La luz del mundo

Juan 8:12-20

Este es el Jesús que todos los creyentes adoran. Aquel que, sin miedo a las consecuencias, alza la voz para proclamar su naturaleza. Él es la luz del mundo, sus seguidores tienen garantizado un camino iluminado, una vida no de tinieblas ni sombras, una vida plena. Él, el Mesías y sólo él, puede enviar una luz que ninguna oscuridad, por muy espesa que parezca, puede apagar. Los que han decidido seguirlo pueden dar testimonio de eso. Los que se dicen a sí mismos cristianos saben que no es una metáfora más sino el resumen de la conversión.

Pero no todo se queda en ese versículo. Juan nos recuerda la discusión con los fariseos. Los escépticos tienen en los fariseos a sus más fieles modelos de confrontación y crítica. Éstos inmediatamente lanzan un dardo: ¿y quién da testimonio de eso? La seguridad de Jesús impresiona. Sólo aquel que está convencido de su misión y de su naturaleza se atreve a responder como lo hizo el Maestro: sus testigos son Él y su Padre. Algo a todas luces contradictorio. Pero Jesús afirma que su argumentación tiene como causa principal y primera al Dios creador, ese ser al que sus interlocutores adoran. Otra vez, sólo la fe podría iluminar a los escépticos… aunque cuando la adquieren pierden esa condición. Hay que creer en el Dios de Jesús, que es judío, para creerle a Él. Así lo establece desde el templo.

¿Y dónde está tu Padre?, preguntan sus adversarios. La prefiguración de la Trinidad está aquí esbozada: Jesús mismo es el reflejo del Padre. Si alguien, como lo cuestionan ellos, quisiera saber dónde está Dios, sólo debería voltear a ver a Jesús. Porque donde está el Hijo está el Padre. Y, luego de su sacrificio, también se añade el Espíritu. Queda clara la doctrina que enseña el Rabí. Jesús es Dios. He ahí una declaración de fe, la más básica, la más sencilla, la más influyente de cara al camino que abrió el nazareno.

La adúltera perdonada

Juan 8:1-11

He aquí una imagen que permeó en el imaginario de occidente. Es la escena que retrata la repulsión a la hipocresía que preconizó Jesús en más de una ocasión. La doble moral comparada con una moral sospechosa y la conclusión de que ambas son iguales.

Y ya que nos pusimos historicistas, apuntemos que este pasaje, como tantos otros, se ha revertido a los cristianos de todas las edades. El curita paidófilo que escupe anatemas contra, ay, los homosexuales; el pastor golpeador de su esposa que aporrea a los abortistas. Los que escupen al poder político pero se aferran a las primeras sillas en sus congregaciones. Todos hipócritas, todos testigos del sereno Maestro que se sienta a escribir en la tierra, como cualquier niño, y los reta a ser los campeones mundiales de la infamia y la incongruencia.

Pero están los fans de este Jesús justiciero y los cínicos. Nos dicen que debemos ser como los changuitos, ver, oír y callar. Los seguidores del hacerse ojo de hormiga, del relativismo moral. Aquellos que lanzan la frase devenida cliché: «quita tu viga y deja de ver la astilla en el ojo ajeno». Bonita y cómoda postura para hacer y dejar hacer. La postura del espectador refinado pero soso.

¿Qué nos quiere decir el escritor aquí?No es ninguna de esas posturas puras y correctas. Vemos a un Rabí preocupado por la vida humana, crítico abierto de una costumbre bárbara y, lo que más llama la atención, un ser que actúa. Jesús va más allá de la observación neutral. Se interpone entre la turba embrutecida y la adúltera para salvarla y darle nuevas oportunidades.

El Jesús del evangelio no es el personaje cómodo que unos quieren ver. Es sinónimo de escándalo por su logos y por su pathos. Integridad, valor y justicia, esta es la actitud del nazareno. Pisa callos, pues.

¿Todavía importa señalar, como lo hacen las traducciones más honestas, que algunos manuscritos no incluyen estos versículos?

«¿De Galilea sale algo bueno?»

Juan 7:45-52

El versículo 49 debería figurar en las antologías de la desfachatez y el cinismo mundial. Aquellos que deberían enseñar al pueblo, aquellos que deberían ser sus pastores, en lugar de reconocer su fracaso se lo achacan a la ignorancia de la gente. La irresponsabilidad total. Ese pueblo ignorante era el espejo de los maestros que se enojaban porque un carismático Rabí sacudía las mentes de su clientela. Es un argumento ad hominem: ¿quién de autoridad certificada ha dado el visto bueno de ese carpintero de la lejana Galilea? Nicodemo, y el escritor se encarga de recordarnos su visita cuasi secreta con Jesús, revira tímidamente: escuchémoslo. Pero la respuesta es el prejuicio: nada bueno viene de esa tierra. El pleito adquiere ya matices sociales y culturales.

Así que seguir los pasos del Maestro nos conducirá irremediablemente al conflicto, al no acuerdo con cierto tipo de pensamiento y práctica arraigada. ¡Cómo contrasta este capítulo con el panorama actual de cientos, miles, de congregaciones! Mientras que aquí vemos a un renovador, a un Rabí cuya enseñanza es todo menos aburrida; volteamos y vemos templos vacíos o repletos de esclerosis. Nuevo es una palabra prohibida. Viene el «innovador» y los sanedrines modernos lo tachan de ignorante y «maldito». Y si escribimos con comillas es porque regularmente el innovador cristiano no alude sino a Cristo. En qué estado se encuentra la cristiandad que lo más moderno parece ser volver al origen. Estas contradicciones no son fruto de un pueblo manipulado sino de unos pastores que en el mejor de los casos son ignorantes ellos mismos o cobardes. O no saben lo que enseñan o temen enseñar la verdad. El resultado en ambos casos es desolador: una feligresía confundida, indiferente o cínica.

Hoy todavía vale la pena escuchar al sensato Nicodemo: escuchemos a Jesús. Algo hay en ese libro viejo que no falta en ninguna biblioteca, aunque sea de ornato, y que se llama Biblia. El llamado del evangelio no es a ser sordos a la crítica, a la confrontación. Nos llama a escuchar. Jesús estaba dispuesto a hablar, a exponer su caso y seguir. Los dirigentes no. Su feudo de dogmas estaba muy establecido y no dejarían que nadie se los quitara. El conflicto apenas empezaba. Nos esperan cientos de versículos de confrontaciones entre el Mesías y la clase dirigente.

Agua viva

Juan 7:37-44

Jesús aprovecha la oportunidad del último día. Si ya habían pasado los días y el conflicto no menguaba, el Maestro parece elevar la apuesta. Y la complejidad de sus frases. «Yo soy agua de vida, el que tenga sed, venga y tome». El escritor nos ayuda al decirnos que eso se refiere al Espíritu Santo. Sí, ahora podríamos decir «cómo no lo entendían». Pero en ese momento, sólo se percibía división a causa de Jesús. Así como se nos recuerda la referencia al Espíritu, también nos deja claro que «hubo disenso a causa de Él». De Galilea, ay los prejuicios, no podría venir el Cristo. Sí, pero el Rabí tiene al más ilustre antepasado que un judío podría tener: David. Los que querían capturarlo no lo hicieron. Y Él siguió predicando, de pie, con la voz alta.

