Jesús y la samaritana I

Juan 4:1-26

He aquí otro diálogo transformador y revelador. Dice mucho cuando habla y cuando calla. Porque la escritura no explica que los protagonistas de esta escena tenían todo los requisitos para no hablarse e incluso para reñir. Uno hombre otra mujer; uno judío otra samaritana; un maestro y una mujer ordinaria. Géneros, credos y ocupaciones diferentes. Para esa sociedad y en ese momento histórico, él estaba en mejor posición frente a ella. Sin embargo, el encuentro ocurre en tierra de ella, con una necesidad física de él.

Pero también podemos hablar del método usado por Jesús para transformar la vida de una mujer y con eso también la forma de ver el mundo del pueblo samaritano de Sicar. El Maestro no gritó, no regañó, no exaltó una religión y menospreció otra. ¿La invitó a una nueva religión? Jesús le enseñó la verdad. Y la verdad es Cristo. Al enseñarse a sí mismo, mostró al Padre. Usó recursos discursivos para que aquello que había escuchado en el cielo fuera absorbido por una mujer simple. Cuando lo que decía parecía no tener sentido, Jesús lo hace más claro. Además, señalemos esto, usó su poder profético para atraer a una persona. El poder extraordinario como imán para capturar la atención de una persona. El recurso usado debía impresionar a su audiencia. Y así fue.

Lo que dice: creer en Jesús, el Cristo, trae como consecuencia la vida eterna. La predicación de Jesús es espiritual. Ella le pregunta «¿dónde adoramos?». Qué importan las construcciones fastuosas, qué importan los lugares santos (¿existe «Tierra Santa» en el mensaje de Jesús?), qué importa el rito, el vestido, lo de afuera. Jesús es la medida exacta para los sedientos existenciales. La mujer había buscado llenar vacíos con parejas sentimentales. Luego de cinco maridos, en el último se evitó el trámite y sólo vivía con él. Si hacía caso a la enseñanza del Maestro de Galilea, esa mujer podría terminar su eterna búsqueda de la felicidad. Pero Cristo no es una píldora para la alegría. Si así fuera, no sería más que un anunciador de la «buena vida». Digamos lo obvio: la vida termina en la muerte. Ahí, en la tumba, todos somos iguales. Pero la esperanza de Jesús es que la muerte trae la santificación para aquellos que deciden seguirlo en este mundo. El mensaje del Rabí dura más, muchísimo más, que un suspiro (eso, un suspiro, es al final la vida en este planeta).

Así que el Mesías prometido a los descendientes de Israel había llegado. Su poder estaba al servicio de los sedientos de espiritualidad. ¿Rompió reglas sociales? Más bien les dio una nueva dimensión. Sí, demos la voz a los fans del feminismo: el Maestro no se inmutó ante las mujeres. No las humilló, no las despreció, les dio un lugar en la espiritualidad que trasciende la preparación del café en reuniones de «santos varones». Este pasaje, central para entender la esencia del mensaje mesiánico, lo recibe una mujer cuyo única peculiaridad fue estar en un pozo cuando un peregrino tenía sed. Jesús es el Maestro de lo sencillo.

La confesión del Bautista

Juan 3:22-36

La última declaración del Bautista en el evangelio de Juan es impresionante por su sencillez y su humildad. Ante un ministerio paralelo, las confusiones llegaron. Y por enésima vez la pregunta: ¿eres el Mesías? No soy el Cristo es la respuesta clara.

Al parecer los seguidores de Juan no se fueron automáticamente con Jesús. De hecho, hay indicios de envidias. Quizá los de Juan acusaron de plagio el bautizo que también practicaba Jesús. ¿Por qué te copia, Maestro? ¿Por qué no ejerces tu derecho de propiedad sobre la inmersión? Y Juan lo deja claro: no sean terrenales, Él debe ir creciendo y yo disminuyendo pero eso es mi felicidad. La comparación es con el matrimonio. Juan era, digámoslo así, el caballero principal, Jesús el novio. Juan estaba alegre y feliz porque había llegado el novio y el tiempo estaba por cumplirse. De ahí a la cárcel, a la injusta decapitación, a la muerte pero, seguramente, también el encuentro con el Padre porque había cumplido su misión.

Con esta declaración, ¿queda duda de que el primer «cristiano» de la historia fue Juan? Su confesión es sencilla: Jesús es el Hijo de Dios, quien cree en Él tiene la vida eterna, quien no lo hace recibirá no tendrá vida sino que «la ira de Dios está sobre él»? Qué lástima que tengamos tan poca información de este personaje. Su influencia en el ministerio de Jesús es comparable a la de Saulo de Tarso (quien no conoció a Jesús en la vida terrenal). Pero si de versículos más pequeños han corrido litros de tinta, ¿no valdría la pena gastar más en el ministerio de Juan? Con estas palabras, en medio del revuelo que ya estaba provocando Jesús, Juan el bautizador concluye una de las misiones más desafiantes para el ego humano: preparar todo para que el Único tenga un camino más recto. Juan murió a sí mismo y en eso llevó su dignidad a alturas insospechadas.

El amor del Padre

Juan 3:16-21

El versículo 16 es uno de los más citados por propios y extraños. Así, extraído del contexto, suena «bonito». Pero cuando recordamos que esto es parte del sermón a Nicodemo, la escritura cobra mayor significado. Aislado, el versículo es usado para animar incluso a aquellos que todavía no creen. Sin embargo, el pasaje completo es de gran trascendencia para entender el ulterior desarrollo del movimiento de Jesús. Aquí está la médula de la soteriología cristiana:

1. Jesús es el Hijo enviado por el Padre amoroso.
2. Su misión es salvar a toda humanidad.
3. El centro de esa salvación es la fe en la persona de Jesús.
4. Aquel que cree «obra la verdad» y quien así lo hace vive en la luz. Lo contrario es propio de la oscuridad. Por lo tanto, Jesús predica la luz, esa luz que ningún tipo de tinieblas puede callar.

¿No son estos versículos la esencia de la doctrina cristiana? Y al mismo tiempo, ¿no está aquí la médula de la praxis cristiana? Y todo esto se lo dijo a un líder judío. Ay, Nicodemo, quién como tú.

Digámoslo ya para que el lector concentrado no se quede ansioso: la iglesia hasta ahora no forma parte de la predicación del Maestro. Suspiremos, pues, y esperemos el desarrollo del evangelio.

Nicodemo y Jesús I

Juan 3:1-15

Seamos honestos, ya como cristianos, ¿no hemos sentido alguna vez la tentación de estar en el lugar de Nicodemo? Sí, sí, aunque vaya de noche (quizá por el temor de ser visto por sus colegas), aunque tenga una actitud un tanto irreverente, un hombre que cuestiona a Jesús. Con todo eso, nos sorprende la actitud franca, el diálogo transparente entre dos Maestros.

Pero, imaginemos a Nicodemo, ese anciano que ha vivido por años en la Ley de Moisés, confrontado por lo que ve y siente. Sus sentimientos iban en contra de su razón. Algo le decía que Jesús era el Rabí esperado. El cuestionado no es el joven maestro sino el anciano líder. Todo el arsenal guardado por años está siendo minado por esas palabras extrañas. ¿Cómo entrar al Reino de Dios? Pues naciendo de nuevo. ¡Cómo! Y Jesús responde: pues tú lo deberías saber. En un sólo movimiento, Jesús desarma toda la sabiduría de Nicodemo.

Hay que nacer de nuevo de agua y de Espíritu. De agua: el bautizo por inmersión, como Juan. Y de Espíritu: aquí está el gran juego de palabras en este pasaje. Espíritu también puede traducirse como viento, soplo. Pero otro contrapunto es también la carne. Espíritu y carne: lo trascendental y lo superficial, lo que queda después de que los gusanos devoren el cuerpo. Pero también el Espíritu como (diríamos hoy) la tercera persona de la Trinidad. Así que la enseñanza de Jesús podría replantearse así: si quieres ser parte del Reino de Dios debes renunciar a tu yo y dejar que ese yo sea renovado por otro, el Espíritu de Dios.

Y hay más. Jesús refiere un pasaje del Antiguo Testamento donde Moisés construye una serpiente, la levanta y así destierra la plaga que mataba a los israelitas en el desierto. Cuando una serpiente mordía a uno, este debía voltear hacia Moisés y así se curaba. Mirar a Jesús en la cruz sana y quien lo crea recibirá la vida eterna. El seguidor preocupado, el discípulo que anda en caminos peligrosos, ¿qué debería hacer? No correr, no gritar, no andar de rodillas: mirar a su Salvador en la cruz.

Y el discurso ante Nicodemo apenas empezaba…

La expulsion de mercaderes

Juan 2:13-25

La pascua se acercaba y, judío al fin, Jesús visitó Jerusalén. ¿Hay una fiesta religiosa en occidente que sea más antigua que esta? Todo el pueblo de Israel, sin excepción, han escuchado por más de seis mil años, aquello que empieza: «Escucha Israel…» Jesús la festejó cada año, sin excusa, durante toda su vida en este planeta.

