Treinta años después…

Una secta llegó a México hace treinta años. Afirmaba que se apegaba cien por ciento «a la Biblia». Vamos a hacer dos simples preguntas, un sencillo examen.

  • ¿Cuánto tiempo tardó la Iglesia del primer siglo en nombrar diáconos, maestros, ancianos, pastores, profetas? (Si se quieren ver más quisquillosos, podrían preguntarse si realmente existía la «ordenación» en esa primera Iglesia). ¿Se tardó treinta años?
  • ¿Cuál es la manera bíblica de «nombrar», entrenar, educar o como se le quiera llamar a esos puestos, oficios, funciones? ¿Iban a una escuela? ¿Se elegían por mecanismos democráticos? ¿Los nombraba un apóstol?

Sí lo ven, ¿verdad? La Biblia no es un manual de construcción de instituciones religiosas. Pero, en todo caso, «fundar iglesias» y luego «nombrar líderes» es creer que la carreta va a dirigir a las mulas, con todo respeto.

Pero, venga, no hay bronca, llámenle «evento histórico», describan cómo llegar en transporte público, pidan que no lleven niños (una iglesia que nombra «Ancianos» y que no logra educar a sus niños, oukei) y tomen muchas, muchas fotos y selfis. 😉

“Anímense con estas palabras…”

¿Para qué se reunían los cristianos en el primer siglo? Lo que nos llega de las Escrituras podría no ser una lista exhaustiva, pero, volvamos al tema de ser bíblicos, y preguntémonos mejor:

Lo que usted y su iglesia hacen ¿se parece, al menos de lejos, a lo que usted lee en el Nuevo Testamento?

Trate de ser honesto. Aunque duela.

Yo solía asistir a un grupo religioso que presumía de ser bíblico. Dejemos de lado que tenían un lema un poco riesgoso “donde la Biblia calla, nosotros hablamos” y digamos que para ellos eso de ser bíblicos era tener actividades que se parecieran a lo que la Biblia decía. El gran peligro (para quien enseñaba tal cosa) era que cualquiera que viera la lista de preocupaciones de los líderes y las comparara con aquellas del texto bíblico descubriría que las prioridades e incluso las actividades tenían poco que ver. Acá una lista:

  • Luces y sonido. Sí, quizá una de las principales preocupaciones cuando nos reuníamos era que no fallara el micrófono. Cuando nos robaron el equipo de audio, el líder estaba en la tristeza total. Lo mismo cuando proyectábamos algo: el proyector siempre fallaba cuando no tenía que hacerlo. La verdad es que era una ansiedad terrible que alguien quisiera presentar un power point o un video al público, no fuera a fallar el equipo a la mera hora.
  • Campañas evangelísticas. Se nos enseñaba que el crecimiento era sinónimo de nuevas personas convertidas. El silogismo era simple: una iglesia sana crece (en número de miembros), una iglesia enferma no crece. Con esto en mente, los debates sobre días, temáticas, nombres de las campañas, impresión de propaganda, programa, invitados especiales, eran interminables. A veces poníamos nombres de telenovelas o películas de moda (no dudo que alguien hoy en día dijera algo como “Escuadrón Suicida para Dios” o una cosa similar. No se rían, es serio), otras veces los predicadores nos fallaban, algunas discutíamos si poner un baile o mejor al hermano que cantaba bonito… ¡qué inmisericorde forma de perder el tiempo!
  • Recolección de dinero. Este tema quizá compite con cualquier otro en importancia. Un dicho común era que para Dios el dinero no era importante, pero para el mundo sí, y como nosotros estábamos en el mundo, pues necesitábamos monedas. Vi muchas veces la cara de preocupación en líderes que veían cómo el dinero escaseaba. Se hacían planes, se exaltaba a los hermanos que daban sus cuotas, se regañaba y amenazaba con maldiciones (bíblicas, obvio) a quien no diera. El dinero era un verdadero dolor de cabeza cuando no había y una gran alegría cuando abundaba.
  • Talleres para solteros, casados, adolescentes, madres solteras y un largo etcétera. En algún momento se creyó que era buena idea separar por edades o por estado civil a la iglesia. Esto sólo generó divisiones, pero además, la atención que la iglesia daba a cada grupo dependía del estado y el ánimo del líder en turno. Cuando un líder principal era soltero, el ministerio de solteros tenía mucha relevancia; ese mismo líder se casaba, ahora los matrimonios eran importantes; tenía hijos, la enseñanza para padres se convertía en lo relevante; los hijos eran adolescentes, pues el grupo de adolescentes se fortalecía. ¿Se adivina el resultado? Una iglesia que da bandazos, que un día quiere una cosa, otro día quiere lo contrario. Y recursos ingentes se gastaban para mantener esos grupos con cierta salud “espiritual”. Por supuesto, había “fiestas de solteros”, “fiestas de casados”, retiros de jóvenes y así ad infinitum.
  • Ministerios de música y una lista larga de otros ministerios. Si el sonido ocupaba gran atención en los servicios, la música tenía también su propio lugar. El coro era un rompecabezas que iniciaba por cuestiones técnicas (¿a capella o con instrumentos?) y terminaba en primeros auxilios emocionales (el líder del coro ya está viendo con ojos de lujuria a la hermanita del coro o viceversa). De ahí a los interminables ministerios que surgían. Llegó a existir un ministerio de poner y quitar sillas… que peleaba con el ministerio de la música que tenía que llegar temprano y se quejaban de los ruidos que hacían los del ministerio de sillas, que a su vez se quejaba con el de Santa Cena porque desordenaban las filas y éstos a su vez se enfadaban con el cuidado de niños porque los responsables no lo eran tanto y los niños gritaban como posesos a la mitad de la oración… y un largo viacrucis para que en el momento del sermón hubiera cierto orden y armonía y el predicador no se enojara y lanzara anatemas desde el púlpito al ministerio del sonido…

Esos son sólo algunos ejemplos de prioridades en una iglesia. A cambio, sólo como ejemplo, el Apóstol San Pablo dice a los Tesalonicenses: “Por tanto, aliéntense los unos a los otros con estas palabras (1 Tes. 4:18)”. ¿Cuáles eran esas palabras? ¡La resurrección de los muertos! Y si revisamos 1 Corintios, veremos una lista de los asuntos y problemas que aquejaban a esa iglesia y que interesaban poner por escrito a Pablo:

  • Divisiones en el que los grupos en pugna tomaban a su propio caudillo.
  • Relaciones sexuales (oh sí, matrimonio, prostitución e incesto desfilan en las páginas de 1 Corintios).
  • Problemas entre cristianos que terminaban en pleitos legales ante jueces no-cristianos.
  • Qué era y cómo se tenía que tomar la Santa Cena.
  • Los dones milagrosos y las manifestaciones espirituales.
  • La manera en la que se debían ordenar las reuniones cristianas.
  • La resurrección de los muertos.
  • La ofrenda para los santos.