Aquí está, pues, la premonición del don del Espíritu Santo. Aquí, Jesús nos dice que ese vacío existencial que parece congénito, tiene su fin en lo espiritual. Nada de este mundo logrará saciar al ser humano. Ni lo material ni lo profundo ni lo elevado. En todo caso, son distractores; a la larga, ese vacío no se llena sino con lo que se perdió en la caída, allá en el Edén. Los cristianos debemos recordarlo constantemente. Ni siquiera una religión va a saciar la sed espiritual. Ésta aminora cuando de donde se bebe es de la fuente espiritual. Jesús lo deja claro: no una jerarquía no un texto, Él solo.

¿Qué causa Jesús hoy en día? Para los cristianos, el asunto es evidente. Pero la crítica moderna dice que es falso, que la religión no es más que el invento más corrosivo que haya hecho el ser humano. Se sigue pensando que lo cristiano es mundano. Se sigue midiendo con la vara de la realidad. Pero Jesús nos pide fe. Esto, como no, sigue dividiendo. Nada más desagradable para una sociedad que quiere ser descafeinada que un cristiano se ponga de pie en una reunión políticamente correcta. Bajo estos parámetros, el Rabí no vino sino a enseñar un mensaje: Él. Sí, Jesús es el mensaje. Y hoy sigue dividiendo.

¿Será o no será?

Juan 7:25-35

El pueblo: el voluble, el impredecible, el manipulado, el cambiante, el atormentado, el indeciso. Uno que dice: «no sé quién es, pero si el Mesías hace cosas más grande que éste, la que nos espera». Y los líderes, los iluminados, los conocedores que, por si las dudas, envían a prenderlo. Vemos a Jesús repitiendo algo que ya nos es conocido: es un mensajero, Él conoce al Padre, si ellos realmente creen en ese Padre, lo reconocerían. El conflicto es ya imposible de detenr.

La escena presenta una serie de confusiones provocadas por la obra del nazareno. Un pueblo al que le ha llegado el rumor de que ese predicador tiene la vida en vilo ahora lo ve como si tal en la fiesta. La primera pregunta es porqué no lo atrapan. Del otro lado, los fariseos que ven a su enemigo no sólo libre sino convenciendo a un pueblo que no debería hacerlo. Jesús haciendo declaraciones confusas: «me voy y cuando me busquen no me encontrarán». Hoy lo entendemos, pero entonces, con las confusiones que cualquier polémica genera, no se tenía claro. Algunos pensaron que se iba a la dispersión. Sabemos que Jesús decía que regresaría con su Padre, pero entonces era natural que los judíos de Palestina pensaran así. En fin, ahí están los elementos para un problema serio en el pueblo de Israel y para que la confrontación entre lo oficial y lo alternativo empezara a subir de tono.

Revisemos lo que había ocurrido hasta ese momento. En términos de agitación social, lo más que había hecho Jesús era expulsar a los mercaderes del Templo. En todo lo demás, no parecía más que un maestro que enseñaba cosas raras. Luego, sus milagros empezaron a causar conmoción en una parte importante del pueblo. Pero ese pueblo es cuestionado por el héroe y éste se empieza a convertir en villano. Para colmo (o para dejar claro qué quería) viola reglas religiosas. Cuando los maestros oficiales lo cuestionan, éste no sólo no pide perdón, sino que les revira y los vuelve a criticar. El pueblo empieza a tener dudas de quién era ese galileo. La oficialidad sabe que, de alguna manera, deben eliminarlo. Jesús no huye, pero empieza a ser más cauto. Sin embargo, cuando las circunstancias lo orillan, repite una y otra vez su mensaje. Lo repite tanto que los que lo escuchan empiezan a creer que hay algo raro. En estos momentos, Jesús ya no es un inofensivo, quizá desiquilibrado, rabí. Es un hereje y un blasfemo. Y éstos nunca han sido bien recibidos por las sociedades donde llegan.

La enseñanza en la fiesta

Juan 7:14-24

¡Muéstrame tus títulos! ¿Quién te certifica? Eres un simple carpintero de Galilea, rodeado de pescadores más o menos rústicos. La actitud típica de aquellos que están instalados en sus diplomas, en sus medallas o en las glorias pasadas pero que ven llegar a uno que trastorna su entorno. El intruso incómodo estaba frente al establishment. Jesús, faltaba más, vuelve a insistir en su origen y su propósito. Él es un mensajero, no habla de sí sino del Padre. De paso les recuerda que el gran rito de la circuncisión no es de Moisés sino de Abraham y que si fueran discípulos del profeta no procurarían matarlo. Moisés no vio la apariencia, lo superficial, sino lo que estaba detrás, lo profundo.

Los insultos no detuvieron a Jesús. El chantaje tampoco. Y en medio de un pueblo caprichoso, el Rabí adquiere una majestad todavía más atrayente que antes. Ya en franca confrontación con lo establecido, con la tradición, el Maestro está mostrando los alcances de un verdadero profeta y no de un advenedizo. No renunció a su propósito cuando todo parecía conspirar en su contra. Cuántos cristianos se echan para atrás en nombre de la prudencia. Ya se ve que Jesús era valiente y astuto. Algunos sólo son inteligentes para esconder su cobardía. Pero el Mesías se atreve a confrontar a pesar de que se respiraba la amenaza. Vemos pues que no buscó el martirio. Pero tampoco huyó. Cuando la misión así lo requería, tenía que esconderse. Cuando, a pesar de las precauciones s encontraba con sus oponentes, no se calló. Habló y fuerte.

Ahí, no se nos olvide, estaban los discípulos, los doce que presenciaban a un Maestro impetuoso, recalcitrante dirían sus adversarios, pero no cobarde, no con doble moral. Cuánto debió permear su ejemplo cuando ellos mismos se enfrentaron a las consecuencias de seguir, vivir y anunciar el mensaje cristiano. Es el mismo ejemplo que hoy, dos mil años después, todavía es víctima de adornos. Todo para vivir y dejar vivir. Eso no enseñó Jesús.

El escándalo de Jesús

Juan 7:1-13

Otro pasaje intrigante. Hay una fiesta importante y Jesús, un poco por necesidad, sale de Judea a Galilea. Seguirlo ya no es placentero, incluso es peligroso. En casa, sus hermanos le hacen un comentario sarcástico. El escritor no quiere que quede duda: ni sus hermanos creían en Él. Ante la burla, Jesús responde con algo que podría ser una advertencia: todos los que quieran seguir el camino de la crítica a la sociedad deberán saberlo: van a ser aborrecidos. Sus familiares no querían ser parte de la historia, no se sentían orgullosos de tener un pariente enemistado con la alta sociedad religiosa; no sabían de cristología, de eclesiología ni otros logos. Hombres y mujeres sencillos, se burlan de Jesús y lo provocan. Otra vez, la humanidad en pleno.