Allá va, Jesús y su todavía pequeño grupo de seguidores. Habitantes de un pueblo fronterizo, con acento al hablar, felices y a la expectativa de llegar a la Ciudad de la Paz. Jerusalén y su flamante templo, todavía en construcción. La Ciudad Santa, que, construida sobre colinas, se veía desde el camino de los peregrinos. Jesús y sus seguidores se acercan al lugar más importante desde la época de Salomón. Entran y lo que ven no es una reunión de hermanos alabando a Dios. No, ahí está todo un mercado religioso. ¿Le hace falta un cordero para su ofrenda? Yo le vendo uno auténtico. ¿Quiere cambiar monedas? Aquí le ofrecemos este servicio. Y el nazareno siente celo por la casa terrenal (por así decirlo) de su Padre convertida en un mercado vulgar. Y empieza uno de los actos más violentos del Maestro.

¿Por qué el evangelista nos deja saber este pasaje? El Maestro del amor, del respeto al prójimo, del poner la otra mejilla aquí, con un látigo, sacando a golpes a los vendedores y liberando la mercancía. Al menos por un día, les echó a perder su negocio. Se acabaron los discursos, empezaba la acción. ¿O no? Quizá era el guiño a los zelotas. Quizá, como quiere Kazantzakis (La última tentación), era la señal para los patriotas judíos. ¿Qué era todo aquello de tirar el templo? Juan dice que se refería a su propio cuerpo. Ahí está una señal para entender este pasaje.

Jesús enseña su pasión por el Padre. Una pasión que lo lleva a arriesgar su vida. Así debiera ser la vida de un discípulo. Es la lección para no hacerse de la vista gorda ante los excesos de la religión. Al ser el Hijo de Dios, lo que vio Jesús era una afrenta a Él mismo. ¿Hasta las armas? No. Jesús no asesinó a ningún mercader. ¿Hasta los excesos? No. El nazareno no cometió aquí ningún abuso, en todo caso, por qué elegir un látigo y no otra arma. Jesús actúa con energía, pero no con excesos de poder o fuerza. El escritor cuida muy bien de no mencionar golpes a otros ser humano. Aquí está Jesús representando en su ser la ira de Jehová. ¿Qué revolución habría sido esa que «restauraba» el culto en el templo? Tampoco es, pues, la invitación para la liberación de las cadenas de la esclavitud. No hay un llamado político sino moral e incluso ético para hacer lo que la ley de Moisés consideraba correcto: honrar a Dios. Algo había en ese hombre que no fue tocado ni por los guardias ni por los mercaderes. Era, insisto, la ira de Dios en el mismísimo carpintero de pueblo.

El pasaje termina con una declaración intrigante: Jesús no necesita testimonio de hombre. Por Él mismo se puede valer. Si todos le dieran la espalda, lo calumniaran, lo vilipendiaran, Jesús podría mostrar su majestad. El Mesías había llegado a la ciudad Santa. Pero un visionario, al parecer, nunca es bienvenido por sus contemporáneos. Ahí, en medio de sonidos de animales, el Maestro firmaba su condena de muerte.

La primera señal

Juan 2:1-12

En su origen, la palabra milagro tiene que ver con señal, signo. Es decir, para Juan, esas obras extraordinarias que el Maestro realizaba tenían que ver con un rasgo distintivo de Jesús: su carácter divino pero profundamente anclado a este mundo. Las señales que veremos en este evangelio son, pues, las muestras de que estamos frente al «verdadero hombre y verdadero Dios». El milagro tiene la función de demostrar que ese hombre no sólo es un buen profeta o quizá sólo un curandero o mago. Juan nos está diciendo que Jesús tiene poder porque viene de Dios.

Ahora, fijémonos en la resistencia de este primer signo. Jesús no quería hacer un espectáculo de su obra. Ahí estaba, en una fiesta, una boda (otro símbolo típicamente joánico) donde el menú quedaba incompleto sin el vino. ¡Qué terrenal! No hay aquí un cojo, paralítico, ciego. Es una fiesta. Y María (la madre de Jesús) no quiere que el ambiente se venga abajo. Acude a Jesús a pedirle un favor: convierte el agua en vino. Permítaseme la siguiente licencia: qué poco solemne, qué anticlimático de lo espiritual esta petición. El Maestro no usa un tono grave en esta primera señal. Repitámoslo: es una fiesta, Jesús está conviviendo con amigos y familiares. Ahí, en el gozo de una boda, hace el milagro.

¿Tiene este pasaje un sentido metafórico? Habrá quien quiera decir que esta señal tiene más de un significado. Jesús convierte un material común (insaboro, incoloro, inoloro) en uno de la mejor calidad. Quizá haya una resonancia con el evangelio de Mateo en aquello de que los cristianos son la luz del mundo. El Maestro puede cambiar el carácter de cualquiera con sólo pedirlo. De ser aguados a ser vinos de la mejor calidad. Sí, seguir a Jesús es una decisión y una petición. Una petición porque al seguirlo le estamos pidiendo (implícitamente) que nos cambie. Y Jesús transforma. Además, como sus discípulos, con esas transformaciones, veremos la gloria del Padre. Por eso podemos decir, lejos de falsas modestias, que lo que hoy somos no es producto de nosotros sino de Dios.

¿Eres una nueva persona? Sólo por gracia y poder de Dios, el Padre que mostró Jesús en una fiesta en Canán. Fiesta y espiritualidad no están peleadas.

Una lección de los primeros seguidores

Juan 1:35-42

Juan lo anuncia a sus discípulos: Jesús es aquel que el pueblo de Israel ha esperado. La escena es dramática: escuchan a su delgado y bronceado maestro, lo ven señalando al hijo del carpintero José; quizá intuyen que en esa declaración está implícita la transferencia de una autoridad que hasta entonces recaía en el influyente anacoreta pero que a partir de ese momento sería toda de Jesús.

Y entonces, los discípulos lo siguen. Jesús se voltea y les hace una pregunta cuyo eco resuena hasta hoy en los oídos de aquellos que quieren seguirlo: ¿qué buscan? La respuesta: tu casa. «Vengan y vean», concluye el hasta entonces insignificante personaje. Pero debemos preguntarnos nosotros, ciudadanos del mundo del siglo XXI: ¿qué buscamos en la religión? ¿Una respuesta? ¿Llenar vacíos? ¿La trascendencia? ¿La cura a enfermedades? ¿Fortuna? Nada de eso. La respuesta debiera ser la de los discípulos: a Él, al Cristo, al Mesías. Sí: sólo a Jesús. Esto parece una película donde ya conocemos el final: seguirlo tiene como consecuencia la vida eterna. Sí, pero en el principio (esos principios a los que de vez en vez queremos volver) los discípulos sólo atinaron a responder: «a ti, tu morada». Esa es la búsqueda del cristiano. ¿Cómo se nos puede olvidar que ese mote, «cristiano», viene del título que recibió Jesús y que de inmediato nos remite a la creencia básica de nuestra fe? Sí: esa fe tiene nombre y apellido, Jesús de Nazareth. Pobre del creyente que termina confundiendo medios con fines, de aquel que entra a una iglesia porque busca la fortuna que el mundo secular no le ha dado o la pareja que no consigue en años de búsqueda o la popularidad que sus conocidos le niegan o la cura a su enfermedad. Qué miseria de aquellos predicadores que ofrecen ese gancho de la prosperidad para ganar adeptos a su organización. Se les olvida a estos mercaderes de la religión que el camino de Jesús conduce al Getsemaní.

Los discípulos no sabían todo eso. Vieron a uno de sus paisanos que era recomendado por el mismísimo bautista y sólo atinaron a decir: queremos conocerte. Ese encuentro con Jesús no quedó en al vacío. Algo les dijo, algo vieron que salieron como niños con regalo nuevo. Luego de pasar el resto del día con Jesús (y hay cristianos que se quejan por dos horas de un servicio dominical), aquellos dos van a compartir la buena noticia: hemos encontrado lo que buscábamos (es decir, a Jesús). Pedro, el inestable Pedro, era entonces Simón. Jesús lo vio como roca. Natanael, el escéptico y crítico, quizá el realista (¿algo bueno puede salir de Nazareth?) es enfrentado por Jesús y lo gana con palabras amables. El primer grupo de discípulos, algunos antiguos de Juan, otros quizá decepcionados por no ver tan clara la realidad de un predicación que prometía la pronta venida del Salvador.

Y ahí están. Los que al inicio seguían al Bautista, ahora embarcados en la aventura de Jesús. Transformados, fieles a pesar de todo. Ellos dijeron: queremos saber quién eres. Y el Maestro les promete: «verán el cielo abierto, y los ángeles de Dios subiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre». ¿Qué significaban estas palabras para los pescadores? No lo sabían pero desde entonces pasaron de lo ordinario a lo extraordinario. Obedecieron a su maestro y hoy seguimos hablando de ellos.

