El buen pastor

Juan 10:1-12

No es que los apóstoles y todos los demás fueran menos inteligentes que los actuales lectores. La parábola tenía la intención de ilustrar un punto en la enseñanza. Pero esta no había funcionado. Jesús no se va por la tangente y habla más claro. Él era ese Pastor que daba, porque así lo había decidido, su vida por un rebaño llamado humanidad.

Algunos han querido ver en este pasaje la prefiguración de la predicación a los gentiles. En cualquier caso, lo que el discurso quiere resaltar es el carácter del Mesías. Él quiere dar todo para cuidar, rescatar y ayudar a sus ovejas. El ladrón está interesado en la oveja como un objeto. El asalariado no daría su vida porque sólo está interesado en el dinero. Pero el buen pastor se preocupa por el rebaño porque ama al dueño y cuidará sus propiedades como si fueran suyas. Jesús es ese gran y buen pastor. He ahí la enseñanza profunda del Maestro.

¿Se entiende cabalmente esta alegoría hoy? Y no hablamos de lo más evidente, aquellos pastores modernos que van por la lana de sus rebaños. Dios pedirá cuenta a estos malvados. Hablamos de algo más histórico y social. ¿Cuántos lectores modernos han cuidado ovejas? ¿Cúanto tiempo falta para que estas sencillas parábolas deban ser explicadas hasta en lo más nimio? Cuidar rebaños es tan ajeno a los cristianos modernos que el término «pastor» ya es tan religioso como cualquier otro.

El buen ciego III

Juan 9:35-59

Cuando acaso el antiguo ciego se empezaba a preocupar de la expulsión religiosa, Jesús vuelve a aparecer. La Escritura cuida de decir que el Maestro halló al hombre. Y ante su sanador, este ciudadano de Jerusalén vuelve a mostrar signos de una lucidez abrumadora: tú me preguntas algo, me preguntas si creo en el Hijo de Dios, dime quién es y lo hago. En otras palabras, no sólo me enseñes abstracciones. Ya por años he vivido de oídas, de lo que otros dicen que es. Ahora que veo, déjame estrenar mis ojos. El Rabí le responde que Él es. Entonces sí, ya con todo conocimiento, «lo adora».

¡Cuánto podría enseñarnos este ciego convertido! Se alejó de las complicaciones y tan sólo experimentó la verdad. A diferencia del paralítico que puso pretextos, este se dejó llevar. Y cuando le pidieron razón de todo aquello, sólo dijo lo que sabía y lo que no. El no sé de los versículos anteriores se convierten ahora en «sé quién es el Hijo de Dios». El Maestro había empezado con algo terrenal y terminaba con algo espiritual. Una señal redonda.

Las frases finales vuelven a revelar la enseñanza de Jesús: había venido a juicio, a revelar ante ojos y oídos que quisieran quién es de la verdad y quién de la mentira. Él es el espejo, el que dice: «juzguen por sí mismos». De los sencillos y ciegos es el reino de los cielos. De aquellos que no presumen de ser los santos, inmaculados y puros, sino de los que el mismo Dios los juzga como tales. Más vale decir no veo que andar por el mundo creyendo que sí cuando nuestra vida proclama lo contrario. ¿Sabes mucho? ¿Por qué no actúas como tal? Ese ciego sanado era más valiente, más humilde y ahora salvo gracias a su capacidad de saber quién realmente era. Los fariseos de todos los tiempos, esos que adoran la letra pero no el Espíritu de la Ley, esos son los que no soportan la luz que irradia el mensaje sencillo del Mesías.

El buen ciego II

Juan 9:13-34

Jesús ha cometido un pecado más: amasar en sábado. Aquí el buen ciego (que ahora ya ve) es interrogado por segunda vez. Vuelve a decir lo que sabe. La obra del Maestro vuelve a causar división. Entre la interpretación casuística y la rigorista, a algún fariseo se le ocurre preguntarle al sanado, hombre que no tenía más educación que la recibida en casa y en la calle, pidiendo limosna, con el oído aguzado. Su respuesta no lleva grandes introducciones, un aparato crítico, la gran doxología, una hemenéutica exquisita. Nada de eso. Con la sencillez que da la ignorancia genuina, responde: un profeta. Nadie parece atenderlo y más bien dudan (humanos muy humanos) de que en realidad hubiese sido ciego (los limosneros apócrifos han existido siempre). Entonces van con sus padres, que dan cátedra de sentido común y de precaución.

Ya se tenía una amenaza: cualquiera que confesare al Cristo sería expulsado de la sinagoga con todas las consecuencias morales y religiosos que eso traía. Sin comprometerse un ápice, los padres responden: sí era ciego pero ya está grandecito para que le pregunten a él. Quizá con la paciencia a punto de terminarse, los fariseos vuelven con el ciego. Lo vuelven a interrogar y él vuelve a reponder con sencillez: no sé si el que me curó sea pecador, pero sé que antes era ciego y ahora no. Quien debe explicar esto son ustedes, ¿o quieren convencerse de que él es el Mesías? Ahora sí, el antiguo mendigo terminó con el buen juicio de sus interrogadores quienes lo maldicen y lo expulsan. Pero antes, este personaje singular les lanza un argumento quizá escuchado de los labios de ello: si él es pecador, Dios no lo escucharía, por lo tanto, no habría sanado. Pero si es justo, Dios escucha y puede obrar la señal. El versículo 33 es la estocada final: Si Éste no fuera de Dios, nada podría hacer. ¡Lo mismo que Jesús ha repetido pero en boca de un limosnero desempleado!

Totalmente fuera de sus casillas, los líderes religiosos veían cómo el mensaje de Jesús permeaba en las mentes y en los ojos de los más sencillos. Aquello de ser la luz del mundo cobraba más sentido en un ciego de nacimiento, un elemento más en el paisaje urbano de Jerusalén que de la nada afirmaba que un tal Jesús lo había sanado. Y si le preguntaban, él no había visto de qué universidad se había graduado, no sabía cuántos diplomas colgaban de la pared de su casa, tampoco si era el Logos encarnado. Él sólo tenía una cosa que mostrar: Jesús le había regalado nuevos ojos. Su razonamiento simple sigue siendo válido hoy. No sabemos quién es, pero Él sana. Y si Dios lo escucha es porque algo hace bien. Más allá del conflicto teológico y quizá ideológico que ocurría en esos días, este mendigo había experimentado en su propia carne el poder del Padre.