Mientras tanto, en la fiesta se hace evidente que Jesús había traspasado el umbral de la simpatía y se encaminaba al camino del descrédito. Las grandes decepciones llegan de las grandes esperanzas. Aquellos seguidores habían visto cómo Jesús no eran lo que esperaban. Veían el conflicto con sus líderes religiosos y no sabían qué pensar. Mientras, Jesús va «en secreto» a la fiesta. Era valiente pero no imprudente. El miedo empezaba a hacer acto de presencia. Poco a poco, el ambiente festivo se iba volviendo sombrío. Todo un giro en lo que parecía, usemos un término actual, un ascenso meteórico.

En fin, el Maestro no vino a traer sino la seguridad de que hay un más allá después de la muerte. Pero seguirlo no es estar en una luna de miel espiritual perpetua. Al contrario. Uno pasará por críticas, tendrá que ir en secreto a los eventos sociales, será buscado para darle muerte. Suspiremos porque el cristiano sabe que la imagen del hombre feliz y sonriente es una caricatura. Su vida, sin embargo, tiene ahora sentido.

Los primeros desertores

Juan 6:60-71
La gente se asustó o se aburrió o definitivamente se dieron cuenta de que aquello no era el espectáculo que creían. «Dura es esta palabra», dicen sus discípulos. Y empezó la deserción (no digamos apostacía). ¿Qué es más impresionante, la multitud que llega o la que se va? Jesús les dice: «eso no es nada, si vieran al Hijo regresar de dónde venía». Aquello apenas empezaba.

El Maestro enseña en concentrarnos en lo espiritual. Parece decir lo obvio: la carne terminará en la tumba pero lo espiritual trasciende. Su enseñanza da vida. Lo suyo tiene que ver con lo espiritual. Los que buscaban la comida gratis, la salud gratis, la comodidad en primera fila, todos estos se van. Habían reprobado el examen de las intenciones. No buscaban a Jesús por su ética, su teología, su moral. Y cuando Él pone las cosas en orden, aquellos se marchan.

Quedan los discípulos y en una declaración que parece incluso ingenua responden a Jesús, el provocador, «¿a dónde vamos qué más valgamos?». Era Simón, Cefas, la piedra que entonces (y quizá después) no era muy sólida pero sí espontánea. Pero sigue siendo válida hoy. Los que conocemos el Camino, no por gracia nuestra sino por bondad del Padre, sabemos que en este mundo de tinieblas, en el mundo que aplaude como heroísmo la avaricia y el acaparamiento, la cosificación del sexo, el endiosamiento del ego, ahí, no queda nada. Vamos con Jesús porque lo suyo es vida eterna y porque Él es el Mesías, el Ungido. Y sí, siempre habrá traidores.

El pan de vida

Juan 6:25-59

El ya dilatado capítulo seis nos sigue reservando sorpresas. Parece que el retiro revitalizó al Maestro. Ahora lo vemos encarando a la multitud entusiasta (¿dónde hemos escuchado que el pueblo no se equivoca?) y los confronta de inmediato. Les dice que están ahí por conveniencia, les recuerda que el cuerpo no es más que un estuche que se deshace en la muerte. Y el encanto se termina. Ellos le preguntan qué deben hacer para encontrar la gracia de Dios. ¿Qué es lo bueno? ¿Cuál es el requisito, la exigencia del Padre? La respuesta podría hacer que los huesos de Lutero se estremescan: lo que Dios quiere es que crean en Jesús. Así empieza una confrontación dialéctica reveladora.

Lo primero que hay que decir es que la declaración de Jesús es clara. Su Padre no desea ofrendas materiales, sacrificios corporales, castigos autoinfligidos en cuerpo y alma. Olvídense de los rituales complicados, de las precesiones de oropel. El camino que enseña el Rabí es uno donde Él es la meta. Lo que hay detrás (o a lado, no nos obsesionemos por los detalles) de esa meta es el mismo Padre, el Ser de donde procede el Maestro. Aquí está uno de los famosos «yo soy» del evangelio de Juan: Él es el pan de vida. Ya se lo había dicho a la samaritana, pero aquí desarrolla más el tema.

No es Moisés, aclara, sino Dios quien dio el maná. Pero esa generación murió. Ahora el nuevo pan es mejor y perfecto: viene directamente del cielo y quien de Él come no morirá. Este es el meollo de la propuesta cristiana: que hay un más allá, que la vida no termina en la muerte sino que ésta santifica y da esperanza para aquel que comió y bebió del verdadero maná. Sí, es una primera referencia a la comunión, establecida más adelante. La implicación es que Él es el resumen de la Ley que los líderes religiosos tenían en la boca pero no en su vida espiritual. Decir esto es afirmar que es mejor, nuevo y superior a Moisés y a cualquiera que haya venido después.

Con razón estas palabras siguen escandalizando. Los unos lo tomas como muestra del ego de Jesús. Los otros como un síntoma de inestabilidad mental. Otros más como la señal inequívoca de que lo suyo nació entre los hijos de Jacob pero lo trascendió. Para los seguidores de Jesús no hay más que volver a estos versículos y recordar lo sencillo pero profundo de estas palabras. Seguir al galileo involucra a todo el ser. Lo que une a los cristianos es Cristo, el Ungido de la vida, el Pan de vida.

¿Qué podemos hacer para obedecer a Dios? Jesús responde: creer en su enviado.

La quinta señal

Juan 6:16-24

Jesús no va a regresar con la multitud. Al contrario, la quinta señal vendrá mientras los discípulos duermen en la barca. Un temporal pone en aprietos a los experimentados pescadores. La oscuridad y el vendaval distrajeron a esos discípulos, humanos, muy humanos. Entonces, ocurre uno de los hechos más extraordinarios de todo el Nuevo Testamento. La grandeza de Jesús, su serenidad, su paso firme, la luz que camina en la oscuridad, todo eso resalta en esos pocos versículos. Así que el Maestro era más que un sanador, más que un buen predicador, más que un polemista. Algo tenía y era enorme. Ahí, en esa noche difícil, esos hombres sencillos, simples, vieron el poder del Hijo de Dios. Mientras tanto, la gente seguía buscando al que daba de comer gratis.

Es una escena memorable, versículos que describen el drama de alguien que está cambiando paradigmas pero incomprendido. Sólo se alegran sus cercanos, acaso sin terminar de comprender la repercusión de estar ahí, en una tierra azotada por invasiones desde épocas milenarias. Él y sus discípulos se alejan. La gente lo busca. Vemos primero la soledad que provoca la fama. En esa popularidad, el Rabí encuentra su descanso en el retiro. Los primeros que ven a Jesús son esos seguidores que lo conocían desde el inicio. Su encuentro, el encuentro con Jesús, les da gusto. Por un momento parece que Jesús usa sus poderes casi sin darse cuenta. Es el amigo que vuelve a ver a otros amigos.

