El odio, el enojo y el homicidio

Mateo 5:21-26

Oísteis que fue dicho por los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare estará expuesto a juicio. Mas yo os digo que cualquiera que sin razón se enojare contra su hermano, estará en peligro del juicio; y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, estará en peligro del concilio; mas cualquiera que le dijere: Fatuo, estará expuesto al infierno de fuego. Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar, y allí te acordares que tu hermano tiene algo contra ti; deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, y reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Concíliate presto con tu adversario, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez te entregue al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante

Jesús ha venido a darle plenitud a la ley de Moisés. Esa plenitud viene de amar al prójimo como a uno mismo. Es más importante cuidar las relaciones entre hermanos que un rito religioso. A partir de esta enseñanza, el Maestro va a redefinir el sentido de los diez mandamientos. Y elige justamente aquellos que atañen al otro.

Sus palabras son duras y el patrón de comportamiento es francamente antinatural. ¡Pero justamente eso quiere decir «morir a uno mismo»! Si alguien te ofende, lo más natural es que te enojes, que lo insulte, que pelees. Cuán olvidados son estas palabras de Jesús. No es raro encontrarnos con pleitos en la calle, cuando uno va en el auto, o cuando va caminando. Hay algunos que rezan todos los días, que se cuelgan, pegan, tatúan símbolos cristianos y, sin embargo, insultan e injurian a… ¡los que también llevan símbolos cristianos! Creyentes y violentos, tiene en su boca las palabras dios y jesús pero pelean igual que los que no siguen a Jesús.

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La ley y Jesús

Mateo 5:17-21
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo sea cumplido. De manera que cualquiera que quebrantare uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los hiciere y enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Siempre me ha intrigado este pasaje. Lo leí por primera vez hace más de diez años y sentí una especie de vértigo luego de leer las bienaventuranzas. ¿Qué quería decir Jesús con eso de que no venía a abolir la ley? ¿Por qué Pablo parece contradecir este pasaje? ¿No leemos en la interpretación paulina que la Ley y los profetas se resumen en Jesús? Si abolimos la circuncisión, el sabath, el diezmo, ¿no estamos quebrantando la ley y los profetas? Y todavía más punzante: ¿debemos ser más estrictos en el cumplimiento de la ley que los «odiosos» fariseos y escribas? Más de uno podría concluir que para entrar al reino de los cielos uno debe ser sumamente religioso. Estas palabras no son de digestión sencilla.

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El día de Pentecostés

Hechos 2

Lo diré desde el principio: no vas a encontrar definiciones absolutas en esta reflexión. No sé si este evento sólo fue una vez o si se tiene que repetir, no sé si aquí se inauguró la iglesia o si ese evento fue antes, tampoco si debemos aspirar a tener el don de la glosolalia o si hablar en español (o en tu idioma) baste y sea suficiente. Tengo mis propias creencias al respecto pero jamás llegaremos a un acuerdo con los que creen lo contrario. Ambos podemos decir siempre «la Biblia dice» o «la Biblia no dice» y de ahí no movernos hasta la llegada de Jesús. Así que no me importa si eres carismático, de los que creen que los dones han cesado o si estás a la mitad de esos caminos. ¿Crees en Jesús? Yo también.

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Dónde está oh muerte tu aguijón

1 Corintios 15:55-57

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo.

Ateos y agnósticos lo deben reconocer: no hay salvación en este mundo. La ética más elevada, la más noble, toda es temporal y, por lo tanto, se derrumba ante la muerte. Por eso entre ateos la muerte es más «respetada» que Dios. Como un hecho palpable, la muerte representa la barrera infranqueable que ningún ser humano ha podido violar. Todos podemos ir de aquí a allá pero nadie lo hace de allá para acá. El más allá no es científicamente comprobable. Lo único comprobable es que el cuerpo humano se deshace, se corrompe; huesos y carne llenos de gusanos, olores nauseabundos, ahí termina la experiencia humana. Y, por lo tanto, ahí terminan las ideas de los más grandes pensadores de la humanidad.