El buen ciego I

Juan 9:1-12

El sexto milagro nos presenta a uno de los ciegos más memorables por su sencillez, sentido común y capacidad de síntesis que se pueda leer en el evangelio. En la primera parte vemos a Jesús pasar cerca de un ciego. Sus discípulos, quizá queriendo ser muy espirituales, quizá por genuina curiosidad, le preguntan por qué estaba así: por él o por sus padres. Sabemos que en la antigüedad (incluso hoy) se relacionaba la enfermedad con el pecado. Moral y fisiología han tenido siempre un trato cercano. Jesús da una respuesta que no cuaja ni uno ni en otro lado: para que la las obras de Dios se manifiesten. Dicho lo cual, elabora un cataplasma hecho a base de tierra y de saliva; lo aplica en los ojos, lo manda a lavarse al estanque del Enviado y hecho, ahora puede ver. La enseñanza atrás de esto es clara: Jesús es la luz del mundo. Aquí no sólo en sentido metafórico sino real. Él ha abierto los ojos de un ciego de nacimiento.

En la segunda secuencia, el ciego sanado regresa para tomar el papel protagónico que le tiene reservado la historia. Los vecinos acostumbrados a verlo mendigando no lo reconocen. Él se encarga de decir que sí es, que el ciego y mendigo se había acabado que uno llamado Jesús lo había sanado. Lo único que había tenido que hacer era obedecerlo. El ciego tenía un carácter franco y sincero probado: al preguntarle por el paradero de su sanador, quizá él mismo sorprendido, responde con la verdad: no sé. Podría haber inventado todo un cuento, podría haber puesto los cimientos para su futuro sustento (acababa de perder su trabajo) y hacerse el curioso hombre sanado. Pero no. No sabía y eso respondió.

Sorprenderá al lector cómo Jesús aquí es sólo la luz que ilumina todo el pasaje. Aperace al principio y al final. El ciego tomará el control de la historia. Mientras, ahí quedan esas palabras que vuelven a mostrar en todo su esplendor la misión del Rabí: venía a actuar y a hablar. No se trataba de un bonito discurso ni de un espectáculo digno de la corte de los milagros. Eran dos asuntos unidos que señalaban a la majestad y el poder del Mesías. Sus palabras sanaban todo: mente, cuerpo y espíritu. En eso consistía su luz.

Piedras contra el evangelio

Juan 8:48-59

Esta es la respuesta evidente ante cualquiera que reciba una crítica como la de Jesús. «Eres del diablo, samaritano, mal judío, blasfemo, mentirosos, estafador». Vemos de nuevo que Jesús introduce la promesa en medio de su defensa. «Si alguien cree en mi, no morirá». Aquello de «antes de Abraham yo soy» tuvo que sonarles como un escándalo monumental. Sinceramente, sin todo lo que hoy sabemos de Jesús, a cualquier oyente promedio aquello tuvo que sonar como verdadero dislate. El Maestro estaba redefiniendo una religión. Y al parecer no hay nada más extraño, difícil y de apariencia absurda como sacudir conciencias. Esto estaba haciendo el Galileo.

La declaración del «yo soy» termina un capítulo donde las escaramuzas se han convertido en franca guerra entre Jesús y «los judíos». Es curioso que este pasaje termine de manera más bien trágica cuando sus interlocutores ya empezaban a creer. Parece cumplirse aquello de que las grandes esperanzas provocan grandes decepciones. Fácil no era una palabra que sonara muy bien a lado de la frase seguir a Jesús. Cuando todos creían que lo suyo eran los espectáculos masivos, se aleja a un retiro que pasa por el evento extraño de caminar por el agua. Cuando algunos de los judíos empiezan a sentirse atraídos por las palabras del Maestro, Jesús parece contravenir toda la enseñanza heredada por generaciones. El resultado en todo caso es un terremoto espiritual en los que lo escuchan.

El versículo 59 es la culminación de la primera persecución al novel movimiento cristiano. Jesús se va, huye, no era su hora. No es un mártir profesional. Incluso algunos de sus críticos dirán que se mereció toda la avalancha de adversidad que cayó sobre él y su grupo. Quién sabe. Nosotros, cristianos convencidos, solemos demonizar a sus adversarios. Pero debemos reconocer que su mensaje incendió mentes y espíritus. Y nadie que lo haga va a pasar inmune en su sociedad. Ahí estaba Jesús, perseguido. Y sus apóstoles, desde entonces, a salto de mata.

Los hijos de la mentira

Juan 8:42-47

Los hijos de la mentira. Y el diablo ha sido homicida y no permaneció en la verdad. Parece una sugerencia para entender el líder teológico y tradicional del mal. Aquí Jesús ha dado un paso más en su discurso. Casi como monólogo, se responde a sí mismo: si no entienden es porque su verdadero padre no es Dios sino el Diablo, aquel homicida y mentiroso desde el principio. Parece una dualidad pero no lo es. Algunos quisieran ver la verdad y la mentira como dos fuerzas iguales en magnitud pero de diferente signo. Pero no es así.

Jesús dice que el diablo es mentiroso y homicida, pero no está diciendo que tiene el mismo poder y la misma influencia que su Padre. En este sentido, la mentira no es sino la ausencia de verdad. Además de no aclarar qué mató el diablo (asunto que podría disparar las mentes más imaginativas), el Maestro nos recuerda que una de las características básicas de ese ser es la mentira. Sin embargo, no es una dualidad al estilo ying yang. El diablo, al ser creado, puede ser destruido. La mentira es destruida con la verdad, esa verdad que es Cristo. Por eso, Él vino a deshacer las obras del diablo.

¿De quién somos? Fijémonos a quién escuchamos. Aquellos que no oyen la palabra de Jesús son del diablo. ¿Escuchamos la palabra de Jesús? Y ya vimos que escucharla quiere decir también obedecerla. Cuando no decimos ni escuchamos la verdad, hacemos la voluntad del verdadero padre de la mentira. Ahí está la decisión que cada quien debe tomar: o Jesús y la verdad divina o el diablo, asesino y mentiroso. El creyente deberá decidir qué hacer.

Jesús es la verdad

Juan 8:31-41

He aquí una Escritura que se ha convertido ya en lugar común: «la verdad los hará libres». Así es citada por propios y extraños. La usan los más piadosos y los de moral dudosa. Es, como el Quijote, una de esas frases que, sin leer una sola página, muchos dicen conocer. Debemos irnos con cuidado con aquellos bien intencionados que la blanden ante la menor provocación. El gran peligro de citar sin contexto es perder el significado del enunciado.

