De Schopenhauer en su «Metafísica del amor»:
… puesto que sin verdad no hay arte cabal: «No hay nada bello sino lo verdadero; sólo lo verdadero merece amarse» (Boileau)
Ama y haz lo que quieras
De Schopenhauer en su «Metafísica del amor»:
… puesto que sin verdad no hay arte cabal: «No hay nada bello sino lo verdadero; sólo lo verdadero merece amarse» (Boileau)
Pues si es cierto que segundos antes de morir uno recuerda todo lo que ha vivido, ¿qué recordaría yo? La pregunta parece un tanto ociosa e incluso hasta inútil. Acaso imposible. Hoy mismo creo que vería cientos de rostros, de los que han pretendido hacerme mal (muy pocos) y de los que siempre han tenido una sonrisa y un gesto amable (los más). Ahí estarían rostros y nombres y de seguro que habría una sonrisa de complicidad con aquellos que han compartido pequeñas transgresiones a la cotidianeidad. Estoy seguro que cada día podría ser recordado como el día de una persona. Por supuesto, miles de días tendrían el mismo nombre: el día de mi madre se repetiría casi igual que el día de mi padre y el día de mi hermana. Y claro, el día de los amigos. En los últimos 2555 días, un nombre dominaría, omnipresente, catalizador: Esperanza. Y así.
También, de seguro, recordaría las millones de horas que la literatura me ha transportado fuera de este mundo inverosímil. ¿También se recordará en esa última hora el tiempo que uno duerme? Quizá algunos atardeceres, algunas mañanas, muchas noches, algo de cine, música, mucha música.
Sí: también las lágrimas que uno suelta por su cursilería, por dolor, por alegría. ¿Las ocasiones que uno llora por la risa, por la alegría que le causa estar a lado de un amigo? Seguro que sí.
Y lo espiritual: el Dios que ha estado ahí casi la mitad de mi vida, o siempre. Siempre y nunca: palabras resbaladizas. Muerte y vida: lo concreto. La vida como juego, aburrido, sí, pero disfrutable. No exento de suspiros, resignaciones y entusiasmos.
Vaya pues desde este humilde espacio un saludo fraternal a los compañeros de ruta, los que sobreviven, los que se fueron, los que he olvidado por odiosa costumbre adquirida en algún momento de esta ruta. Los homenajeo en estos días aciagos.
Por cierto, hoy, 25 de agosto, cumplo un año más de vida.
Ya no entendí. La nota que reproduzco más abajo dice que la Confraternice, donde se agrupan varias iglesias evangélicas, acusa de fariseos a los jerarcas católicos que sugieren que por andar en minifalda una mujer provoca su violación. A mí esta opinión sobre las minifaldas, sin más, me parece estúpida. Pero que sea un pastor evangélico quien califique a los pastores católicos sobre este tema me parece «hipócrita y fariseo». El estereotipo de la mujer evangélica es aquella que va a la iglesia con velo y largas faldas. Ellos, los evangélicos, se han encargado también de propagar estas prácticas «anti-tentación». Es cierto, Jesús llama al corazón (y a la mente, añadiría yo), entonces, ¿dejarían a las mujeres evangélicas entrar de minifalda, sin velo y con maquillaje a sus iglesias?Ahora, el asunto de las prendas podría parecer trivial, pero no lo es. No podemos disociar la carne del espíritu. Y tan es así, que en el Nuevo Testamento hay ordenamientos sobre la vestimenta. Sin embargo, conozco a cristianas que provocarían infartos a evangélicos y católicos por su manera de vestir pero que, lo creo de todo corazón, serían aprobadas por el Señor.
Todo un tema este de cómo deberían vestirse los cristianos.
Evangélicos critican postura católica de prohibir uso de minifalda
Por: Redacción | Nacional Martes 19 de Agosto de 2008 | Hora de publicación: 02:59
La Confraternidad de Iglesias Cristianas Evangélicas (Confraternice) manifestó su desacuerdo con la postura de la Arquidiócesis de México en torno a que el uso de minifaldas invita al abuso sexual contra las mujeres.
El presidente de Confraternice, Arturo Farela, dijo que la Iglesia Católica pretende imponer a las féminas atavíos de la época medieval; «sólo falta que quieran imponer instrumentos como el cinturón de castidad que obligaban portar a las mujeres».
Indicó que estas posturas reflejan que la Iglesia Católica no se da cuenta de que el fondo del problema radica en el corazón del hombre, en el cual, las iglesias deben hacer una transformación espiritual.
«Jesucristo nuestro Señor y Salvador dice que el problema está en el corazón del hombre o de la mujer, no en el atavío; a nosotros nos parece hipócrita y fariseo, por decir lo menos, que se pretenda culpar a la mujer de los abusos en su contra por su forma de vestir», recalcó.
Destacó que, si bien, las autoridades no pueden inmiscuirse en la vida interna de las iglesias, sí debería hacer un recordatorio a la católica sobre que México es un Estado laico y no confesional.
Fuente: Crónica
¿Qué líder religioso en el mundo occidental tiene más influencia: Josep Ratzinger o Rick Warren? La pregunta parece trivial, pero creo que no lo es. El único país de primer mundo, el lugar donde al parecer se cocina el critianismo del siglo XXI es Estados Unidos. El libro Una vida con propósito ha vendido más copias que todos los clásicos de teología juntos. En México, Yuri (ay, Yuri) le regaló a sus invitados, en televisión nacional, el librito que parece el auxiliar perfecto en muchas comunidades protestantes.
Así que, ¿dónde está el poder religioso de estos días: en El Vaticano o en algún lugar de California?
Les dejo la nota sólo para que tengan idea de cómo la religión y la política no están peleadas. Pero si son primas hermanas, diría aquel.

Al confesarse en TV ante un reverendo, Obama pierde por haberse drogado; aplauden más a McCain, quien abandonó a su mujer por otra cuando regresó de Vietnam
Por: EFE en Washington | Mundo Lunes 18 de Agosto de 2008 | Hora de publicación: 03:52
La entrevista que el reverendo Rick Warren realizó ayer a Barack Obama y John McCain sobre fe, religión y creencias, creó el ambiente apropiado para que los dos candidatos confesaran, en horario de máxima audiencia, que habían pecado.
“Mi peor pecado ha sido el egoísmo. Durante mi juventud experimenté con drogas, bebí… hice todo eso porque sólo pensaba en mí mismo, por mi incapacidad en centrarme en los demás”, afirmó el candidato demócrata Barack Obama, el primero en sentarse junto al reverendo.
Obama, quien ya narró sus peripecias juveniles en el libro Dreams of my Father, explicó, no obstante, que aquellos episodios le sirvieron para ser una mejor persona.
El republicano John McCain confesó, apenas unos minutos después de sustituir a Obama en el escenario, que su mayor error moral lo cometió también de joven, cuando fracasó su primer matrimonio.“Soy una persona muy imperfecta, pero creo que aquello fue mi mayor fallo moral”, dijo McCain, en una rara referencia a su matrimonio con Carol Shepp, una modelo de Filadelfia con la que se casó poco antes de partir a la Guerra de Vietnam, donde fue apresado y permaneció prisionero durante cinco años.
Durante su ausencia, Carol Shepp sufrió un grave accidente que la dejó desfigurada. Cuando McCain regresó de Vietnam hecho un héroe de guerra y una celebridad, relanzó su carrera militar y comenzó una relación extramatrimonial con Cindy Lou Hensley, una rica heredera que poco después se convertiría en su esposa.