El llanto de la muerte. El llanto que es egoísta. Lloramos porque ya no vamos a ver y sentir. Si vas a morir, ¿por qué llorar? Porque te gusta, porque aparece el egoísmo. En todo el proceso luctuoso hay ego. Yo, yo, yo: los «tanatólogos» tratan de paliar ese yo con el «otro». Déjalo ir, tú no eres culpable, vive y deja vivir, frases para el yo. Si alguien murió, ¿por qué lo lloras? Lo mismo: soy yo quien ya no lo voy a ver, soy yo el que no va a gozar de esta persona. El egoísmo pulula en el ser humano. El orgullo es el cáncer del alma humana.

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Los perseguidos por causa de Jesús

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Regocijaos y alegraos; porque vuestro galardón es grande en el cielo; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Aquí está la parte que muchos quisieran saltarse. La parte comprometedora del mensaje. El círculo se cierra: Jesús es la verdad y por la verdad vale la pena ser insultado y perseguido. Es el compromiso máximo de un seguidor. Un discípulo de Cristo lo seguirá cuando esté en las buenas y, principalmente, en las malas. Los grandes hombres han sido siempre perseguidos, incluso los profetas, personas que «el mundo no merecía», fueron acerrados por la mitad, apedreados, maldecidos por la sociedad. Jesús mismo padecería la más ignominiosa de todas las muertes imaginables en esa sociedad del siglo I.

Es cierto que estas verdades son universales. Escuchemos al crítico que, con el Eclesiastés dirá, no hay nada nuevo bajo el sol, ya Buda lo había enseñado antes. Quizá. Pero lo que el Maestro está diciendo aquí es una prevención contra los malos entendidos: este es el camino que el Hijo de Dios está trazando y sus seguidores deberán pasarlo les guste o no. Ahí, en obedecer al Señor, se demuestra quién es cristiano de verdad y quién cristiano de teatro. Porque, hasta la bienaventuranza anterior, todo el mundo podría estar de acuerdo. Podríamos crear un programa ético y cultural basado en estas pequeñas sentencias. Está de moda aquello del multiculturalismo, tolerancia, responsabilidad social. Pues bien, el programa del Maestro podría ser planteado por un no creyente y todos aplaudirían. La izquierda diría que ese es el programa histórico de los movimientos progresistas de todas las épocas. La derecha diría que ese es el objetivo final de toda política pública. Secularicemos el sermón de la montaña y seamos felices.

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Los que sufren por la justicia

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia; porque de ellos es el reino de los cielos

La octava bienvanturanza se enfoca en los que padecen la persecusión por causa de la justicia. Los primeros que se nos puede venir a la mente son aquellos caidos en el combate contra los malos; las balas que destrozan el rostro y la vida de quienes procuran la paz en este mindo, la sangre fresca de los que en esta hora han dado su último aliento para vencer a los criminales. Puedes estar pensando en los policías y soldados honestos que mueren por la mano asesina de los sicarios. Pareciera que a nuestra sociedad (¿cristiana?) le gusta la sangre de los inocentes.

Ya mencionamos que la justicia a la que se refiere Jesús no es esa de tipo humano que «da a cada quien lo que se merece». Ni siquiera es una del tipo «readaptación social» que algunos países ingenuamente tratan de implementar. Su justicia es aquella que significa obedecer a Dios. La bienaventuranza parece una advertencia: hay personas que se oponen activamente a que otros hagan lo que el Padre quiere.