¿Se parece esta lista a las preocupaciones de su iglesia? O quizá ya somos de una generación tan madura y tan espiritual, que eso que Pablo escribió ya está muy fuera de moda y pues solo sirve para pasar un rato de sano esparcimiento espiritual. Quizá, si Pablo escribiera hoy, tendría una línea para el ministerio de niños y otra para el equipo de audio de los inmuebles donde se reúne la iglesia. ¿Será?

MEDITE: ¿Y si nuestras prioridades como iglesia no son las prioridades ni de la Biblia ni del Maestro ni de Dios? Cuidado con ser odre viejo.

Lo bíblico

¿Qué quieren decir los cristianos cuando dicen que tal cosa es «bíblica»? En el mundo protestante, se dice que algo «es bíblico» para vestirlo con legitimidad. Al ser la Biblia la máxima autoridad, el libro sagrado, todo debe tener una referencia al texto.

Pero las preguntas se acumulan. ¿Qué es «todo»? ¿Todo lo que la iglesia hace o dice debe ser bíblico? ¿Por bíblico queremos decir que imitamos a las diferentes comunidades de la Biblia? ¿Queremos decir que respetamos la esencia, la idea general del texto? ¿Decimos que si la Biblia lo manda, nosotros lo obedecemos? Cualquier grupo que se respete se adorna de «bíblico», pero en el fondo, pocos saben definir con claridad a qué se refieren con eso.

Va un ejemplo.

La Biblia dice en 1 Corintios 5:11:

Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.

Entonces, si un hermano llega un día a la reunión oliendo a resaca y a fiesta desenfrenada, hay que echarlo fuera y ni siquiera dirigirle la palabra. ¿Es eso algo «bíblico»? Si fuera el caso, ¿cuántos grupos realmente aplican esta Escritura? Porque vendrá uno a citar: «ámense los unos a los otros» y argumentará que tratar mal a los hermanos, por muy borrachos o idólatras que sean, no es bíblico. ¿Tiene razón?

El tema no es sencillo. Con este tipo de interpretaciones bíblicas sesgadas se inician verdaderas batallas. Vemos en redes sociales a cristianos de diferentes grupos darse bibliazos, vociferando que uno es más bíblico que el otro.

¿No deberíamos empezar por confesar y aceptar nuestros alcances como conocedores de la Biblia? Por ahí podría venir un primer intento de terminar con las guerras de la Biblia, aceptando que uno tiene lagunas, ignorancia y deficiencias al momento de entrar al texto y que, dadas estas deficiencias, tratar de aplicar un concepto que no entiendo o que entendí mal podría tener como consecuencia algo terrible: promover justo lo contrario de lo que la Biblia dice. Entonces, quizá lo más correcto y honesto sea decir: «y esto es como yo (nosotros) interpreto (interpretamos) este texto bíblico y así es como lo aplico (aplicamos)».

Leer, hacer preguntas al texto, ir con Dios y pedir su auxilio, ¿no es eso parte de la esencia bíblica? Así que después de que su predicador favorito diga: «esto es bíblico», pregunte: ¿por qué?

EXTRA: ¿Qué pasaría si algo (o todo) de lo que usted creyó y practicó por años estuviera equivocado? Piénselo con calma y goce de su relación con Dios. Le va a gustar.

El desierto

Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían (Marcos 1:12-13 RV60)

Cuando salimos de una iglesia institucional, dejamos atrás amigos, costumbres, tradiciones, hábitos. Y nos encontramos de pronto con algo que suena terrible: la nada. No tenemos una agenda preestablecida que indique qué toca hacer cada día. No tenemos reuniones con horarios inflexibles («si no llegas a tiempo, no entras a la reunión»). No recibimos castigos por incumplir las obligaciones que otros impusieron. No hay horarios fijos. Y entonces uno siente que llegó al desierto. Es ahí cuando uno sabe que, ahora sí, está afuera, lejos de todo eso que por años le daba sentido a nuestra vida, lejos de aquello que nos daba incluso identidad. Ya no es nuestra iglesia. Ya no es nosotros, son ellos.

En ese momento muchos hermanos se quiebran. Como los israelitas en el desierto, prefieren la comodidad de la esclavitud (al menos tenían seguro techo y comida) que la libertad del desierto, donde comían siempre lo mismo y no parecían tener claro el rumbo. Extrañan lo bonito que, definitivamente, hay en sus jaulas religiosas: sus amigos, fiestas, excursiones, abrazos, risas. Olvidan que eso les quitó y les desvió de otro propósito: construir una relación personal con Dios. No estamos en una iglesia porque haya amigos sino porque esos amigos nos ayudan a crecer y a conocer en y con Dios. Nada de esto sirve: quieren «comer» aunque les cueste su libertad, esta última, condición imprescindible para crecer espiritualmente. Vagan por el desierto, se van en pos de espejismos, a veces caen en caravanas de beduinos, vuelven a ser dañados… en el peor de los casos, mueren en el desierto.

Nada de esto ocurrió con el Maestro. Nos llama la atención que lo primero que el Espíritu le impulsa a hacer es ir al desierto. Los tres evangelios sinópticos coinciden en eso: 1) Jesús va al desierto, 2) es tentado por Satanás, 3) vence, 4) es servido por ángeles. Los evangelios también coinciden en informar que ahí pasa cuarenta días. Es el número canónico de la preparación. Jesús es inspirado por el Espíritu a ir al desierto a prepararse. Ahí es probado por el enemigo. Vence por el poder de la Palabra de Dios. Cuando regresa, el Maestro proclama el arrepentimiento. ¡Qué lejos del desierto están las iglesias! Quieren que el nuevo cristiano ande en su grupo, que no se separe, que dependa de ellos. ¿No decimos que el creyente siempre está acompañado por el Señor? Entonces, incluso cuando está en el desierto, en la soledad y el calor del desierto, el cristiano no está solo nunca. Es ahí donde recibe instrucción y entrenamiento para empezar la batalla diaria que significa la vida cristiana. El enemigo atacará, le ofrecerá todo para que se rinda a sus pies. Ahí, en medio de «las fieras”», el hijo de Dios sigue gozando de todas las prerrogativas de un nacido de Espíritu. Va a triunfar. Está garantizado.

Ahora bien, nosotros nos damos cuenta de otra cosa más en el desierto: no existe la dicotomía «afuera-dentro» que enseñaban en el club religioso. Si lo que dice el párrafo anterior es cierto, ¡siempre estamos dentro de Dios! Además, hay otros cristianos caminando (no todo el que vaga está errado, dice una frase) en el desierto y es maravilloso encontrarnos. La comunión que existe entre estos hijos de Dios es extraordinaria. Caminamos juntos, reconocemos las tentaciones y las armas espirituales que cada creyente utiliza para vencer y crecer en el Espíritu. A veces los no-caminos del desierto convergen y otras divergen. Pero, ¡ay de nosotros si interrumpimos el crecimiento único y personal de cada creyente!