Concedido: la verdad libera. Pero debemos preguntarnos de qué verdad y de qué tipo de libertad está hablando Jesús. Y aquí es donde el versículo cobra mayor relevancia. Quizá debemos mirar unos versículos más adelante: el 36 dice claramente que el Hijo libera. Cuando los aludidos preguntan de qué, Jesús responde que del pecado, de esas acciones que alejan al hombre de la espiritualidad, eso que, paradójicamente, encadena al ser humano a este mundo. Si juntamos ambas partes, tenemos un mejor significado de lo que dice el Rabí: Él, Jesús de Nazareth, es la verdad, concepto no abstracto, no filosófico, ni siquiera teológico. Es ese ser, Jesús, la verdad de Dios. Quien lo conoce puede sentirse seguro de que sus ataduras espirituales (quizá carnales) serán destruidas. A los que quieren ver a un Jesús político habrá que decirles que se equivocan: lo que el Maestro enseña es una libertad espiritual que, vaya contradicción, atará al ser humano con Dios. No es una libertad política ni tampoco una verdad teórica. No se trata, como algunos quieren, de ser francos y decir «verdades», lo opuesto a la mentira. Por el contrario, Jesús se presenta a sí mismo como la verdad revelada de Dios a la humanidad. Podríamos replantear la frase y decir que Jesús rompe el yugo de la maldad humana y, por añadidura, regala una vida después de la muerte.

Es eso lo que debemos entender de este versículo. Que haya sido interpretada como premonición del liberalismo y de la ciencia no es culpa del evangelista. Más aún. El pasaje vuelve a enfatizar el grado de compromiso que parece más bien antipático en Jesús. Las primera frase es condicional: si se mantienen fieles a mi palabra. En otras palabras, sólo la fidelidad absoluta al Maestro traerá como consecuencia conocerlo realmente. Cualquier tipo de infidelidad provocará el fracaso en eso de querer ser libres. Todavía hay una frase que continúa de ese primer condicional: serán mis discípulos de verdad, no sólo de dientes para afuera, no sólo en una iglesia cantando bonito y abrazando con cariño al hermano. Es afuera cuando uno demuestra si realmente camina con el Maestro o si sigue en los pasos egoístas.

Por si fuera poco, la reacción de aquellos que ya habían empezado a seguirlo también nos da enseñanza. Cuando Jesús toca uno de los puntos más sensibles, el de la pertenencia al pueblo elegido, ellos reaccionan con furia y arrogancia. Así es este Rabí, parece hacer todo para que no lo sigan, cuando todo parece que va a provocar una adhesión automática, Él se encarga de aumentar el compromiso. Y, regularmente, sus auditorios terminan yéndose. Aquí, el discurso de Jesús hace que se defiendan con un cliché: «no hemos nacido de fornicación sino de Dios»; curiosa respuesta que hoy seguimos escuchando de muchos: no soy tan malo, el otro es peor, esto lo debe escuchar mi tía, mi vecino. Nos gusta escabullirnos, transferir culpas, cualquier cosa para no reconocer nuestros fracasos. Pero Jesús está hablando a ese yo egoísta, por eso duele tanto.

Ahora, cuando citemos esa frase, pensemos que verdad equivale a Jesús y que libertad equivale a ser espiritual. Todo lo demás suena bonito pero no tiene el mismo sentido que Jesús le dio.

No de este mundo

Juan 8:21-30

¿Quién eres? Es la pregunta que se hace aquel que ha escuchado a Jesús. La respuesta debe alertarnos sobre la tentación de mundanizar el mensaje. Por siglos, los cristianos han debido de recordar esta sencilla frase: «Yo no soy de este mundo». ¡Cómo contrasta con el resto de los Yo soy que se hallan en este pasaje! Pero también nos recuerda que al final, el interés supremo del creyente se encuentra en el cielo.

El pasaje también nos recuerda que sólo al seguir a Jesús podemos encontrar la vida que vale la pena. El Rabí nos dice que sólo creyendo en Él se tiene la esperanza de la resurrección. Frase que suena extraña en la modernidad. Cuando uno cree en Él, la maldad se termina. El fruto de seguirlo es una transformación renovadora. Aquellos que no quieren dejar su yo están destinados a repetir el ciclo de la sed y del agujero existencial. El Yo Soy de Jesús, por el contrario, da una nueva perspectiva, nueva dogmática, nueva praxis.

Su palabra empieza, sola, a convencer mentes. Jesús lo entendía ya aquí: sólo cuando su sacrificio se haya consumado, ellos comprenderán que Él es. Ya aquí está apropiándose de todo el simbolismo judío para compararse con Jehová. El drama de la pasión es que parece un guión al que Jesús sólo parece adscribirse. Pero no: nunca perdió su voluntad. Repite que hace lo que su Padre le enseña pero no vemos a un robot sino a un ser humano que decide hacer suyo ese plan que sólo en el cielo tiene sentido. Lo suyo no es de aquí, lo suyo no es madera, piedra, metal. Jesús es de otro mundo. Y sus discípulos deberían serlo también.

La luz del mundo

Juan 8:12-20

Este es el Jesús que todos los creyentes adoran. Aquel que, sin miedo a las consecuencias, alza la voz para proclamar su naturaleza. Él es la luz del mundo, sus seguidores tienen garantizado un camino iluminado, una vida no de tinieblas ni sombras, una vida plena. Él, el Mesías y sólo él, puede enviar una luz que ninguna oscuridad, por muy espesa que parezca, puede apagar. Los que han decidido seguirlo pueden dar testimonio de eso. Los que se dicen a sí mismos cristianos saben que no es una metáfora más sino el resumen de la conversión.

Pero no todo se queda en ese versículo. Juan nos recuerda la discusión con los fariseos. Los escépticos tienen en los fariseos a sus más fieles modelos de confrontación y crítica. Éstos inmediatamente lanzan un dardo: ¿y quién da testimonio de eso? La seguridad de Jesús impresiona. Sólo aquel que está convencido de su misión y de su naturaleza se atreve a responder como lo hizo el Maestro: sus testigos son Él y su Padre. Algo a todas luces contradictorio. Pero Jesús afirma que su argumentación tiene como causa principal y primera al Dios creador, ese ser al que sus interlocutores adoran. Otra vez, sólo la fe podría iluminar a los escépticos… aunque cuando la adquieren pierden esa condición. Hay que creer en el Dios de Jesús, que es judío, para creerle a Él. Así lo establece desde el templo.

