Los Doce

Mateo 10:1-15

¿Quiénes son estos doce? No tenían nada de extraordinario, no había en ellos algo que los hiciera sobresalir de los demás. De los primeros cuatro sabemos por los primeros capítulos que eran hermanos y paisanos de Jesús. De la suegra de Cefas sabemos sus dolencias y su salud recobrada. Los cuatro primeros eran pescadores, Mateo cobrador de impuestos, Tomás un escéptico, Simón un guerrillero, Judas un traidor. Salvo la suegra de Pedro, ninguno aquí ha experimentado algún milagro en su propia persona. Creían en Jesús. No hay porqué especular mucho en el asunto. Ninguno de los que Jesús elige como sus Apóstoles (enviados) parecen ser más que seguidores del Maestro desde el inicio. Y a ellos, Jesús les transfiere autoridad y poder para que hicieran lo que él hacía.

La instrucción que les da es clara: enfóquense sólo en el pueblo de Israel y anuncien que «el Reino de los cielos ha llegado». Utilicen lo que sea para demostrar que lo que dicen es cierto. No cobren por dar porque tampoco pagaron por recibir. Apliquen lo que escucharon en la montaña sobre la acción providencial del Padre. No se aferren en un lugar que no lo quieran. El rechazo de esa casa tendrá consecuencias funestas. Y, volvamos a preguntar: ¿esos doce seguidores comprendían la repercusión de lo que decía Jesús? Quizá no. Más adelante veremos que ese poder parece fallar al momento de querer utilizarlo. Pero desde este momento, ninguno de esos Doce elegidos volverían a ser los mismos. Habían llegado a un punto de no retorno donde Jesús les ordenaba y les marcaba el resto de su vida: serían enviados para enseñar y convertir a las personas. El Maestro podría haber resumido esta introducción diciendo: «hagan lo que yo hago». En eso se resumen las instrucciones que Jesús ordena a sus Apóstoles.

¿Queda espacio para hablar sobre la eterna polémica de que siga existiendo el cargo de Apóstol? Muchas iglesias tienen el atrevimiento de juzgar como falsas a otras si responden negativa o positivamente a esa pregunta. Para empezar, la Iglesia no está aquí ni por asomo. No hay en griego una sola palabra que tenga cercanía a lo que hoy conocemos como iglesia. Ni siquiera era un puesto. Más bien, estos Doce seguidores tenían ahora claro que aquello era una vocación. A partir de entonces, su vida consistiría en caminar, predicar y sanar. Es ocioso seguir con una discusión que al final no tendrá solución. Si hay o no apóstoles en una iglesia, ¿hará la diferencia el día del juicio? Si usted es apóstol pero nadie lo reconoce, ¿no bastaría con que el Padre lo reconozca? Si usted cree que los Doce fueron llamados una sola vez en la historia del cristianismo, ¿eso determina su salvación eterna? ¡Qué lejos de esas discusiones interesantes pero inútiles se encuentra Jesús! Hasta este momento, no hay ni rastros de que el Maestro quisiera dar una preferencia superior a los Apóstoles. Los llama, eso sí, a servir de forma superior. Los llama a ser los perseguidos por excelencia. Nada de imposiciones de manos, de atuendos, de ritos. Aquí está un carpintero y doce hombres de diferentes profesiones que inician un ministerio de servicio para su sociedad. Así de sencillo.

Lo que parece estar fuera de discusión es que el Maestro sigue llamando hoy, sin importar el título que quiera ostentar. El Rabí de Galilea sigue llamando a pescar hombres a quien quiera serlo. Qué privilegio estar cara a cara con Jesús. Pero también, que bendición estar espíritu con espíritu con el Señor. A eso nos atenemos los cristianos del siglo XXI.

 

Ciegos, endemoniados, evangelización

Mateo 9: 27-38

Lo que sigue es natural y evidente: todo enfermo que ha escuchado de Jesús quiere acercársele. Toca el turno de dos ciegos. La Escritura no dice a casa de quién entró Jesús pero sí que este par como pudo llegó cerca del Maestro. Y otra vez la pregunta recurrente: «¿creen que puedo hacerlo?». Aquí aparecen los primeros que tratan a Jesús con títulos mesiánicos. Las acciones que se relatan aquí tienen un componente curioso. El evangelio de Juan dice que el amor consiste en obedecer. Aquí ocurre el milagro luego de ese primer «sí, Señor» que aparece en el Evangelio, pero la orden estricta es que no divulguen el hecho. Y los ciegos, en un acceso de euforia (¿quién podría callar la salud recobrada?), lo anuncian por toda esa tierra. ¿Cómo juzgar a los ciegos desobedientes? Primero fueron los pioneros en llamar Jesús Señor y Mesías y luego se convirtieron en los desobedientes. No hay, sin embargo, ningún reproche, ninguna condenación. La fe es más grande que la desobediencia.