El verbo ahora es presente: los que ya padecen persecusión son dichosos. No hay mártires por vocación. Los creyentes que han muerto por defender su fe no buscaron el martirio. Así que hay que desconfiar de esos cristianos que van por el mundo provocando su sufrimiento. Hacer lo que es justo tiene, de por sí, su riesgo. Pero ningún seguidor de Jesús busca su muerte. El Maestro mismo, cuyo destino era morir y resucitar, no asuza a la violencia e incluso hay pasajes donde se ve cómo rehusa la confrontación. Y es que ser cristiano, decirlo y vivirlo, confronta.

Todo esto trae de regreso el asunto del sufrimiento. Los críticos dirán que el Dios en el que creemos es un tanto sangriento por permitir esto. Otra vez debemos decir que ese es el gran misterio de nuestra fe. ¿Por qué han de sufrir los que hacen lo justo?

Los que buscan la paz

Bienaventurados los pacificadores porque Dios los llamará hijos suyos

Decir que vivimos en un mundo violento es decir una perogrullada, un lugar común, nada nuevo. Todos sabemos eso. Y también que hay varios tipos de violencia: física, verbal, mental, espiritual y las que quieran añadirse. ¿Por qué nos hemos acostumbrado a vivir así? ¿Es acaso una característica sine qua non del ser humano? ¿Ser humano significa ser violento? Hemos vivido con guerras y conflictos entre hermanos, vecinos y desconocidos. El pregonado progreso se ha construido no con la razón sola sino con mente y manos, con cerebro y sangre. Y entonces llega Jesús a decir «dichosos los que trabajan por la paz».

Jesús invirtió los valores de moda en su tiempo. ¿Cómo recibiría un soldado romano esta declaración? ¿Y un soldado moderno? Nos movemos no por una doble moral. No, esta frase es también cliché. Más bien, los cristianos se han acostumbrado a creer que lo que dice Jesús está bien idealmente, que él lo dijo porque era el Hijo de Dios. Dile esto a un policía o a un soldado. El ideal, el altar, las fiestas solemnes que ha sacralizado el occidente culto y secular. Gandhi se codea con Jesús y la Madre Teresa en la escala de héroes de tiros y troyanos. Es correctamente político decir «Gandhi» cuando a uno le preguntan sobre un líder ejemplar. Muy bien. Pero en la vida cotidiana, ¿cuántos trabajan por pacificar? ¿Qué es trabajar por la paz?

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Los de corazón limpio

Bienaventurados los de limpio corazón; porque ellos verán a Dios.

En otro pasaje, Jesús dirá que todo aquel que no tenga el corazón de un niño no podrá entrar al Reino de los cielos. Si tú cuentas con una actitud recta, sin dobles intenciones, sin hipocresías, honesta; felicidades, verás a Dios. Y es que si lo pensamos más detalladamente, el creyente que desea tener una relación con Dios sabe de antemano que deberá contar con un corazón libre de suciedad. Una de esas formas de intimidad con el Padre es por medio de la oración. ¿Cómo llegar a una cita tan importante con el Ser más importante del Universo si no es con una actitud clara y honesta?

Sin embargo, no basta con tener una actitud franca con el Señor. Porque si fuera así, cualquier criminal que reza todos los días para que salgan sus negocios tendrían razón al decir: gracias a Dios me fue bien este día, cuando bien significa robos, asesinatos y maldad perpretada. Un hermano me contó esa anécdota: vivía en un lugar que parecía la cueva de los 40 ladrones. Me cuenta que invitó a uno de ellos a conocer de Cristo. El individuo no quiso pero un día se encontró con el hermano por la mañana y le pidió que orara para que le fuera bien en su trabajo. En la noche, el hermano lo volvió a ver ya con el botín en sus manos. Mira, gracias a Dios me fue bien hoy. Es una historia real. La historia del cinismo, la estupidez y la ignorancia sobre lo que Dios quiere y puede hacer.