¿Y dónde está tu Padre?, preguntan sus adversarios. La prefiguración de la Trinidad está aquí esbozada: Jesús mismo es el reflejo del Padre. Si alguien, como lo cuestionan ellos, quisiera saber dónde está Dios, sólo debería voltear a ver a Jesús. Porque donde está el Hijo está el Padre. Y, luego de su sacrificio, también se añade el Espíritu. Queda clara la doctrina que enseña el Rabí. Jesús es Dios. He ahí una declaración de fe, la más básica, la más sencilla, la más influyente de cara al camino que abrió el nazareno.

La adúltera perdonada

Juan 8:1-11

He aquí una imagen que permeó en el imaginario de occidente. Es la escena que retrata la repulsión a la hipocresía que preconizó Jesús en más de una ocasión. La doble moral comparada con una moral sospechosa y la conclusión de que ambas son iguales.

Y ya que nos pusimos historicistas, apuntemos que este pasaje, como tantos otros, se ha revertido a los cristianos de todas las edades. El curita paidófilo que escupe anatemas contra, ay, los homosexuales; el pastor golpeador de su esposa que aporrea a los abortistas. Los que escupen al poder político pero se aferran a las primeras sillas en sus congregaciones. Todos hipócritas, todos testigos del sereno Maestro que se sienta a escribir en la tierra, como cualquier niño, y los reta a ser los campeones mundiales de la infamia y la incongruencia.

Pero están los fans de este Jesús justiciero y los cínicos. Nos dicen que debemos ser como los changuitos, ver, oír y callar. Los seguidores del hacerse ojo de hormiga, del relativismo moral. Aquellos que lanzan la frase devenida cliché: «quita tu viga y deja de ver la astilla en el ojo ajeno». Bonita y cómoda postura para hacer y dejar hacer. La postura del espectador refinado pero soso.

¿Qué nos quiere decir el escritor aquí?No es ninguna de esas posturas puras y correctas. Vemos a un Rabí preocupado por la vida humana, crítico abierto de una costumbre bárbara y, lo que más llama la atención, un ser que actúa. Jesús va más allá de la observación neutral. Se interpone entre la turba embrutecida y la adúltera para salvarla y darle nuevas oportunidades.

El Jesús del evangelio no es el personaje cómodo que unos quieren ver. Es sinónimo de escándalo por su logos y por su pathos. Integridad, valor y justicia, esta es la actitud del nazareno. Pisa callos, pues.

¿Todavía importa señalar, como lo hacen las traducciones más honestas, que algunos manuscritos no incluyen estos versículos?

«¿De Galilea sale algo bueno?»

Juan 7:45-52

El versículo 49 debería figurar en las antologías de la desfachatez y el cinismo mundial. Aquellos que deberían enseñar al pueblo, aquellos que deberían ser sus pastores, en lugar de reconocer su fracaso se lo achacan a la ignorancia de la gente. La irresponsabilidad total. Ese pueblo ignorante era el espejo de los maestros que se enojaban porque un carismático Rabí sacudía las mentes de su clientela. Es un argumento ad hominem: ¿quién de autoridad certificada ha dado el visto bueno de ese carpintero de la lejana Galilea? Nicodemo, y el escritor se encarga de recordarnos su visita cuasi secreta con Jesús, revira tímidamente: escuchémoslo. Pero la respuesta es el prejuicio: nada bueno viene de esa tierra. El pleito adquiere ya matices sociales y culturales.

Así que seguir los pasos del Maestro nos conducirá irremediablemente al conflicto, al no acuerdo con cierto tipo de pensamiento y práctica arraigada. ¡Cómo contrasta este capítulo con el panorama actual de cientos, miles, de congregaciones! Mientras que aquí vemos a un renovador, a un Rabí cuya enseñanza es todo menos aburrida; volteamos y vemos templos vacíos o repletos de esclerosis. Nuevo es una palabra prohibida. Viene el «innovador» y los sanedrines modernos lo tachan de ignorante y «maldito». Y si escribimos con comillas es porque regularmente el innovador cristiano no alude sino a Cristo. En qué estado se encuentra la cristiandad que lo más moderno parece ser volver al origen. Estas contradicciones no son fruto de un pueblo manipulado sino de unos pastores que en el mejor de los casos son ignorantes ellos mismos o cobardes. O no saben lo que enseñan o temen enseñar la verdad. El resultado en ambos casos es desolador: una feligresía confundida, indiferente o cínica.

Hoy todavía vale la pena escuchar al sensato Nicodemo: escuchemos a Jesús. Algo hay en ese libro viejo que no falta en ninguna biblioteca, aunque sea de ornato, y que se llama Biblia. El llamado del evangelio no es a ser sordos a la crítica, a la confrontación. Nos llama a escuchar. Jesús estaba dispuesto a hablar, a exponer su caso y seguir. Los dirigentes no. Su feudo de dogmas estaba muy establecido y no dejarían que nadie se los quitara. El conflicto apenas empezaba. Nos esperan cientos de versículos de confrontaciones entre el Mesías y la clase dirigente.

Agua viva

Juan 7:37-44

Jesús aprovecha la oportunidad del último día. Si ya habían pasado los días y el conflicto no menguaba, el Maestro parece elevar la apuesta. Y la complejidad de sus frases. «Yo soy agua de vida, el que tenga sed, venga y tome». El escritor nos ayuda al decirnos que eso se refiere al Espíritu Santo. Sí, ahora podríamos decir «cómo no lo entendían». Pero en ese momento, sólo se percibía división a causa de Jesús. Así como se nos recuerda la referencia al Espíritu, también nos deja claro que «hubo disenso a causa de Él». De Galilea, ay los prejuicios, no podría venir el Cristo. Sí, pero el Rabí tiene al más ilustre antepasado que un judío podría tener: David. Los que querían capturarlo no lo hicieron. Y Él siguió predicando, de pie, con la voz alta.

Aquí está, pues, la premonición del don del Espíritu Santo. Aquí, Jesús nos dice que ese vacío existencial que parece congénito, tiene su fin en lo espiritual. Nada de este mundo logrará saciar al ser humano. Ni lo material ni lo profundo ni lo elevado. En todo caso, son distractores; a la larga, ese vacío no se llena sino con lo que se perdió en la caída, allá en el Edén. Los cristianos debemos recordarlo constantemente. Ni siquiera una religión va a saciar la sed espiritual. Ésta aminora cuando de donde se bebe es de la fuente espiritual. Jesús lo deja claro: no una jerarquía no un texto, Él solo.