El testimonio de Juan

Juan 1:15-36

Aquí tenemos a Juan, el gran desconocido, el gran olvidado, ese que queda relegado a segundo plano cuando irrumpe el Verbo encarnado. Juan, primo de Jesús, fue uno de los primeros en dar testimonio del Ungido venido para salvar al mundo. No sabemos si Juan imaginaba la trascendencia de su mensaje. Tampoco sabemos si todos sus seguidores se resignaron a dejar actuar al hijo del carpintero mientras su maestro moría en una mazmorra del rey pecador Herodes. Pero aquí tenemos un ejemplo extraordinario de uno de los primeros cristianos: Él es primero que yo, por lo tanto, es más importante que yo.

¿No presenciamos el ejemplo de lo que debería ser el discípulo frente a su maestro? Juan lanza frases que deberán calar en todos los que, diciéndose seguidores de Cristo, reemplazan a Jesús por sus gustos y pasiones. No renuncian al yo. No están dispuestos a decir con Juan: «Él es el que viniendo después de mí, es antes de mí; del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado». Son aquellos que a la pregunta ¿eres tú? no resisten la tentación y responden sí. Dejan de lado el ejemplo de Juan que confesó: «Jesús es el Cordero de Dios, Jesús es el Mesías, aquel que sí ha visto al Padre; yo, Juan, no he visto a Dios pero Él sí y lo viene a enseñar». ¿Quién seguirá el ejemplo de Juan que dice «no soy el Profeta»? ¿Podríamos imaginar por un momento lo que el último profeta pre cristiano sintió al ver llegar al Ungido?

Juan, el precursor, fue el primer profeta cristiano. Poco sabemos de él, pero su ejemplo e influencia en el pueblo de Israel era considerable. Renunció al bien menor (la fama en este mundo) por el bien mayor (la vida eterna). Dejó a un lado su yo, mostró su humildad y finalmente clamó: el Cordero de Dios está entre nosotros y viene a hablarnos del Padre que él conoce porque en el principio era el Logos y el Logos estaba con él y él era Dios.

La luz del evangelio

Juan 1:1-14

¿Hay un inicio más espectacular que este? ¿No es un poema que desde el inicio pone las cosas en su lugar? Aquí está la médula del credo cristiano: el Logos increado, el Logos encarnado, el Logos que es, al mismo tiempo, Dios y hombre. Aquí está el origen del argumento cristiano que alcanza nuestra época. Es un resumen del evangelio y, claro, la postura típicamente joánica.

El Logos se hizo hombre y, en la persona de Jesús de Nazareth, trajo la buena noticia, el evangelio que dice: todos los que creen en él serán llamados hijos del Dios de una luz que nada ni nadie puede apagar. Es una declaración de la majestad del Mesías. Esa majestad que no fue reconocida por los suyos aunque, digámoslo desde ahora, ellos fueron su auditorio objetivo, a los que fue desde el inicio y hasta el fin de su ministerio en este planeta. Sí, jamás será suficiente recordar que Jesús nació, vivió y murió en una cultura judía que se encontraba bajo el yugo romano.

El evangelio cristiano tiene la peculiaridad de reclamar un momento en la historia de la humanidad. Jesús, el verdadero hombre, no apareció en algún momento impreciso en el universo. Todo lo contrario: nació entre el pueblo judío cuando Tiberio gobernaba Roma. Juan, su primo, anunció la llegada del Mesías en ese momento. Y las tinieblas no apagaron esa luz que al principio era imperceptible: un niño llamado a ser el Salvador, un joven que se llamaba a sí mismo Hijo de Dios. Para su sociedad, un loco; para la historia de la humanidad un iniciador. Para quienes lo siguen, el Ungido.

¿Qué tinieblas modernas podrían apagar la luz del evangelio cristiano? La respuesta de Juan es categórica: ninguna. Él ha vivido, sabe lo que se siente ser humano. Él vino a anunciar que un Padre celestial estaba más cerca de lo que el establishment religioso proclamaba. Así que las tinieblas de hoy, las colectivas y las individuales, no son tan espesas que la luz de Cristo pueda iluminar.

Y aquí una nota personalísima: le guardo especial reverencia a este evangelio y a este inicio. Fue mi primer contacto con el cristianismo de la Biblia. Fue, como dije al principio, espectacular. Todavía hoy, luego de tantos años, sigo emocionándome al leer estas líneas. Cristo se hizo carne y vivió entre nosotros.

Una lección de Herodes Antipas (2 de 2)

3. La reacción: calla al profeta

Si uno está escuchando un programa en la radio y no le gusta, normalmente apaga el aparato. Nadie siente remordimientos al hacer esto. Es superficial. Herodes, el todopoderoso rey, creyó que la forma de terminar con su pecado era… ¡que no se lo dijeran! Es como si el hombre más feo del mundo quisiera resolver su problema destruyendo todos los espejos del mundo.

No está claro que Herodes quisiera matar a Juan. En Mateo 14:5 leemos que Herodes quería hacerlo. Sin embargo, en Marcos 6:19ss vemos que Herodías era quien odiaba al Bautista y que el Rey protegía a Juan. Como fuera, el hecho es que Herodes sabía que Juan predicaba la verdad y lo mandó a encarcelar. Pretendió quitar el carácter público y popular del Precursor. Con Juan en la cárcel, el pecado real sería constantemente expuesto.

Los evangelios coinciden en un punto: Herodes ebrio promete a la hija de Herodías el reino mismo si ella se lo pedía. Era una promesa típica de borracho arrogante. Arrogante y libidinoso. Porque la Escritura dice que a él le gustaba la hija de su esposa, que la deseaba. En una fiesta ya de por sí pecaminosa, Herodes manda a cortar la cabeza de Juan. Con todo y sus remordimientos, el Rey firma su condena: morirá en pecado.

4. Una segunda oportunidad: el encuentro con Jesús

Herodes pensó que, al fin, se había quedado libre para continuar con sus prácticas. Sin embargo, luego de Juan vino Jesús. Y nuevamente Herodes se siente observado. La Escritura no dice que Jesús hablara directamente sobre el rey, pero éste incluso llega a creer que Juan ha resucitado. La predicación de Jesús alcanzó al poderoso tetrarca.

Herodes envió a sus emisarios a preguntar sobre el pago de impuestos para poner una prueba a Jesús quien responde: «dar al Emperador lo que es del Emperador y a Dios lo que es de Dios». El mensaje para Herodes era, otra vez, claro: debía dejar su pecado para honrar al Dios de sus antepasados.

Sin embargo, Herodes continuó con sus intenciones de matar a Jesús. Como con Juan, el tetrarca pensó en eliminar a aquel que lo estaba confrontando. Incluso previenen al Maestro de que el rey lo quiere matar. En Lucas 13:32 leemos: «Vayan y díganle a ese zorro: Mira (…) tengo que seguir mi camino hoy, mañana y el día siguiente». En otras palabras, Jesús decía que él debía obediencia a su Padre y no a un personaje adúltero y con poca legitimidad como Herodes.

Habría una última oportunidad para este personaje. Cuando arrestaron a Jesús y lo llevaron ante Pilato, éste decide enviarlo a Herodes. Lucas 23:8ss dice que Herodes se puso muy contento porque quería conocer a Jesús para verlo hacer milagros. Quizá tenía todavía en mente la imagen de la cabeza del Bautista en la charola. Herodes preguntó muchas cosas a Jesús, pero él no contestó ninguna. El Rey quería el espectáculo, no el mensaje de arrepentimiento que anunciaba Jesús. Luego de burlarse, envía de regreso a Pilato. Había perdido su última oportunidad.

Conclusión

Herodes murió deportado en lo que hoy es Francia, acusado de traición al imperio y sin la corona de «rey de Judea». Era claro que necesitaba un cambio de mente y corazón, pero no lo quiso hacer. Tuvo la oportunidad de experimentar la metanoia que predicaban tanto Juan como su primo. En lugar de ello, Herodes mandó asesinar a uno y no defendió al otro. Como dice Lucas 3:20, «Herodes, a todas sus malas acciones añadió otra: metió a Juan a la cárcel». En lugar de avivamiento hubo muerte. Pocos personajes en el Nuevo Testamento tuvieron la oportunidad de cambiar y a pocos les predicaron los dos grandes profetas, Juan y Jesús, y nadie tuvo de cerca tanto al precursor como al Mesías.

La metanoia es, al final, la decisión de continuar en el camino que lleva a la muerte o al que lleva a la vida. Herodes heredó lo peor de Roma y nada del judaísmo piadoso. Al final de su vida sus protectores lo enviaron lejos donde murió con su pecado a cuestas.