CASI EMPATADOS. El acto celebrado en la noche del sábado, ampliamente televisado por varias cadenas, tiene una gran importancia en este momento electoral, en el que Obama y McCain están prácticamente empatados en intención de voto, y el apoyo a uno u otro del importante voto evangélico puede ser determinante en noviembre.
El pastor Warren, que hizo de anfitrión y de entrevistador, dirige una de las principales macroiglesias de Estados Unidos, la parroquia de Saddleback, en Lake Forest, California, de la que forman parte 25 mil feligreses.
Los dos candidatos acudieron al foro organizado por el reverendo con la determinación de dejar clara su fe cristiana y su apoyo a los valores tradicionales, aunque dado el conservadurismo de los evangélicos cristianos, John McCain tuvo mucho más fácil que su oponente ganarse a la audiencia.
Fuente: Crónica
Me permito copiar aquí la columna de hoy de Roberto Blancarte, toda una autoridad en historia del catolicismo en México y en sempiterna pelea contra la jerarquía y su conservadurismo. Su desatención del protestantismo, sin embargo, hace que su pregunta sea de una retórica chocante. La respuesta se sabe de inmediato y sólo los que no conocen los llamados Nuevos Movimientos Religiosos se sorprenderían de lo altamante conservador que es el movimiento evangélico y protestante en general en México. Incluso la minoría liberal dentro del protestantismo sería etiquetada como conservadora por los estudiosos como Blancarte.
Es más, ¿no es la religión la eterna defensora del status quo? ¿No mira siempre al pasado y cuando lo hace hacia delante sus ojos están en el cielo? La marcha, que aquí documentamos, de hace un año contra el aborto unió a jerarquías católicas y protestantes.
Aventuro una respuesta: los evangélicos son algunas veces más conservadores que los católicos. Otras ocasiones son iguales y unas cuantas, de índole meramente inter-religioso, son menos. Esta afirmación podría documentarse, pero en sí misma no representa ningún hallazgo. Es una respuesta sencilla y obvia. Es una perogrullada. Lo mismo se podría decir del catolicismo. Lo que a mí me intriga, sin embargo, es la lealtad a la agrupación. El sentido común dictaría que cada grupo se una según sus intereses y su forma de pensar. Pero resulta que antes de ser de izquierda, derecha o centro dentro de una iglesia, está primero su identad como parte de dicha organización. Y en esa estamos.
¿Ustedes qué piensan de este artículo?
¿Son más conservadores los evangélicos que los católicos?
Martes, 12 Agosto, 2008
Mi artículo de la semana pasada titulado «El sida, la Biblia y el condón», en el que hablé sobre la campaña de «Católicas por el derecho a decidir» para que los jóvenes usen el condón, utilizando frases del Cantar de los cantares, suscitó algunas reacciones. Pero no las que yo esperaba, es decir, las del Arzobispado católico, al que critiqué por sus absurdos argumentos condenatorios, sino las de algunos evangélicos, igualmente preocupados por el asunto de la castidad y el sexo fuera del matrimonio. Me «acusan» de sacar al Cantar de los cantares fuera de contexto, de hacer una lectura parcial y de no leer suficientemente la Biblia. Defienden una versión conservadora de la exégesis o interpretación bíblica, lo cual no les impide criticar a los sacerdotes católicos. Omito los nombres y sus bendiciones, porque no estoy seguro de que ellos quieran aparecer públicamente, pero repito sus argumentos, los cuales, estoy seguro, ellos reconocerán:
«Usted hace mención a lo que dice el Cantar de los Cantares respecto a la relación entre una pareja, pero creo que le falta ver un poco más allá de lo que dice Salomón a su amada y viceversa. Para poder entender lo que Dios quiere acerca de una pareja debe usted leer otros libros, no solo el Cantar…, puede usted empezar por el Génesis… La Biblia es un libro de sabiduría o inclusive un ‘manual de vida’ en el que Dios nos dicta qué debemos hacer en cada momento… nos dice cómo planificar nuestras finanzas, o cómo educar a nuestros hijos, o… lo que usted quiera, nada más que necesita leerla, estudiarla y vivirla. Y por cierto, los sacerdotes católicos no son los más indicados para explicarla, de hecho me atrevería a firmar que no la conocen bien, como tampoco el pueblo católico, pero esa es otra historia.
«El sexo es un don que nos dio Dios para disfrutarlo con nuestra pareja, pero en matrimonio… el Cantar nunca habla de relaciones sexuales fuera del matrimonio, aunque no lo dice explícitamente, por eso le digo que tiene que leer otros libros de la Biblia para entender por qué le digo que es en el contexto del matrimonio, pero por favor, no se lo pregunte a los sacerdotes católicos, ¿cómo van a entender algo que no practican? ¿Cómo pueden hablar de matrimonio si no se casan? Ahora bien, usted puede estar o no de acuerdo con que el sexo sea para practicarlo nada más en el matrimonio, pero eso es lo que quiere Dios. Usted puede tomar la decisión que quiera, (o cuestionárselo a Dios), porque Él nos da un libre albedrío. En su palabra nos dice qué es lo que debemos hacer, como en los diez Mandamientos, que por cierto no es lo único que nos pide, pero también nos da oportunidad de decidir.»
Otro lector me dice: «Dr. Blancarte, lo único que me gustaría aclarar de su columna, es sin duda que Ud. esta cometiendo el mismo error que achaca a la Jerarquía Católica, Torcer las escrituras para dar a conocer un punto. Aclaro que no soy católico, mas bien mi confesión es de tipo protestante-evangélico, por lo cual creo que la Biblia es la Palabra de Dios y me da gusto que se proclamen sus verdades en Publico, en especial algo que se ha torcido durante tanto tiempo, la valía de la Relación de Pareja, y la bondad del Creador al Regalarnos esto a los Seres humanos, como una imagen del Amor que nos tiene. Le comento que usted esta usando la escritura de forma incompleta porque Menciona en su columna: ‘Porque proponer la abstinencia es precisamente querer apagar el amor y la pasión que la propia Biblia consigna en el Cantar de los cantares.’ Es un argumento falso, porque la Escritura en General y el Cantar de los cantares en específico hablan del contexto para el cual Dios creo el Sexo, el Matrimonio. Véalo por si mismo. Se trata de Dos esposos de quienes se desprende este hermoso texto acerca del amor de pareja. El Sexo es bueno, Dios lo creo, pero esta diseñado para que su disfrute en plenitud sea entre dos personas comprometidas en matrimonio. Sin las consecuencias tristes de las enfermedades y embarazos no deseados (el control Natal no es condenado por la Escritura, solo la conciencia de cada persona le redargüira)[sic].»
Las cartas y argumentos siguen y me parecen muy valiosos, sinceramente. Pero me voy a permitir insistir en mis argumentos: por supuesto que la Biblia, en general, habla del sexo como algo que sucede en el matrimonio. Lo que nosotros conocemos como «la Biblia» no es, sin embargo, un solo libro, sino un conjunto de textos escritos a lo largo de muchos siglos, casi todos en el primer milenio antes de Cristo. Luego los Evangelios al parecer fueron escritos hacia el final del Siglo I de nuestra era. Se trata de textos que en buena media regulan la actividad de sociedades constituidas esencialmente de agricultores y pastores, con una idea naturalmente conservadora acerca de la función de la sexualidad, del papel de las mujeres y del tipo de relaciones permisibles. Pero aún así, por la misma razón, la Biblia no menciona ni la radio ni la televisión, ni la Internet. Tampoco el condón ni la anticoncepción de emergencia. No se puede, a menos que hagamos una lectura muy conservadora en la actualidad, condenar lo que allí no se condena. ¿Tomarán ahora los evangélicos el papel conservador que tuvo durante siglos la Iglesia católica?