¿Qué causa Jesús hoy en día? Para los cristianos, el asunto es evidente. Pero la crítica moderna dice que es falso, que la religión no es más que el invento más corrosivo que haya hecho el ser humano. Se sigue pensando que lo cristiano es mundano. Se sigue midiendo con la vara de la realidad. Pero Jesús nos pide fe. Esto, como no, sigue dividiendo. Nada más desagradable para una sociedad que quiere ser descafeinada que un cristiano se ponga de pie en una reunión políticamente correcta. Bajo estos parámetros, el Rabí no vino sino a enseñar un mensaje: Él. Sí, Jesús es el mensaje. Y hoy sigue dividiendo.

¿Será o no será?

Juan 7:25-35

El pueblo: el voluble, el impredecible, el manipulado, el cambiante, el atormentado, el indeciso. Uno que dice: «no sé quién es, pero si el Mesías hace cosas más grande que éste, la que nos espera». Y los líderes, los iluminados, los conocedores que, por si las dudas, envían a prenderlo. Vemos a Jesús repitiendo algo que ya nos es conocido: es un mensajero, Él conoce al Padre, si ellos realmente creen en ese Padre, lo reconocerían. El conflicto es ya imposible de detenr.

La escena presenta una serie de confusiones provocadas por la obra del nazareno. Un pueblo al que le ha llegado el rumor de que ese predicador tiene la vida en vilo ahora lo ve como si tal en la fiesta. La primera pregunta es porqué no lo atrapan. Del otro lado, los fariseos que ven a su enemigo no sólo libre sino convenciendo a un pueblo que no debería hacerlo. Jesús haciendo declaraciones confusas: «me voy y cuando me busquen no me encontrarán». Hoy lo entendemos, pero entonces, con las confusiones que cualquier polémica genera, no se tenía claro. Algunos pensaron que se iba a la dispersión. Sabemos que Jesús decía que regresaría con su Padre, pero entonces era natural que los judíos de Palestina pensaran así. En fin, ahí están los elementos para un problema serio en el pueblo de Israel y para que la confrontación entre lo oficial y lo alternativo empezara a subir de tono.

Revisemos lo que había ocurrido hasta ese momento. En términos de agitación social, lo más que había hecho Jesús era expulsar a los mercaderes del Templo. En todo lo demás, no parecía más que un maestro que enseñaba cosas raras. Luego, sus milagros empezaron a causar conmoción en una parte importante del pueblo. Pero ese pueblo es cuestionado por el héroe y éste se empieza a convertir en villano. Para colmo (o para dejar claro qué quería) viola reglas religiosas. Cuando los maestros oficiales lo cuestionan, éste no sólo no pide perdón, sino que les revira y los vuelve a criticar. El pueblo empieza a tener dudas de quién era ese galileo. La oficialidad sabe que, de alguna manera, deben eliminarlo. Jesús no huye, pero empieza a ser más cauto. Sin embargo, cuando las circunstancias lo orillan, repite una y otra vez su mensaje. Lo repite tanto que los que lo escuchan empiezan a creer que hay algo raro. En estos momentos, Jesús ya no es un inofensivo, quizá desiquilibrado, rabí. Es un hereje y un blasfemo. Y éstos nunca han sido bien recibidos por las sociedades donde llegan.

La enseñanza en la fiesta

Juan 7:14-24

¡Muéstrame tus títulos! ¿Quién te certifica? Eres un simple carpintero de Galilea, rodeado de pescadores más o menos rústicos. La actitud típica de aquellos que están instalados en sus diplomas, en sus medallas o en las glorias pasadas pero que ven llegar a uno que trastorna su entorno. El intruso incómodo estaba frente al establishment. Jesús, faltaba más, vuelve a insistir en su origen y su propósito. Él es un mensajero, no habla de sí sino del Padre. De paso les recuerda que el gran rito de la circuncisión no es de Moisés sino de Abraham y que si fueran discípulos del profeta no procurarían matarlo. Moisés no vio la apariencia, lo superficial, sino lo que estaba detrás, lo profundo.

Los insultos no detuvieron a Jesús. El chantaje tampoco. Y en medio de un pueblo caprichoso, el Rabí adquiere una majestad todavía más atrayente que antes. Ya en franca confrontación con lo establecido, con la tradición, el Maestro está mostrando los alcances de un verdadero profeta y no de un advenedizo. No renunció a su propósito cuando todo parecía conspirar en su contra. Cuántos cristianos se echan para atrás en nombre de la prudencia. Ya se ve que Jesús era valiente y astuto. Algunos sólo son inteligentes para esconder su cobardía. Pero el Mesías se atreve a confrontar a pesar de que se respiraba la amenaza. Vemos pues que no buscó el martirio. Pero tampoco huyó. Cuando la misión así lo requería, tenía que esconderse. Cuando, a pesar de las precauciones s encontraba con sus oponentes, no se calló. Habló y fuerte.

Ahí, no se nos olvide, estaban los discípulos, los doce que presenciaban a un Maestro impetuoso, recalcitrante dirían sus adversarios, pero no cobarde, no con doble moral. Cuánto debió permear su ejemplo cuando ellos mismos se enfrentaron a las consecuencias de seguir, vivir y anunciar el mensaje cristiano. Es el mismo ejemplo que hoy, dos mil años después, todavía es víctima de adornos. Todo para vivir y dejar vivir. Eso no enseñó Jesús.

El escándalo de Jesús

Juan 7:1-13

Otro pasaje intrigante. Hay una fiesta importante y Jesús, un poco por necesidad, sale de Judea a Galilea. Seguirlo ya no es placentero, incluso es peligroso. En casa, sus hermanos le hacen un comentario sarcástico. El escritor no quiere que quede duda: ni sus hermanos creían en Él. Ante la burla, Jesús responde con algo que podría ser una advertencia: todos los que quieran seguir el camino de la crítica a la sociedad deberán saberlo: van a ser aborrecidos. Sus familiares no querían ser parte de la historia, no se sentían orgullosos de tener un pariente enemistado con la alta sociedad religiosa; no sabían de cristología, de eclesiología ni otros logos. Hombres y mujeres sencillos, se burlan de Jesús y lo provocan. Otra vez, la humanidad en pleno.