Sí, el encuentro con Jesús transforma. La intranquilidad, la incertidumbre, las tormentas, nada resisten el poder sanador de Jesús. Mientras que la muchedumbre lo buscaba por interés, los seguidores lo necesitaban por algo más que espectáculo. Debemos de preguntarnos: ¿somos discípulos o sólo hombres hambrientos de espectáculo (eso sí, muy religioso)?

La cuarta señal

Juan 6:1-13

La cuarta señal de Jesús, en la segunda Pascua que menciona este evangelio, tiene como protagonista una multitud y una necesidad primaria que aparentemente no podía ser cubierta. Todo con el lago de Galilea de fondo.

La predicación atrae a curiosos de todo tipo. Al terminar, el Maestro prueba a los apóstoles al pedir que alimenten a cinco mil personas. La misión era a todas luces complicada y más si las provisiones apenas alcanzaban para no más de doce personas. ¿Se puede acusar a Felipe de «mundano»? ¿Quién de nosotros no diría lo mismo al escuchar un mandato así de extraño? Además, apuntemos los detalles del pasaje: las personas mandadas a recostar en una zona con mucha hierba; cinco panes, dos pececillos, doce cestas; la orden de Jesús de no desperdiciar lo que sobraba. Andrés, Felipe, Pedro y los demás sorprendidos por el milagro y la multitud, borracha de entusiasmo, proclamando a Jesús rey (¿de dónde, de quién, para qué?) quien, en otro botón de lo que eran sus intenciones, se va al monte para estar solo.

Vemos a un Maestro que huye de las multitudes, el gentío que parece no entender ni un ápice de lo que decía ese galileo, pero que está dispuesto a ser testigos del espectáculo. Los hombres masa de la época en plena acción. ¿No es eso lo que muchos creyentes modernos quieren ver? Ahí están, por todos lados, los merolicos del evangelio, los que arman un talk show, pero eso sí, santo. Somos testigos de los que quieren entronizar a Jesús (¡aleluya!). Se les resbalan las verdades incómodas, esas que los desafían a dejar sus conductas pecaminosas pero cómodas; se concentran en lo bonito del evangelio, en la frase citable, en el cliché religioso, en el milagro que alude a la carne y entonces gritan entusiasmados: «Jesús es Rey». Claro, a los que no comparten ese entusiasmo carismático, les llaman tibios, racionales, opresores del Espíritu. Sí, sí, hablan bonito pero dónde está el show, preguntan.

Mientras tanto, el Maestro se va, se retira para quedase solo.

La legitimidad de Jesús II

Juan 5:30-46

Si creemos en Dios, creeremos en Jesús. «Si creen que las Escrituras son verdaderas, verán que yo estoy ahí. Pero si aun así no me ven, yo no los acuso, lo hará Moisés, quien, por cierto, profetizó de mi». La situación en la que Jesús deja a los líderes religiosos es complicada. De paso, anotemos la gran influencia que Juan tenía en la sociedad de Jerusalén. Ya ahora no es Él quien da testimonio de Jesús, más bien, es este, el Maestro, quien les recuerda qué había dicho el predicador del Jordán.

La pregunta que nos tocaría hacer es si podemos leer las Escrituras (entiéndanse, la Tanak judía) sin concluir que Jesús es el Mesías prometido ahí. Claro que hay versículos, capítulos completos que hablan del futuro enviado de Jehová, pero en honor a la verdad, debemos decir que Jesús, el carpintero de Galilea, el Hijo de José y María, no está en ninguno de los escritos judíos. Pero Jesús, verdadero hombre, no está diciendo que él, con todos sus genes, esté en la Escritura. Lo que está diciendo es que Jesús, verdadero Dios, está anunciado por Moisés mismo. El conflicto para los judíos era que no había señales de que en Él confluyeran las dos naturalezas, o acaso la más importante, la mesiánica. ¿Tenían culpa en eso? No. En todo caso, sería Moisés quien los acusaría.

Entendamos, pues, la posición en la que se encontraban todos aquellos educados en la tradición mosaica. Que un joven Maestro, seguido por un grupo heterogéneo de individuos, se proclamara a sí mismo como el Ungido, seguro que les debía causar escándalo. Y más si desobedecía la letra de la Ley de Moisés. Por más que hiciera obras buenas, ellos estaban siendo confrontados por un renovador del rito tradicional. Sus cómodas estructuras de creencias y prácticas estaba siendo retada y, por supuesto, no iban a quedarse sin hacer algo. Jesús los critica con fuerza: no tienen amor, no quieren tener la vida eterna, no quieren la gloria de Dios, ven señales y no las entienden. Y con todo, no sería Él quien juzgara. El conflicto judeo cristiano tiene su origen en el mismo Maestro.

La legitimidad de Jesús

Juan 5:18-29

Jesús se está apropiando de la autoridad mesiánica. Los líderes religiosos se escandalizan porque ese galileo está blasfemando: Jehová, el del nombre impronunciable, el Altísimo, ¿era el Papá de Jesús? Pues Él contesta afirmativamente. Entonces el Rabí pronuncia un discurso donde enfatiza el origen de su autoridad. La legitimidad del Maestro es divina. También establece la relación entre el Padre y el Hijo: el lazo que los une es de amor. Su misión: salvar. Lo que viene por seguirlo: la vida eterna. Los muertos resucitarán al escuchar la voz del Logos.

¿A qué muertos se refiere el Maestro? Una interpretación alegórica diría que se refiere a los muertos espirituales. Aquí entran los clásicos ejemplos de domingo. Los alcohólicos, infieles, mentirosos, vanidosos, ególatras que al escuchar el mensaje del Mesías resucitan a una vida no sólo éticamente superior sino también espiritualmente diferente y nueva. Jesús no vino a juzgar. Muchas veces escuchamos más regaños y juicios de los seguidores de Jesús que comprensión y solidaridad. Así, como jueces severos, lanzamos epítetos terribles: pecador, malvado, prevaricador… y en lugar de ayudar a salvar nos dedicamos a etiquetar. La vida que promete Jesús supera esos adjetivos.

Pero también existe la interpretación escatológica. Jesús es muy claro en lo que sucederá en los últimos días. Nosotros, occidentales, racionalistas, calculadores, nos incomodamos al escuchar esto: ante la voz del Hijo, los muertos que hayan vivido como Jesús enseñó, saldrán a la vida eterna. Los que actuaron mal, resucitarán para condenación. ¿Figuras de diablos con patas de cabra? ¿Buenos con vestiduras blancas y aureolas en su cabeza? ¿Tormentos indecibles para los malos y cantos angelicales para los buenos? No. La predicación de Jesús va más allá de las caricaturas piadosas que escuchamos por todas partes. El Maestro está diciendo que Él juzgará (en el futuro) pero no viene a predicar condenación sino salvación. Sí: la escena parece de ciencia ficción, pero ocurrirá. Un día los muertos que creyeron y vivieron como Jesús saldrán de sus tumbas para vida eterna. Lo creamos o no. Lo imaginemos como sea.