La casa aquella parece hospital general. Después de los ciegos parlanchines, llega un mudo. De nuevo está la relación entre endemoniados y enfermos. Ya en este punto, la fama de Jesús ha llegado a tal punto que la gente sorprendida llega a la conclusión de que «no se ha visto jamás cosa igual a Israel». Y entonces, junto a la fama, llega el enfrentamiento con los principales religiosos quienes lo equiparan con ¡el príncipe de los demonios! Vaya conclusión. Vaya error. Una verdadera difamación. Pero es típico de una sociedad demonizar a los visionarios. Aquellos que quieren dar un paso al frente tendrán que enfrentar las críticas de los que se sienten amenazados. Los humanos tememos a lo desconocido, a lo incierto. Jesús representaba una amenaza a la sociedad de su época. Lo natural es reverenciar u odiar. Cada quien decide qué hará. Es claro que una parte de los fariseos tomó su decisión.

Y luego de todo esto, el Maestro continúa su viaje misionero. Entonces aparecen esas palabras que encierran una actitud frente a la vida: Jesús tuvo compasión. En lugar de expresar el cansancio normal de una jornada observa a las multitudes «angustiadas y abatidas». Se dirige a sus discípulos para anotar la necesidad de obreros. La cosecha hoy en día sigue siendo mucha. Siguen existiendo esas multitudes sumidas en la angustia existencial, en el abatimiento, en la confusión, en ese estado del alma que no puede responder la pregunta que todo ser humano se hace un día: «¿quién soy?».

 

Dos signos en uno sólo

Mateo 9: 18-26

La fama de Jesús crecía en medio de burlas, sorpresas y signos. Aquí tenemos en un mismo acontecimiento dos señales de su poder. De camino a la casa de un oficial de la sinagoga, una mujer desesperada corre a tocarlo para que también lo sane. Las palabras que dirige, la escena es de una intensidad por breve sobrecogedora. Por la versión de Lucas, sabemos que la mujer tenía ya varios años (y dinero) buscando la salud. Sabemos además que ella sintió temor y que Jesús realizó una de las preguntas más extrañas: «¿Quién me tocó?» y los discípulos responden lo evidente: «con tanta gente, ¿cómo lo sabremos?». El Maestro insiste y la mujer, ya en plena confusión de medios y fines, confiesa su osadía. Jesús no la reprende. Una sola palabra que vuelve a enfatizar el poder de la fe para que ocurran cosas extraordinarias; sólo eso basta. Y la mujer sana. El flujo de sangre se detiene. Una vez más, Jesús utiliza una palabra que ha recorrido hasta este capítulo: ánimo y fe. Eso es Jesús: alegría y creencia. Si el cristiano sufre no debiera ser sino por algo que esté fuera de su alcance. Interiormente, un cristiano debe vivir en paz. El Maestro ha sanado porque miró nuestra fe, no nuestra enfermedad.

Pero aquí no termina el pasaje. Jesús llega a casa del «oficial de la sinagoga» y ahí hay un caos propio de una muerte reciente. En medio de los invitados y gorrones habituales, el Rabí ordena que se vayan y afirma que está dormida. Estas personas que lo mismo lloran que se carcajean frente a un cadáver, se burlan de tal afirmación. Jesús no hace caso, entra al cuarto, toma de la mano a la niña y ocurre lo inesperado: sí estaba dormida. Del desorden a la burla y de la burla a la impavidez de quien ve a una muerta resucitada, los testigos jamás olvidarían aquello. ¿Cuántas veces hemos escuchado las burlas, la incredulidad, las risas cuando afirmamos que algo inesperado va a ocurrir? ¿No hemos escuchado decir: «él no va a cambiar», «esto es pasajero, su emoción va a pasar y será el mismo»? Algunos hemos dudado del Maestro de tal manera que, como los padres de esa niña, sólo la fe de otros nos ha servido para ver el signo del Ungido. Entonces, cuando el creyente ha sido otro por un año, por tres, por siete y hasta el lecho de muerte, sabemos que Jesús ha entrado con toda su Majestad al corazón de un ser humano. El signo de Jesús no consiste en resucitar sino en que la fe alcanza para ser nuevas criaturas.