Fuente: Milenio
En cuento termina el sermón de instrucción a los Doce, el incipiente grupo de Jesús se va a las ciudades de ellos. ¿De quiénes ellos? De los Apóstoles. El Maestro no quiere sino que empiecen la misión en sus propias ciudades. Así que van a dar un recorrido quizá para que sus paisanos se den cuenta de que las cosas con esos hombres habían cambiado desde que estaban con Jesús. El recorrido, de entrenamiento, es para enseñar y predicar. Entonces, desde la soledad de la cárcel, Juan, el gran Juan, vuelve a aparecer en escena.
Duda. ¿Cómo no iba a serlo? ¿Cómo criticar al gran hombre que precedió a Jesús? Estaba en un momento difícil, en el último duelo de su vida. De la respuesta a esa pregunta dependería si moría en paz o intranquilo. No lo convencían las noticas que le traían sus propios discípulos. Quizá dudó cuando le dijeron del gozo que se sentía en ese grupo de seguidores. Esa es la pregunta que los creyentes de todos los tiempos se hacen por lo menos una vez en su vida: «¿eres tú el Mesías?». ¿Debía esperar a otro? Ya no tenía tiempo. No le quedaba más que esperar lo que sus propios discípulos trajeran desde la región norte de Palestina.
La respuesta llegó, puntual, precisa: hay paz en los enfermos de cuerpo y alma. Se anuncian las buenas nuevas a un pueblo sediento de Dios. La clave estaría en la última frase: «bienaventurados los que no encuentran escándalo en mí». Ahí estaba. Juan no moriría en la angustia sobre si habría hecho bien su trabajo. Su primo era quien tenía que venir. El Reino de los cielos ya estaba ahí.
Y luego, mientras los discípulos de Juan están yéndose, el Maestro pronuncia la exaltación de un profeta como jamás hizo ni con los más grandes profetas de la historia hebrea. Juan era Elías, el precursor, la realización de la profecía. Los versículos 7 al 9 son verdaderos reclamos a una generación que influída por las ínfulas de poder romanas, todavía esperaban un espectáculo de sangre y fuego. Al contrario de esa forma de pensamiento, Jesús afirma que la profecía de los antiguos se sintetiza en Juan. «Ningún humano ha sido más grande que Juan pero él es el más pequeño en el Reino». Vaya premio para un hombre que es más que un hombre.
Aunque la mayor parte de cristianos admiran a Pablo, lo cierto es que según las Escrituras, Jesús admiraba en primer lugar a Juan. El enigmático. El severo. El frugal. El intenso. El angustiado Juan. Elías había venido antes del Mesías. La historia sagrada se empezaba a acelerar. El cielo mismo sufría violencia.
No habrá en todo el sermón más que una frase que ayude a los discípulos a recobrar su valor en medio de tantas promesas francamente malas: serán salvos. Y ni siquiera se puede decir que sea así sin más. El Maestro ha dicho que sólo los que perseveren hasta el final alcanzarán la salvación. Incluso en esta última parte del sermón, Jesús deja claro que los que recibirán recompensa serán los que arropen a estos Doce que a estas alturas ya deberían tener un temor existencial tal que quizá ya estaban dudando.
Ahora vemos a Jesús en un aspecto desconocido para las multitudes «sin pastor». Afirma que vino a dividir una familia. Y para que no quede duda, el Maestro aumenta el nivel de compromiso que pide: sólo el que ama a Jesús por sobre la familia es digno de llevar Su nombre. Y termina con una frase todavía más desafiante: «quien ha hallado su vida, la perderá; y el que ha perdido su vida por Mi causa, la hallará». ¡Con razón han criticado duramente a Jesús como un Mesías que pide el mayor compromiso posible en un ser humano! Aquel que tenga un hijo comprenderá mejor lo que está diciendo el Maestro.
Lo que hay aquí es un desafío contra el ego. Para los oídos modernos, como para los antiguos, estas palabras son un escándalo. Vivimos en una sociedad donde la familia es considerada como el núcleo de la convivencia. Nos enseñan que la familia es primero, que hay que luchar por tener una vida de comodidad. ¿Cómo hemos llegado del compromiso pedido por Jesús a una sociedad hedonista? ¿En dónde se perdió el sentido de las palabras de Jesús? Porque aquí no caben las medias tintas. Es claro que le mensaje de Jesús, con todo y que sea una hipérbole, es demandante, no acepta creyentes a medias. Por sobre la paz familiar se encuentra la obediencia a Dios. Ese es el fondo de la Escritura. Y podríamos hablar de cientos de ejemplos donde las palabras de Jesús en una casa han provocado catástrofes. Cuando digo casas, también me refiero a sociedades donde las guerras de religión han enlutado familias completas, países donde «los enemigos del hombre han sido los de su propia casa». Amar a Jesús por sobre todas las demás relaciones, ¿no es una invitación para dejar la propia vida y ganar la vida en Cristo?
Y la cruz. He aquí una de las escrituras más absurdamente malentendidas de todo el Nuevo Testamento. No está hablando el Maestro de un collar en forma de cruz. No está invitando a que cada mañana nos levantemos y como el miope busca sus lentes, el creyente busque su colguije. Cargar con la cruz cada día significa que no desistimos de pelear la batalla de la fe. Cargar una cruz era un castigo que los romanos imponían a algunos condenados a muerte. Nosotros, los cristianos, debemos condenar nuestras debilidades a la muerte. No peleamos con nuestras propias fuerzas. La cruz que cargamos es esa parte incómoda del evangelio. La cruz de alguien puede ser el enojo, la lujuria, la mentira. Si uno no carga con todo eso, a la primera provocación terminará cayendo en las conductas que antes tenía. Así que un cristiano debe saber de qué está hecha su cruz y llevarla. No es fácil cargar con todo esto cuando el mundo quiere escuchar y ver el espectáculo del discípulo que niega a su Maestro. Pero no hay opción: para ser dignos de Jesús debemos cargar con la responsabilidad de nuestros hechos, no huir de la pelea. Ahí, en esa pelea, vendrá el Espíritu a auxiliarnos.
