Estos son dos artículos de Jean Meyer, historiador, católico, abrumadoramente conocedor de los temas más peregrinos. Además, mi asesor de tesis. Conviene leer sus artículos.
Aquí la liga y este es un párrafo:
Ex Oriente lux , «del Oriente viene la luz», rezaban los cristianos latinos de la primitiva Iglesia, y ahora millones de fieles en todo el mundo van a llenar los templos en la noche de Navidad para expresar su alegría y su fe en el nacimiento de su Salvador. Las iglesias orientales, de rito bizantino, tardarán hasta el 9 de enero para celebrar porque siguen observando el calendario juliano; esa discordancia es el resultado de la enemistad secular entre ortodoxos y católicos: como la reforma del calendario la apadri-nó el papa Gregorio a fines del siglo XVI, los ortodoxos no aceptaron el calendario «gregoriano» (los protestantes tardaron un tiempo, pero la ciencia astronómica pudo más que la controversia teológica).
Y aquí el otro:
La fiesta navideña dista mucho de explicitar toda la fe de los cristianos; la Semana Santa no es menos importante, pero Navidad ha tenido siempre una gran importancia porque es el principio de la aventura que lleva a la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, al núcleo duro de la fe cristiana. Los estudios históricos y críticos sobre «el verdadero Jesús» han contribuido a purificar el relato de Navidad, pero la necesidad de misterio, maravilla, magia, sigue. Eso explica la permanencia, el arraigo popular de una fiesta religiosa que no se debe sólo a motivaciones comerciales, culturales, familiares. Es también la fiesta de la familia, y un enorme negocio anunciado desde que terminamos de comer, en noviembre, el último pan de muertos: siempre hubo, habrá siempre «mercaderes en el Templo» y es mejor tolerarlos con indulgencia. Esa fiesta, mejor dicho su fecha, hereda de las fiestas paganas del solsticio de invierno, del sol invicto que empezaba a renacer. Sin embargo, no deja de ser, en alguna parte profunda del inconsciente colectivo, la fiesta de la infancia, de la pobreza, del nacimiento misterioso del Niño, en un pesebre o en una gruta, en el frío y la intemperie; la fiesta de la maternidad, del parto de una joven mujer que no encuentra un techo para abrigarse, que da a luz entre los animales que son los primeros en saludar al infante divino.