué?

En querer regresar a nuestras raíces hay un sentimiento de insatisfacción actual, una añoranza por los viejos y buenos tiempos. “Todo tiempo pasado fue mejor» es igual a decir que hay una edad de oro de la cristiandad. Pero es una idea romántica, parcial e ingenua. Hermanos y hermanas: vivimos en el año del Señor 2009.

Estoy convencido que las Escrituras son la base, los límites, los bordes en donde cada comunidad de cristianos debe construir su propio edificio, uno que es parte de un vecindario noble, antiguo, con zonas rojas, negras y grises, pero ese edificio se construye aquí y ahora. Eso, la idea clara de líderes cristianos de adaptarse a su situación histórica, social, cultural y política, es el elemento clave para entender cómo seguimos hablando hoy de ese carpintero llamado Jesús, proveniente de Nazareth.

Sobre la influenza y el fin del mundo (2)

Partamos por eliminación. No creo que haya secta o grupo serio que afirme que ya estemos en la segunda o tercera fase. Sinceramente, el conjunto del pueblo cristiano ha pasado más de dos mil años esperando la llegada de Jesús, esa señal que él mismo anunció en ese capítulo 24. Tampoco se ha convertido el sol en oscuridad. La luna sigue dando su esplendor (al menos en luna llena). ¿Qué decir de la predicación del evangelio a todo el mundo? Aunque algunos cristianos quisieran pensar lo contrario, el cristianismo sigue sin existir en muchas partes en todo el mundo. O dicho de otra manera, Jesús no es conocido por millones de seres humanos. Así que concluyamos que, si hay que elegir una fase del fin, esa sería la primera.

Cierto: hay guerras, pestes, falsos profetas, terremotos, hambre. Y lo que falta. Al decir que estamos experimentando las señales del fin, caemos en un problema: pensamos que somos los únicos que han padecido esto en los últimos dos mil años. ¿Guerras entre naciones? ¿Hay un conflicto más grande y mortífero que la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo justificamos la peste negra, la gripe española o la epidemia del SIDA? ¿Falsos profetas? ¿Y los Borgia en la mismísima Roma, capital del cristianismo en la Edad Media? ¿Terremotos? ¡La Tierra vive en un perpetuo estado telúrico! El hambre mató a miles en Irlanda, en el siglo XIX y lo ha hecho en toda la historia de la humanidad.

Ubiquémonos, por un momento, en un habitante de Londres en 1940. Con hambre, huyendo de la destrucción que provenía del cielo, con enfermedades causadas por todo aquello, ¿no se sentía que el fin del mundo estaba cerca? Y el habitante de la ciudad de México en 1918, en medio de la destrucción de la Revolución, de la gripe española, de la profanación de templos por grupos de rebeldes, sin agua, sin provisiones para cubrir sus necesidades básicas: ¿no sentiría que los sellos de los que habla el apocalipsis ya estaban siendo abiertos?

Así que no vayamos muy de prisa en esto. Los cristianos han pasado dos milenios con estas pruebas. El fin ha estado en sus corazones, pero no llega. Esta epidemia no es más que eso: una enfermedad provocada por un virus de nombre H1V1. Así de sencillo.

Sobre la influenza y el principio del fin (1)

Veamos: crisis financiera, violencia, falta de agua potable, sequía, calentamiento global, terremotos, sospechas de lanzamiento de un misil atómico y ahora una epidemia que amenaza con ser mundial y que en México cobró ya varias víctimas mortales. ¿Es esto el principio del fin? ¿Se están cumpliendo las «condiciones» de Mateo 24 o del Apocalipsis? ¿Cómo se supone que deberían estar los cristianos ante todo esto?

Para este ejercicio vamos a utilizar un método literalista para interpretar Mateo 24. Este es un supuesto mayor pues, como bien se sabe, los criterios hermenéuticos suelen ser un tanto caprichosos y algo que un intérprete considera literal otro lo hace alegórico. Pero baste ahora considerar una interpretación literal de este pasaje.

Jesús ha llegado a Jerusalén a pasar sus últimos días. En Mateo 23 lo escuchamos criticando con dureza la religiosidad hipócrita del establishment jerosolimitano. Luego llora por Jerusalén advirtiendo que es dejada desierta hasta que no reconozcan que Él es el Señor (23:36-39). De camino al templo, sus discípulos le preguntan sobre esta último declaración. «¿Cuándo ocurrirá? ¿Qué señales hay que buscar?». Jesús entonces inicia el último de sus grandes discursos según el evangelio de Mateo.

Habrá «rumores» de guerra y guerras verdaderas, pestilencia, hambres y terremotos. Pero no es el fin, más  bien es el inicio del fin «el principio de los dolores». (24:5-8) Después de esto, «serán entregados (los discípulos de Jesús) y sufrirán por ser cristianos (24:9-12). Entre cristianos habrá traiciones, engaños, hipocresías, búsqueda de poder. Por esta maldad, muchos cristianos desfallecerán y cundirá la apostasía». El «evangelio será predicado en el mundo entero y entonces vendrá el fin» (24:13-14).

El fin es anunciado con señales como esta: «la abominación de asolamiento que vio Daniel y que ocurrirá en el lugar santo», «falsos profetas se levantarán», «habrá mucho sufrimiento», «el Hijo del hombre vendrá de oriente a occidente» (24:15-29). Y la culminación de todo será así: «el sol se obscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas se vendrán abajo, las huestes celestiales serán conmovidas. De inmediato, la señal del Hijo del hombre será mostrada en el cielo y las naciones, atribuladas, verán llegar al Hijo sobre nubes del cielo. Cuando ocurra esto, los ángeles tocarán una trompeta y llamarán de todas partes a los escogidos» (24:29-31).

Vemos cómo esta profecía está dividida en tres grandes partes: los principios del fin, la gran tribulación y el regreso de Jesús. Cada parte, además con diferentes etapas. Estas etapas están marcadas con el adverbio entonces (eto, en griego). Volvamos a preguntar: si esta escritura se interpreta literalmente, ¿en qué etapa estaríamos?

Continuará…