El evangelista condensa en esta acción el poder de la fe en Jesús. Esto es importante enfatizarlo: no es tener fe en abstracto, no es la fe en sí misma. Lo que el pasaje enseña es que la fe en Jesús sana. La salud de la que hoy deberíamos hablar tendría ser menos de la carne, que al final muere, sino del espíritu. Si queremos tener un espíritu nuevo, si queremos sanar las heridas que una vida desenfrenada, confusa, ignorante provoca, «basta» con creer en Jesús. Este componente se llama, simple y llanamente, el evangelio de la salvación. Eso fue lo que se empeñó en practicar el Maestro de Nazaret.

La pregunta de los de Juan y los odres

Mateo 9:14-17

He aquí otra pista de lo que ocurría en esos momentos. Si los discípulos de Juan fueron a consultar a Jesús es porque quizá ambos seguían predicando, uno desde el Jordán, otro al norte de Palestina; uno con seguidores que en lugar de perder peso lo ganaban, otro con su vida frugal. La respuesta a por qué no ayunar es clara: porque no había motivo para estar triste. Otra clave de lo que significaba estar cerca de Jesús. Nada de penitencias, nada de sacrificios vanos. La metáfora es clara: estar cerca del Maestro debería ser motivo de infinita alegría. Y luego pasa al terreno de la renovación. No podemos cambiar sólo algunos aspectos de nuestra vida interna, ni tampoco aparentar que somos diferentes cuando en esencia seguimos siendo los mismos. Lo de Jesús es una renovación completa, no puede ser parcial. Los odres viejos podrían echar a perder el vino del evangelio.

Pero también hay una pista de lo que significa ayunar. Aquí lo podríamos tratar. Ya en el sermón de la montaña hemos visto a un Jesús que pide ayunar en secreto. Ahora lo vemos contestando que lo natural es ayunar cuando hay tristeza. Es una reacción natural. En ningún caso es considerado como moneda de cambio entre Dios y el creyente. He escuchado a hermanos bien intencionados pedir ayunos para recibir algo. «Estoy ayunando para conseguir trabajo, o para que mi hijo sane, o para aprobar mi examen». ¡Esto no enseñó Jesús! Los odres viejos, los remiendos viejos pueden echar a perder un acto íntimo entre Dios y los creyentes. El ayuno sirve para enfocar nuestra mirada, nuestra mente y nuestras fuerzas en el Padre. Dejar de comer no quiere decir que Dios voltee a vernos. No por el hecho en sí mismo. El Señor siempre está atento de nuestras necesidades. La vieja mentalidad de hacer algo para merecer un premio nos puede atormentar. No es por Dios es por nosotros que ayunamos.

¿No está el Maestro con nosotros? Sí. Creemos en un Salvador vivo. El novio ha resucitado y nos ha dejado al Espíritu Santo como regalo, como consuelo. Así que un cristiano debiera optar por el ayuno como un ejercicio espiritual no como un acto para conseguir una bendición. Ayunar nos facilita concentrarnos espiritualmente (amén de perder kilos). No se trata de andar con los rostros compungidos sino con la cabeza en alto. Mientras más hambre sintamos, más podemos pensar en el Dios que nos provee siempre, en el Padre que nos dará de comer si ponemos toda nuestra atención en el Reino de Dios y en su justicia.

¿Qué informe le habrán dado a Juan sus discípulos? Quizá que su primo, el mismo hombre que había bautizado días atrás, enseñaba un evangelio de alegría, de esperanza; que veían una multitud que comía, que sanaba, que habían recuperado la paz. Y quizá Juan empezaba a poner él mismo su alma en paz: no había errado. El Reino de los cielos ya estaba aquí. Ya está en la tierra.

Él perdona pecados

Mateo 9:1-8

Aquí vemos a Jesús embarcando nuevamente por el lago. De los sepulcros, el Maestro llega a su ciudad. En Nazareth, como en la mayoría de las ciudades, Jesús no es bien visto por el establishment religioso. Ahora el conflicto estalla porque el Rabí sana a un paralítico. Recordemos que en el mundo antiguo las enfermedades estaban relacionadas con el pecado. Se creía que el enfermo tenía problemas morales y por eso sufría. Así que Jesús recuerda esto para, acto seguido, escuchar las críticas de sus adversarios. Antes de arrojar la primera piedra, pongámonos en su lugar. Los escribas, con toda la razón, cuestionan que un hombre se abrogue el derecho de repartir perdones de pecado. Incluso hoy, si escucháramos que alguien, por muy hacedor de milagros que fuese, diera perdones, ¿nos quedaríamos impávidos? No. Sin embargo, Jesús no se queda ahí en la confrontación. La gran autoridad del Nazareno provenía de su actuación consecuente. Ahora les reprocha la crítica y les muestra con quién están hablando. Entonces, en un acto de demostración de poder, acompaña el perdón de pecados con la salud del paralítico. Los escribas se sorprendieron por partida doble: porque Jesús parece adivinar lo que piensan y porque observan una señal del Mesías. La gente queda más sorprendida. El pasaje termina con una frase reveladora: «glorificaron a Dios, que había dado tal poder a los hombres». Es decir que hasta en este momento, Jesús no era más que un gran Rabí, acaso un profeta, pero en todo caso, un hombre. Nadie dijo: «Dios está con nosotros» o «Yahvé salva». Sólo vieron al hijo del carpintero y se sorprendieron.