Jesús y el sábado I

Juan 5:1-18

Aquí viene la tercera señal. La superstición decía que si te metías en ese estanque sanarías. El enfermo no podía hacerlo. Pero llega Jesús y le hace la pregunta de su vida: ¿quieres ser sano? Llama la atención la respuesta del enfermo. En lugar de ser categórico, le da vueltas, explicaciones no pedidas. El Maestro parece pasar por alto todo eso. «No te estoy preguntando por qué sigues enfermo sino si quieres dejarlo de serlo, porque yo sí». La respuesta del enfermo en la puerta de las Ovejas se parece a la que muchos dan cuando escuchan el evangelio. Como si al momento de quemarse uno se pusiera a meditar sobre el fuego. ¡Cuánta palabrería cuando Jesús sólo quiere escuchar un monosílabo!

Pero el escritor ahora se fija en una de las actitudes típicas de los legalistas de siempre. En lugar de maravillarse por la salud recobrada de un enfermo, los «judíos» se fijan en una Ley que, así presentada, parece lo más inhumano que se haya escuchado. Aquí dos precisiones: cuando el escritor evangélico habla de los judíos se está refiriendo al establishment religioso de Jerusalén. La segunda: la Ley de Moisés en sí misma no está alejada de la esencia humana, es más bien la interpretación que esa cúpula religiosa tiene la que confunde medios con fines. No podemos hacernos de la vista gorda y decir: son ellos. Más bien, uno debería reconocer que también dentro del cristianismo se dan estas discusiones y envidias asesinas. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, los seguidores de Jesús siguen peleando por el asunto del «día de descanso». ¿Hay una religión en el mundo donde el descanso sea el pretexto de peleas y de incomodidades? Cuando decimos el sábado decimos, en general, las leyes que grupos imponen y que sutilmente (concedamos este punto) van subiendo de nivel hasta ser más importante que el evangelio. Pastores actuales se escandalizan por asuntos tan triviales como el vestido, los peinados, los colores, el lenguaje. Como si el cristiano tuviera que cumplir la etiqueta religiosa para ser considerado digno del Maestro. Eso es como fijarse en la camilla y no en las piernas sanas de los enfermos espirituales.

Jesús los contradice con un argumento sencillo: si mi Padre trabaja todos los días, yo también. Pero esto cae en tierra estéril. No sólo no lo escuchan sino que procuran matarlo. Otra vez, se fijan en la gramática y no en la sustancia del mensaje. Todavía hoy, luego de una predicación poderosa, llega la hermana que se había congregado en otro grupo y dice: «muy bien, muchos quieren conocer más a Jesús, buena hermenéutica, excelente exposición, pero no alaban como debe ser». Santa simplicidad.

La segunda señal

Juan 4:43-54

«Nadie es profeta en su propia tierra»… Hasta que otros le llaman profeta. Jesús lo comprendió desde el principio. Y así lo transmitió a sus seguidores. Sin embargo, regresó y volvió a realizar una señal. En Caná había reñido con María, su madre y ahora lo recibe un funcionario, de otro pueblo de la Galilea, Cafernaúm, que le pide su ayuda. La respuesta del Maestro fue severísima: ustedes sólo quieren el espectáculo. La relación de Jesús con su pueblo era, por decir lo mínimo, conflictiva.

Pero el Rabí estaba por sobre las diferencias pueblerinas. La luz se encontraba en Galilea pero las sombras del sufrimiento también. Y las críticas para un paisano, para el hijo de José y de María, todavía estaban frescas. La desesperación del oficial y la compasión de Jesús fueron mayores a los chismes y al recelo. Uno súplica, el otro escucha; uno dice que el milagro está hecho y el otro cree. La señal se consuma: el hijo recobra la salud.

Hay veces que los creyentes se olvidan de su principal característica: creer. Y entonces inician pequeñas, absurdas e inútiles guerras. Cuando llegan los necesitados, los hijos de la luz están ocupados en tratar de apagar lumbreras. La oscuridad gana cuando los seguidores de Jesús no perdonan, cuando no salen, cuando se guardan en cajones.

Jesús dice que nadie es profeta en su propia tierra. Pero añade: «¿y qué? Yo vine a sanar». Y nosotros debemos seguirlo.

Jesús y la samaritana III

Juan 4:39-42

Ahora el escritor evangélico nos envía otra vez a Sicar. La mujer (¿quién es?, ¿cómo se llama?) ha contado la plática con Jesús. «Me ha contado todo lo que he hecho». ¿No suena como las primeras veces que uno escuchó el mensaje? ¿Quién le platicó mi vida a este predicador? ¿Cómo se enteró de eso? ¿Por qué me lanza esas «indirectas»? No había aquí algo espectacular. La mujer no estaba tullida, ciega, sorda. Su necesidad era existencial. Ahí estaba un hombre que se adjudicaba el título más grande de la religión judía. Y al parecer, tenía algo que hacía veraz su título. Es decir, no era un charlatán.

Vemos a los vecinos de Sicar yendo a buscar a Jesús. Podemos imaginar el rostro de los apóstoles. Una simple parada para descansar se estaba convirtiendo en un de las primeras demostraciones de que aquello era más que una fiesta, más que acompañar a un predicador simpático. Y lo era porque quizá no se imaginaban que su Maestro estaba rompiendo esquemas. Como fuese, los galileos se quedaron dos días ahí.

¡Qué lástima que el evangelista no da más detalles de lo que pasó en esas 48 horas! Nos perdemos de una predicación tal que al final los que la escucharon dijeron: «ahora creemos por lo que hemos visto y no sólo por lo que otros dicen». Él era el prometido por la Torá. ¿Cómo es nuestra espiritual? ¿Hemos escuchado del Maestro o escuchamos al Maestro? Si usted quiere ser espiritual, no busque atajos: sólo lo conseguirá si se queda al lado de la fuente. Y eso es Jesús: la luz.

Jesús y la samaritana II

Juan  4:27-38

Claro, ¿cómo no se iban a sorprender esos pescadores de ver al Rabí en sabrosa plática con una mujer samaritana? ¡Escándalo! ¡Confusión! ¿Qué quieres decirnos, Jesús? Y la reacción de la mujer: deja su cántaro (¿quién se va a preocupar del barro cuando ha encontrado oro?) y va a anunciar la noticia a su pueblo. Luego de tener cinco esposos, la mujer debía tener influencia entre sus vecinos (o quizá era un pueblo pequeño) pues salen a investigar sobre esa declaración extraña. Mientras un pueblo se agitaba por la predicación del Maestro, los discípulos se empeñaban en dar de comer a Jesús. Las buenas intenciones que chocan con el recto actuar.