Mientras tanto, en la fiesta se hace evidente que Jesús había traspasado el umbral de la simpatía y se encaminaba al camino del descrédito. Las grandes decepciones llegan de las grandes esperanzas. Aquellos seguidores habían visto cómo Jesús no eran lo que esperaban. Veían el conflicto con sus líderes religiosos y no sabían qué pensar. Mientras, Jesús va «en secreto» a la fiesta. Era valiente pero no imprudente. El miedo empezaba a hacer acto de presencia. Poco a poco, el ambiente festivo se iba volviendo sombrío. Todo un giro en lo que parecía, usemos un término actual, un ascenso meteórico.

En fin, el Maestro no vino a traer sino la seguridad de que hay un más allá después de la muerte. Pero seguirlo no es estar en una luna de miel espiritual perpetua. Al contrario. Uno pasará por críticas, tendrá que ir en secreto a los eventos sociales, será buscado para darle muerte. Suspiremos porque el cristiano sabe que la imagen del hombre feliz y sonriente es una caricatura. Su vida, sin embargo, tiene ahora sentido.

Los primeros desertores

Juan 6:60-71
La gente se asustó o se aburrió o definitivamente se dieron cuenta de que aquello no era el espectáculo que creían. «Dura es esta palabra», dicen sus discípulos. Y empezó la deserción (no digamos apostacía). ¿Qué es más impresionante, la multitud que llega o la que se va? Jesús les dice: «eso no es nada, si vieran al Hijo regresar de dónde venía». Aquello apenas empezaba.

El Maestro enseña en concentrarnos en lo espiritual. Parece decir lo obvio: la carne terminará en la tumba pero lo espiritual trasciende. Su enseñanza da vida. Lo suyo tiene que ver con lo espiritual. Los que buscaban la comida gratis, la salud gratis, la comodidad en primera fila, todos estos se van. Habían reprobado el examen de las intenciones. No buscaban a Jesús por su ética, su teología, su moral. Y cuando Él pone las cosas en orden, aquellos se marchan.

Quedan los discípulos y en una declaración que parece incluso ingenua responden a Jesús, el provocador, «¿a dónde vamos qué más valgamos?». Era Simón, Cefas, la piedra que entonces (y quizá después) no era muy sólida pero sí espontánea. Pero sigue siendo válida hoy. Los que conocemos el Camino, no por gracia nuestra sino por bondad del Padre, sabemos que en este mundo de tinieblas, en el mundo que aplaude como heroísmo la avaricia y el acaparamiento, la cosificación del sexo, el endiosamiento del ego, ahí, no queda nada. Vamos con Jesús porque lo suyo es vida eterna y porque Él es el Mesías, el Ungido. Y sí, siempre habrá traidores.

El pan de vida

Juan 6:25-59

El ya dilatado capítulo seis nos sigue reservando sorpresas. Parece que el retiro revitalizó al Maestro. Ahora lo vemos encarando a la multitud entusiasta (¿dónde hemos escuchado que el pueblo no se equivoca?) y los confronta de inmediato. Les dice que están ahí por conveniencia, les recuerda que el cuerpo no es más que un estuche que se deshace en la muerte. Y el encanto se termina. Ellos le preguntan qué deben hacer para encontrar la gracia de Dios. ¿Qué es lo bueno? ¿Cuál es el requisito, la exigencia del Padre? La respuesta podría hacer que los huesos de Lutero se estremescan: lo que Dios quiere es que crean en Jesús. Así empieza una confrontación dialéctica reveladora.

Lo primero que hay que decir es que la declaración de Jesús es clara. Su Padre no desea ofrendas materiales, sacrificios corporales, castigos autoinfligidos en cuerpo y alma. Olvídense de los rituales complicados, de las precesiones de oropel. El camino que enseña el Rabí es uno donde Él es la meta. Lo que hay detrás (o a lado, no nos obsesionemos por los detalles) de esa meta es el mismo Padre, el Ser de donde procede el Maestro. Aquí está uno de los famosos «yo soy» del evangelio de Juan: Él es el pan de vida. Ya se lo había dicho a la samaritana, pero aquí desarrolla más el tema.

No es Moisés, aclara, sino Dios quien dio el maná. Pero esa generación murió. Ahora el nuevo pan es mejor y perfecto: viene directamente del cielo y quien de Él come no morirá. Este es el meollo de la propuesta cristiana: que hay un más allá, que la vida no termina en la muerte sino que ésta santifica y da esperanza para aquel que comió y bebió del verdadero maná. Sí, es una primera referencia a la comunión, establecida más adelante. La implicación es que Él es el resumen de la Ley que los líderes religiosos tenían en la boca pero no en su vida espiritual. Decir esto es afirmar que es mejor, nuevo y superior a Moisés y a cualquiera que haya venido después.

Con razón estas palabras siguen escandalizando. Los unos lo tomas como muestra del ego de Jesús. Los otros como un síntoma de inestabilidad mental. Otros más como la señal inequívoca de que lo suyo nació entre los hijos de Jacob pero lo trascendió. Para los seguidores de Jesús no hay más que volver a estos versículos y recordar lo sencillo pero profundo de estas palabras. Seguir al galileo involucra a todo el ser. Lo que une a los cristianos es Cristo, el Ungido de la vida, el Pan de vida.

¿Qué podemos hacer para obedecer a Dios? Jesús responde: creer en su enviado.

La quinta señal

Juan 6:16-24

Jesús no va a regresar con la multitud. Al contrario, la quinta señal vendrá mientras los discípulos duermen en la barca. Un temporal pone en aprietos a los experimentados pescadores. La oscuridad y el vendaval distrajeron a esos discípulos, humanos, muy humanos. Entonces, ocurre uno de los hechos más extraordinarios de todo el Nuevo Testamento. La grandeza de Jesús, su serenidad, su paso firme, la luz que camina en la oscuridad, todo eso resalta en esos pocos versículos. Así que el Maestro era más que un sanador, más que un buen predicador, más que un polemista. Algo tenía y era enorme. Ahí, en esa noche difícil, esos hombres sencillos, simples, vieron el poder del Hijo de Dios. Mientras tanto, la gente seguía buscando al que daba de comer gratis.