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Los misericordiosos

Bienaventurados los misericordiosos; porque ellos alcanzarán misericordia

Claro que hay un componente altamente social en el mensaje de Jesús. Y aquí está. El cristiano no es un ser dentro de sí. mira hacia dentro pero actúa afuera. Jesús no es el gran místico de la meditación, de la vida interna, no enseña a escapar de la sociedad, que ellos, los malos, mueran en sus pecados mientras nosotros huímos de esta Sodoma en que se ha convertido la sociedad actual. todo lo contrario.

El Maestro anima a aquellos que piensan en sus semejantes. El prójimo debe tener un lugar central en la mente del cristiano. Y la manera en que uno empieza a preocuparse realmente por el prójimo es por medio de la compasión. La compasión que es un acto; un sentimiento que termina convirtiéndose en una acción concreta. Es mucho más que sentir lástima, es mucho más que pensar cosas positivas. Se trata de que el creyente pase del dogma a la praxis. Porque si uno se queda en la teoría del amor al prójimo, esto no pasa de ser una gran idea. Jesús enseña que hay que trascender el conocimiento meramente intelectual para pasar entonces a aliviar a las necesidades del otro.

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Los que tienen hambre y sed de justicia

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; porque ellos serán saciados.

He aquí uno de los pasajes favoritos de los movimientos justicieros de toda la historia cristiana; una bienaventuranza tantas veces malentendida, tantas veces interpretada para satisfacer intereses y prejuicios personales que puede llegar a parecer una vacía promesa social.

Jesús está llamando a los sedientos y hambrientos de justicia pero, otra vez, la promesa no es para este mundo. No serán saciados aquí por la sangre de los malos de la historia, por mandar al paredón a los injustos. No es con fusil y granadas con los que se hace justicia. La justicia de Jesús tiene que ver más con la justificación. Aquí es donde los justicieros arquean las cejas y ven con sospecha esta interpretación. Pero pensemos un poco más: si asumimos que Jesús vino a justificar al ser humano, es decir, a absolverlo de culpa delante de Dios, si además suponemos que lo de Jesús tiene que ver con lo espiritual, ¿no tiene más sentido ver esta bienaventuranza como un llamado a buscar a Dios? ¿No serán los sedientos y hambrientos saciados por el Padre eterno? ¿No estaría Jesús avisando que la justicia de la que habla no tiene que ver con meter a la cárcel al ofensor, con pagar ojo por ojo y diente por diente sino con buscar el Reino de Dios? Así que Jesús está llamando dichosos a los que tienen ahora mismo esa hambre espiritual, esa sed que, lo dirá en Juan, sólo puede ser saciada por el Maestro.

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Bienaventurados los mansos

Bienaventurados los mansos; porque ellos heredarán la tierra

Seamos sinceros, incluso si somos cristianos, ¿en verdad valoramos a los mansos, a los humildes? Sea que leas en tu oficina, en tu escuela, en tu oficina, contesta francamente: ¿son humildes tus héroes? Vivimos, nos dicen, en un ethos cristiano de tal suerte que la humildad es exaltada. Aunque sea sólo en Semana Santa o en Navidad, de dientes para afuera los humildes son exaltados. En la realidad, lo que nuestra sociedad (la misma con esa supuesta moral cristiana) pone en un altar es el egoísmo y la vanidad. No son los «mansos» quienes viven prósperamente en este planeta. Abre cualquier revista de negocios o de política y ahí aparecerán términos como «campaña agresiva», «líder ambicioso», «yo tengo la solución» y otros más. Claro, políticamente es correcto decir que fulano o perengano es «sencillo». La famosa cereza en el pastel.

Pero Jesús les promete la tierra. A los mansos, a los que decididamente dejan atrás su ego y deciden poner en primer lugar a Dios. A ellos que se ocupan en mirar al cielo mientras caminan en la tierra les promete una tierra. La tierra prometida será para los mansos. No es esta una receta para alcanzar el éxito. No dice Jesús «si quieres heredar algo más grande que lo que tienes, sé humilde». Esto no es una promesa condicional. Es una afirmación presente. Los que ya son mansos son dichosos.