Vemos aquí la continuación de dos grandes confrontaciones: contra los líderes religiosos y contra sus propios paisanos. Ni unos ni otros alcanzan a ver más allá de lo que ven sus ojos. Y ante su presencia, Jesús no era más que un agitador, como mucho un profeta del calibre de Juan, pero más insoportable que su primo. Y más peligroso. Los innovadores nunca son bien recibidos. Y Jesús, que tenía días de pronunciar un discurso memorable, era ya un Maestro del pueblo incómodo. Como cualquier judío de Palestina, sabía las Escrituras, pero, a diferencia de sus líderes, Jesús hablaba y actuaba con un poder que ya en ese momento podría calificar como francamente sobrenatural. Y sus paisanos, aquellos que sabían de los dichos que decían ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret?, esos mismos no toleraban que ese carpintero siguiera dejando en ridículo a su ciudad. Porque ciertamente que Jesús dividió. Para unos era superior a Juan en cuanto su autoridad moral, para otros sí lo era en su afán de peregrino. Mientras Juan se quedó en el Jordán, aislado en el desierto, Jesús caminó, habló y sanó. Era alguien excepcional. Para bien o para mal.

No podemos dejar este pasaje sin tocar la parte alegórica. Como ese paralítico, muchos hemos llegado a Cristo con la duda de si Él puede hacer algo. ¿Cuántos de nuestros amigos tenían más fe que nosotros? Y, como los escribas, hemos oído más de una vez la crítica feroz de los religiosos, de los conocedores, de los sabios. No sabemos cómo, pero la fe en Jesús pudo más que los consejos de cientos de terapeutas profesionales. Cuando escuchamos esas palabras de Jesús, esas que dicen «ánimo, tus pecados te son perdonados», sólo recogimos nuestra camilla y lo seguimos. «Levántate»: he aquí la orden de Jesús que todavía resuena en el corazón de cientos que están postrados en sus camillas de hedonismo, conformismo y egoísmo. Y luego: «camina». Jesús lo ha dicho.

 

Los endemoniados de Gadara

Mateo 8:28-13Este es uno de los pasajes más inquietantes de todo el evangelio. Jesús ha subido a la barca y, luego de calmar la tormenta, llega a «tierra de los gadarenos». Pero, curiosamente, el desembarco ocurre cerca de un cementerio. Dos «endemoniados» salen de entre las tumbas y reclaman a Jesús porque creen que se está metiendo con ellos. Luego, ya resignados, le piden que los envíe a una piara de cerdos. Jesús les toma la palabra y los espíritus van a dar al despeñadero. Los que cuidan van corriendo a la ciudad a contar con detalle (exagerado) lo que acaban de presenciar. La «ciudad entera» va al encuentro de Jesús y… lo corren de su tierra. Además de poner en claro el poder de Jesús, ¿qué nos quiere decir el evangelista? ¿Qué simbolizan todos estos elementos? ¿Hay algún factor esotérico que nos haga falta conocer para entender el pasaje? ¿Cómo y por qué rogaron al Maestro que se marchara? Algunos piensan que fue por el temor de perder a más cerdos y con ello evitar la quiebre. Otros, como Fernando Vallejo (cuyo libro sobre la iglesia -la cristiandad- seguro habrá sido quemado tan sólo leer el título por algún cristiano fundamentalista), critican severamente el permiso de Jesús que termina en la muerte de animales inocentes. En fin, el pasaje no es muy claro en su propósito y es un tanto complejo (e incluso tramposo) si le damos otro significado. Y, con la venia del lector paciente, sin embargo, lo intentaremos someramente.