Es una escena memorable, versículos que describen el drama de alguien que está cambiando paradigmas pero incomprendido. Sólo se alegran sus cercanos, acaso sin terminar de comprender la repercusión de estar ahí, en una tierra azotada por invasiones desde épocas milenarias. Él y sus discípulos se alejan. La gente lo busca. Vemos primero la soledad que provoca la fama. En esa popularidad, el Rabí encuentra su descanso en el retiro. Los primeros que ven a Jesús son esos seguidores que lo conocían desde el inicio. Su encuentro, el encuentro con Jesús, les da gusto. Por un momento parece que Jesús usa sus poderes casi sin darse cuenta. Es el amigo que vuelve a ver a otros amigos.

Sí, el encuentro con Jesús transforma. La intranquilidad, la incertidumbre, las tormentas, nada resisten el poder sanador de Jesús. Mientras que la muchedumbre lo buscaba por interés, los seguidores lo necesitaban por algo más que espectáculo. Debemos de preguntarnos: ¿somos discípulos o sólo hombres hambrientos de espectáculo (eso sí, muy religioso)?

La cuarta señal

Juan 6:1-13

La cuarta señal de Jesús, en la segunda Pascua que menciona este evangelio, tiene como protagonista una multitud y una necesidad primaria que aparentemente no podía ser cubierta. Todo con el lago de Galilea de fondo.

La predicación atrae a curiosos de todo tipo. Al terminar, el Maestro prueba a los apóstoles al pedir que alimenten a cinco mil personas. La misión era a todas luces complicada y más si las provisiones apenas alcanzaban para no más de doce personas. ¿Se puede acusar a Felipe de «mundano»? ¿Quién de nosotros no diría lo mismo al escuchar un mandato así de extraño? Además, apuntemos los detalles del pasaje: las personas mandadas a recostar en una zona con mucha hierba; cinco panes, dos pececillos, doce cestas; la orden de Jesús de no desperdiciar lo que sobraba. Andrés, Felipe, Pedro y los demás sorprendidos por el milagro y la multitud, borracha de entusiasmo, proclamando a Jesús rey (¿de dónde, de quién, para qué?) quien, en otro botón de lo que eran sus intenciones, se va al monte para estar solo.

Vemos a un Maestro que huye de las multitudes, el gentío que parece no entender ni un ápice de lo que decía ese galileo, pero que está dispuesto a ser testigos del espectáculo. Los hombres masa de la época en plena acción. ¿No es eso lo que muchos creyentes modernos quieren ver? Ahí están, por todos lados, los merolicos del evangelio, los que arman un talk show, pero eso sí, santo. Somos testigos de los que quieren entronizar a Jesús (¡aleluya!). Se les resbalan las verdades incómodas, esas que los desafían a dejar sus conductas pecaminosas pero cómodas; se concentran en lo bonito del evangelio, en la frase citable, en el cliché religioso, en el milagro que alude a la carne y entonces gritan entusiasmados: «Jesús es Rey». Claro, a los que no comparten ese entusiasmo carismático, les llaman tibios, racionales, opresores del Espíritu. Sí, sí, hablan bonito pero dónde está el show, preguntan.

Mientras tanto, el Maestro se va, se retira para quedase solo.

La legitimidad de Jesús II

Juan 5:30-46

Si creemos en Dios, creeremos en Jesús. «Si creen que las Escrituras son verdaderas, verán que yo estoy ahí. Pero si aun así no me ven, yo no los acuso, lo hará Moisés, quien, por cierto, profetizó de mi». La situación en la que Jesús deja a los líderes religiosos es complicada. De paso, anotemos la gran influencia que Juan tenía en la sociedad de Jerusalén. Ya ahora no es Él quien da testimonio de Jesús, más bien, es este, el Maestro, quien les recuerda qué había dicho el predicador del Jordán.

La pregunta que nos tocaría hacer es si podemos leer las Escrituras (entiéndanse, la Tanak judía) sin concluir que Jesús es el Mesías prometido ahí. Claro que hay versículos, capítulos completos que hablan del futuro enviado de Jehová, pero en honor a la verdad, debemos decir que Jesús, el carpintero de Galilea, el Hijo de José y María, no está en ninguno de los escritos judíos. Pero Jesús, verdadero hombre, no está diciendo que él, con todos sus genes, esté en la Escritura. Lo que está diciendo es que Jesús, verdadero Dios, está anunciado por Moisés mismo. El conflicto para los judíos era que no había señales de que en Él confluyeran las dos naturalezas, o acaso la más importante, la mesiánica. ¿Tenían culpa en eso? No. En todo caso, sería Moisés quien los acusaría.

Entendamos, pues, la posición en la que se encontraban todos aquellos educados en la tradición mosaica. Que un joven Maestro, seguido por un grupo heterogéneo de individuos, se proclamara a sí mismo como el Ungido, seguro que les debía causar escándalo. Y más si desobedecía la letra de la Ley de Moisés. Por más que hiciera obras buenas, ellos estaban siendo confrontados por un renovador del rito tradicional. Sus cómodas estructuras de creencias y prácticas estaba siendo retada y, por supuesto, no iban a quedarse sin hacer algo. Jesús los critica con fuerza: no tienen amor, no quieren tener la vida eterna, no quieren la gloria de Dios, ven señales y no las entienden. Y con todo, no sería Él quien juzgara. El conflicto judeo cristiano tiene su origen en el mismo Maestro.

La legitimidad de Jesús

Juan 5:18-29

Jesús se está apropiando de la autoridad mesiánica. Los líderes religiosos se escandalizan porque ese galileo está blasfemando: Jehová, el del nombre impronunciable, el Altísimo, ¿era el Papá de Jesús? Pues Él contesta afirmativamente. Entonces el Rabí pronuncia un discurso donde enfatiza el origen de su autoridad. La legitimidad del Maestro es divina. También establece la relación entre el Padre y el Hijo: el lazo que los une es de amor. Su misión: salvar. Lo que viene por seguirlo: la vida eterna. Los muertos resucitarán al escuchar la voz del Logos.

¿A qué muertos se refiere el Maestro? Una interpretación alegórica diría que se refiere a los muertos espirituales. Aquí entran los clásicos ejemplos de domingo. Los alcohólicos, infieles, mentirosos, vanidosos, ególatras que al escuchar el mensaje del Mesías resucitan a una vida no sólo éticamente superior sino también espiritualmente diferente y nueva. Jesús no vino a juzgar. Muchas veces escuchamos más regaños y juicios de los seguidores de Jesús que comprensión y solidaridad. Así, como jueces severos, lanzamos epítetos terribles: pecador, malvado, prevaricador… y en lugar de ayudar a salvar nos dedicamos a etiquetar. La vida que promete Jesús supera esos adjetivos.