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Bienaventurados los que lloran

Bienaventurados los que lloran; porque ellos serán consolados.

El sufrimiento. He aquí el gran misterio del cristianismo, la incógnita que jamás se contesta en todas las Escrituras. Esto lo debemos reconocer todos los que creemos en el Dios judío. La pregunta «¿por qué sufrimos?» no tiene una respuesta explícita. Nos debemos conformar diciendo que Dios nos puede entender, que no hay manera más íntima de acercamiento a su creación que por medio del sufrimiento. Jesús sufrió y con el Él, también el Padre.

Jesús habla a los enfermos, a los que sufren, a los que lloran. Nos recuerda aquel Salmo: «los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría, aunque lloren mientras llevan al saco de semilla, volverán cantando de alegría, con manojos de trigo entre los brazos». La cosecha que, ciertamente, no será en este mundo; que vendrá por gracia de Dios; los manojos de trigo que serán para saciar esa hambre que no viene por no comer sino por querer conocer algo que está más allá de este mundo. Hambre espiritual, hambre de nuestro Padre.

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Pobres de espíritu

Bienaventurados los pobres en espíritu; porque de ellos es el reino de los cielos

El gran discurso de Jesús inicia con un mensaje de alegría y esperanza dirigido a los que esta sociedad generalmente subestima. Y de entre todos ellos, los primeros que deberían sentir ánimo son los pobres de espíritu. A ellos, el Maestro los promete el reino de los cielos. Aquí, en estos pocas palabras están los temas recurrentes en el evangelio de Cristo: los necesitados y el reino espiritual.

Pero, ¿a qué pobres se refiere Jesús? No a quienes no tienen posesiones materiales sino a aquellos que lo son de «espíritu». He aquí una señal que no debemos olvidar. Sólo sin ese espíritu egoísta el ser humano podría recibir al verdadero Espíritu, el que viene de Dios. Ahí está el fundamento del evangelio y, al final, de la salvación. Si uno quiere tener una relación con Dios, si quiere recibir esa herencia que se llama «reino de los cielos», deberá hacer morir su ego.

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Mateo 5:1

Y viendo las multitudes, subió al monte; y sentándose, sus discípulos vinieron a Él. 

Los discípulos de Jesús: este fue el auditorio, el grupo al que enseñó y predicó el Maestro este sermón. Según los versículos anteriores, aquí Jesús ya tenía un grupo de seguidores a los que antes había prometido convertirlos en pescadores de hombres (Mateo 4:18). Pero además de estos cuatro hermanos (Pedro y Andrés, Santiago y Juan), había gente atraída por la fama de aquel sanador de Galilea que además de exorcizar, proclamaba «arrepiéntanse porque el Reino de los cielos ha llegado». El galileo decía que esta era una buena noticia. El Rabí hacía y decía, enseñaba y actuaba. Pero, ¿de qué tenían que arrepentirse?, ¿qué era ese Reino de los cielos?, ¿quiénes eran sus súbditos?, ¿quién era el Rey? Acaso pocos de los que estaban en ese monte querían saber las respuestas. Quizá sólo deseaban ver el espectáculo: «¿verdades doctrinales?, ¡eso es para los teólogos! Dame de comer, quítame esta enfermedad, consuélame, resucita a alguien…».

«Los discípulos se acercaron». Sus seguidores , aquellos a los que algunos años después les llamarían cristianos, la comunidad de los cercanos de Jesús; ellos fueron los que escucharon este mensaje. Jesús evangelizó en primer lugar a sus seguidores. ¿Por qué se nos olvida ese mensaje a sus seguidores del siglo XXI?

Comentarios diarios

En los siguientes días iré subiendo algunos comentarios a pasajes de la Biblia. El plan es hacerlo diario. No será más que un ejercicio de reflexión, de pensamiento, de crítica.