Una lección de Herodes Antipas (1 de 2)

En la Biblia tenemos ejemplos a seguir y ejemplos de lo que no se debe hacer. Casi siempre los más nombrados en sermones son los buenos ejemplos, los personajes que realizaron una proeza en el nombre de Dios , que tuvieron fe, que cambiaron para agradar a Dios. Sin embargo, también podemos aprender de aquellos hombres y mujeres que no son precisamente los mejores en la moral o en sus acciones. Se aprende también de los malos.

El personaje que vamos a estudiar para ilustrar lo contrario a la metanoia es el de Herodes Antipas, gobernador de Galilea y Perea desde el tiempo en que Juan anunciaba su mensaje y hasta después de la crucifixión de Jesús. De pocos personajes en el Nuevo Testamento se puede decir que fueron influidos por dos profetas y que, incluso así, no cambiaron. Pues bien, Herodes escuchó la predicación de Juan y de Jesús, y no cambió. Murió lejos de su pueblo, acusado de traición a Roma.

1. Su necesidad: arrogancia y adulterio

Herodes era heredero de los Macabeos, esos héroes judíos que se habían enfrentado a los griegos unos 200 años antes de Cristo pero que ya en la época de la predicación del Bautista se hallaban en plena colaboración (o dependencia) con el imperio romano. Herodes no sólo tenía el idioma y la cultura romana, también tenía su relativismo moral y una absoluto egoísmo que le hacía construir grandes obras arquitectónicas, incluido el templo, y que, al parecer, le hacía olvidar su desapego a la Ley de Moisés.

Herodes pecaba por haberse proclamado rey de los judíos sin ser descendiente de David. Él estaba en el trono sólo porque así lo habían aceptado los romanos. No tenía la legitimidad de las Escrituras. Pero lo realmente patético era la relación amorosa con su cuñada. Herodes traicionaba a su hermano y a su esposa. Herodías era la lepra en la piel de Herodes y en los tiempos de Juan era la noticia más escandalosa de la región.

2. La voz del profeta: Juan

Dice Lucas 3:18 que Juan el Bautista «reprendió a Herodes» por la relación incestuosa que estaba cometiendo (porque Herodías, además, era su sobrina). En Mateo 14:4 se resume la reprensión de Juan: «no debes tenerla como tu mujer». Así de claro.

¿Era esta reprensión una idea del profeta? ¿Era algo que a él no le gustaba, propio de sus fobias y filias? Claro que no. Levítico 18:6 dice: «Ningún hombre debe acercarse a una mujer de su propia familia para tener relaciones sexuales con ella». Y los versículos 16 y 17: «No deshonres a tu hermano teniendo relaciones sexuales con su mujer. No tengas relaciones sexuales con una mujer y con la hija de esa mujer (…). Esa es una conducta depravada, pues son de la misma sangre». Juan no venía a innovar, a implantar nuevas reglas morales o sociales. Lo que Juan decía a Herodes no provenía de su mente sino de lo que Dios mandaba a su pueblo.
Para los romanos, Herodes era el Rey de los judíos. Para Dios y su pueblo, no era más que un depravado, adúltero y arrogante. Juan el Bautista se lo dijo con todas sus palabras.

El Vaticano y la Biblia

La verdad es que la jerarquía católica está ocupada estos días por la lectura de las Escrituras. Ojalá que este afán permeé en el resto de los feligreses. Noten en este cable de Notimex los eufemismos con los que trata a «los hermanos separados». En fin, pecata minuta.

Falta traducir la Biblia a cuatro mil 500 lenguas: Vaticano
Con motivo del Sínodo de los Obispos, la máxima cumbre episcopal que se realiza estos días en Roma dedicada a analizar el tema ‘La palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia’, se presentó un estudio sobre las sagradas escrituras en el mundo.Mar, 14/10/2008 – 07:55
Ciudad del Vaticano.- Una investigación del Vaticano reveló hoy que la Biblia, el libro más traducido del mundo con versiones en dos mil 454 idiomas distintos, falta por ser editada en otras cuatro mil 500 lenguas.

En rueda de prensa este martes, el obispo de Terni (Italia) y presidente de la Federación Bíblica Católica, Vincenzo Paglia, informó que ese texto integral existe en 438 idiomas, el Nuevo Testamento en mil 168 y sólo algunas de sus partes en 848.

‘Si se calcula que las sociedades bíblicas distribuyeron en 2006 cerca de 26 millones de Biblias quiere decir que se llegó a sólo el 1 o 2 por ciento de los dos mil millones de cristianos del mundo (incluidos los no católicos)’, ponderó.

Con motivo del Sínodo de los Obispos, la máxima cumbre episcopal que se realiza estos días en Roma dedicada a analizar el tema ‘La palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia’, se presentó un estudio sobre las sagradas escrituras en el mundo.

La investigación, realizada entre noviembre de 2007 y julio de 2008, tomó en consideración muestras de Estados Unidos, Alemania, Holanda, Polonia, Rusia, España, Italia, Reino Unido, Francia, Argentina, Filipinas y Hong Kong.

‘En los últimos 40 años se canceló la distancia que había entre católicos y protestantes en su relación con la Biblia y sorprende la atención a las escrituras que se encuentra en la Rusia europea’, dijo Paglia.

Calificó como ‘absolutamente extraordinaria’ la ‘fuerte atención’ hacia los textos sagrados que se observa en Estados Unidos, tanto en el mundo protestante como en el católico.

El prelado también indicó que la antigua desconfianza entre la Iglesia Romana y las otras iglesias cristianas que no dependen del Vaticano sobre el tema de la Biblia (sobre todo en cuanto a traducciones) se modificó en los últimos años.

‘Ahora las traducciones protestantes son cada vez más usadas por los católicos y viceversa, en pocas décadas se realizaron más de 300 proyectos en común, aunque los problemas no faltan’, reconoció.

Notimex

Fuente: http://www.milenio.com/node/95540

La incertidumbre de Juan

Mateo 11:1-15

En cuento termina el sermón de instrucción a los Doce, el incipiente grupo de Jesús se va a las ciudades de ellos. ¿De quiénes ellos? De los Apóstoles. El Maestro no quiere sino que empiecen la misión en sus propias ciudades. Así que van a dar un recorrido quizá para que sus paisanos se den cuenta de que las cosas con esos hombres habían cambiado desde que estaban con Jesús. El recorrido, de entrenamiento, es para enseñar y predicar. Entonces, desde la soledad de la cárcel, Juan, el gran Juan, vuelve a aparecer en escena.

Duda. ¿Cómo no iba a serlo? ¿Cómo criticar al gran hombre que precedió a Jesús? Estaba en un momento difícil, en el último duelo de su vida. De la respuesta a esa pregunta dependería si moría en paz o intranquilo. No lo convencían las noticas que le traían sus propios discípulos. Quizá dudó cuando le dijeron del gozo que se sentía en ese grupo de seguidores. Esa es la pregunta que los creyentes de todos los tiempos se hacen por lo menos una vez en su vida: «¿eres tú el Mesías?». ¿Debía esperar a otro? Ya no tenía tiempo. No le quedaba más que esperar lo que sus propios discípulos trajeran desde la región norte de Palestina.

La respuesta llegó, puntual, precisa: hay paz en los enfermos de cuerpo y alma. Se anuncian las buenas nuevas a un pueblo sediento de Dios. La clave estaría en la última frase: «bienaventurados los que no encuentran escándalo en mí». Ahí estaba. Juan no moriría en la angustia sobre si habría hecho bien su trabajo. Su primo era quien tenía que venir. El Reino de los cielos ya estaba ahí.

Y luego, mientras los discípulos de Juan están yéndose, el Maestro pronuncia la exaltación de un profeta como jamás hizo ni con los más grandes profetas de la historia hebrea. Juan era Elías, el precursor, la realización de la profecía. Los versículos 7 al 9 son verdaderos reclamos a una generación que influída por las ínfulas de poder romanas, todavía esperaban un espectáculo de sangre y fuego. Al contrario de esa forma de pensamiento, Jesús afirma que la profecía de los antiguos se sintetiza en Juan. «Ningún humano ha sido más grande que Juan pero él es el más pequeño en el Reino». Vaya premio para un hombre que es más que un hombre.

Aunque la mayor parte de cristianos admiran a Pablo, lo cierto es que según las Escrituras, Jesús admiraba en primer lugar a Juan. El enigmático. El severo. El frugal. El intenso. El angustiado Juan. Elías había venido antes del Mesías. La historia sagrada se empezaba a acelerar. El cielo mismo sufría violencia.

El Maestro del escándalo

Mateo 10: 34-40

No habrá en todo el sermón más que una frase que ayude a los discípulos a recobrar su valor en medio de tantas promesas francamente malas: serán salvos. Y ni siquiera se puede decir que sea así sin más. El Maestro ha dicho que sólo los que perseveren hasta el final alcanzarán la salvación. Incluso en esta última parte del sermón, Jesús deja claro que los que recibirán recompensa serán los que arropen a estos Doce que a estas alturas ya deberían tener un temor existencial tal que quizá ya estaban dudando.