La primera parte podría simbolizar al hombre en su condición de alienación. Los demonios modernos podrían ser los típicos sustitutos de la felicidad: drogas, alcohol, dinero, sexo. El demonio moderno más común se llama hedonismo, esa actitud egoísta del hombre de hoy que lo lleva a caer en una paradoja: para gozar de la comodidad que tanto le agrada, el ser humano debe trabajar, sin importar la jerarquía en una organización, de tal manera que lo que obtiene no lo puede disfrutar sino hasta el final de su vida. ¿Por qué abundan los paidófilos? Porque han perdido el sentido de responsabilidad hacia el otro. No importa que sean niños ni que su actividad sea ilícita. Pero que el demonio domine al hombre no exime de la responsabilidad personal de éste. Es decir, si un demonio controla a un hombre es porque éste se deja dominar. Y aquí no estamos echando por la borda los descubrimientos en psiquiatría de los últimos años. La metáfora de los demonios no puede ir muy lejos. Por ejemplo, he escuchado a cristianos satanizar los problemas de depresión, aconsejar que oren, que Dios es más fuerte que la mente. Pero los que sufren de ese problema no pueden salir. Quizá lo que Jesús les diría es «¡id al psiquiatra!».

El elemento de los cerdos parece obvia: el animal era considerado impuro por los judíos. Jesús era judío, así que enviar a los demonios a los cerdos era ante sus ojos un acto consecuente con todo el contexto. Jesús envía a la basura de las imitaciones a todos los sustitutos de la paz que viene sólo por tener fe en él. Un recién converso entiende como pocos esto. Ha experimentado cómo sus demonios han ido a parar a, digamos, las ratas. Ya no tienen poder sobre ellos, ya no buscan los cementerios modernos para buscar su felicidad, para hallar a otros autistas espirituales. Un hombre endemoniado que siente la presencia de Jesús no quiere, al principio, que se meta con él. ¿No hemos pasado todos los cristianos por ese periodo de escepticismo e incluso de medio a la llegada del evangelio? ¿Cómo nos sentimos cuando experimentamos el poder liberador de Jesús? ¿Y cómo se sienten los que ven el milagro?

El Maestro sigue pasando por cementerios espirituales, le siguen saliendo endemoniados y continúa realizando exorcismos. Lo creamos o no.

Los primeros signos. Multitudes

Mateo 8:14-17

Lo sorprendente es que todo lo que estamos viendo sucedió en un día. Muchas emociones, muchas vidas transformadas en un sólo día. El pasaje concluye con la salud recobrada de la suegra de Pedro que de inmediato se levanta para servirle. Y, como para no seguir con una lista interminable de personas enfermas que milagrosamente recobran la salud, el evangelista sólo nos dice que muchos fueron a verlo y en ese mismo día se cumplió una promesa mesiánica: «Él tomó nuestras flaquezas y llevó nuestras enfermedades».

En esa Escritura se enseña algo también básico: Jesús es el Señor del perdón y de la empatía. El Mesías no sólo dará buenos mensajes sino que participará activamente en activar la paz de las personas. Como dirían hoy los gurús de la mercadotecnia: era un Maestro integral. Sin embargo, este pasaje también puede ser interpretado de manera tendenciosa. ¿Está insinuando Jesús que todos los cristianos de todas las épocas tendrán que tener ese don de sanar para probar su calibre espiritual? Dejando a un lado lo creíble que puede ser uno de estos signos, (es decir, pasando por alto una probable alegoría del escritor bíblico), lo que el pasaje nos enseña es que el Rabí también cumple con la función de llevar las cargas espirituales del creyente. Ahí está, al fin, lo que la religión provee al hombre moderno: la conciencia de que no está sólo en este mundo, la confianza de creer en un poder superior a sus fuerzas. Jesús no es sustituto hoy del psiquiatra, oftalmólogo, ginecólogo o cualquier médico. La salud a la que se refiere al evangelista rebasa la carne. Si sólo se enfocara en sanar la carne, Jesús no habría pasado a la historia sino como un curandero más. Todas las personas que sanó, murieron, fueron a dar a la tumba. De eso no cabe la menor duda. Pero lo que terminó haciendo a los testigos fue dar señales de que Él verdaderamente era el Hijo de Dios.

Así que Jesús toma las necesidades espirituales de los que tienen fe. No hay aquí una contradicción entre la fe y las obras. No hay en Jesús una actitud pasiva hacia los que creen. En este sentido, Jesús no fue un rabino que vino d dar una interpretación nueva de la Tanakh. Más bien, se puso al nivel de los sencillos para demostrar todo lo que Dios más allá del texto. O dicho en otras palabras, Jesús expuso al Padre en su totalidad. Un Padre que se preocupa de sus hijos y que puede hacer milagros si el creyente es verdadero. Ahí, en creer en Jesús se funda el cristianismo.

Descubren iglesia (¿más antigua?)

Estas notas debemos tomarlas con cautela. Algunos de los descubridores se emocianan tanto que adelantan conclusiones sensacionalistas que luego deben desmentir. Como sea, el descubrimiento queda documentado. Por cierto, no entiendo bien eso de que «de acuerdo con la historia autentificada [Jesús] estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab. O son los nombres modernos de problaciones bíblicas o esos documentos son poco conocidos porque justamente un descubrimiento documental o arqueológico que demuestre la presencia física de Jesús sería el más grande descubrimiento de la llamada arqueología cristiana. En fin, aquí la nota.

