Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por siempre. Amén.
¿Por qué hay que pedir a Dios para que no «nos meta» en una tentación? ¿Tenemos un Padre al que le gusta probarnos? ¿Tiene la capacidad de «dejarnos caer»? Quizá lo que el Maestro enseña tiene una resonancia en el Edén. Puede estar diciendo: «no dejes que seamos como Adán y Eva, no dejes que la serpiente se acerque, ayúdanos a ser obedientes». En todo caso, ¿por qué no habría de «meternos en tentación»? ¿Acaso un maestro no examina a su alumno? Dios, en su soberanía absoluta, podría permitir que uno de sus ojos pase cerca de una tentación. Quien lo tienta no es Dios sino lo interior del hombre. Pero si ese creyente recuerda a su Señor antes que sus gustos y placeres egoístas, entonces la prueba será superada.