Vamos a dejar este capítulo con una pequeña reflexión sobre el carácter de estos apóstoles y de los apóstoles de todas las épocas. ¿Está llamando Jesús al heroísmo a estos hombres? No. No al modo griego, ese donde el hijo de un Dios y un humano está condenado a sufrir luego de hacer él mismo grandes proezas. Lo que Jesús hace con estos Doce es llamarlos justo al antiheroísmo. La única característica común podría ser el valor. Pero ni así habría una forma de equiparar la actitud misionera de un cristiano con las gestas de un héroe. El valor de un héroe griego está determinada desde la eternidad por los dioses. Su destino está trazado y, aunque lo quiera, no podrá huir. Su ejemplo servirá para impresionar a otros seres humanos y morirá irremediablemente. El cristiano tiene un destino marcado pero tendrá siempre la oportunidad de elegir y, el punto más claro de distancia entre el estoicismo de los héroes griegos y el valor de los cristianos, creerá en un poder superior que no sólo no lo desamparará en esta realidad, sino que le promete otra mejor. No busca esta realidad (cielo, llamémosle) por medio del suicidio. El cristiano sólo tendrá que anunciar el evangelio como el Espíritu lo indique. Su valor no vendrá de su fortaleza como entidad superior, sino, paradoja, de su debilidad. El creyente descubre que en su debilidad habrá un Dios que lo fortalecerá. No busca la muerte, tampoco le teme, más bien vive en la felicidad que da saber que la Providencia lo cuida. Y su servicio no consistirá en asesinar hombres y cantar sus victorias bélicas. La batalla es celeste y la victoria es espiritual. Jesús lo dice muy bien: serán azotados, el mundo no los querrá. Es la receta del antihéroe (sólo hay que revisar la historia de Pedro)
No, aunque el concepto héroe suene muy bien a los oídos actuales, lo que Jesús está haciendo aquí es instruir a Doce pescadores sencillos, comunes, humanos, muy humanos, para servir y dar su vida por una causa superior a ellos. Es el llamado eterno, este sí, a todos los seguidores de Jesús que quieran llevar a sus últimas consecuencias su vida espiritual, que no es su logro sino gracia de Dios.
Luego de aquí, esos Doce apóstoles no serán los mismos. Valga una licencia: serán la personalización de lo que los griegos llamarían héroes pero nosotros, y Jesús, le llamaremos siervos.
Imaginemos los rostros de los Apóstoles. Pasaron del orgullo desbordante a la angustia desbocada. De pensarse como todos unos predicadores y sanadores, los Doce escucharon la advertencia de que sus creencias les podría costar la vida. Ahora, en esta tercera parte del discurso, Jesús vuelve a animarlos. Habría que temer a los que matan el alma o más bien a Dios. Y luego el mejor estimulante que pueda tener cualquier creyente: ellos valen más que los pajarillos. Dios tiene una vigilancia rigurosa de sus hijos, incluso de sus «cabellos».
Pero el Maestro también recuerda que su deber es proclamar el evangelio. No existen los cristianos solos, esos que dicen que son seguidores de Jesús pero sólo Dios lo sabe. Pocas cosas desagradan más que observar el espectáculo del cristiano que pacta con el mundo una suerte de política de no agresión. No significa que el discípulo deba ir por el mundo confrontando a las personas con sus palabras. Significa que su vida y sus palabras demuestren que ellos son discípulos. Vayamos con cuidado en este punto. Somos salvos por gracia de Dios. Nada de nuestras obras, buenas o malas, harán más o menos puntos en el libro de la vida. Creer esto, que las obras indican quién es cristiano, sería reducir a una moral pragmática lo que en esencia es una creencia en algo superior. Sin embargo, hasta aquí hemos visto a un Jesús que actúa con congruencia, que vive lo que proclama. Esa es la marca que los verdaderos cristianos tienen. Su vida es un reflejo de lo que creen. Y su vida en sí misma confronta a sus perseguidores. Viven y hablan: he ahí a un seguidor de Jesús.
Confesar a Jesús, queda claro, quiere decir que afirmamos con boca y corazón que él es Señor. Aquí no cabe una interpretación alterna, una atenuación de lo que está pidiendo el Maestro. Así de sencillo. Quien no lo haga, tendrá su respuesta en el día del juicio, cuando Jesús también lo niegue. Esto es recíproco. La diferencia no estriba en hablar más o menos, la diferencia es hacer a Jesús el Señor de nuestras vidas siempre. Porque en la Iglesia es fácil gritar aleluya, abrazar al hermano, dar un billete grande en la ofrenda. La pelea espiritual no está entre los hermanos de congregación. Las batallas están en la calle, el trabajo, los amigos no creyentes. Decir sí a Jesús cuando la marea parece decir que lo mejor es decir no: ahí está el fundamento del cristiano fiel.
Notimex, la agencia de noticias del Estado mexicano documenta este tipo de prácticas en un país que se dice laico, respetuoso de las creencias religiosas de todos sus ciudadanos. ¿Será? Qué actual es la bienaventuranza sobre los perseguidos.
Católicos amagan a evangélicos por no cooperar con festividades
Por: Notimex en Chiapas | Nacional Miercoles 2 de Julio de 2008 | Hora de publicación: 02:50
Católicos tradicionalistas advirtieron hoy a 20 familias de la iglesia de Pentecostés Tiempo de Sembrar, que serán expulsadas si no cooperan con dos mil pesos cada una para las festividades religiosas.
El abogado Oscar Moha, presidente de la Asociación de Abogados Cristianos, dijo que desde principios de año, los evangélicos de la comunidad Ángel Albino Corzo, del municipio de La Trinitaria, Chiapas, han sufrido persecución y temen ser expulsados.Afirmó que estas familias, que suman cerca de 100 personas, fueron presionadas para que pagaran primero 100 pesos, luego 400 mensuales por familia y ahora llegaron a dos mil pesos para las festividades de la comunidad, lo cual es un agravio a la Constitución. Destacó que para presionar a los evangélicos los católicos tradicionalistas procedieron a cortar el servicio de agua entubada en la localidad y también el alumbrado público.
Ante esa amenaza, el abogado exhortó a las autoridades a implementar acciones con el propósito de que se termine con el hostigamiento y persecución en contra de religiosos evangélicos.
Fuente La Crónica
Astutos e inocentes, cuídense, no se preocupen: palabras de Jesús a los Doce en un momento en que lo peor por venir parece lejano. Porque, además de las críticas de los religiosos, no ha habido ningún momento en que la vida de estos doce haya estado en peligro. Hasta este momento, lo más que pueden presumir los apóstoles es de estar cerca de Jesús, como una suerte de servidores, de ayudantes o de administradores. No debían preocuparse por sermones o signos del Reino, ellos eran testigos de lujo. Habían dejado casa y familia para ser algo que el Maestro llamaba «pescadores de hombres». Comían gratis, eran respetados por los curiosos y no tenían que preocuparse por su salud. Y sin embargo, el Maestro cambia el tono del discurso y pasa del gozo al anuncio de desgracias.
¿Eran desgracias? En una de las bienaventuranzas ya había felicitado a los que sufren por su causa. Pero aquí es más concreto. A los Apóstoles (ahora sí con mayúsculas) les irá muy mal a causa del evangelio. Ser cristiano podría ser pagado con la vida. Las familias no sólo no estarán unidas sino que incluso hermanos traicionarán a otros a causa de Jesús. Les pedirán cuentas, les cuestionarán. Entonces vendrá la prueba de fe. Porque cuando estaban en la etapa próspera de Jesús, no tenían nada de qué preocuparse: lo veían y esperaban la respuesta adecuada. En los tiempos por venir no será así: deberán esperar la inspiración que viene del Espíritu. El que resista hasta el final será salvo. Sí: en la crítica, en el odio es cuando uno sabe si sólo llama «Señor, Señor» en las buenas o si es discípulo a pesar de todo.