Esto no es sólo palabrería. En nuestro caso se ha traducido en una comunidad de creyentes que se reúne para estudiar las Escrituras, compartir sus derrotas, sus victorias, sus preocupaciones y sus ocupaciones. Hemos compartido el evangelio a quien no lo ha escuchado. Lo hacemos con la predicación del domingo, pero el mejor método es ser nosotros mismos el evangelio viviente. No tenemos campañas de proselitismo. Tenemos dos preguntas básicas: ¿cómo crecemos en Dios? y ¿para qué propósito nos puso Dios en este plano de la realidad? Y el desierto es un lugar maravilloso, fuera de ruidos y de distracciones, para esperar la respuesta de nuestro Señor. Esa respuesta siempre, siempre, siempre llega.

¡Que Dios bendiga a los libres que obedecen el llamado del Espíritu para ir al desierto!

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Donde la Biblia calla…

Todos sabemos de memoria esta escritura:

Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a obedecer todo lo que yo les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:18-20 DHH)

Podríamos reflexionar y meditar sobre este pasaje y sus implicaciones. Algunos temas:

  • ¿Qué son «las naciones»?
  • ¿Qué es «bautizar»?
  • ¿Qué es «en el nombre de…»?
  • ¿Qué es «Padre, Hijo, Espíritu Santo»?
  • ¿Qué mandó Jesús (porque eso hay que «enseñar a obedecer»)?

Y podríamos seguir (¿hay variantes textuales?, si existen, ¿son importantes?).

Pero, ¿qué pasa si agregamos palabras que ni en los manuscritos ni en las traducciones ni en ningún otro lado más que en nuestra imaginación existen? Que nos vamos a encontrar ante una de las más básicas artimañas del demonio: torcer la Escritura para que parezca otra cosa cuyas implicaciones  alejen al creyente de Dios y lo pongan en bandeja de plata para Satanás. Es el diablo el padre de la mentira.

Veamos un solo ejemplo. «bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (en una generación)». Esas tres palabras, en apariencia tan insignificantes, cambian completamente el sentido original del texto. Y sus implicaciones son muy fuertes como para quedarse callados.

Si Mateo 28:18-20 dice «en una generación», es claro que por dos mil años, nadie, ni Pedro ni Juan ni Pablo ¡ni Jesús! lo cumplieron. El Nuevo Testamento tiene ejemplos de miles de conversiones. La historia del cristianismo da cuenta de millones de personas rendidas a Cristo… pero en ningún lado ni en ninguna parte de los últimos dos milenios «el mundo entero» fue bautizado en Cristo. Nunca. No está bien ni mal: es un hecho.

Cuando un grupo religioso decide unilateralmente poner palabras a la Escritura, cae en la categoría de demoniaco. Por muy buenas intenciones que parezcan. En este caso, impone una responsabilidad al cristiano que decide creerles a ellos. Los lleva a hacer del proselitismo el eje de su vida cristiana. Pero lo más importante: enseñan una mentira.

El hecho es tan evidente que solo quien no lo quiera ver no lo verá: la Biblia no dice lo que ellos afirman. Es su interpretación y como tal deberían aclararlo. Si no lo hacen, lo que se enseña ahí no es Bíblico.

La práctica de añadirle (o quitarle) al texto bíblico es muy común entre grupos sectarios que quieren ganar adeptos con una «nueva revelación». Es peligroso caer en uno de esos grupos porque tacharán a los demás como «tibios», «muertos espirituales», «perdidos» y otros adjetivos. Donde la Biblia guarda silencio, yo lo debo hacer so pena de merecer la ira de Dios.

La solución a esto es mostrar el texto revelado. La Palabra sigue siendo tan luminosa como siempre y pronto se distingue el oro de la falsa bisutería. Nuestras oraciones para que vaya en aumento el número de aquellos que seguirán deslumbrados por la Luz Poderosa.

La agonía de la ICMAR 

La ICMAR está moribunda. A pesar de los fuegos de artificio y de los adornos que le pongan, es como la tienda que se fue a la quiebra y hace un último intento para rematar sus productos con una campaña publicitaria. Pero está quebrada. ¿Cómo no va a estarlo cuando irse con los KipMarcianos es considerada una opción válida y mejor que quedarse? ¿Cómo explicar que la sectita tenga más sex appeal que la secta? Algo está terriblemente podrido ahí dentro y todos parecen contener el aliento para no olerlo. Se alejan a prudente distancia con la falsa esperanza de que cuando explote no se llenen de las porquerías que saldrán expulsadas por los aires. La ICMARCITA, ese experimento de Kip, está sana, chiquita, diminuta, pigmea, pero sana, demencialmente sana (es decir, igual de dañina que siempre)… mientras, la ICMAR languidece y parece disfrutar su propia agonía. En este asunto, sólo el tamaño parece contener el problema: ambas son un grano de arena en la inmensa playa cristiana. Al menos.

Religiosos

Los días guadalupanos, que en México son el 11 y 12 de diciembre, me conmueven mucho… tanto como cuando recuerdo esos días en que nos desvelábamos y no dormíamos por orar y leer la Biblia; cuando no comíamos porque era comprar la comida o dar la ofrenda; cuando nos subíamos a vender dulces porque iniciaríamos una “misión”; cuando los domingos nos levantábamos temprano para el pre pre pre servicio; o como cuando corríamos al Metro porque nos dejaba el último; o cuando hacíamos guardia cerca de la casa del hermano débil para cazarlo y decirle que si no iba era caída; o cuando a la hermana soltera se le decía que siguiera orando porque su pareja tenía que ser de la misma secta; o como cuando a nuestra familia le decíamos que nuestra verdadera familia eran los de la secta y no ellos…

La única diferencia es que nosotros presumíamos de hacerlo siempre, no una vez al año… eso y que nadie nos daba cafecito gratis en la calle (salvo el 11 de diciembre cuando sí nos daban porque caminábamos por las mismas calles que los guadalupanos).

No olvidemos

Los cristianos que vivimos de este lado del mundo deberíamos recordar de vez en cuando que nuestras creencias significaron para miles de seres humanos destrucción de monumentos, violaciones tumultuarias, asesinatos colectivos, muerte. Muerte que venía en forma de espada y cruz. Así que a la par de que detestamos lo que en estos días los musulmanes hacen en nombre de Alá, recordemos lo que aquellos salvajes, rupestres, sanguinarios cristianos de España hicieron en América hace 500 años.