¿Son malas personas estos discípulos por ofrecer comida a Jesús? No. El problema era de prioridades. Mientras que ellos se fijaban en una necesidad carnal, Jesús se preparaba para lo que estaba por ocurrir: una predicación tumultuosa. Está aquí la frase famosa: «mi comida es hacer la voluntad de Dios», una declaración que resume la prioridad de Jesús y, por añadidura, de sus discípulos. También está en el mismo pasaje un aviso de precaución a los que se quieran gloriar por un fruto que no sembraron. ¿Ha visto a los cristianos que cuando dicen «gracias a Dios» están diciendo en el fondo «gracias a mi»? Quien así actúa se le olvida que el sembrador es Jesús y nosotros cosechamos lo que no labramos.

Ahí, en Samaria, Jesús acababa de sembrar la semilla del evangelio. En poco tiempo, los discípulos cosecharán aquello que el Maestro labraba mientras iban a comprar comida. Una cosecha espiritual, personas, seres humanos que será uno de los primeros pueblos cristianos en la historia sagrada. Jesús en ayuno, no por alardear de espiritualidad, se preparaba para mostrar el amor de su Padre. Y los discípulos escandalizados… ¿o maravillados?

Jesús y la samaritana I

Juan 4:1-26

He aquí otro diálogo transformador y revelador. Dice mucho cuando habla y cuando calla. Porque la escritura no explica que los protagonistas de esta escena tenían todo los requisitos para no hablarse e incluso para reñir. Uno hombre otra mujer; uno judío otra samaritana; un maestro y una mujer ordinaria. Géneros, credos y ocupaciones diferentes. Para esa sociedad y en ese momento histórico, él estaba en mejor posición frente a ella. Sin embargo, el encuentro ocurre en tierra de ella, con una necesidad física de él.

Pero también podemos hablar del método usado por Jesús para transformar la vida de una mujer y con eso también la forma de ver el mundo del pueblo samaritano de Sicar. El Maestro no gritó, no regañó, no exaltó una religión y menospreció otra. ¿La invitó a una nueva religión? Jesús le enseñó la verdad. Y la verdad es Cristo. Al enseñarse a sí mismo, mostró al Padre. Usó recursos discursivos para que aquello que había escuchado en el cielo fuera absorbido por una mujer simple. Cuando lo que decía parecía no tener sentido, Jesús lo hace más claro. Además, señalemos esto, usó su poder profético para atraer a una persona. El poder extraordinario como imán para capturar la atención de una persona. El recurso usado debía impresionar a su audiencia. Y así fue.

Lo que dice: creer en Jesús, el Cristo, trae como consecuencia la vida eterna. La predicación de Jesús es espiritual. Ella le pregunta «¿dónde adoramos?». Qué importan las construcciones fastuosas, qué importan los lugares santos (¿existe «Tierra Santa» en el mensaje de Jesús?), qué importa el rito, el vestido, lo de afuera. Jesús es la medida exacta para los sedientos existenciales. La mujer había buscado llenar vacíos con parejas sentimentales. Luego de cinco maridos, en el último se evitó el trámite y sólo vivía con él. Si hacía caso a la enseñanza del Maestro de Galilea, esa mujer podría terminar su eterna búsqueda de la felicidad. Pero Cristo no es una píldora para la alegría. Si así fuera, no sería más que un anunciador de la «buena vida». Digamos lo obvio: la vida termina en la muerte. Ahí, en la tumba, todos somos iguales. Pero la esperanza de Jesús es que la muerte trae la santificación para aquellos que deciden seguirlo en este mundo. El mensaje del Rabí dura más, muchísimo más, que un suspiro (eso, un suspiro, es al final la vida en este planeta).

Así que el Mesías prometido a los descendientes de Israel había llegado. Su poder estaba al servicio de los sedientos de espiritualidad. ¿Rompió reglas sociales? Más bien les dio una nueva dimensión. Sí, demos la voz a los fans del feminismo: el Maestro no se inmutó ante las mujeres. No las humilló, no las despreció, les dio un lugar en la espiritualidad que trasciende la preparación del café en reuniones de «santos varones». Este pasaje, central para entender la esencia del mensaje mesiánico, lo recibe una mujer cuyo única peculiaridad fue estar en un pozo cuando un peregrino tenía sed. Jesús es el Maestro de lo sencillo.

La confesión del Bautista

Juan 3:22-36

La última declaración del Bautista en el evangelio de Juan es impresionante por su sencillez y su humildad. Ante un ministerio paralelo, las confusiones llegaron. Y por enésima vez la pregunta: ¿eres el Mesías? No soy el Cristo es la respuesta clara.

Al parecer los seguidores de Juan no se fueron automáticamente con Jesús. De hecho, hay indicios de envidias. Quizá los de Juan acusaron de plagio el bautizo que también practicaba Jesús. ¿Por qué te copia, Maestro? ¿Por qué no ejerces tu derecho de propiedad sobre la inmersión? Y Juan lo deja claro: no sean terrenales, Él debe ir creciendo y yo disminuyendo pero eso es mi felicidad. La comparación es con el matrimonio. Juan era, digámoslo así, el caballero principal, Jesús el novio. Juan estaba alegre y feliz porque había llegado el novio y el tiempo estaba por cumplirse. De ahí a la cárcel, a la injusta decapitación, a la muerte pero, seguramente, también el encuentro con el Padre porque había cumplido su misión.

Con esta declaración, ¿queda duda de que el primer «cristiano» de la historia fue Juan? Su confesión es sencilla: Jesús es el Hijo de Dios, quien cree en Él tiene la vida eterna, quien no lo hace recibirá no tendrá vida sino que «la ira de Dios está sobre él»? Qué lástima que tengamos tan poca información de este personaje. Su influencia en el ministerio de Jesús es comparable a la de Saulo de Tarso (quien no conoció a Jesús en la vida terrenal). Pero si de versículos más pequeños han corrido litros de tinta, ¿no valdría la pena gastar más en el ministerio de Juan? Con estas palabras, en medio del revuelo que ya estaba provocando Jesús, Juan el bautizador concluye una de las misiones más desafiantes para el ego humano: preparar todo para que el Único tenga un camino más recto. Juan murió a sí mismo y en eso llevó su dignidad a alturas insospechadas.

El amor del Padre

Juan 3:16-21

El versículo 16 es uno de los más citados por propios y extraños. Así, extraído del contexto, suena «bonito». Pero cuando recordamos que esto es parte del sermón a Nicodemo, la escritura cobra mayor significado. Aislado, el versículo es usado para animar incluso a aquellos que todavía no creen. Sin embargo, el pasaje completo es de gran trascendencia para entender el ulterior desarrollo del movimiento de Jesús. Aquí está la médula de la soteriología cristiana:

1. Jesús es el Hijo enviado por el Padre amoroso.
2. Su misión es salvar a toda humanidad.
3. El centro de esa salvación es la fe en la persona de Jesús.
4. Aquel que cree «obra la verdad» y quien así lo hace vive en la luz. Lo contrario es propio de la oscuridad. Por lo tanto, Jesús predica la luz, esa luz que ningún tipo de tinieblas puede callar.

¿No son estos versículos la esencia de la doctrina cristiana? Y al mismo tiempo, ¿no está aquí la médula de la praxis cristiana? Y todo esto se lo dijo a un líder judío. Ay, Nicodemo, quién como tú.