Ahora vemos a Jesús en un aspecto desconocido para las multitudes «sin pastor». Afirma que vino a dividir una familia. Y para que no quede duda, el Maestro aumenta el nivel de compromiso que pide: sólo el que ama a Jesús por sobre la familia es digno de llevar Su nombre. Y termina con una frase todavía más desafiante: «quien ha hallado su vida, la perderá; y el que ha perdido su vida por Mi causa, la hallará». ¡Con razón han criticado duramente a Jesús como un Mesías que pide el mayor compromiso posible en un ser humano! Aquel que tenga un hijo comprenderá mejor lo que está diciendo el Maestro.

Lo que hay aquí es un desafío contra el ego. Para los oídos modernos, como para los antiguos, estas palabras son un escándalo. Vivimos en una sociedad donde la familia es considerada como el núcleo de la convivencia. Nos enseñan que la familia es primero, que hay que luchar por tener una vida de comodidad. ¿Cómo hemos llegado del compromiso pedido por Jesús a una sociedad hedonista? ¿En dónde se perdió el sentido de las palabras de Jesús? Porque aquí no caben las medias tintas. Es claro que le mensaje de Jesús, con todo y que sea una hipérbole, es demandante, no acepta creyentes a medias. Por sobre la paz familiar se encuentra la obediencia a Dios. Ese es el fondo de la Escritura. Y podríamos hablar de cientos de ejemplos donde las palabras de Jesús en una casa han provocado catástrofes. Cuando digo casas, también me refiero a sociedades donde las guerras de religión han enlutado familias completas, países donde «los enemigos del hombre han sido los de su propia casa». Amar a Jesús por sobre todas las demás relaciones, ¿no es una invitación para dejar la propia vida y ganar la vida en Cristo?

Y la cruz. He aquí una de las escrituras más absurdamente malentendidas de todo el Nuevo Testamento. No está hablando el Maestro de un collar en forma de cruz. No está invitando a que cada mañana nos levantemos y como el miope busca sus lentes, el creyente busque su colguije. Cargar con la cruz cada día significa que no desistimos de pelear la batalla de la fe. Cargar una cruz era un castigo que los romanos imponían a algunos condenados a muerte. Nosotros, los cristianos, debemos condenar nuestras debilidades a la muerte. No peleamos con nuestras propias fuerzas. La cruz que cargamos es esa parte incómoda del evangelio. La cruz de alguien puede ser el enojo, la lujuria, la mentira. Si uno no carga con todo eso, a la primera provocación terminará cayendo en las conductas que antes tenía. Así que un cristiano debe saber de qué está hecha su cruz y llevarla. No es fácil cargar con todo esto cuando el mundo quiere escuchar y ver el espectáculo del discípulo que niega a su Maestro. Pero no hay opción: para ser dignos de Jesús debemos cargar con la responsabilidad de nuestros hechos, no huir de la pelea. Ahí, en esa pelea, vendrá el Espíritu a auxiliarnos.

Vamos a dejar este capítulo con una pequeña reflexión sobre el carácter de estos apóstoles y de los apóstoles de todas las épocas. ¿Está llamando Jesús al heroísmo a estos hombres? No. No al modo griego, ese donde el hijo de un Dios y un humano está condenado a sufrir luego de hacer él mismo grandes proezas. Lo que Jesús hace con estos Doce es llamarlos justo al antiheroísmo. La única característica común podría ser el valor. Pero ni así habría una forma de equiparar la actitud misionera de un cristiano con las gestas de un héroe. El valor de un héroe griego está determinada desde la eternidad por los dioses. Su destino está trazado y, aunque lo quiera, no podrá huir. Su ejemplo servirá para impresionar a otros seres humanos y morirá irremediablemente. El cristiano tiene un destino marcado pero tendrá siempre la oportunidad de elegir y, el punto más claro de distancia entre el estoicismo de los héroes griegos y el valor de los cristianos, creerá en un poder superior que no sólo no lo desamparará en esta realidad, sino que le promete otra mejor. No busca esta realidad (cielo, llamémosle) por medio del suicidio. El cristiano sólo tendrá que anunciar el evangelio como el Espíritu lo indique. Su valor no vendrá de su fortaleza como entidad superior, sino, paradoja, de su debilidad. El creyente descubre que en su debilidad habrá un Dios que lo fortalecerá. No busca la muerte, tampoco le teme, más bien vive en la felicidad que da saber que la Providencia lo cuida. Y su servicio no consistirá en asesinar hombres y cantar sus victorias bélicas. La batalla es celeste y la victoria es espiritual. Jesús lo dice muy bien: serán azotados, el mundo no los querrá. Es la receta del antihéroe (sólo hay que revisar la historia de Pedro)

No, aunque el concepto héroe suene muy bien a los oídos actuales, lo que Jesús está haciendo aquí es instruir a Doce pescadores sencillos, comunes, humanos, muy humanos, para servir y dar su vida por una causa superior a ellos. Es el llamado eterno, este sí, a todos los seguidores de Jesús que quieran llevar a sus últimas consecuencias su vida espiritual, que no es su logro sino gracia de Dios.

Luego de aquí, esos Doce apóstoles no serán los mismos. Valga una licencia: serán la personalización de lo que los griegos llamarían héroes pero nosotros, y Jesús, le llamaremos siervos.

Hablar sin temor

Mateo 10:26-33

Imaginemos los rostros de los Apóstoles. Pasaron del orgullo desbordante a la angustia desbocada. De pensarse como todos unos predicadores y sanadores, los Doce escucharon la advertencia de que sus creencias les podría costar la vida. Ahora, en esta tercera parte del discurso, Jesús vuelve a animarlos. Habría que temer a los que matan el alma o más bien a Dios. Y luego el mejor estimulante que pueda tener cualquier creyente: ellos valen más que los pajarillos. Dios tiene una vigilancia rigurosa de sus hijos, incluso de sus «cabellos».

Pero el Maestro también recuerda que su deber es proclamar el evangelio. No existen los cristianos solos, esos que dicen que son seguidores de Jesús pero sólo Dios lo sabe. Pocas cosas desagradan más que observar el espectáculo del cristiano que pacta con el mundo una suerte de política de no agresión. No significa que el discípulo deba ir por el mundo confrontando a las personas con sus palabras. Significa que su vida y sus palabras demuestren que ellos son discípulos. Vayamos con cuidado en este punto. Somos salvos por gracia de Dios. Nada de nuestras obras, buenas o malas, harán más o menos puntos en el libro de la vida. Creer esto, que las obras indican quién es cristiano, sería reducir a una moral pragmática lo que en esencia es una creencia en algo superior. Sin embargo, hasta aquí hemos visto a un Jesús que actúa con congruencia, que vive lo que proclama. Esa es la marca que los verdaderos cristianos tienen. Su vida es un reflejo de lo que creen. Y su vida en sí misma confronta a sus perseguidores. Viven y hablan: he ahí a un seguidor de Jesús.

Confesar a Jesús, queda claro, quiere decir que afirmamos con boca y corazón que él es Señor. Aquí no cabe una interpretación alterna, una atenuación de lo que está pidiendo el Maestro. Así de sencillo. Quien no lo haga, tendrá su respuesta en el día del juicio, cuando Jesús también lo niegue. Esto es recíproco. La diferencia no estriba en hablar más o menos, la diferencia es hacer a Jesús el Señor de nuestras vidas siempre. Porque en la Iglesia es fácil gritar aleluya, abrazar al hermano, dar un billete grande en la ofrenda. La pelea espiritual no está entre los hermanos de congregación. Las batallas están en la calle, el trabajo, los amigos no creyentes. Decir sí a Jesús cuando la marea parece decir que lo mejor es decir no: ahí está el fundamento del cristiano fiel.

La persecuciones por venir

Mateo 10:16-15

Astutos e inocentes, cuídense, no se preocupen: palabras de Jesús a los Doce en un momento en que lo peor por venir parece lejano. Porque, además de las críticas de los religiosos, no ha habido ningún momento en que la vida de estos doce haya estado en peligro. Hasta este momento, lo más que pueden presumir los apóstoles es de estar cerca de Jesús, como una suerte de servidores, de ayudantes o de administradores. No debían preocuparse por sermones o signos del Reino, ellos eran testigos de lujo. Habían dejado casa y familia para ser algo que el Maestro llamaba «pescadores de hombres». Comían gratis, eran respetados por los curiosos y no tenían que preocuparse por su salud. Y sin embargo, el Maestro cambia el tono del discurso y pasa del gozo al anuncio de desgracias.