En Rihab, la primera iglesia del mundo

No lejos del mítico río Jordán los arqueólogos acaban de descubrir una gruta que no sólo definen como la primera iglesia del mundo, sino que aseguran que el mismo Jesucristo se refugió allí con sus discípulos.

Así lo afirma el arqueólogo Abdul Qader Hosan, director de las excavaciones que sacaron a la luz esta pequeña gruta cuyo origen se remonta al siglo I de nuestra era, en la población agrícola jordana de Rihab.

«De acuerdo con los indicios que tenemos, creo firmemente que Jesucristo se encontraba entre los primeros cristianos que visitaron Rihab y la presencia de treinta iglesias en este pueblo es una clara señal de esto», dijo a Hosan, director del Centro de Estudios Arqueológicos Rihab.

Para defender su tesis, el arqueólogo explicó que «además, Jesucristo pasó parte de su vida en Jordania y de acuerdo con la historia autentificada estuvo en Anyara y Aylun» de Rihab.

Según este investigador, los cristianos, acosados por los romanos de Jerusalén, buscaron refugio en grutas montañosas de la actual Jordania donde poder celebrar sus ritos.

Una de estas grutas, en el pueblo de Rihab, parece ser la más antigua de la que se tiene constancia.

«Creemos que esta es la primera iglesia del mundo, donde los cristianos vinieron a refugiarse cuando escaparon de la persecución romana en Jerusalén», aseguró el director de las excavaciones.

Primera iglesia

Fuente: EFE

Los signos. El Centurión

Mateo 8:5-13

La fe del centurión impresionó a Jesús y le hizo decir una de las frases más duras contra el pueblo de Israel: «los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera». Este es una de las pocas veces que un gentil se acerca a Jesús. En una interpolación de su propia autoridad, compara al Maestro con un centurión que da órdenes. De paso, nos da pistas sobre el verdadero poder de Cristo: éste es proporcional a la fe que uno tiene. De paso, Mateo sugiere que los gentiles tuvieron más fe desde el principio que muchos de sus paisanos.

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Los primeros signos. El hombre con lepra

Mateo 8:1-4

El Maestro termina de dar el discurso más importante y baja. ¿Cuánta gente de la que estaba ahí había entendido la trascendencia de lo que acababa de decir? ¿Entendían la trascendencia del acto del que acababan de ser testigos? No lo sabremos pero ciertamente lo primero que escucha Jesús al bajar de ese monte fue una petición de ayuda. Un leproso, que es como decir un apestado, se acerca y de rodillas le pide la limpieza de su carne. Escuchemos las palabras con las que pide al Rabí: «si quieres, puedes limpiarme». Acaso los enfermos tenían más entendimiento de la persona que acababa de predicar. Porque lo que estaba diciendo es que Jesús tenía el poder de salvar. Recordemos que la sabiduría popula de la época dictaba que un enfermo estaba pagando por un pecado. Así que el hombre arrodillado ahí identifica la capacidad de Jesús de perdonar pecados. La respuesta del Maestro es inmediata y de una vehemencia notable: toma la mano (¡horror!), afirma que quiere y el milagro sucede. Entonces Jesús manda a callar al sanado y le ordena presentar la ofrenda que la Ley de Moisés manda.

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Los primeros discípulos

Mateo 4:18

Jesús inicia a pescar a sus primeros y más fieles discípulos. Y les da la misma misión: «sean pescadores de hombres». Antes del primer gran sermón de todo el Nuevo Testamento, Jesús inicia un recorrido por su tierra, en los lugares donde se realizaba el culto judío, predicando la buena noticia y sanando gente. Su fama empieza a crecer de una forma tal que el evangelista enfatiza las regiones desde donde llegan las personas.

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Las primeras palabras de Jesús

Mateo 4:12-18

Con Juan en la cárcel, Jesús regresa a Galilea. Su prueba había sido superada. Ahora sale de Nazaret y va a Capernaúm. El evangelista está preocupado por lo que él considera una prueba del mesianismo de Jesús. No fue a Capernaúm sólo por una ocurrencia. No. Jesús va para allá porque debe cumplirse la profecía. Otra vez, tenemos un contexto profundamente marcado por la cultura judía. A ningún gentil le tendría que preocupar tantos detalles de tierras y profecías. Sin embargo, a Mateo le interesa enfatizar que las promesas divinas se cumplen. Así lo transmite a los lectores de todas las épocas aunque quizá en mente sólo tenía a los judíos convertidos al cristianismo.