Jesús, pues, se está revelando en toda su majestad divina. Si el Evangelio terminara en el capítulo nueve, uno podría concluir que Jesús es uno de los grandes reformadores religiosos, un Rabí que ha llevado a las últimas consecuencias la moral judaica. Pero no, en la instrucción a los Doce está la médula del cristianismo. Aquí aparecen los tópicos que más inspiran a los creyentes y que más suspicacia provocan en el escéptico. Uno podría preguntar muchas cosas luego de leer esta advertencia: ¿por qué habría que perder la vida por una religión? ¿Por qué el Maestro subió tanto el compromiso de sus creyentes? ¿Por qué algunos cristianos parecen pasar por alto eso de «huir de una ciudad donde son perseguidos»? ¿Por qué se predicó el evangelio en las ciudades de Israel y no regresó el Hijo del Hombre? ¿Por qué no podría un discípulo ser más que el maestro? Muchas preguntas que no tendrán respuesta fácil ni cómoda. El hecho incontrovertible es que aquí Jesús ya insinúa con todas sus palabras que Él es el elegido.
Muy caro habría de salir esta revelación a los Apóstoles. Aunque si al propio Jesús lo llamaron Beelzebú, ¿qué podríamos esperar sus seguidores? Porque claro que no es sólo a los Apóstoles quienes habrán de sufrir todas las consecuencias de portar el nombre cristiano. Hoy por hoy, nosotros, gentiles, también debemos de pasar por procesos más o menos angustiosos por ser cristianos. Además de los creyentes que siguen siendo perseguidos en cientos de sociedades no cristianas, también hay persecuciones no por menos físicas menos reales. La persecución interna de todos nuestros demonios, de toda nuestra ignorancia. No debemos preocuparnos porque estas palabras siguen siendo reales hoy, cuando el laicismo promete respetar todo tipo de creencias. Entonces, todavía hoy resuenan este anuncio de «preocupación» cuando uno decide seguir a Jesús… y cuando Él decide enviarnos.
¿Quiénes son estos doce? No tenían nada de extraordinario, no había en ellos algo que los hiciera sobresalir de los demás. De los primeros cuatro sabemos por los primeros capítulos que eran hermanos y paisanos de Jesús. De la suegra de Cefas sabemos sus dolencias y su salud recobrada. Los cuatro primeros eran pescadores, Mateo cobrador de impuestos, Tomás un escéptico, Simón un guerrillero, Judas un traidor. Salvo la suegra de Pedro, ninguno aquí ha experimentado algún milagro en su propia persona. Creían en Jesús. No hay porqué especular mucho en el asunto. Ninguno de los que Jesús elige como sus Apóstoles (enviados) parecen ser más que seguidores del Maestro desde el inicio. Y a ellos, Jesús les transfiere autoridad y poder para que hicieran lo que él hacía.
La instrucción que les da es clara: enfóquense sólo en el pueblo de Israel y anuncien que «el Reino de los cielos ha llegado». Utilicen lo que sea para demostrar que lo que dicen es cierto. No cobren por dar porque tampoco pagaron por recibir. Apliquen lo que escucharon en la montaña sobre la acción providencial del Padre. No se aferren en un lugar que no lo quieran. El rechazo de esa casa tendrá consecuencias funestas. Y, volvamos a preguntar: ¿esos doce seguidores comprendían la repercusión de lo que decía Jesús? Quizá no. Más adelante veremos que ese poder parece fallar al momento de querer utilizarlo. Pero desde este momento, ninguno de esos Doce elegidos volverían a ser los mismos. Habían llegado a un punto de no retorno donde Jesús les ordenaba y les marcaba el resto de su vida: serían enviados para enseñar y convertir a las personas. El Maestro podría haber resumido esta introducción diciendo: «hagan lo que yo hago». En eso se resumen las instrucciones que Jesús ordena a sus Apóstoles.
¿Queda espacio para hablar sobre la eterna polémica de que siga existiendo el cargo de Apóstol? Muchas iglesias tienen el atrevimiento de juzgar como falsas a otras si responden negativa o positivamente a esa pregunta. Para empezar, la Iglesia no está aquí ni por asomo. No hay en griego una sola palabra que tenga cercanía a lo que hoy conocemos como iglesia. Ni siquiera era un puesto. Más bien, estos Doce seguidores tenían ahora claro que aquello era una vocación. A partir de entonces, su vida consistiría en caminar, predicar y sanar. Es ocioso seguir con una discusión que al final no tendrá solución. Si hay o no apóstoles en una iglesia, ¿hará la diferencia el día del juicio? Si usted es apóstol pero nadie lo reconoce, ¿no bastaría con que el Padre lo reconozca? Si usted cree que los Doce fueron llamados una sola vez en la historia del cristianismo, ¿eso determina su salvación eterna? ¡Qué lejos de esas discusiones interesantes pero inútiles se encuentra Jesús! Hasta este momento, no hay ni rastros de que el Maestro quisiera dar una preferencia superior a los Apóstoles. Los llama, eso sí, a servir de forma superior. Los llama a ser los perseguidos por excelencia. Nada de imposiciones de manos, de atuendos, de ritos. Aquí está un carpintero y doce hombres de diferentes profesiones que inician un ministerio de servicio para su sociedad. Así de sencillo.
Lo que parece estar fuera de discusión es que el Maestro sigue llamando hoy, sin importar el título que quiera ostentar. El Rabí de Galilea sigue llamando a pescar hombres a quien quiera serlo. Qué privilegio estar cara a cara con Jesús. Pero también, que bendición estar espíritu con espíritu con el Señor. A eso nos atenemos los cristianos del siglo XXI.
Lo que sigue es natural y evidente: todo enfermo que ha escuchado de Jesús quiere acercársele. Toca el turno de dos ciegos. La Escritura no dice a casa de quién entró Jesús pero sí que este par como pudo llegó cerca del Maestro. Y otra vez la pregunta recurrente: «¿creen que puedo hacerlo?». Aquí aparecen los primeros que tratan a Jesús con títulos mesiánicos. Las acciones que se relatan aquí tienen un componente curioso. El evangelio de Juan dice que el amor consiste en obedecer. Aquí ocurre el milagro luego de ese primer «sí, Señor» que aparece en el Evangelio, pero la orden estricta es que no divulguen el hecho. Y los ciegos, en un acceso de euforia (¿quién podría callar la salud recobrada?), lo anuncian por toda esa tierra. ¿Cómo juzgar a los ciegos desobedientes? Primero fueron los pioneros en llamar Jesús Señor y Mesías y luego se convirtieron en los desobedientes. No hay, sin embargo, ningún reproche, ninguna condenación. La fe es más grande que la desobediencia.
La casa aquella parece hospital general. Después de los ciegos parlanchines, llega un mudo. De nuevo está la relación entre endemoniados y enfermos. Ya en este punto, la fama de Jesús ha llegado a tal punto que la gente sorprendida llega a la conclusión de que «no se ha visto jamás cosa igual a Israel». Y entonces, junto a la fama, llega el enfrentamiento con los principales religiosos quienes lo equiparan con ¡el príncipe de los demonios! Vaya conclusión. Vaya error. Una verdadera difamación. Pero es típico de una sociedad demonizar a los visionarios. Aquellos que quieren dar un paso al frente tendrán que enfrentar las críticas de los que se sienten amenazados. Los humanos tememos a lo desconocido, a lo incierto. Jesús representaba una amenaza a la sociedad de su época. Lo natural es reverenciar u odiar. Cada quien decide qué hará. Es claro que una parte de los fariseos tomó su decisión.
Y luego de todo esto, el Maestro continúa su viaje misionero. Entonces aparecen esas palabras que encierran una actitud frente a la vida: Jesús tuvo compasión. En lugar de expresar el cansancio normal de una jornada observa a las multitudes «angustiadas y abatidas». Se dirige a sus discípulos para anotar la necesidad de obreros. La cosecha hoy en día sigue siendo mucha. Siguen existiendo esas multitudes sumidas en la angustia existencial, en el abatimiento, en la confusión, en ese estado del alma que no puede responder la pregunta que todo ser humano se hace un día: «¿quién soy?».