Espero que me acompañen en este viaje y espero en Dios que el viaje no termine antes dure lo que Él quiera que dure.

Aquí nos vemos.

¿Para qué un ministerio de solteros? III

III. Los héroes bíblicos fueron casados

Los grandes hombres del Antiguo Testamento son casados. Desde Adán hasta los profetas, pasando por los patriarcas y los reyes, prácticamente todos compartía su vida con una pareja. Esto sólo nos dice que a Dios no le desagrada el matrimonio. Lo que no significa que la soltería sea algo malo. Sólo quiere decir que al Dios de Israel no le importaba si un hombre o mujer estuviera casado para usar a tal ser como vía de comunicación con el resto de la humanidad. Reiteremos: los grandes hombres del AT eran, de hecho, casados.

¿Por qué todos esos personajes tenían esposa? Quizá porque en Génesis 1:28 y 2:24 la Torá establecía claramente que el plan de Dios para su creación era que tuvieran muchos, muchos hijos y que, para eso, tenían que estar casados y llegar «a ser como una sola persona». Así que para todos ellos, desde Adán, lo normal era que el ser humano, en algún momento de su vida (y no muy tarde), debía dejar a sus padres, unirse a una mujer y, entre otras cosas, tener hijos. Ir en contra de este designio podría poner en peligro la supervivencia del pueblo elegido y, casi por transitividad, no coincidir con el plan de Dios.

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¿Para qué un ministerio de solteros? II

II. El celibato

Si usted es un cristiano soltero y le dicen que su grupo sirve para tener pareja, ¿qué pensaría? En la entrada pasada les compartí que vi cómo los hermanos abrían sus ojos como si trataran de ver mejor a quien les estaba diciendo aquella suerte de blasfemia. Habría que agregar que además, la lección se estaba impartiendo en un lugar un tanto clandestino porque ese día no teníamos una casa donde reunirnos. Debajo de las escaleras de un edificio a punto de cerrar sus puertas, fuimos aprendiendo lo que la Biblia decía de la soltería.

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Blancarte sobre tono del Papa

Roberto Blancarte, acaso el principal historiador del catolicismo en México, nos llama la atención del tono que usa el Papa en sus discursos y libros. Es el estilo de un teólogo. Eso ya lo sabíamos. Lo que no sabíamos es si cambiaría con su conversión a Benito XVI. Según nos dice Blancarte, Benito sigue hablando como Ratzinger. Pero, miren qué casualidad, la conclusión del articulista es paradójica: las repercusiones de lo que escribe el Papa pueden estar en las antípodas de lo que él mismo piensa. En fin, alguno de ustedes que tenga hígado para leerlo nos podría dar su opinión. Aquí el artículo de Blancarte publicado el 04 de diciembre en Milenio:

¿A quién le interesa lo que diga el Papa?

El Papa alemán Joseph Ratzinger es, sin duda alguna, un buen filósofo y un gran teólogo. De muchos más altos vuelos teóricos que su predecesor, se nota en sus escritos una profundidad de pensamiento que busca y se interroga, más que afirma y dogmatiza. Obviamente, como cualquier ser humano, puede estar equivocado. Pero tiene el valor de decir lo que piensa y, sobre todo, no le tiene miedo al diálogo, siempre y cuando sea de altura. Por eso es en ocasiones atacado. Porque a veces se le olvida que no está discutiendo con filósofos y que las realidades de la política mundial son mucho más banales, pero requieren de un tacto y una astucia que se le escapan al gran pensador. Además de esto, por más esfuerzos que haga, Ratzinger no parece estar dispuesto a bajar el nivel de su reflexión para alcanzar niveles mayores de auditorio, con lo cual uno se pregunta hasta qué punto los mensajes del Papa son entendidos y asimilados por el grueso de la población católica. Por ejemplo, en un país de 88 millones de católicos me pregunto cuántos leerán y cómo interpretarán este mensaje.

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¿Para qué un ministerio de solteros?