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Jesús es tentado

Mateo 4:1-11

Jesús ha sido bautizado y ahora, como Moisés, se va al desierto. Este periodo de preparación, quizá perdido en el mundo occidental moderno, tiene mucho que enseñar a los cristianos de hoy. Vemos a un Jesús que es tentado por el maligno luego de pasar por la prueba de dejar de comer por cuarenta días y cuarenta noches. Hambre, cansancio físico, soledad, incertidumbre acaso, todo esto atacó a Jesús en esa prueba autoimpuesta que serviría para entrar en contacto con su Padre con miras a salir de ahí a predicar como un verdadero profeta.

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El bautizo de Jesús

Mateo 3:13-17

Entonces Jesús llegó de Galilea al Jordán, a donde estaba Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trató de impedírselo, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Y respondiendo Jesús, le dijo: Permítelo ahora; porque es conveniente que cumplamos así toda justicia. Entonces Juan se lo permitió. Después de ser bautizado, Jesús salió del agua inmediatamente; y he aquí, los cielos se abrieron, y él vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre El. Y he aquí, se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido.

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El gran olvidado

Mateo 3:1-12

Juan el Bautista es el único santo no cristiano. La frase la leí en la contraportada de una hermosa novela de un escritor católico (Javier Sicilia, El Bautista). En efecto, el Bautizador sigue siendo el gran olvidado del cristianismo. En los sermones que cada domingo se escuchan en todo el mundo cristiano, la profecía de Juan se cumple: Jesús irá creciendo en importancia y Juan irá decayendo.

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Muertes y huidas

Mateo 2:13-23

Continuamos con la historia de los primeros días de Jesús. Los sabios logran burlar la trampa de Herodes y éste, en venganza, manda asesinar a todos los niños menores de dos años de Belén. Mientras, la familia de José huye a Egipto, prevenido aquel por un ángel y en sueños. José tiene un carácter extraño que consiste en dejarse guiar por los sueños que le llegan desde que decidió casarse con María. No queda claro si sabía qué estaba pasando, pero obedece. Regresará a Israel sólo cuando Dios lo ayuda a vencer sus miedos. Entonces llegan «a una ciudad llamada Nazaret». Con ello, Jesús adquiere su ciudad de residencia. Desde entonces será conocido como Jesús de Nazaret, hijo de José y María.

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La adoración de los sabios

Mateo 2:1-12

Jesús nació en Belén. Su estrella inquietó a un rey y atrajo a sabios. En esa casa donde una mujer convalecía luego del parto, Dios mismo se expresaba, paradójicamente en la fragilidad de la vida de un niño, en su dependencia absoluta en sus padres. De pronto, tres hombres tocan la puerta donde María cuidaba al Hijo de Dios y observa cómo se arrodillan y le rinden tributo. La escena, tan extraña por esa mezcla de elementos religiosos (niño, reyes, sabios, estrellas, ofrendas) nos hace pensar que estamos leyendo un relato diferente a todo el evangelio cristiano. ¿No contrasta todo este inicio espectacular con el fin ignominioso en la cruz?

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La concepción de Jesús

Mateo 1:18-25

El evangelista no contesta la pregunta que me hizo una vez una niña que iría en sexto año de primaria: ¿cómo es que el Espíritu Santo embarazó a María? Cientos de bromas, frases en doble sentido, anécdotas se cuentan alrededor de este evento extraordinario. Lo mismo se dice que esto es obra de extraterrestres o que definitivamente fue una invención que el cristianismo posterior a la Pascua tuvo que adaptar para que Jesús fuera verdadero hombre y verdadero Dios. También se ha escrito ya los suficiente para concluir que la escritura de Isaías es una lectura de la Septuaginta y hoy mismo, cualquiera puede abrir una Biblia moderna y leerá que en Isaías 7:14 hay palabras como joven, doncella, virgen, muchacha. La hermenéutica más estricta hará dudar a más de uno de esta referencia mesianica. Pero, ¿por qué era tan importante para el evangelista escribir todo este preámbulo a la llamada vida pública de Jesús? De nueva cuenta, porque sus lectores tendrían un contexto judío. A ellos se les explica esta historia como una prueba más de que Jesús nació por obra divina y que, al fin, es el Ungido esperado por siglos. No era un asunto menor.

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La genealogía

Mateo 1:1-17

Tres etapas de catorce generaciones que es el doble de siete, el número perfecto para los antiguos hebreos. No caigamos en los excesos literalistas. Perderemos el tiempo y la esencia de estas palabras. El escritor bíblico está afirmando que Jesús llegó en un momento histórico perfecto; es decir, que la humanidad debió esperar el tiempo apropiado para que el Mesías hiciera su aparición en la Tierra. No deberíamos perdernos en discusiones sin fin sobre la veracidad científica de esta lista, aunque un repaso a algunos de estos nombres nos daría pistas sobre la otra intención de esta genealogía: que Jesús es el Mesías prometido al pueblo elegido.