¿Eran desgracias? En una de las bienaventuranzas ya había felicitado a los que sufren por su causa. Pero aquí es más concreto. A los Apóstoles (ahora sí con mayúsculas) les irá muy mal a causa del evangelio. Ser cristiano podría ser pagado con la vida. Las familias no sólo no estarán unidas sino que incluso hermanos traicionarán a otros a causa de Jesús. Les pedirán cuentas, les cuestionarán. Entonces vendrá la prueba de fe. Porque cuando estaban en la etapa próspera de Jesús, no tenían nada de qué preocuparse: lo veían y esperaban la respuesta adecuada. En los tiempos por venir no será así: deberán esperar la inspiración que viene del Espíritu. El que resista hasta el final será salvo. Sí: en la crítica, en el odio es cuando uno sabe si sólo llama «Señor, Señor» en las buenas o si es discípulo a pesar de todo.

Jesús, pues, se está revelando en toda su majestad divina. Si el Evangelio terminara en el capítulo nueve, uno podría concluir que Jesús es uno de los grandes reformadores religiosos, un Rabí que ha llevado a las últimas consecuencias la moral judaica. Pero no, en la instrucción a los Doce está la médula del cristianismo. Aquí aparecen los tópicos que más inspiran a los creyentes y que más suspicacia provocan en el escéptico. Uno podría preguntar muchas cosas luego de leer esta advertencia: ¿por qué habría que perder la vida por una religión? ¿Por qué el Maestro subió tanto el compromiso de sus creyentes? ¿Por qué algunos cristianos parecen pasar por alto eso de «huir de una ciudad donde son perseguidos»? ¿Por qué se predicó el evangelio en las ciudades de Israel y no regresó el Hijo del Hombre? ¿Por qué no podría un discípulo ser más que el maestro? Muchas preguntas que no tendrán respuesta fácil ni cómoda. El hecho incontrovertible es que aquí Jesús ya insinúa con todas sus palabras que Él es el elegido.

Muy caro habría de salir esta revelación a los Apóstoles. Aunque si al propio Jesús lo llamaron Beelzebú, ¿qué podríamos esperar sus seguidores? Porque claro que no es sólo a los Apóstoles quienes habrán de sufrir todas las consecuencias de portar el nombre cristiano. Hoy por hoy, nosotros, gentiles, también debemos de pasar por procesos más o menos angustiosos por ser cristianos. Además de los creyentes que siguen siendo perseguidos en cientos de sociedades no cristianas, también hay persecuciones no por menos físicas menos reales. La persecución interna de todos nuestros demonios, de toda nuestra ignorancia. No debemos preocuparnos porque estas palabras siguen siendo reales hoy, cuando el laicismo promete respetar todo tipo de creencias. Entonces, todavía hoy resuenan este anuncio de «preocupación» cuando uno decide seguir a Jesús… y cuando Él decide enviarnos.

 

Los Doce

Mateo 10:1-15

¿Quiénes son estos doce? No tenían nada de extraordinario, no había en ellos algo que los hiciera sobresalir de los demás. De los primeros cuatro sabemos por los primeros capítulos que eran hermanos y paisanos de Jesús. De la suegra de Cefas sabemos sus dolencias y su salud recobrada. Los cuatro primeros eran pescadores, Mateo cobrador de impuestos, Tomás un escéptico, Simón un guerrillero, Judas un traidor. Salvo la suegra de Pedro, ninguno aquí ha experimentado algún milagro en su propia persona. Creían en Jesús. No hay porqué especular mucho en el asunto. Ninguno de los que Jesús elige como sus Apóstoles (enviados) parecen ser más que seguidores del Maestro desde el inicio. Y a ellos, Jesús les transfiere autoridad y poder para que hicieran lo que él hacía.

La instrucción que les da es clara: enfóquense sólo en el pueblo de Israel y anuncien que «el Reino de los cielos ha llegado». Utilicen lo que sea para demostrar que lo que dicen es cierto. No cobren por dar porque tampoco pagaron por recibir. Apliquen lo que escucharon en la montaña sobre la acción providencial del Padre. No se aferren en un lugar que no lo quieran. El rechazo de esa casa tendrá consecuencias funestas. Y, volvamos a preguntar: ¿esos doce seguidores comprendían la repercusión de lo que decía Jesús? Quizá no. Más adelante veremos que ese poder parece fallar al momento de querer utilizarlo. Pero desde este momento, ninguno de esos Doce elegidos volverían a ser los mismos. Habían llegado a un punto de no retorno donde Jesús les ordenaba y les marcaba el resto de su vida: serían enviados para enseñar y convertir a las personas. El Maestro podría haber resumido esta introducción diciendo: «hagan lo que yo hago». En eso se resumen las instrucciones que Jesús ordena a sus Apóstoles.

¿Queda espacio para hablar sobre la eterna polémica de que siga existiendo el cargo de Apóstol? Muchas iglesias tienen el atrevimiento de juzgar como falsas a otras si responden negativa o positivamente a esa pregunta. Para empezar, la Iglesia no está aquí ni por asomo. No hay en griego una sola palabra que tenga cercanía a lo que hoy conocemos como iglesia. Ni siquiera era un puesto. Más bien, estos Doce seguidores tenían ahora claro que aquello era una vocación. A partir de entonces, su vida consistiría en caminar, predicar y sanar. Es ocioso seguir con una discusión que al final no tendrá solución. Si hay o no apóstoles en una iglesia, ¿hará la diferencia el día del juicio? Si usted es apóstol pero nadie lo reconoce, ¿no bastaría con que el Padre lo reconozca? Si usted cree que los Doce fueron llamados una sola vez en la historia del cristianismo, ¿eso determina su salvación eterna? ¡Qué lejos de esas discusiones interesantes pero inútiles se encuentra Jesús! Hasta este momento, no hay ni rastros de que el Maestro quisiera dar una preferencia superior a los Apóstoles. Los llama, eso sí, a servir de forma superior. Los llama a ser los perseguidos por excelencia. Nada de imposiciones de manos, de atuendos, de ritos. Aquí está un carpintero y doce hombres de diferentes profesiones que inician un ministerio de servicio para su sociedad. Así de sencillo.

Lo que parece estar fuera de discusión es que el Maestro sigue llamando hoy, sin importar el título que quiera ostentar. El Rabí de Galilea sigue llamando a pescar hombres a quien quiera serlo. Qué privilegio estar cara a cara con Jesús. Pero también, que bendición estar espíritu con espíritu con el Señor. A eso nos atenemos los cristianos del siglo XXI.

 

Ciegos, endemoniados, evangelización

Mateo 9: 27-38

Lo que sigue es natural y evidente: todo enfermo que ha escuchado de Jesús quiere acercársele. Toca el turno de dos ciegos. La Escritura no dice a casa de quién entró Jesús pero sí que este par como pudo llegó cerca del Maestro. Y otra vez la pregunta recurrente: «¿creen que puedo hacerlo?». Aquí aparecen los primeros que tratan a Jesús con títulos mesiánicos. Las acciones que se relatan aquí tienen un componente curioso. El evangelio de Juan dice que el amor consiste en obedecer. Aquí ocurre el milagro luego de ese primer «sí, Señor» que aparece en el Evangelio, pero la orden estricta es que no divulguen el hecho. Y los ciegos, en un acceso de euforia (¿quién podría callar la salud recobrada?), lo anuncian por toda esa tierra. ¿Cómo juzgar a los ciegos desobedientes? Primero fueron los pioneros en llamar Jesús Señor y Mesías y luego se convirtieron en los desobedientes. No hay, sin embargo, ningún reproche, ninguna condenación. La fe es más grande que la desobediencia.

La casa aquella parece hospital general. Después de los ciegos parlanchines, llega un mudo. De nuevo está la relación entre endemoniados y enfermos. Ya en este punto, la fama de Jesús ha llegado a tal punto que la gente sorprendida llega a la conclusión de que «no se ha visto jamás cosa igual a Israel». Y entonces, junto a la fama, llega el enfrentamiento con los principales religiosos quienes lo equiparan con ¡el príncipe de los demonios! Vaya conclusión. Vaya error. Una verdadera difamación. Pero es típico de una sociedad demonizar a los visionarios. Aquellos que quieren dar un paso al frente tendrán que enfrentar las críticas de los que se sienten amenazados. Los humanos tememos a lo desconocido, a lo incierto. Jesús representaba una amenaza a la sociedad de su época. Lo natural es reverenciar u odiar. Cada quien decide qué hará. Es claro que una parte de los fariseos tomó su decisión.

Y luego de todo esto, el Maestro continúa su viaje misionero. Entonces aparecen esas palabras que encierran una actitud frente a la vida: Jesús tuvo compasión. En lugar de expresar el cansancio normal de una jornada observa a las multitudes «angustiadas y abatidas». Se dirige a sus discípulos para anotar la necesidad de obreros. La cosecha hoy en día sigue siendo mucha. Siguen existiendo esas multitudes sumidas en la angustia existencial, en el abatimiento, en la confusión, en ese estado del alma que no puede responder la pregunta que todo ser humano se hace un día: «¿quién soy?».