Buenos pretextos

Centrarse en uno mismo es lo contrario de centrarse en Dios. Cualquiera completamente absorto en sí mismo, no tiene en cuenta a Dios; termina pensando más en sí mismo que en Dios. Esa persona ignora quién es Dios y lo que Dios está haciendo (Romanos 8:7)

“Yo estoy aquí por Dios, no por los hombres”. Un día me di cuenta que en realidad seguía ahí porque pensaba más en mí mismo que en Dios. Todos mis pretextos caían en un círculo vicioso en donde me condenaba trágicamente a estar en ese lugar porque me daba miedo salir. Y ese miedo me paralizaba. Me hacía posponer lo que ya era inminente: ese no era mi lugar. También ponía de pretexto que Dios no era claro en lo que me pedía. ¡Pero sí que lo era! Sólo que mi ego me ponía una barrera ficticia. Me daba cuenta de que su doctrina era perversa. Sabía de los abusos hacia hermanos. No desconocía los desastres en el manejo del dinero. La falta de crecimiento era grotescamente evidente. Y yo seguía ahí. No podía huir. No podía ser un traidor. No podía ser un cobarde ni malagradecido ni amargado ni rencoroso. Me habían atado pero yo había encontrado la llave y no la usaba. Entonces venía la culpa: sí estaba huyendo, siendo traidor, cobarde… pero conmigo mismo. La sensación de estar en un lugar donde todos tienen caras felices y tú no es insoportable. “Quizá yo esté mal y ellos bien”. Así pasaron meses enteros. Tenía que poner cara de felicidad pero en la intimidad de mi recámara, mi vida espiritual agonizaba. Estaba seguro, además, de que no era el único.

Pero llegó el día. Nadie me trató mal. Nadie me hizo un gesto de desagrado. Simplemente vi con claridad que seguir sometiendo mi voluntad y mis decisiones a hombres con buenas intenciones pero con espiritualidad tendiente a cero, era una estupidez mayúscula. Se trataría a partir de ahí en centrarme en mi o en centrarme en Dios. No tenía que ver ni siquiera con el lugar en sí mismo porque siempre he sabido que hay más de uno ahí dentro con una gran relación con Dios. No. Era mi propio llamado. Esa voz que me había dicho desde hacía tiempo que yo tenía que salir. Era eso que el mundo llama “intuición”, “corazonada”, “sensación”; pero que yo llamo simplemente Dios. Salir de ese lugar, para mí, representó en realidad ponerme ante el reto de seguir ocupado en mi carne o estar ocupado en los asuntos espirituales. Es mi oración que usted adivine cuál le conviene más. Así será.

No hay condena

…ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1)

Uno de los clichés más repetidos entre los críticos del cristianismo es que el cristiano vive con un sentimiento de culpa permanente. Según este argumento, el cristiano vive todo el tiempo con la culpa de haber asesinado a Cristo. Una vez que se cree esto, afirman, las acciones serán motivadas por esa culpa. En esa vida, el cristiano se encuentra en un estado de permanente angustia. Quisiera decir que esto no es cierto. Pero la realidad es que en muchas sectas, la culpa es el arma de dominación favorita. Los predicadores y maestros de esos grupos quieren grabar con fuego la duda existencial del cristiano: ¿irás al cielo? ¿Estás seguro de tener y vivir “la sana doctrina”? “No olvides que tú mataste a Cristo”. El cristiano entonces vive una existencia miserable, de duda, culpa y dolor. El creyente así se vuelve esclavo de un sistema que le enseña que afuera todo es feo y malo. Estos sistemas condenan a una vida de dependencia en ellos mismos, no en Dios. Incluso cuestionan la validez del cristianismo de otras personas. No van a llamar “hermano” a nadie que no sea los que ellos mismos validan. “Para empezar, dicen, ¿eres realmente cristiano?; ¿tu cristianismo es verdadero?”. Ya desde ahí, uno tiene que pedir a Dios que tenga misericordia de las víctimas de estos sistemas.

Vamos a usar esa terminología. Un verdadero cristiano sabe que desde el mismísimo momento en que creyó y confesó a Jesús como su Señor y Salvador, desde ahí, no tiene ninguna condenación. Eso está escrito. La Biblia lo dice con todas sus palabras. Si usted duda de su salvación, en realidad está dudando de Jesús y si ese es el caso, mi recomendación es muy sencilla: ¡conozca a Cristo! Por supuesto que existen miles de personas que se congregan diariamente en todo el mundo. Hay grupos con motivos cristianos, con la máscara cristiana. Esos grupos creen poseer la verdad absoluta. Pero si ahí no le enseñan a ser libre, a crecer en su cercanía con Jesús, y, en suma, le dicen todos los días que si usted peca, si piensa mal, si no obedece, está “poniendo en riesgo su salvación”, y usted se lo cree, por más bautizos o ritos de iniciación que haya tenido, siento decirle que usted, en efecto, cree otra cosa, pero no el evangelio cristiano. Porque, hay que decirlo con claridad: la certeza de la salvación está en la certeza de estar en Cristo Jesús. Y esto es por fe (por creencia), no por ninguna otra cosa.

Cumpleaños

Cuando era más joven me preguntaba por qué nos felicitamos cuando cumplimos años. Pensaba que ni siquiera tenemos muy claro cuándo nosotros somos los que somos. Quizá fuera más conveniente festejar el día que las células paternas y maternas se unían, nueve meses antes de ver la luz de este planeta. Otra respuesta, más bien de teoría de la conspiración, era que en realidad el cumpleaños era un rito velado a las deidades del sol. Al fin y al cabo, nuestros calendarios son solares y cuando cumplimos un año hemos dado una vuelta completa al sol. Como fuera, ¿por qué nos decimos “feliz cumpleaños”? Todavía no sé si existe una respuesta clara y contundente. Pero suelo pensar que los cumpleaños en realidad son celebraciones a la vida. El abrazo sincero, las palabras, las fiestas de cumpleaños sirven para gritar a los cuatro vientos: ¡qué bueno que estás vivo! Ese día una mujer sufría para que yo naciera. Ese día un hombre esperaba paciente pero ansiosamente la llegada de lo que él había ayudado a crear. Es un día en que recordamos que la anatomía completa parece conspirar sospechosamente contra la muerte: los órganos femeninos parecen misteriosamente acomodados para guardar vida. El nacimiento y su recordatorio anual es, entonces, un canto de victoria a la muerte.

Pero el cumpleaños es también, idealmente, un recordatorio que los demás nos dan de algo que, con la cotidianidad, se nos olvida: ¡qué maravilla estar cerca de ti! ¡Es grandioso tenerte como hermano, hijo, pariente, amigo, compañero, camarada! Sólo podemos tener amigos en la vida. Nos abrazamos porque el amor tiene una fuerza de atracción poderosa. Las personas que se quieren, quieren estar cerca. Al abrazar al cumpleañero le ganamos, aunque sea por 24 horas, al reino del mal y la oscuridad. El cumpleaños es también la fiesta que tenemos porque queremos a otra persona.