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Por quién vino Jesús

Mateo 9: 9-13

Cuando Jesús se fue de allí, vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina de los tributos, y le dijo: ¡Sígueme! Y levantándose, le siguió. Y sucedió que estando El sentado a la mesa en la casa, he aquí, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos. Y cuando vieron esto, los fariseos dijeron a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los recaudadores de impuestos y pecadores?  Al oír El esto, dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. Mas id, y aprended lo que significa: «MISERICORDIA QUIERO Y NO SACRIFICIO; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores. 

Fariseo: sinónimo de hipocresía religiosa. Cómo hemos malinterpretado el combate de Jesús no contra los fariseos sino contra su falta de piedad. Se nos ha olvidado que en realidad los fariseos eran los que más se afanaban en cumplir con la Ley de Moisés.

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La fe en el poder de Jesús

Mateo 8: 23-27

Cuando entró Jesús en la barca, sus discípulos le siguieron. Y de pronto se desató una gran tormenta en el mar, de modo que las olas cubrían la barca; pero Jesús estaba dormido. Y llegándose a El, le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos , que perecemos! Y El les dijo: ¿Por qué estáis amedrentados, hombres de poca fe? Entonces se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Quién es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

Jesús dormido. Una marca que nos recuerda que seguimos a uno que fue verdadero hombre y verdadero Dios. En estas pocas palabras encontramos resumida esa profesión de catecismo.

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Para seguir a Jesús

Viendo Jesús una multitud a Su alrededor, dio orden de pasar al otro lado del mar. Y un escriba se acercó y Le dijo: «Maestro, Te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras (cuevas) y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.» Otro de los discípulos Le dijo: «Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.» Pero Jesús le contestó: «Ven tras Mí, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Tan sólo un capítulo antes, Jesús ha terminado de pronunciar el Sermón de la Montaña. Aquí están la acción, los milagros, las sanidades. El evangelio pasó de la enunciación a la práctica. Y con ello, el riesgo del espectáculo, de los intereses personales. ¿Cómo no seguir a un hombre que sana gratuitamente? ¿Cómo no estar cerca del galileo que dice cosas diferentes a las del establishment y que al mismo tiempo trae la paz a los cuerpos de sus oyentes? Muchos seguían a Jesús por fines egoístas, otros por curiosidad y muy probablemente, otros por seguir lo que los demás hacían. Pero Jesús no iba a permitir que aquello se convirtiera en un show.

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Roca o arena

Cualquiera, pues, que oye estas mis palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y todo el que oye estas mis palabras y no las hace, será comparado al hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó; y fue grande su ruina. Y fue que, cuando Jesús hubo acabado estas palabras, la gente se maravillaba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.

La casa bien o mal fundada. El prudente o el insensato. El sabio o el terco. ¿El inteligente o el tonto? He aquí las dos respuestas al Evangelio, la decisión a la que uno no puede escapar luego de todo el sermón de la Montaña. No hay más que esos dos caminos. O se es o no. No hay atajos, caminos no tan amplios, ovejas con cola de lobo, predicadores que mientan y digan la verdad al mismo tiempo. Sólo queda seguir a Jesús hasta la cruz o abandonarlo.

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Quién entrará a los cielos

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.

Esta es una de las escenas más tristes, desoladoras y francamente aterradoras de todo el Nuevo Testamento. Con tan sólo imaginar la escena, viene el temblor y el terror. Uno puede imaginarse las filas de los santos que esperan su turno para entrar a la vida eterna, en medio de salmos, gozo, alegría, esperanza. ¡Todo los sufrimientos de esta tierra a punto de desaparecer! Pero, cuando le llega al turno al lobo rapaz, su nombre no está en la lista. Tantos años, tantos milagros, tantas bonitas palabras, tanta apariencia para que el día decisivo el Señor diga: «no te conozco». ¿No es acaso un momento de angustia?

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Los falsos profetas

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así todo buen árbol da buenos frutos, mas el árbol malo da malos frutos. El árbol bueno no puede dar frutos malos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.

Preguntémonos: ¿por qué vamos a una iglesia? Jesús nos dice claramente que hay muchos que van con sus mejores ropas, que llegan a la iglesia y gritan «amén», «aleluya», pero por dentro están podridos y esconden su verdadera naturaleza. Verdaderos lobos que creen que por estar en un lugar serán salvos el día final.

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