 

Dos signos en uno sólo

Mateo 9: 18-26

La fama de Jesús crecía en medio de burlas, sorpresas y signos. Aquí tenemos en un mismo acontecimiento dos señales de su poder. De camino a la casa de un oficial de la sinagoga, una mujer desesperada corre a tocarlo para que también lo sane. Las palabras que dirige, la escena es de una intensidad por breve sobrecogedora. Por la versión de Lucas, sabemos que la mujer tenía ya varios años (y dinero) buscando la salud. Sabemos además que ella sintió temor y que Jesús realizó una de las preguntas más extrañas: «¿Quién me tocó?» y los discípulos responden lo evidente: «con tanta gente, ¿cómo lo sabremos?». El Maestro insiste y la mujer, ya en plena confusión de medios y fines, confiesa su osadía. Jesús no la reprende. Una sola palabra que vuelve a enfatizar el poder de la fe para que ocurran cosas extraordinarias; sólo eso basta. Y la mujer sana. El flujo de sangre se detiene. Una vez más, Jesús utiliza una palabra que ha recorrido hasta este capítulo: ánimo y fe. Eso es Jesús: alegría y creencia. Si el cristiano sufre no debiera ser sino por algo que esté fuera de su alcance. Interiormente, un cristiano debe vivir en paz. El Maestro ha sanado porque miró nuestra fe, no nuestra enfermedad.

Pero aquí no termina el pasaje. Jesús llega a casa del «oficial de la sinagoga» y ahí hay un caos propio de una muerte reciente. En medio de los invitados y gorrones habituales, el Rabí ordena que se vayan y afirma que está dormida. Estas personas que lo mismo lloran que se carcajean frente a un cadáver, se burlan de tal afirmación. Jesús no hace caso, entra al cuarto, toma de la mano a la niña y ocurre lo inesperado: sí estaba dormida. Del desorden a la burla y de la burla a la impavidez de quien ve a una muerta resucitada, los testigos jamás olvidarían aquello. ¿Cuántas veces hemos escuchado las burlas, la incredulidad, las risas cuando afirmamos que algo inesperado va a ocurrir? ¿No hemos escuchado decir: «él no va a cambiar», «esto es pasajero, su emoción va a pasar y será el mismo»? Algunos hemos dudado del Maestro de tal manera que, como los padres de esa niña, sólo la fe de otros nos ha servido para ver el signo del Ungido. Entonces, cuando el creyente ha sido otro por un año, por tres, por siete y hasta el lecho de muerte, sabemos que Jesús ha entrado con toda su Majestad al corazón de un ser humano. El signo de Jesús no consiste en resucitar sino en que la fe alcanza para ser nuevas criaturas.

El evangelista condensa en esta acción el poder de la fe en Jesús. Esto es importante enfatizarlo: no es tener fe en abstracto, no es la fe en sí misma. Lo que el pasaje enseña es que la fe en Jesús sana. La salud de la que hoy deberíamos hablar tendría ser menos de la carne, que al final muere, sino del espíritu. Si queremos tener un espíritu nuevo, si queremos sanar las heridas que una vida desenfrenada, confusa, ignorante provoca, «basta» con creer en Jesús. Este componente se llama, simple y llanamente, el evangelio de la salvación. Eso fue lo que se empeñó en practicar el Maestro de Nazaret.

La pregunta de los de Juan y los odres

Mateo 9:14-17

He aquí otra pista de lo que ocurría en esos momentos. Si los discípulos de Juan fueron a consultar a Jesús es porque quizá ambos seguían predicando, uno desde el Jordán, otro al norte de Palestina; uno con seguidores que en lugar de perder peso lo ganaban, otro con su vida frugal. La respuesta a por qué no ayunar es clara: porque no había motivo para estar triste. Otra clave de lo que significaba estar cerca de Jesús. Nada de penitencias, nada de sacrificios vanos. La metáfora es clara: estar cerca del Maestro debería ser motivo de infinita alegría. Y luego pasa al terreno de la renovación. No podemos cambiar sólo algunos aspectos de nuestra vida interna, ni tampoco aparentar que somos diferentes cuando en esencia seguimos siendo los mismos. Lo de Jesús es una renovación completa, no puede ser parcial. Los odres viejos podrían echar a perder el vino del evangelio.

Pero también hay una pista de lo que significa ayunar. Aquí lo podríamos tratar. Ya en el sermón de la montaña hemos visto a un Jesús que pide ayunar en secreto. Ahora lo vemos contestando que lo natural es ayunar cuando hay tristeza. Es una reacción natural. En ningún caso es considerado como moneda de cambio entre Dios y el creyente. He escuchado a hermanos bien intencionados pedir ayunos para recibir algo. «Estoy ayunando para conseguir trabajo, o para que mi hijo sane, o para aprobar mi examen». ¡Esto no enseñó Jesús! Los odres viejos, los remiendos viejos pueden echar a perder un acto íntimo entre Dios y los creyentes. El ayuno sirve para enfocar nuestra mirada, nuestra mente y nuestras fuerzas en el Padre. Dejar de comer no quiere decir que Dios voltee a vernos. No por el hecho en sí mismo. El Señor siempre está atento de nuestras necesidades. La vieja mentalidad de hacer algo para merecer un premio nos puede atormentar. No es por Dios es por nosotros que ayunamos.

¿No está el Maestro con nosotros? Sí. Creemos en un Salvador vivo. El novio ha resucitado y nos ha dejado al Espíritu Santo como regalo, como consuelo. Así que un cristiano debiera optar por el ayuno como un ejercicio espiritual no como un acto para conseguir una bendición. Ayunar nos facilita concentrarnos espiritualmente (amén de perder kilos). No se trata de andar con los rostros compungidos sino con la cabeza en alto. Mientras más hambre sintamos, más podemos pensar en el Dios que nos provee siempre, en el Padre que nos dará de comer si ponemos toda nuestra atención en el Reino de Dios y en su justicia.

¿Qué informe le habrán dado a Juan sus discípulos? Quizá que su primo, el mismo hombre que había bautizado días atrás, enseñaba un evangelio de alegría, de esperanza; que veían una multitud que comía, que sanaba, que habían recuperado la paz. Y quizá Juan empezaba a poner él mismo su alma en paz: no había errado. El Reino de los cielos ya estaba aquí. Ya está en la tierra.

Él perdona pecados

Mateo 9:1-8

Aquí vemos a Jesús embarcando nuevamente por el lago. De los sepulcros, el Maestro llega a su ciudad. En Nazareth, como en la mayoría de las ciudades, Jesús no es bien visto por el establishment religioso. Ahora el conflicto estalla porque el Rabí sana a un paralítico. Recordemos que en el mundo antiguo las enfermedades estaban relacionadas con el pecado. Se creía que el enfermo tenía problemas morales y por eso sufría. Así que Jesús recuerda esto para, acto seguido, escuchar las críticas de sus adversarios. Antes de arrojar la primera piedra, pongámonos en su lugar. Los escribas, con toda la razón, cuestionan que un hombre se abrogue el derecho de repartir perdones de pecado. Incluso hoy, si escucháramos que alguien, por muy hacedor de milagros que fuese, diera perdones, ¿nos quedaríamos impávidos? No. Sin embargo, Jesús no se queda ahí en la confrontación. La gran autoridad del Nazareno provenía de su actuación consecuente. Ahora les reprocha la crítica y les muestra con quién están hablando. Entonces, en un acto de demostración de poder, acompaña el perdón de pecados con la salud del paralítico. Los escribas se sorprendieron por partida doble: porque Jesús parece adivinar lo que piensan y porque observan una señal del Mesías. La gente queda más sorprendida. El pasaje termina con una frase reveladora: «glorificaron a Dios, que había dado tal poder a los hombres». Es decir que hasta en este momento, Jesús no era más que un gran Rabí, acaso un profeta, pero en todo caso, un hombre. Nadie dijo: «Dios está con nosotros» o «Yahvé salva». Sólo vieron al hijo del carpintero y se sorprendieron.

Vemos aquí la continuación de dos grandes confrontaciones: contra los líderes religiosos y contra sus propios paisanos. Ni unos ni otros alcanzan a ver más allá de lo que ven sus ojos. Y ante su presencia, Jesús no era más que un agitador, como mucho un profeta del calibre de Juan, pero más insoportable que su primo. Y más peligroso. Los innovadores nunca son bien recibidos. Y Jesús, que tenía días de pronunciar un discurso memorable, era ya un Maestro del pueblo incómodo. Como cualquier judío de Palestina, sabía las Escrituras, pero, a diferencia de sus líderes, Jesús hablaba y actuaba con un poder que ya en ese momento podría calificar como francamente sobrenatural. Y sus paisanos, aquellos que sabían de los dichos que decían ¿acaso puede salir algo bueno de Nazaret?, esos mismos no toleraban que ese carpintero siguiera dejando en ridículo a su ciudad. Porque ciertamente que Jesús dividió. Para unos era superior a Juan en cuanto su autoridad moral, para otros sí lo era en su afán de peregrino. Mientras Juan se quedó en el Jordán, aislado en el desierto, Jesús caminó, habló y sanó. Era alguien excepcional. Para bien o para mal.