Y también es, qué remedio, el recordatorio anual de que el tiempo pasa, de que nos vamos haciendo viejos, de que la tumba nos espera pacientemente. Aquí es donde la creencia juega un papel fundamental: el cristiano cree que la muerte no es más que un estado intermedio antes de habitar eternamente a su Dios. De hecho, el cristiano dice que “se va a dormir” y que cuando despierte, lo primero que verá es al Maestro.

Por mi parte, he descubierto que me encanta el día de cumpleaños. Celebro a la vida. Celebro a mis amigos y conocidos. Espero con ansia dar una vuelta más, a ver qué más pasa. Y sí, también digo con Pablo:

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 5:55)

“Él irá creciendo y yo disminuyendo”

Él ha de ir aumentando en importancia, y yo disminuyendo (Juan 3:30)

Juan el Bautizador es uno de los personajes que más me ha intrigado de todos los posibles en la Biblia. Lleno del Espíritu desde antes de nacer, es quizá el primero en sorprenderse al sentir cerca a Jesús (Lucas 1:41). De predicación severa y de costumbres frugales, Juan gozaba de tal reputación que más de uno de sus contemporáneos pensaba que era el Mesías. Aunque su discurso era muy duro en contra la religiosidad de su tiempo, los religiosos más recalcitrantes lo buscaban. Los siempre curiosos soldados romanos (y supersticiosos, diríamos hoy) también lo visitaban. Era un predicador notable que utilizaba el agua del río Jordán para llevar a cabo ritos de purificación (por cierto, muy usuales en el oriente). Con todo esta popularidad sabía que él no era “el que había de venir”: “Yo a la verdad los bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él los bautizará en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:10)”. Al parecer, poco tiempo después, ve venir a su primo, y la Escritura tiene uno de esos silencios sumamente ruidosos: ¿qué sintió? ¿Ya sabía que Jesús era el Mesías prometido? ¿Cómo lo supo? ¿Se lo dijo Dios? ¿Cómo se lo habrá dicho? Sólo podemos imaginar al severo predicador mirar a Jesús. Venía directo a Él, quizá en la fila de los que bautizaría, quizá ya desnudo, y entonces, Juan pregunta quizá con una angustia tremenda: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? (Mateo 3:14)”. Jesús lo convence (“deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”) y es bautizado. Después, Juan sólo vuelve a aparecer cuando lo apresan y cuando manda a preguntar si Jesús era o no el Mesías. Un momento de duda. El gran profeta (¿de Cristo?), el que preparó el camino, dudó. Y no volvemos a saber nada de Él. El evangelio de Juan nos regala una estampa de Juan bellísima. Ante los aparentes de celos de sus seguidores, porque Jesús y los suyos iban teniendo cada vez más y más seguidores, el profeta del desierto hace una afirmación que recoge un solo versículo. No es tan famosa porque hoy se nos enseña a sobresalir, a echarle ganas, a ser mejores. Pero Juan dice, “yo debo menguar y Él crecer”. Decimos amén con Él y esperamos verlo el día de la resurrección de los santos.

La reunión cristiana

Parece que el famoso pasaje de Hebreos 10:25, tiene otra traducción y se parece a esta:

“No olviden que un día se van a reunir con Cristo, como algunos hacen [olvidarse de ese día], sino que anímense los unos a los otros porque ese día [el encuentro con el Señor] ya viene”.

De cualquier manera, el texto enfatiza un hecho: el cristiano solo, sólo existe en la mente egoísta de algunos. Vamos a dejar como “no dejando de congregarnos”. ¿Establece la Escritura un patrón claro de periodicidad? ¿Cada cuánto nos debemos congregar? ¿Cómo deben ser estas reuniones? ¿Qué pasa si uno falta a una (o a dos o a tres) de esas reuniones? Hay quien dice que ahí donde la Biblia calla, nosotros, los lectores, podemos hablar. Así que si bien no lo dice, tampoco lo prohíbe. Si así lo hemos hecho desde siempre, ¿para qué cambiarlo? De esta manera, el cristiano piensa en “congregarse” como ir a un templo a hacer cosas ya establecidas desde siempre: escuchar o cantar himnos, escuchar la oración de algún hermano, escuchar un sermón, escuchar los anuncios, dar su cuota de tiempo y de dinero, dar un aventón a algún hermano, llegar a casa, ver la tele, orar, dormir… Es cierto que este tipo de reuniones pueden ser (y de hecho lo son), de mucha ayuda para los más jóvenes, para quien inicia y apenas sabe abrir una Biblia. También es muy cómodo para el que quiere enseñar: lo hace en grupo y se evita el engorroso trámite de hacerlo uno a uno, ya no repite información, abarca a más personas y, en general, “cuida” al rebaño. Pero si es cierto que la iglesia es una familia, ¿cuánto tiempo se necesita para que el cristiano se de cuenta de que ese tipo de eventos empieza por aburrirlo y terminan por enfriar su comunión tanto entre hermanos como con el mismo Dios? En algunos caso son años. Encontrarse de pronto con que algo en esa reunión no está bien provoca problemas internos en el creyente. Piensa que el culpable es él, que el malagradecido es él, que el soberbio es él. De nuevo, como en otras ocasiones, ese día el cristiano deberá tomar una decisión: o se queda con ese formato de reunión, o busca activamente en Dios renovar la grandiosa, vital y dinámica reunión entre creyentes. Doy fe que la segunda opción es asombrosamente útil, necesaria y vital. Ahí se respira vida. Inténtelo, le va a gustar.

“Yo no veo a los hombres”

No juzguen por la apariencia, sino juzguen con juicio justo (Juan 7:24)

La mejor receta para no hacer nada ante los abusos evidentes de los dirigentes: decir que yo estoy en este lugar sólo por Dios, que Él pondrá a cada quien en su lugar, que quién soy yo para juzgar, que “maldito el que se mete con el Ungido de Yahvé”. Si no miras a los hombres (o mujeres): ¿por qué no adoras a Dios única y exclusivamente en tu casa? La iglesia es una comunidad. Y la iglesia también es una comunidad con liderazgo. Si este liderazgo es francamente corrupto, incompetente, impuesto por hombres, ¿esperas que Dios actúe? ¿Cómo lo hará? Incluso con el mismísimo David, Dios utilizó a Natán para reprenderlo severamente. Por mucho tiempo yo quise tener la fama, el poder, el prestigio, esa suerte de “línea directa” con Dios, pero sin pasar por las tribulaciones, burlas, incomprensiones, persecuciones e incluso la soledad de esos profetas. Un día me di cuenta que la diferencia entre dar profecía y ser profeta es que el profeta vive la profecía. Incluso cuando duela, cuando no sea cómoda, cuando parezca que hará volar por el aire todo lo que antes constituía una seguridad.