La fama de Jesús crecía en medio de burlas, sorpresas y signos. Aquí tenemos en un mismo acontecimiento dos señales de su poder. De camino a la casa de un oficial de la sinagoga, una mujer desesperada corre a tocarlo para que también lo sane. Las palabras que dirige, la escena es de una intensidad por breve sobrecogedora. Por la versión de Lucas, sabemos que la mujer tenía ya varios años (y dinero) buscando la salud. Sabemos además que ella sintió temor y que Jesús realizó una de las preguntas más extrañas: «¿Quién me tocó?» y los discípulos responden lo evidente: «con tanta gente, ¿cómo lo sabremos?». El Maestro insiste y la mujer, ya en plena confusión de medios y fines, confiesa su osadía. Jesús no la reprende. Una sola palabra que vuelve a enfatizar el poder de la fe para que ocurran cosas extraordinarias; sólo eso basta. Y la mujer sana. El flujo de sangre se detiene. Una vez más, Jesús utiliza una palabra que ha recorrido hasta este capítulo: ánimo y fe. Eso es Jesús: alegría y creencia. Si el cristiano sufre no debiera ser sino por algo que esté fuera de su alcance. Interiormente, un cristiano debe vivir en paz. El Maestro ha sanado porque miró nuestra fe, no nuestra enfermedad.
Pero aquí no termina el pasaje. Jesús llega a casa del «oficial de la sinagoga» y ahí hay un caos propio de una muerte reciente. En medio de los invitados y gorrones habituales, el Rabí ordena que se vayan y afirma que está dormida. Estas personas que lo mismo lloran que se carcajean frente a un cadáver, se burlan de tal afirmación. Jesús no hace caso, entra al cuarto, toma de la mano a la niña y ocurre lo inesperado: sí estaba dormida. Del desorden a la burla y de la burla a la impavidez de quien ve a una muerta resucitada, los testigos jamás olvidarían aquello. ¿Cuántas veces hemos escuchado las burlas, la incredulidad, las risas cuando afirmamos que algo inesperado va a ocurrir? ¿No hemos escuchado decir: «él no va a cambiar», «esto es pasajero, su emoción va a pasar y será el mismo»? Algunos hemos dudado del Maestro de tal manera que, como los padres de esa niña, sólo la fe de otros nos ha servido para ver el signo del Ungido. Entonces, cuando el creyente ha sido otro por un año, por tres, por siete y hasta el lecho de muerte, sabemos que Jesús ha entrado con toda su Majestad al corazón de un ser humano. El signo de Jesús no consiste en resucitar sino en que la fe alcanza para ser nuevas criaturas.
El evangelista condensa en esta acción el poder de la fe en Jesús. Esto es importante enfatizarlo: no es tener fe en abstracto, no es la fe en sí misma. Lo que el pasaje enseña es que la fe en Jesús sana. La salud de la que hoy deberíamos hablar tendría ser menos de la carne, que al final muere, sino del espíritu. Si queremos tener un espíritu nuevo, si queremos sanar las heridas que una vida desenfrenada, confusa, ignorante provoca, «basta» con creer en Jesús. Este componente se llama, simple y llanamente, el evangelio de la salvación. Eso fue lo que se empeñó en practicar el Maestro de Nazaret.
He aquí otra pista de lo que ocurría en esos momentos. Si los discípulos de Juan fueron a consultar a Jesús es porque quizá ambos seguían predicando, uno desde el Jordán, otro al norte de Palestina; uno con seguidores que en lugar de perder peso lo ganaban, otro con su vida frugal. La respuesta a por qué no ayunar es clara: porque no había motivo para estar triste. Otra clave de lo que significaba estar cerca de Jesús. Nada de penitencias, nada de sacrificios vanos. La metáfora es clara: estar cerca del Maestro debería ser motivo de infinita alegría. Y luego pasa al terreno de la renovación. No podemos cambiar sólo algunos aspectos de nuestra vida interna, ni tampoco aparentar que somos diferentes cuando en esencia seguimos siendo los mismos. Lo de Jesús es una renovación completa, no puede ser parcial. Los odres viejos podrían echar a perder el vino del evangelio.
Pero también hay una pista de lo que significa ayunar. Aquí lo podríamos tratar. Ya en el sermón de la montaña hemos visto a un Jesús que pide ayunar en secreto. Ahora lo vemos contestando que lo natural es ayunar cuando hay tristeza. Es una reacción natural. En ningún caso es considerado como moneda de cambio entre Dios y el creyente. He escuchado a hermanos bien intencionados pedir ayunos para recibir algo. «Estoy ayunando para conseguir trabajo, o para que mi hijo sane, o para aprobar mi examen». ¡Esto no enseñó Jesús! Los odres viejos, los remiendos viejos pueden echar a perder un acto íntimo entre Dios y los creyentes. El ayuno sirve para enfocar nuestra mirada, nuestra mente y nuestras fuerzas en el Padre. Dejar de comer no quiere decir que Dios voltee a vernos. No por el hecho en sí mismo. El Señor siempre está atento de nuestras necesidades. La vieja mentalidad de hacer algo para merecer un premio nos puede atormentar. No es por Dios es por nosotros que ayunamos.
¿No está el Maestro con nosotros? Sí. Creemos en un Salvador vivo. El novio ha resucitado y nos ha dejado al Espíritu Santo como regalo, como consuelo. Así que un cristiano debiera optar por el ayuno como un ejercicio espiritual no como un acto para conseguir una bendición. Ayunar nos facilita concentrarnos espiritualmente (amén de perder kilos). No se trata de andar con los rostros compungidos sino con la cabeza en alto. Mientras más hambre sintamos, más podemos pensar en el Dios que nos provee siempre, en el Padre que nos dará de comer si ponemos toda nuestra atención en el Reino de Dios y en su justicia.
¿Qué informe le habrán dado a Juan sus discípulos? Quizá que su primo, el mismo hombre que había bautizado días atrás, enseñaba un evangelio de alegría, de esperanza; que veían una multitud que comía, que sanaba, que habían recuperado la paz. Y quizá Juan empezaba a poner él mismo su alma en paz: no había errado. El Reino de los cielos ya estaba aquí. Ya está en la tierra.
Aquí vemos a Jesús embarcando nuevamente por el lago. De los sepulcros, el Maestro llega a su ciudad. En Nazareth, como en la mayoría de las ciudades, Jesús no es bien visto por el establishment religioso. Ahora el conflicto estalla porque el Rabí sana a un paralítico. Recordemos que en el mundo antiguo las enfermedades estaban relacionadas con el pecado. Se creía que el enfermo tenía problemas morales y por eso sufría. Así que Jesús recuerda esto para, acto seguido, escuchar las críticas de sus adversarios. Antes de arrojar la primera piedra, pongámonos en su lugar. Los escribas, con toda la razón, cuestionan que un hombre se abrogue el derecho de repartir perdones de pecado. Incluso hoy, si escucháramos que alguien, por muy hacedor de milagros que fuese, diera perdones, ¿nos quedaríamos impávidos? No. Sin embargo, Jesús no se queda ahí en la confrontación. La gran autoridad del Nazareno provenía de su actuación consecuente. Ahora les reprocha la crítica y les muestra con quién están hablando. Entonces, en un acto de demostración de poder, acompaña el perdón de pecados con la salud del paralítico. Los escribas se sorprendieron por partida doble: porque Jesús parece adivinar lo que piensan y porque observan una señal del Mesías. La gente queda más sorprendida. El pasaje termina con una frase reveladora: «glorificaron a Dios, que había dado tal poder a los hombres». Es decir que hasta en este momento, Jesús no era más que un gran Rabí, acaso un profeta, pero en todo caso, un hombre. Nadie dijo: «Dios está con nosotros» o «Yahvé salva». Sólo vieron al hijo del carpintero y se sorprendieron.