Digámoslo ya para que el lector concentrado no se quede ansioso: la iglesia hasta ahora no forma parte de la predicación del Maestro. Suspiremos, pues, y esperemos el desarrollo del evangelio.

Nicodemo y Jesús I

Juan 3:1-15

Seamos honestos, ya como cristianos, ¿no hemos sentido alguna vez la tentación de estar en el lugar de Nicodemo? Sí, sí, aunque vaya de noche (quizá por el temor de ser visto por sus colegas), aunque tenga una actitud un tanto irreverente, un hombre que cuestiona a Jesús. Con todo eso, nos sorprende la actitud franca, el diálogo transparente entre dos Maestros.

Pero, imaginemos a Nicodemo, ese anciano que ha vivido por años en la Ley de Moisés, confrontado por lo que ve y siente. Sus sentimientos iban en contra de su razón. Algo le decía que Jesús era el Rabí esperado. El cuestionado no es el joven maestro sino el anciano líder. Todo el arsenal guardado por años está siendo minado por esas palabras extrañas. ¿Cómo entrar al Reino de Dios? Pues naciendo de nuevo. ¡Cómo! Y Jesús responde: pues tú lo deberías saber. En un sólo movimiento, Jesús desarma toda la sabiduría de Nicodemo.

Hay que nacer de nuevo de agua y de Espíritu. De agua: el bautizo por inmersión, como Juan. Y de Espíritu: aquí está el gran juego de palabras en este pasaje. Espíritu también puede traducirse como viento, soplo. Pero otro contrapunto es también la carne. Espíritu y carne: lo trascendental y lo superficial, lo que queda después de que los gusanos devoren el cuerpo. Pero también el Espíritu como (diríamos hoy) la tercera persona de la Trinidad. Así que la enseñanza de Jesús podría replantearse así: si quieres ser parte del Reino de Dios debes renunciar a tu yo y dejar que ese yo sea renovado por otro, el Espíritu de Dios.

Y hay más. Jesús refiere un pasaje del Antiguo Testamento donde Moisés construye una serpiente, la levanta y así destierra la plaga que mataba a los israelitas en el desierto. Cuando una serpiente mordía a uno, este debía voltear hacia Moisés y así se curaba. Mirar a Jesús en la cruz sana y quien lo crea recibirá la vida eterna. El seguidor preocupado, el discípulo que anda en caminos peligrosos, ¿qué debería hacer? No correr, no gritar, no andar de rodillas: mirar a su Salvador en la cruz.

Y el discurso ante Nicodemo apenas empezaba…

La expulsion de mercaderes

Juan 2:13-25

La pascua se acercaba y, judío al fin, Jesús visitó Jerusalén. ¿Hay una fiesta religiosa en occidente que sea más antigua que esta? Todo el pueblo de Israel, sin excepción, han escuchado por más de seis mil años, aquello que empieza: «Escucha Israel…» Jesús la festejó cada año, sin excusa, durante toda su vida en este planeta.

Allá va, Jesús y su todavía pequeño grupo de seguidores. Habitantes de un pueblo fronterizo, con acento al hablar, felices y a la expectativa de llegar a la Ciudad de la Paz. Jerusalén y su flamante templo, todavía en construcción. La Ciudad Santa, que, construida sobre colinas, se veía desde el camino de los peregrinos. Jesús y sus seguidores se acercan al lugar más importante desde la época de Salomón. Entran y lo que ven no es una reunión de hermanos alabando a Dios. No, ahí está todo un mercado religioso. ¿Le hace falta un cordero para su ofrenda? Yo le vendo uno auténtico. ¿Quiere cambiar monedas? Aquí le ofrecemos este servicio. Y el nazareno siente celo por la casa terrenal (por así decirlo) de su Padre convertida en un mercado vulgar. Y empieza uno de los actos más violentos del Maestro.

¿Por qué el evangelista nos deja saber este pasaje? El Maestro del amor, del respeto al prójimo, del poner la otra mejilla aquí, con un látigo, sacando a golpes a los vendedores y liberando la mercancía. Al menos por un día, les echó a perder su negocio. Se acabaron los discursos, empezaba la acción. ¿O no? Quizá era el guiño a los zelotas. Quizá, como quiere Kazantzakis (La última tentación), era la señal para los patriotas judíos. ¿Qué era todo aquello de tirar el templo? Juan dice que se refería a su propio cuerpo. Ahí está una señal para entender este pasaje.

Jesús enseña su pasión por el Padre. Una pasión que lo lleva a arriesgar su vida. Así debiera ser la vida de un discípulo. Es la lección para no hacerse de la vista gorda ante los excesos de la religión. Al ser el Hijo de Dios, lo que vio Jesús era una afrenta a Él mismo. ¿Hasta las armas? No. Jesús no asesinó a ningún mercader. ¿Hasta los excesos? No. El nazareno no cometió aquí ningún abuso, en todo caso, por qué elegir un látigo y no otra arma. Jesús actúa con energía, pero no con excesos de poder o fuerza. El escritor cuida muy bien de no mencionar golpes a otros ser humano. Aquí está Jesús representando en su ser la ira de Jehová. ¿Qué revolución habría sido esa que «restauraba» el culto en el templo? Tampoco es, pues, la invitación para la liberación de las cadenas de la esclavitud. No hay un llamado político sino moral e incluso ético para hacer lo que la ley de Moisés consideraba correcto: honrar a Dios. Algo había en ese hombre que no fue tocado ni por los guardias ni por los mercaderes. Era, insisto, la ira de Dios en el mismísimo carpintero de pueblo.

El pasaje termina con una declaración intrigante: Jesús no necesita testimonio de hombre. Por Él mismo se puede valer. Si todos le dieran la espalda, lo calumniaran, lo vilipendiaran, Jesús podría mostrar su majestad. El Mesías había llegado a la ciudad Santa. Pero un visionario, al parecer, nunca es bienvenido por sus contemporáneos. Ahí, en medio de sonidos de animales, el Maestro firmaba su condena de muerte.

La primera señal

Juan 2:1-12

En su origen, la palabra milagro tiene que ver con señal, signo. Es decir, para Juan, esas obras extraordinarias que el Maestro realizaba tenían que ver con un rasgo distintivo de Jesús: su carácter divino pero profundamente anclado a este mundo. Las señales que veremos en este evangelio son, pues, las muestras de que estamos frente al «verdadero hombre y verdadero Dios». El milagro tiene la función de demostrar que ese hombre no sólo es un buen profeta o quizá sólo un curandero o mago. Juan nos está diciendo que Jesús tiene poder porque viene de Dios.