Así pues, decir que estoy aquí por Dios y por los hermanos pero, al mismo tiempo, no tocar ni con el pétalo de una rosa a los líderes es tan cómodo (o cobarde) como decir que te comes un platillo de gusanos porque disfrutas del restaurante, de los meseros, de la música, de los comensales pero que alguien se encargue del chef que casi te envenena con sus platillos. ¿Quién será ese “alguien? No lo sabes y parece que no quieres saberlo. No juzgar con “juicio justo” es ser cómplice del estado de cosas en tu comunidad. ¿Y si eres ese instrumento que Dios va a utilizar para juzgar a estos hombres? Quizá lo estés pensando. Quizá tengas años así. Nuestro Padre te va a esperar, te irá llamando, hablando al oído y a veces con clamor, pero tampoco te va a rogar. Siempre habrá alguien a quien no lo de miedo la mediocridad, alguien que decida hacer de su Dios la única seguridad, alguien que “juzgue con justicia”. Ese día pensarás: “¿por qué no lo hice yo?”. Y sabrás la respuesta: por cobarde. No importa. El Padre te seguirá amando y siempre, siempre, te protegerá.

El yugo fácil

llevad mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga (Mateo 11:29-30)

Una religión sin más compromiso que mi superación personal. Que me haga sentir bien. Que me haga buena persona. Que me relaje. Si se puede, que me permita tener salud, dinero y amor. Que se parezca a una inversión: doy dinero y tiempo y a cambio recibo abundancia o bienestar. Que viva y deje vivir. ¿Qué es esta mezcla de buenas intenciones y egoísmo y vanidad? Lo que quieren algunos del cristianismo. Cuando no lo encuentran, se van al budismo o a mezclas de creencias más o menos exóticas. Ante este público posmoderno, este público que tiene resuelto sus más básicas necesidades, el cristianismo apenas es una más de las opciones para creer. Pueden rezar a la santísima trinidad, ir al tarot y hacer yoga sin tener una pizca de remordimiento. En el otro extremo, los cristianos más tradicionalistas, digamos los cristianos de la vela perpetua, no tienen más remedio que gritar que, según sus credos, eso no está bien. Este cristianismo de templo parece rancio. En apariencia, pues, sólo existen dos opciones: ceder al sincretismo que exige el espíritu de los tiempos o lanzarse al cristianismo cerrado de instituciones milenarias. Sin embargo, me parece que hay otro camino: el de acudir directamente a Jesucristo. Es el camino difícil porque es el menos popular. Ante la lista interminable de creencias que el muy tolerante occidente sostiene (así, al menos, se vende), el creyente cristiano puede ir a las fuente misma de esas creencias. Se le pide a este individuo que sea serio en su deseo de aprender e incluso, permítame este exabrupto, que aprehenda ese mundo espiritual. Sólo eso. No hay temarios, no hay vías cortas, la formación es personalizada y acaso tediosa por ratos. Estará quien crea que este cristiano es iconoclasta. Habrá quien crea que este cristiano necesita un poco más de otras tradiciones religiosas. Habrá quien le pida a este cristiano usar más su cabeza y dejar el misticismo para otro momento. Si no cede en su intento por dejar la mediocridad espiritual, este creyente sabrá, más tarde o más temprano, que lo único que necesita es creer en Jesús. Ese día podrá, de paso, convertirse en un esclavo de ese Señor.

Mercaderes y marchantes

Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:23)

Leo la historia de un pastor y su señora esposa. Eran parte de una de las franquicias más exitosas de la cristiandad de mercado. El dueño de la franquicia puede operar desde Miami y Guatemala sin problema alguno. La historia de ese matrimonio está llena de vanidad, riquezas, lujuria, mentiras y muerte. El pastor muere asesinado, con sospechas de ser un verdadero depredador sexual. La pastora viuda se queda con el negocio llamado iglesia pero lo administra mal; sus declaraciones son tan incoherentes que sus abogados deciden dejar de defenderla y sale huyendo del país. Verdaderos vendedores (y a gran precio) de la fe. Pero por cada vendedor de la fe hay un comprador. ¿Qué orilla a las personas más pensantes, más prósperas, más aventajadas de una comunidad ir a los brazos de estos chamanes modernos? En muchos casos, las ganas de expiar sus culpas. El ser humano moderno, ese ser lleno de dudas, culpas e inseguridades. En otros casos, la curiosidad por lo desconocido. Ser católico está pasado de moda. Si ya somos tan ricos como la clase media gringa, pues tengamos el plato completo: también su religión. Nos hacemos de la vista gorda ante los evidentes excesos. Todos tenemos cola que nos pisen. Ya Dios juzgará. La gente suele inventarse un montón de excusas. Además, ¿no hicieron esos siervos de Dios milagros? ¡Claro! Jesús sabía que iba a pasar eso. Por arreglos espirituales, por asuntos del otro mundo, el nombre de Jesús tiene poder. Sí, esos milagros son milagros de verdad. Esas vidas cambiadas, también. No me cabe la más mínima duda: los feligreses de esos mercachifles tienen testimonio de cosas sobrenaturales. Pero ser líder cristiano no significa sólo que se tiene poder. Por supuesto que ante el aburridísimo sermón dominical que hace referencia a historias de hace dos mil años, el espectáculo de esos señores es muy atractivo. Jesús no tiene reparo en afirmar que habrá gente que haga espectáculos. Qué bueno por los receptores de esos milagros. Pero llegará un día, El Día, en que el último de los engañados tendrá su premio mientras que el pastor devenido showman no será reconocido por Jesús, básicamente porque Jesús nunca fue su señor. Nada de venganza: simple realidad.

Creencias y certezas

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1)

Dicen mis amigos ateos, adoradores del método científico, que es más fácil creer que hacer ciencia; que ser un hombre de fe te coloca a un paso de ser un hombre idiota. La fe, dicen, es parte de un pasado en la humanidad sombrío. Se han logrado más avances en los últimos doscientos años que en los anteriores dos mil y eso gracias a que la humanidad (o lo que llamamos “el occidente”) se logró independizar de sus dioses. Si usted quiere ser inteligente, deje sus creencias en el cajón de las excentricidades privadas y utilice a la ciencia como el único medio para verificar la realidad y, en suma, la verdad (si es que tal cosa existe). Creer o no creer. Para el cristiano de estos días se parece mucho al cliché shakesperiano de ser o no ser. ¿Qué soy cuando creo? Un creyente. O un estúpido, dirá el (pos) moderno acusador. Ahí está el error: pretender que la creencia es un asunto de mera disposición mental. Y aquí el otro error: pensar que el método científico es el único método para entender la realidad y que está peleado a muerte con la creencia, como si creer significara cerrar los ojos y desear que cuando se abrieran el cielo fuera verde y los elefantes volaran. No hay nada más alejado de la verdad. Creer no es sencillo. Quizá lo fue en otra época en donde la omnipresente “ciencia” no tenía la hegemonía de las élites gobernantes. Pero hoy definitivamente no lo es. Al menos no para quien quiera creer en serio. “Científicamente comprobado” es un mantra utilizado por mercachifles de la misma calaña que aquellos que dicen “Dios me dijo que me diera su casa”. En el fondo, es lo mismo. Sin embargo, la creencia cristiana, tal como aparece en las Escrituras, no se parece a la creencia moderna. Cuando Jesús se aparece al incrédulo Tomás y le dice: “toca mis heridas”, no está más que afirmando que las dudas del que quiere creer serán satisfechas, que sí hay manera de conocer y entender ese mundo espiritual. Y la manera no es “deseando” con todas las fuerzas. Yo he visto que lo único que debo “desear” es querer comprobar que ese Dios es real. Comprobar que Dios existe: ¿no es lo que nos pide el método científico? Quiero tomarle la palabra.