Vemos aquí la continuación de dos grandes confrontaciones: contra los líderes religiosos y contra sus propios paisanos. Ni unos ni otros alcanzan a ver más allá de lo que ven sus ojos. Y ante su presencia, Jesús no era más que un agitador, como mucho un profeta del calibre de Juan, pero más insoportable que su primo. Y más peligroso. Los innovadores nunca son bien recibidos. Y Jesús, que tenía días de pronunciar un discurso memorable, era ya un Maestro del pueblo incómodo. Como cualquier judío de Palestina, sabía las Escrituras, pero, a diferencia de sus líderes, Jesús hablaba y actuaba con un poder que ya en ese momento podría calificar como francamente sobrenatural. Y sus paisanos, aquellos que sabían de los dichos que decían ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret?, esos mismos no toleraban que ese carpintero siguiera dejando en ridículo a su ciudad. Porque ciertamente que Jesús dividió. Para unos era superior a Juan en cuanto su autoridad moral, para otros sí lo era en su afán de peregrino. Mientras Juan se quedó en el Jordán, aislado en el desierto, Jesús caminó, habló y sanó. Era alguien excepcional. Para bien o para mal.
No podemos dejar este pasaje sin tocar la parte alegórica. Como ese paralítico, muchos hemos llegado a Cristo con la duda de si Él puede hacer algo. ¿Cuántos de nuestros amigos tenían más fe que nosotros? Y, como los escribas, hemos oído más de una vez la crítica feroz de los religiosos, de los conocedores, de los sabios. No sabemos cómo, pero la fe en Jesús pudo más que los consejos de cientos de terapeutas profesionales. Cuando escuchamos esas palabras de Jesús, esas que dicen «ánimo, tus pecados te son perdonados», sólo recogimos nuestra camilla y lo seguimos. «Levántate»: he aquí la orden de Jesús que todavía resuena en el corazón de cientos que están postrados en sus camillas de hedonismo, conformismo y egoísmo. Y luego: «camina». Jesús lo ha dicho.
Mateo 8:28-13Este es uno de los pasajes más inquietantes de todo el evangelio. Jesús ha subido a la barca y, luego de calmar la tormenta, llega a «tierra de los gadarenos». Pero, curiosamente, el desembarco ocurre cerca de un cementerio. Dos «endemoniados» salen de entre las tumbas y reclaman a Jesús porque creen que se está metiendo con ellos. Luego, ya resignados, le piden que los envíe a una piara de cerdos. Jesús les toma la palabra y los espíritus van a dar al despeñadero. Los que cuidan van corriendo a la ciudad a contar con detalle (exagerado) lo que acaban de presenciar. La «ciudad entera» va al encuentro de Jesús y… lo corren de su tierra. Además de poner en claro el poder de Jesús, ¿qué nos quiere decir el evangelista? ¿Qué simbolizan todos estos elementos? ¿Hay algún factor esotérico que nos haga falta conocer para entender el pasaje? ¿Cómo y por qué rogaron al Maestro que se marchara? Algunos piensan que fue por el temor de perder a más cerdos y con ello evitar la quiebre. Otros, como Fernando Vallejo (cuyo libro sobre la iglesia -la cristiandad- seguro habrá sido quemado tan sólo leer el título por algún cristiano fundamentalista), critican severamente el permiso de Jesús que termina en la muerte de animales inocentes. En fin, el pasaje no es muy claro en su propósito y es un tanto complejo (e incluso tramposo) si le damos otro significado. Y, con la venia del lector paciente, sin embargo, lo intentaremos someramente.
La primera parte podría simbolizar al hombre en su condición de alienación. Los demonios modernos podrían ser los típicos sustitutos de la felicidad: drogas, alcohol, dinero, sexo. El demonio moderno más común se llama hedonismo, esa actitud egoísta del hombre de hoy que lo lleva a caer en una paradoja: para gozar de la comodidad que tanto le agrada, el ser humano debe trabajar, sin importar la jerarquía en una organización, de tal manera que lo que obtiene no lo puede disfrutar sino hasta el final de su vida. ¿Por qué abundan los paidófilos? Porque han perdido el sentido de responsabilidad hacia el otro. No importa que sean niños ni que su actividad sea ilícita. Pero que el demonio domine al hombre no exime de la responsabilidad personal de éste. Es decir, si un demonio controla a un hombre es porque éste se deja dominar. Y aquí no estamos echando por la borda los descubrimientos en psiquiatría de los últimos años. La metáfora de los demonios no puede ir muy lejos. Por ejemplo, he escuchado a cristianos satanizar los problemas de depresión, aconsejar que oren, que Dios es más fuerte que la mente. Pero los que sufren de ese problema no pueden salir. Quizá lo que Jesús les diría es «¡id al psiquiatra!».
El elemento de los cerdos parece obvia: el animal era considerado impuro por los judíos. Jesús era judío, así que enviar a los demonios a los cerdos era ante sus ojos un acto consecuente con todo el contexto. Jesús envía a la basura de las imitaciones a todos los sustitutos de la paz que viene sólo por tener fe en él. Un recién converso entiende como pocos esto. Ha experimentado cómo sus demonios han ido a parar a, digamos, las ratas. Ya no tienen poder sobre ellos, ya no buscan los cementerios modernos para buscar su felicidad, para hallar a otros autistas espirituales. Un hombre endemoniado que siente la presencia de Jesús no quiere, al principio, que se meta con él. ¿No hemos pasado todos los cristianos por ese periodo de escepticismo e incluso de medio a la llegada del evangelio? ¿Cómo nos sentimos cuando experimentamos el poder liberador de Jesús? ¿Y cómo se sienten los que ven el milagro?
El Maestro sigue pasando por cementerios espirituales, le siguen saliendo endemoniados y continúa realizando exorcismos. Lo creamos o no.
Lo sorprendente es que todo lo que estamos viendo sucedió en un día. Muchas emociones, muchas vidas transformadas en un sólo día. El pasaje concluye con la salud recobrada de la suegra de Pedro que de inmediato se levanta para servirle. Y, como para no seguir con una lista interminable de personas enfermas que milagrosamente recobran la salud, el evangelista sólo nos dice que muchos fueron a verlo y en ese mismo día se cumplió una promesa mesiánica: «Él tomó nuestras flaquezas y llevó nuestras enfermedades».