Ahora, fijémonos en la resistencia de este primer signo. Jesús no quería hacer un espectáculo de su obra. Ahí estaba, en una fiesta, una boda (otro símbolo típicamente joánico) donde el menú quedaba incompleto sin el vino. ¡Qué terrenal! No hay aquí un cojo, paralítico, ciego. Es una fiesta. Y María (la madre de Jesús) no quiere que el ambiente se venga abajo. Acude a Jesús a pedirle un favor: convierte el agua en vino. Permítaseme la siguiente licencia: qué poco solemne, qué anticlimático de lo espiritual esta petición. El Maestro no usa un tono grave en esta primera señal. Repitámoslo: es una fiesta, Jesús está conviviendo con amigos y familiares. Ahí, en el gozo de una boda, hace el milagro.

¿Tiene este pasaje un sentido metafórico? Habrá quien quiera decir que esta señal tiene más de un significado. Jesús convierte un material común (insaboro, incoloro, inoloro) en uno de la mejor calidad. Quizá haya una resonancia con el evangelio de Mateo en aquello de que los cristianos son la luz del mundo. El Maestro puede cambiar el carácter de cualquiera con sólo pedirlo. De ser aguados a ser vinos de la mejor calidad. Sí, seguir a Jesús es una decisión y una petición. Una petición porque al seguirlo le estamos pidiendo (implícitamente) que nos cambie. Y Jesús transforma. Además, como sus discípulos, con esas transformaciones, veremos la gloria del Padre. Por eso podemos decir, lejos de falsas modestias, que lo que hoy somos no es producto de nosotros sino de Dios.

¿Eres una nueva persona? Sólo por gracia y poder de Dios, el Padre que mostró Jesús en una fiesta en Canán. Fiesta y espiritualidad no están peleadas.

Una lección de los primeros seguidores

Juan 1:35-42

Juan lo anuncia a sus discípulos: Jesús es aquel que el pueblo de Israel ha esperado. La escena es dramática: escuchan a su delgado y bronceado maestro, lo ven señalando al hijo del carpintero José; quizá intuyen que en esa declaración está implícita la transferencia de una autoridad que hasta entonces recaía en el influyente anacoreta pero que a partir de ese momento sería toda de Jesús.

Y entonces, los discípulos lo siguen. Jesús se voltea y les hace una pregunta cuyo eco resuena hasta hoy en los oídos de aquellos que quieren seguirlo: ¿qué buscan? La respuesta: tu casa. «Vengan y vean», concluye el hasta entonces insignificante personaje. Pero debemos preguntarnos nosotros, ciudadanos del mundo del siglo XXI: ¿qué buscamos en la religión? ¿Una respuesta? ¿Llenar vacíos? ¿La trascendencia? ¿La cura a enfermedades? ¿Fortuna? Nada de eso. La respuesta debiera ser la de los discípulos: a Él, al Cristo, al Mesías. Sí: sólo a Jesús. Esto parece una película donde ya conocemos el final: seguirlo tiene como consecuencia la vida eterna. Sí, pero en el principio (esos principios a los que de vez en vez queremos volver) los discípulos sólo atinaron a responder: «a ti, tu morada». Esa es la búsqueda del cristiano. ¿Cómo se nos puede olvidar que ese mote, «cristiano», viene del título que recibió Jesús y que de inmediato nos remite a la creencia básica de nuestra fe? Sí: esa fe tiene nombre y apellido, Jesús de Nazareth. Pobre del creyente que termina confundiendo medios con fines, de aquel que entra a una iglesia porque busca la fortuna que el mundo secular no le ha dado o la pareja que no consigue en años de búsqueda o la popularidad que sus conocidos le niegan o la cura a su enfermedad. Qué miseria de aquellos predicadores que ofrecen ese gancho de la prosperidad para ganar adeptos a su organización. Se les olvida a estos mercaderes de la religión que el camino de Jesús conduce al Getsemaní.

Los discípulos no sabían todo eso. Vieron a uno de sus paisanos que era recomendado por el mismísimo bautista y sólo atinaron a decir: queremos conocerte. Ese encuentro con Jesús no quedó en al vacío. Algo les dijo, algo vieron que salieron como niños con regalo nuevo. Luego de pasar el resto del día con Jesús (y hay cristianos que se quejan por dos horas de un servicio dominical), aquellos dos van a compartir la buena noticia: hemos encontrado lo que buscábamos (es decir, a Jesús). Pedro, el inestable Pedro, era entonces Simón. Jesús lo vio como roca. Natanael, el escéptico y crítico, quizá el realista (¿algo bueno puede salir de Nazareth?) es enfrentado por Jesús y lo gana con palabras amables. El primer grupo de discípulos, algunos antiguos de Juan, otros quizá decepcionados por no ver tan clara la realidad de un predicación que prometía la pronta venida del Salvador.

Y ahí están. Los que al inicio seguían al Bautista, ahora embarcados en la aventura de Jesús. Transformados, fieles a pesar de todo. Ellos dijeron: queremos saber quién eres. Y el Maestro les promete: «verán el cielo abierto, y los ángeles de Dios subiendo y descendiendo sobre el Hijo del Hombre». ¿Qué significaban estas palabras para los pescadores? No lo sabían pero desde entonces pasaron de lo ordinario a lo extraordinario. Obedecieron a su maestro y hoy seguimos hablando de ellos.

El testimonio de Juan

Juan 1:15-36

Aquí tenemos a Juan, el gran desconocido, el gran olvidado, ese que queda relegado a segundo plano cuando irrumpe el Verbo encarnado. Juan, primo de Jesús, fue uno de los primeros en dar testimonio del Ungido venido para salvar al mundo. No sabemos si Juan imaginaba la trascendencia de su mensaje. Tampoco sabemos si todos sus seguidores se resignaron a dejar actuar al hijo del carpintero mientras su maestro moría en una mazmorra del rey pecador Herodes. Pero aquí tenemos un ejemplo extraordinario de uno de los primeros cristianos: Él es primero que yo, por lo tanto, es más importante que yo.

¿No presenciamos el ejemplo de lo que debería ser el discípulo frente a su maestro? Juan lanza frases que deberán calar en todos los que, diciéndose seguidores de Cristo, reemplazan a Jesús por sus gustos y pasiones. No renuncian al yo. No están dispuestos a decir con Juan: «Él es el que viniendo después de mí, es antes de mí; del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado». Son aquellos que a la pregunta ¿eres tú? no resisten la tentación y responden sí. Dejan de lado el ejemplo de Juan que confesó: «Jesús es el Cordero de Dios, Jesús es el Mesías, aquel que sí ha visto al Padre; yo, Juan, no he visto a Dios pero Él sí y lo viene a enseñar». ¿Quién seguirá el ejemplo de Juan que dice «no soy el Profeta»? ¿Podríamos imaginar por un momento lo que el último profeta pre cristiano sintió al ver llegar al Ungido?

Juan, el precursor, fue el primer profeta cristiano. Poco sabemos de él, pero su ejemplo e influencia en el pueblo de Israel era considerable. Renunció al bien menor (la fama en este mundo) por el bien mayor (la vida eterna). Dejó a un lado su yo, mostró su humildad y finalmente clamó: el Cordero de Dios está entre nosotros y viene a hablarnos del Padre que él conoce porque en el principio era el Logos y el Logos estaba con él y él era Dios.