La empresa llamada iglesia

…Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador (Efesios 5:23)

Alguien vendió la idea de que la iglesia es una institución con normas, ritos, edificios, presupuestos, liderazgos, objetivos, misión, visión… y nosotros la compramos. Preguntemos si esta era la única forma en que el cristianismo podría sobrevivir. ¿Le debemos a Constantino el favor de preservar y propagar el cristianismo? Sí: le debe el cristianismo institucional. Pero todos aquellos que, a partir de ahí, murieron porque otros cristianos les llamaron herejes, desviados, traidores, apóstatas, ¿le deben algo a Constantino y a su madre Helena? Si le vamos a creer a la Biblia (y eso es, ya en sí mismo, un problemón), Jesucristo es la cabeza y la Iglesia es su cuerpo: Él es el Jefe, quien alimenta, quien la cuida, quien provee de liderazgo. Parece que los cristianos ya no creen mucho en el mundo espiritual. Se les hace muy místico, muy de la Edad Media eso de que Jesús es la cabeza. A algunos les de pena admitir que ya no creen en ciertas porciones de las Escrituras. No queremos la hiper institucionalización del cristianismo al estilo católico romano (u ortodoxo oriental), ahora mejor pensamos a la iglesia como una PyME, una pequeña o micro empresa. Como en toda empresa, hay gerentes, estatutos, comités, oficinas, metas. Eso se parece más al mundo moderno. Ahora sí, con la iglesia convertida en una empresa (que vende espiritualidad, o algo así), podemos dejar los libros aburridos de los teólogos (¿griego? ¿arameo? ¿hebreo? ¡ni que fuera nerd!) y nos ponemos a leer libros de “cómo ser un buen líder”, “cómo hacer que su iglesia (entiéndase, empresa) crezca”. Literatura de café. Los cristianos se sienten así más cómodos en este mundo: la iglesia como actor en el mundo capitalista. Pero como eso no es la Iglesia, hay algo en lo más íntimo del creyente que no le hace sentido. Tarde o temprano se preguntará: ¿y si todo esto no es necesario? En ese momento, tendrá la opción de callar sus dudas y acomodarse (al mundo), o seguir en serio hasta las últimas consecuencias. Si llega hasta allá, recordar los días en que basaba su cristianismo en una institución le parecerá incluso obsceno. Será un día crítico. Un día feliz.

Un paso para adelante, seis para atrás

Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente. En cambio, el que es espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado por nadie (1 Corintios 2.14-15)

Por momentos me gustaría dirigirme a los más jóvenes y pedirles una sentida disculpa. A su edad yo ya estaba ahí dentro. Me puedo excusar diciendo que era muy joven y que sentir bonito pudo más que la crítica justa y la pelea espiritual para que las cosas cambiaran. O decir que cuando me di cuenta del desgarriate me resistí a empujar más porque en una de esas descomponía en lugar de arreglar. O apelar al miedo: ¿qué sería de mi cuando estuviera lejos de todo eso? ¿Dónde iría los domingos? ¿Seguiría teniendo a mis mejores amigos cerca? Puedo inventar muchos pretextos. El hecho duro es este: después de un cuarto de siglo los que se sentaban en la primera fila se siguen sentando ahí (esos lugares siempre están reservados) y el festín de disparates se sigue festejando como si a nadie importara. Se siguen reciclando las mismas enseñanzas y hasta las mismas canciones. Ahora ponen el escenario al centro (a mí se me figura un ring de lucha libre) como para dar la impresión de que algo (¿el predicador, la música, el teatro?) están en el centro. Visión de 360 grados: todos saben quién manda ahí. Como en mi época, veinte minutos de emocionantes cantos siguen nublando el entendimiento. Yo decía: “¿cómo alguien puede criticar y calificar esta comunión y estas lágrimas mías como algo demoniaco?”. Esos minutos me costaron horas, días y meses de sometimiento emocional y espiritual cruel y despiadado. Lo bonito de la reunión borra cualquier argumento y peor si te dicen que todo ese espectáculo no es “bíblico”. Ni Pablo ni Pedro ni Juan, vaya, ni Santiago se reunieron en una arena romana con 4500 cristianos a “adorar a Dios”. Pero yo no pude influir nada en esos líderes. Veinticinco años de bloquear, con sus hechos, el poder liberador del Espíritu Santo. Quizá yo, por omisión o comisión, tenga algo de responsabilidad. Por eso me da por pensar la frase: lo siento, no pude cambiar nada. O, a la mejor, no debía hacerlo. 🙂

La importancia de conocer los idiomas bíblicos

 Mi artículo en El Sembrador, del mes de agosto. 

Suelo escuchar que no importa conocer los idiomas en que se escribió la Biblia. Uno de los argumentos que más se mencionan es que Jesús predicaba a los sencillos de corazón y que para tener una relación personal con Dios no se necesita más que tener un corazón dispuesto. Algunas veces terminan citando aquello de “¿en dónde pararon el sabio y entendido? (1 Corintios 1:20ss)”. Esos hermanos activan su sensor de sospecha cuando escuchan a un predicador decir “en griego, este versículo quiere decir esto”. He escuchado a hermanos piadosos quejarse: “sólo falta que me digan que tire esta Biblia que me regalaron hace 15 años porque según ustedes está mal traducida”.

Vale la pena preguntarse por qué se ha llegado a menospreciar y ningunear el estudio serio de la Biblia. Me parece que muchas veces el quehacer teológico se ha alejado de la realidad cotidiana. Por momentos parece que los teólogos hablan un idioma oscuro, que se encierran en su torre de marfil a discutir sobre las variantes textuales en la perícopa deportiva del apóstol Pablo en el manuscrito E; mientras la Iglesia lucha por atender asuntos más “terrenales” como el aborto, la homosexualidad, el uso de las drogas. Además, estos especialistas suelen convertirse en guardianes cerrados de la tradición o en herejes iconoclastas. En cualquier caso, por desconocimiento, dan miedo, y entre más lejos de ellos, mejor.