No podemos dejar este pasaje sin tocar la parte alegórica. Como ese paralítico, muchos hemos llegado a Cristo con la duda de si Él puede hacer algo. ¿Cuántos de nuestros amigos tenían más fe que nosotros? Y, como los escribas, hemos oído más de una vez la crítica feroz de los religiosos, de los conocedores, de los sabios. No sabemos cómo, pero la fe en Jesús pudo más que los consejos de cientos de terapeutas profesionales. Cuando escuchamos esas palabras de Jesús, esas que dicen «ánimo, tus pecados te son perdonados», sólo recogimos nuestra camilla y lo seguimos. «Levántate»: he aquí la orden de Jesús que todavía resuena en el corazón de cientos que están postrados en sus camillas de hedonismo, conformismo y egoísmo. Y luego: «camina». Jesús lo ha dicho.

 

Los endemoniados de Gadara

Mateo 8:28-13Este es uno de los pasajes más inquietantes de todo el evangelio. Jesús ha subido a la barca y, luego de calmar la tormenta, llega a «tierra de los gadarenos». Pero, curiosamente, el desembarco ocurre cerca de un cementerio. Dos «endemoniados» salen de entre las tumbas y reclaman a Jesús porque creen que se está metiendo con ellos. Luego, ya resignados, le piden que los envíe a una piara de cerdos. Jesús les toma la palabra y los espíritus van a dar al despeñadero. Los que cuidan van corriendo a la ciudad a contar con detalle (exagerado) lo que acaban de presenciar. La «ciudad entera» va al encuentro de Jesús y… lo corren de su tierra. Además de poner en claro el poder de Jesús, ¿qué nos quiere decir el evangelista? ¿Qué simbolizan todos estos elementos? ¿Hay algún factor esotérico que nos haga falta conocer para entender el pasaje? ¿Cómo y por qué rogaron al Maestro que se marchara? Algunos piensan que fue por el temor de perder a más cerdos y con ello evitar la quiebre. Otros, como Fernando Vallejo (cuyo libro sobre la iglesia -la cristiandad- seguro habrá sido quemado tan sólo leer el título por algún cristiano fundamentalista), critican severamente el permiso de Jesús que termina en la muerte de animales inocentes. En fin, el pasaje no es muy claro en su propósito y es un tanto complejo (e incluso tramposo) si le damos otro significado. Y, con la venia del lector paciente, sin embargo, lo intentaremos someramente.

La primera parte podría simbolizar al hombre en su condición de alienación. Los demonios modernos podrían ser los típicos sustitutos de la felicidad: drogas, alcohol, dinero, sexo. El demonio moderno más común se llama hedonismo, esa actitud egoísta del hombre de hoy que lo lleva a caer en una paradoja: para gozar de la comodidad que tanto le agrada, el ser humano debe trabajar, sin importar la jerarquía en una organización, de tal manera que lo que obtiene no lo puede disfrutar sino hasta el final de su vida. ¿Por qué abundan los paidófilos? Porque han perdido el sentido de responsabilidad hacia el otro. No importa que sean niños ni que su actividad sea ilícita. Pero que el demonio domine al hombre no exime de la responsabilidad personal de éste. Es decir, si un demonio controla a un hombre es porque éste se deja dominar. Y aquí no estamos echando por la borda los descubrimientos en psiquiatría de los últimos años. La metáfora de los demonios no puede ir muy lejos. Por ejemplo, he escuchado a cristianos satanizar los problemas de depresión, aconsejar que oren, que Dios es más fuerte que la mente. Pero los que sufren de ese problema no pueden salir. Quizá lo que Jesús les diría es «¡id al psiquiatra!».

El elemento de los cerdos parece obvia: el animal era considerado impuro por los judíos. Jesús era judío, así que enviar a los demonios a los cerdos era ante sus ojos un acto consecuente con todo el contexto. Jesús envía a la basura de las imitaciones a todos los sustitutos de la paz que viene sólo por tener fe en él. Un recién converso entiende como pocos esto. Ha experimentado cómo sus demonios han ido a parar a, digamos, las ratas. Ya no tienen poder sobre ellos, ya no buscan los cementerios modernos para buscar su felicidad, para hallar a otros autistas espirituales. Un hombre endemoniado que siente la presencia de Jesús no quiere, al principio, que se meta con él. ¿No hemos pasado todos los cristianos por ese periodo de escepticismo e incluso de medio a la llegada del evangelio? ¿Cómo nos sentimos cuando experimentamos el poder liberador de Jesús? ¿Y cómo se sienten los que ven el milagro?

El Maestro sigue pasando por cementerios espirituales, le siguen saliendo endemoniados y continúa realizando exorcismos. Lo creamos o no.

Los primeros signos. Multitudes

Mateo 8:14-17

Lo sorprendente es que todo lo que estamos viendo sucedió en un día. Muchas emociones, muchas vidas transformadas en un sólo día. El pasaje concluye con la salud recobrada de la suegra de Pedro que de inmediato se levanta para servirle. Y, como para no seguir con una lista interminable de personas enfermas que milagrosamente recobran la salud, el evangelista sólo nos dice que muchos fueron a verlo y en ese mismo día se cumplió una promesa mesiánica: «Él tomó nuestras flaquezas y llevó nuestras enfermedades».

En esa Escritura se enseña algo también básico: Jesús es el Señor del perdón y de la empatía. El Mesías no sólo dará buenos mensajes sino que participará activamente en activar la paz de las personas. Como dirían hoy los gurús de la mercadotecnia: era un Maestro integral. Sin embargo, este pasaje también puede ser interpretado de manera tendenciosa. ¿Está insinuando Jesús que todos los cristianos de todas las épocas tendrán que tener ese don de sanar para probar su calibre espiritual? Dejando a un lado lo creíble que puede ser uno de estos signos, (es decir, pasando por alto una probable alegoría del escritor bíblico), lo que el pasaje nos enseña es que el Rabí también cumple con la función de llevar las cargas espirituales del creyente. Ahí está, al fin, lo que la religión provee al hombre moderno: la conciencia de que no está sólo en este mundo, la confianza de creer en un poder superior a sus fuerzas. Jesús no es sustituto hoy del psiquiatra, oftalmólogo, ginecólogo o cualquier médico. La salud a la que se refiere al evangelista rebasa la carne. Si sólo se enfocara en sanar la carne, Jesús no habría pasado a la historia sino como un curandero más. Todas las personas que sanó, murieron, fueron a dar a la tumba. De eso no cabe la menor duda. Pero lo que terminó haciendo a los testigos fue dar señales de que Él verdaderamente era el Hijo de Dios.

Así que Jesús toma las necesidades espirituales de los que tienen fe. No hay aquí una contradicción entre la fe y las obras. No hay en Jesús una actitud pasiva hacia los que creen. En este sentido, Jesús no fue un rabino que vino d dar una interpretación nueva de la Tanakh. Más bien, se puso al nivel de los sencillos para demostrar todo lo que Dios más allá del texto. O dicho en otras palabras, Jesús expuso al Padre en su totalidad. Un Padre que se preocupa de sus hijos y que puede hacer milagros si el creyente es verdadero. Ahí, en creer en Jesús se funda el cristianismo.

Los signos. El Centurión

Mateo 8:5-13

La fe del centurión impresionó a Jesús y le hizo decir una de las frases más duras contra el pueblo de Israel: «los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera». Este es una de las pocas veces que un gentil se acerca a Jesús. En una interpolación de su propia autoridad, compara al Maestro con un centurión que da órdenes. De paso, nos da pistas sobre el verdadero poder de Cristo: éste es proporcional a la fe que uno tiene. De paso, Mateo sugiere que los gentiles tuvieron más fe desde el principio que muchos de sus paisanos.

Más

Los primeros signos. El hombre con lepra

Mateo 8:1-4

El Maestro termina de dar el discurso más importante y baja. ¿Cuánta gente de la que estaba ahí había entendido la trascendencia de lo que acababa de decir? ¿Entendían la trascendencia del acto del que acababan de ser testigos? No lo sabremos pero ciertamente lo primero que escucha Jesús al bajar de ese monte fue una petición de ayuda. Un leproso, que es como decir un apestado, se acerca y de rodillas le pide la limpieza de su carne. Escuchemos las palabras con las que pide al Rabí: «si quieres, puedes limpiarme». Acaso los enfermos tenían más entendimiento de la persona que acababa de predicar. Porque lo que estaba diciendo es que Jesús tenía el poder de salvar. Recordemos que la sabiduría popula de la época dictaba que un enfermo estaba pagando por un pecado. Así que el hombre arrodillado ahí identifica la capacidad de Jesús de perdonar pecados. La respuesta del Maestro es inmediata y de una vehemencia notable: toma la mano (¡horror!), afirma que quiere y el milagro sucede. Entonces Jesús manda a callar al sanado y le ordena presentar la ofrenda que la Ley de Moisés manda.

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