En los dos últimos años he sido parte de un grupo compuesto de solteros. Esta es una tendencia en varias iglesias que se organizan de acuerdo a características comunes de sus miembros. En casi todas las organizaciones hay un grupo de jóvenes. En otras, como la mía, también hay grupos de matrimonios, de viudas y de solteros. La idea detrás de esta organización es que los integrantes del grupo pueden ayudarse porque comparten necesidades comunes.

Hace unas semanas propuse a los hermanos que nos preguntáramos ¿para qué un ministerio de solteros? Y es que muchas veces damos por hecho que las cosas son así por un mandato divino. Ciertamente la mano de Dios se mueve en toda la historia. Esta visión la heredamos los cristianos de los judíos del Antiguo Testamento. Pero también es cierto que el hombre tiene la oportunidad de tomar decisiones y con ello la responsabilidad de las consecuencias. En todo caso, no hay un modelo único de iglesia «según la Biblia»: ni Jesús, ni Pedro, ni Juan, ni Pablo nos dejaron instrucciones claras de cómo organizar la iglesia. Así que algunos proponen que ahí donde la Biblia calla, nosotros podemos hablar. Y al parecer este el caso.

Recién casado, pensé que mi respuesta a esa pregunta podría parecer sesgada. Quizá. Porque, siguiendo la propuesta de otro artículo, les dije: el ministerio de solteros existe para buscar una pareja y establecer las bases para un matrimonio sano. Más de uno (y de una) abrieron los ojos y arquearon las cejas en señal inequívoca de duda. Ahí estaba el reto y la provocación. De vez en cuando en nuestra vida cristiana debemos parar y preguntarnos lo básico ya sea para reforzar lo que estamos haciendo o para cambiar el rumbo. Si no lo hacemos, podríamos estar intentando atrapar el viento. La respuesta es sencilla. La explicación no tanto.

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Libertad a los presos

A Kikín, hermano, hijo, discípulo, guerrero

Según Lucas 4.16-22 Jesús vio en esta Escritura la razón de ser de su misión: dar buenas noticias. Pero esas buenas nuevas se enmarcaban en un ambiente de opresión. Jesús no vino pues con lo sanos. Si hoy sientes que tu vida no tiene nada qué cambiar, si te crees sano y si piensas que por donde vas es el camino correcto; el mensaje de Jesús no es para ti. Jesús vino por los «pobres, presos, ciegos y oprimidos» de este mundo. Todos los cristianos tuvimo que pasar primero por una etapa de reconocer nuestra necesidad. Es decir, sin que nosotros digamos con convicción «te necesito Jesús», nada ocurrirá. Ahora bien, incluso si te sientes en inmejorable salud espiritual, te invito a que reflexiones en tu congruencia moral, en tus metas finales. ¿Tienes algo por lo que realmente valga la pena vivir?

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Ya no somos los mismos

Pablo le decía a los corintios: «Por lo tanto, el que está unido a Cristo es una nueva persona. Las cosas viejas pasaron; se convirtieron en algo nuevo» (2 Cor. 5.17). Cuando decimos que somos cristianos estamos diciendo que hemos nacido de nuevo, que la vieja naturaleza ha pasado y que ahora ya no somos los mismos. Esta unión no es posible por fuerzas humanas. No es que seamos mejores que antes desde el punto de vista moral. Porque ciertamente hay muchas «buenas» personas que no son cristianas. Para ser amable, bien portado, ciudadano ejemplar no se necesita ser cristiano. Es más, eso no es esencialmente cristiano. He aquí una confusión: creemos que ser «nuevas personas» significa ser moralmente buenos. Así, una nueva persona sería aquella que antes hacía cosas condenables y ahora no. ¿Esto es lo que enseña la Escritura? ¿Pablo está diciendo que si somos «más buenos» que antes somos cristianos? ¿Vino Jesús a enseñarnos buenos modales?