En esa Escritura se enseña algo también básico: Jesús es el Señor del perdón y de la empatía. El Mesías no sólo dará buenos mensajes sino que participará activamente en activar la paz de las personas. Como dirían hoy los gurús de la mercadotecnia: era un Maestro integral. Sin embargo, este pasaje también puede ser interpretado de manera tendenciosa. ¿Está insinuando Jesús que todos los cristianos de todas las épocas tendrán que tener ese don de sanar para probar su calibre espiritual? Dejando a un lado lo creíble que puede ser uno de estos signos, (es decir, pasando por alto una probable alegoría del escritor bíblico), lo que el pasaje nos enseña es que el Rabí también cumple con la función de llevar las cargas espirituales del creyente. Ahí está, al fin, lo que la religión provee al hombre moderno: la conciencia de que no está sólo en este mundo, la confianza de creer en un poder superior a sus fuerzas. Jesús no es sustituto hoy del psiquiatra, oftalmólogo, ginecólogo o cualquier médico. La salud a la que se refiere al evangelista rebasa la carne. Si sólo se enfocara en sanar la carne, Jesús no habría pasado a la historia sino como un curandero más. Todas las personas que sanó, murieron, fueron a dar a la tumba. De eso no cabe la menor duda. Pero lo que terminó haciendo a los testigos fue dar señales de que Él verdaderamente era el Hijo de Dios.
Así que Jesús toma las necesidades espirituales de los que tienen fe. No hay aquí una contradicción entre la fe y las obras. No hay en Jesús una actitud pasiva hacia los que creen. En este sentido, Jesús no fue un rabino que vino d dar una interpretación nueva de la Tanakh. Más bien, se puso al nivel de los sencillos para demostrar todo lo que Dios más allá del texto. O dicho en otras palabras, Jesús expuso al Padre en su totalidad. Un Padre que se preocupa de sus hijos y que puede hacer milagros si el creyente es verdadero. Ahí, en creer en Jesús se funda el cristianismo.
Estas notas debemos tomarlas con cautela. Algunos de los descubridores se emocianan tanto que adelantan conclusiones sensacionalistas que luego deben desmentir. Como sea, el descubrimiento queda documentado. Por cierto, no entiendo bien eso de que «de acuerdo con la historia autentificada [Jesús] estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab. O son los nombres modernos de problaciones bíblicas o esos documentos son poco conocidos porque justamente un descubrimiento documental o arqueológico que demuestre la presencia física de Jesús sería el más grande descubrimiento de la llamada arqueología cristiana. En fin, aquí la nota.
En Rihab, la primera iglesia del mundo
No lejos del mítico río Jordán los arqueólogos acaban de descubrir una gruta que no sólo definen como la primera iglesia del mundo, sino que aseguran que el mismo Jesucristo se refugió allí con sus discípulos.
Así lo afirma el arqueólogo Abdul Qader Hosan, director de las excavaciones que sacaron a la luz esta pequeña gruta cuyo origen se remonta al siglo I de nuestra era, en la población agrícola jordana de Rihab.
«De acuerdo con los indicios que tenemos, creo firmemente que Jesucristo se encontraba entre los primeros cristianos que visitaron Rihab y la presencia de treinta iglesias en este pueblo es una clara señal de esto», dijo a Hosan, director del Centro de Estudios Arqueológicos Rihab.
Para defender su tesis, el arqueólogo explicó que «además, Jesucristo pasó parte de su vida en Jordania y de acuerdo con la historia autentificada estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab.
Según este investigador, los cristianos, acosados por los romanos de Jerusalén, buscaron refugio en grutas montañosas de la actual Jordania donde poder celebrar sus ritos.
Una de estas grutas, en el pueblo de Rihab, parece ser la más antigua de la que se tiene constancia.
«Creemos que esta es la primera iglesia del mundo, donde los cristianos vinieron a refugiarse cuando escaparon de la persecución romana en Jerusalén», aseguró el director de las excavaciones.
Fuente: EFE
La fe del centurión impresionó a Jesús y le hizo decir una de las frases más duras contra el pueblo de Israel: «los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera». Este es una de las pocas veces que un gentil se acerca a Jesús. En una interpolación de su propia autoridad, compara al Maestro con un centurión que da órdenes. De paso, nos da pistas sobre el verdadero poder de Cristo: éste es proporcional a la fe que uno tiene. De paso, Mateo sugiere que los gentiles tuvieron más fe desde el principio que muchos de sus paisanos.
Mateo 8:1-4
El Maestro termina de dar el discurso más importante y baja. ¿Cuánta gente de la que estaba ahí había entendido la trascendencia de lo que acababa de decir? ¿Entendían la trascendencia del acto del que acababan de ser testigos? No lo sabremos pero ciertamente lo primero que escucha Jesús al bajar de ese monte fue una petición de ayuda. Un leproso, que es como decir un apestado, se acerca y de rodillas le pide la limpieza de su carne. Escuchemos las palabras con las que pide al Rabí: «si quieres, puedes limpiarme». Acaso los enfermos tenían más entendimiento de la persona que acababa de predicar. Porque lo que estaba diciendo es que Jesús tenía el poder de salvar. Recordemos que la sabiduría popula de la época dictaba que un enfermo estaba pagando por un pecado. Así que el hombre arrodillado ahí identifica la capacidad de Jesús de perdonar pecados. La respuesta del Maestro es inmediata y de una vehemencia notable: toma la mano (¡horror!), afirma que quiere y el milagro sucede. Entonces Jesús manda a callar al sanado y le ordena presentar la ofrenda que la Ley de Moisés manda.
Jesús inicia a pescar a sus primeros y más fieles discípulos. Y les da la misma misión: «sean pescadores de hombres». Antes del primer gran sermón de todo el Nuevo Testamento, Jesús inicia un recorrido por su tierra, en los lugares donde se realizaba el culto judío, predicando la buena noticia y sanando gente. Su fama empieza a crecer de una forma tal que el evangelista enfatiza las regiones desde donde llegan las personas.
Mateo 4:12-18
Con Juan en la cárcel, Jesús regresa a Galilea. Su prueba había sido superada. Ahora sale de Nazaret y va a Capernaúm. El evangelista está preocupado por lo que él considera una prueba del mesianismo de Jesús. No fue a Capernaúm sólo por una ocurrencia. No. Jesús va para allá porque debe cumplirse la profecía. Otra vez, tenemos un contexto profundamente marcado por la cultura judía. A ningún gentil le tendría que preocupar tantos detalles de tierras y profecías. Sin embargo, a Mateo le interesa enfatizar que las promesas divinas se cumplen. Así lo transmite a los lectores de todas las épocas aunque quizá en mente sólo tenía a los judíos convertidos al cristianismo.
Jesús ha sido bautizado y ahora, como Moisés, se va al desierto. Este periodo de preparación, quizá perdido en el mundo occidental moderno, tiene mucho que enseñar a los cristianos de hoy. Vemos a un Jesús que es tentado por el maligno luego de pasar por la prueba de dejar de comer por cuarenta días y cuarenta noches. Hambre, cansancio físico, soledad, incertidumbre acaso, todo esto atacó a Jesús en esa prueba autoimpuesta que serviría para entrar en contacto con su Padre con miras a salir de ahí a predicar como un verdadero profeta.
Entonces Jesús llegó de Galilea al Jordán, a donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trató de impedírselo, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Y respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora; porque es conveniente que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan se lo permitió. Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y él vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre El. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido.
Juan el Bautista es el único santo no cristiano. La frase la leí en la contraportada de una hermosa novela de un escritor católico (Javier Sicilia, El Bautista). En efecto, el Bautizador sigue siendo el gran olvidado del cristianismo. En los sermones que cada domingo se escuchan en todo el mundo cristiano, la profecía de Juan se cumple: Jesús irá creciendo en importancia y Juan irá decayendo.