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Señales de iglesias espiritualmente abusivas

[Comparto el artículo que apareció en julio de 2014 en la revista electrónica, El Sembrador]

La escritora Mary DeMuth escribió una lista muy interesante sobre iglesias espiritualmente abusadoras. En mi artículo pasado escribí sobre las sectas y considero que las sectas son abusivas por definición. Pero hay iglesias que, sin ser sectas, presentan síntomas muy parecidos. Cada cristiano debería estar atento a este tipo de señales.

Aquí mi traducción de la lista de DeMuth:

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Un mecanismo de control

Hace poco, platicaba con un hermano sobre un incidente en el que su líder de iglesia estuvo involucrado. Básicamente, el líder lo acusa de haber «pecado». Vi, entonces, con claridad el mecanismo de control mental y espiritual que se usa en cientos de grupos sectarios-religiosos.

  1. El líder afirma que estás mal, que has cometido una falta.
  2. El líder te manda a llamar en privado.
  3. En la reunión con el líder, te dará terapia de choque: debes estar convencido de que estás mal, de que has cometido una falta grave. Según cómo respondas, podrá ser amable-rudo, amoroso-amenazador. Jugará al interrogador hasta que aceptes tu culpa.
  4. Una vez que aceptas lo mal que estás, viene la penitencia. De nueva cuenta, esta penitencia irá en proporción a lo duro que fuiste para aceptar tu culpa. Si a las primeras dijiste que estabas mal, la penitencia será incluso simbólica. Pero si te pusiste difícil, la penitencia será más grande: pedir perdón en público, aceptar lo equivocado que estabas y lo acertado que estaba el líder, ya no participarás en su reunión, etc.

Si no aceptas tu culpa, prepárate para más sesiones de choque. Y si de plano te aferras, entonces te expulsarán e iniciarán una campaña para que todos vean lo malo que eres.

Preguntas sobre la iglesia IV


Una de las cosas que más me han preguntado es qué vamos a hacer ahora. ¡El primero en preguntar eso soy yo mismo!

¿Quieres que los miembros de tu antigua iglesia se vayan a la tuya? ¿Quieres dividir?

Escribí una carta cuando salí. Nunca escribí que quiera que salgan y se vayan conmigo. Dejé claro que mi deseo no es señalar a los buenos (que siempre es el que acusa) y a los malos (que siempre son ellos). Cada quien debe evaluar la situación y orar para que el Padre les muestre qué hacer. He dicho que para algunos, el camino no es dejar la iglesia. Para otros sí lo es. Hay hermanos que tienen la influencia y la voluntad de cambiar y los he animado a quedarse ahí para dar la batalla.

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Preguntas sobre la iglesia III

Estas se relacionan a los líderes. Es, sin duda, el gran tema porque pasa por un aspecto emocional muy importante. Ahí tengo líderes que son (o fueron o dijeron ser) mis amigos. Se ha dicho que me hicieron algo feo. Pero no es verdad: jamás me pidieron dar masaje a los dedos de los pies de mi líder (true story), jamás me corrieron (uno de ellos, cuando yo apenas tenía un par de meses me corrió de “su reunión de líderes”, pero esa no la cuento), jamás me discriminaron (al menos no lo sentí así). No es un asunto de “Venegas vs los líderes de la ICMAR”. Dada la insistencia de las preguntas, paso a responder las siguientes tres preguntas:

  • ¿Te caen mal los líderes?
  • ¿No quieres que los líderes ganen dinero? “El trabajador tiene derecho a su paga”. ¿Los quieres a todos pobres?
  • ¿Por qué no dices nombres? Ellos te llaman a ti por tu nombre, ¿no deberías hacer lo mismo?

¿Te caen mal los líderes? ¿Tienes problemas con ellos?

Ni lo uno ni lo otro: son líderes religiosos y los trataré siempre como Jesús trató a los líderes religiosos de su época. No me caen mal porque no me han hecho nada malo. Son buenas personas. Algunos son padres de familia excepcionales, un ejemplo notable en sus matrimonios. Además, muchos hermanos que aprecio siguen ahí con ellos. Por amor a ellos, me encantaría que les fuera bien. Pero se han puesto como gobernantes de sus hermanos, y como tales tienen responsabilidades. Ahora bien, quiero precisar que cuando me refiero a “líderes religiosos”, me estoy refiriendo, principalmente, a aquellos que gozan de un sueldo fijo, que tienen una relación contractual con la ICMAR. Digo, “principalmente” porque tristemente no sólo son los “asalariados” (ellos se llaman “ministros”) quienes padecen estos problemas, también líderes “debajo” (así les dicen) de los ministros copian lo peor de éstos. Me refiero que algunos líderes de sector, de charla y discipuladores también pueden estar contagiados. Sin embargo, dada la estructura de la iglesia, los que tienen más posibilidades de iniciar un cambio de cultura son los ministros. En ellos estoy pensando cuando me refiero a los “líderes”.

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Preguntas sobre la iglesia II

Seguimos en la serie de preguntas y respuestas. Ahora quiero responder dos preguntas que me hacen sobre lo que me aportó la iglesia, sobre cómo ahora parezco un malagradecido que no quiere reconocer todo lo que se me dio. La segunda pregunta tiene que ver con la importancia de las reuniones cristianas y mi supuesto desdén por las mismas. Digo, un día me peleé públicamente con el maestro de la ICMAR porque en un correo, en letras chiquitas decía: “no es una reunión opcional”. Yo pregunté: “¿Es obligatoria? ¿Hay que ir sí o sí? ¿Me quitan puntos si no asisto? Si ese día muero, ¿voy al infierno (por faltar a la reunión “no opcional”)?“. Y afirmaba: “El Dios en el que creo es un Dios de opciones”. Con eso bastó para que se armara un alboroto tal… en fin. Aquí mis respuestas.

¿Cómo puedes decir que la iglesia que dejaste está mal si ahí te casaste, ahí creciste, ahí viste cosas increíbles pasar?

Yo sostengo que el sistema de la iglesia que dejé está en crisis y sus dirigentes lo saben hasta el punto que muchos de ellos lo han somatizado: su cuerpo, sus gestos, su salud delatan cómo viven su cristianismo. Mi oración constante para ellos es que logren reunir el valor suficiente para cambiar lo que urge cambiar y que, mientras eso no ocurra, los hermanos no se extravíen y que esa iglesia no termine siendo una fábrica de ateos, agnósticos, relativistas cínicos o resentidos. Hoy es una fábrica de desilusionados y la desilusión puede provocar tragedias. Pido al Padre que eso no ocurra.

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