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López Dóriga sobre el limbo

La verdad es que López Dóriga escribe bien. Podremos criticarle su estilo de dar noticias en la TV o cuando debate, pero lo cierto es que tiene buena pluma. Lejos de los sempiternos temas políticos, López Dóriga escribió este artículo en su columna en Milenio. Me gustó mucho por el sarcasmo que le pone. Por cierto, como un amable lector nos hizo ver la otra vez: la iglesia no es la comisión que concluyó que el limbo no existe. Pero también es cierto que esa comisión tiene influencia en lo que la iglesia piensa. Aun hoy vemos católicos que empiezan así su argumentación: «como dice el Magisterio…» y entonces citan lo que «la iglesia enseña». En fin, mejor nos relajamos un poco y leemos a Joaquín López Dóriga en una faceta burlona (aquí la columna completa):

En busca del limbo perdido    
lopezdoriga@milenio.com

En memoria de Gilberto Borja, mexicano extraordinario y ser humano excepcional

Yo estaba tan tranquilo el viernes pasado, cuando a eso del mediodía me estalló una bomba directa desde el Vaticano: ¡El limbo no existe!

Y peor, nunca existió: fue sólo una “hipótesis teológica”, nunca una “verdad de fe definida”, nos salen ahora los teólogos que estaban en el limbo.

La neta es que la magnitud del anuncio, aturdido, me llevó por un instante, sólo por fugaz instante, a reclamar a mis mayores que lo daban por destino de los niños no bautizados y de los adultos cortos de entendederas.

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En favor de la libre decisión

Artículo aparecido en Expresión espiritual. Este artículo no pretende ser más que mi sincera y honesta posición personal ante el tema de la despenalización del aborto. No agota el tema y habría que añadir un segundo texto: «Contra el aborto«. Pero de todas formas, sale aquí con toda la crítica que esto traerá. Gracias al equipo de Expresión Espiritual por su publicación.

EN FAVOR DE LA LIBRE DECISIÓN

Por Luis F. Venegas

A menos de que algún inquisidor me venga a examinar y me repruebe, puedo decir que soy cristiano. Y sé lo que significa decir eso en un mundo que presume ser cada vez más secular aunque en la práctica uno se sorprenda de la religiosidad que aflora por todos lados, a veces en su versión más tristemente radical. Pues bien, yo, que soy cristiano, me declaro en favor de legalizar la interrupción voluntaria del embarazo hasta antes de la semana doce. !Que enredo! ¿Por qué no decir que estoy a favor del aborto? ¡Pues porque no lo estoy! No se trata de cuidar el lenguaje, de escribir con asepsia para no terminar de herir las sensibilidades de aquellos que quizá no lleguen a esta línea. No. Basta de eufemismos y de darle la vuelta al tema: estoy a favor de que una mujer decida libremente, es decir, sin temor de ir a la cárcel, qué hacer con su cuerpo. Pero, y he aquí el meollo, yo no lo recomendaría ni lo practicaría: estoy a favor de la vida y de que el ser humano tome responsabilidad de sus actos.

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El dilema de los elegidos

Originalmente publicada en la revista Expresión Espiritual, noviembre 2006. Aquí el vínculo para el artículo en línea:

¿Es dable tocar el tema de la importancia de la religión en una revista cuya sola circulación es ya una demostración de ello? ¿Es una mera verdad de Perogrullo (retórica fácil para un ferviente creyente) reafirmar el papel primordial de las creencias en el mundo de hoy? ¿Vale la pena hablar de religión en el mundo moderno? Permítaseme gastar unas líneas en un par de paradojas que son como espinas clavadas en las sociedades cada vez más modernas, cada vez más prósperas del mundo occidental: la paradoja de la existencia de la religión después de que las mentes más preclaras de los últimos siglos han profetizado su muerte y la paradoja de los grupos de elegidos en un mundo que reclama el diálogo.

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