Pero también existe la interpretación escatológica. Jesús es muy claro en lo que sucederá en los últimos días. Nosotros, occidentales, racionalistas, calculadores, nos incomodamos al escuchar esto: ante la voz del Hijo, los muertos que hayan vivido como Jesús enseñó, saldrán a la vida eterna. Los que actuaron mal, resucitarán para condenación. ¿Figuras de diablos con patas de cabra? ¿Buenos con vestiduras blancas y aureolas en su cabeza? ¿Tormentos indecibles para los malos y cantos angelicales para los buenos? No. La predicación de Jesús va más allá de las caricaturas piadosas que escuchamos por todas partes. El Maestro está diciendo que Él juzgará (en el futuro) pero no viene a predicar condenación sino salvación. Sí: la escena parece de ciencia ficción, pero ocurrirá. Un día los muertos que creyeron y vivieron como Jesús saldrán de sus tumbas para vida eterna. Lo creamos o no. Lo imaginemos como sea.

Jesús y el sábado I

Juan 5:1-18

Aquí viene la tercera señal. La superstición decía que si te metías en ese estanque sanarías. El enfermo no podía hacerlo. Pero llega Jesús y le hace la pregunta de su vida: ¿quieres ser sano? Llama la atención la respuesta del enfermo. En lugar de ser categórico, le da vueltas, explicaciones no pedidas. El Maestro parece pasar por alto todo eso. «No te estoy preguntando por qué sigues enfermo sino si quieres dejarlo de serlo, porque yo sí». La respuesta del enfermo en la puerta de las Ovejas se parece a la que muchos dan cuando escuchan el evangelio. Como si al momento de quemarse uno se pusiera a meditar sobre el fuego. ¡Cuánta palabrería cuando Jesús sólo quiere escuchar un monosílabo!

Pero el escritor ahora se fija en una de las actitudes típicas de los legalistas de siempre. En lugar de maravillarse por la salud recobrada de un enfermo, los «judíos» se fijan en una Ley que, así presentada, parece lo más inhumano que se haya escuchado. Aquí dos precisiones: cuando el escritor evangélico habla de los judíos se está refiriendo al establishment religioso de Jerusalén. La segunda: la Ley de Moisés en sí misma no está alejada de la esencia humana, es más bien la interpretación que esa cúpula religiosa tiene la que confunde medios con fines. No podemos hacernos de la vista gorda y decir: son ellos. Más bien, uno debería reconocer que también dentro del cristianismo se dan estas discusiones y envidias asesinas. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, los seguidores de Jesús siguen peleando por el asunto del «día de descanso». ¿Hay una religión en el mundo donde el descanso sea el pretexto de peleas y de incomodidades? Cuando decimos el sábado decimos, en general, las leyes que grupos imponen y que sutilmente (concedamos este punto) van subiendo de nivel hasta ser más importante que el evangelio. Pastores actuales se escandalizan por asuntos tan triviales como el vestido, los peinados, los colores, el lenguaje. Como si el cristiano tuviera que cumplir la etiqueta religiosa para ser considerado digno del Maestro. Eso es como fijarse en la camilla y no en las piernas sanas de los enfermos espirituales.

Jesús los contradice con un argumento sencillo: si mi Padre trabaja todos los días, yo también. Pero esto cae en tierra estéril. No sólo no lo escuchan sino que procuran matarlo. Otra vez, se fijan en la gramática y no en la sustancia del mensaje. Todavía hoy, luego de una predicación poderosa, llega la hermana que se había congregado en otro grupo y dice: «muy bien, muchos quieren conocer más a Jesús, buena hermenéutica, excelente exposición, pero no alaban como debe ser». Santa simplicidad.

La segunda señal

Juan 4:43-54

«Nadie es profeta en su propia tierra»… Hasta que otros le llaman profeta. Jesús lo comprendió desde el principio. Y así lo transmitió a sus seguidores. Sin embargo, regresó y volvió a realizar una señal. En Caná había reñido con María, su madre y ahora lo recibe un funcionario, de otro pueblo de la Galilea, Cafernaúm, que le pide su ayuda. La respuesta del Maestro fue severísima: ustedes sólo quieren el espectáculo. La relación de Jesús con su pueblo era, por decir lo mínimo, conflictiva.

Pero el Rabí estaba por sobre las diferencias pueblerinas. La luz se encontraba en Galilea pero las sombras del sufrimiento también. Y las críticas para un paisano, para el hijo de José y de María, todavía estaban frescas. La desesperación del oficial y la compasión de Jesús fueron mayores a los chismes y al recelo. Uno súplica, el otro escucha; uno dice que el milagro está hecho y el otro cree. La señal se consuma: el hijo recobra la salud.

Hay veces que los creyentes se olvidan de su principal característica: creer. Y entonces inician pequeñas, absurdas e inútiles guerras. Cuando llegan los necesitados, los hijos de la luz están ocupados en tratar de apagar lumbreras. La oscuridad gana cuando los seguidores de Jesús no perdonan, cuando no salen, cuando se guardan en cajones.

Jesús dice que nadie es profeta en su propia tierra. Pero añade: «¿y qué? Yo vine a sanar». Y nosotros debemos seguirlo.

Jesús y la samaritana III

Juan 4:39-42

Ahora el escritor evangélico nos envía otra vez a Sicar. La mujer (¿quién es?, ¿cómo se llama?) ha contado la plática con Jesús. «Me ha contado todo lo que he hecho». ¿No suena como las primeras veces que uno escuchó el mensaje? ¿Quién le platicó mi vida a este predicador? ¿Cómo se enteró de eso? ¿Por qué me lanza esas «indirectas»? No había aquí algo espectacular. La mujer no estaba tullida, ciega, sorda. Su necesidad era existencial. Ahí estaba un hombre que se adjudicaba el título más grande de la religión judía. Y al parecer, tenía algo que hacía veraz su título. Es decir, no era un charlatán.

Vemos a los vecinos de Sicar yendo a buscar a Jesús. Podemos imaginar el rostro de los apóstoles. Una simple parada para descansar se estaba convirtiendo en un de las primeras demostraciones de que aquello era más que una fiesta, más que acompañar a un predicador simpático. Y lo era porque quizá no se imaginaban que su Maestro estaba rompiendo esquemas. Como fuese, los galileos se quedaron dos días ahí.

¡Qué lástima que el evangelista no da más detalles de lo que pasó en esas 48 horas! Nos perdemos de una predicación tal que al final los que la escucharon dijeron: «ahora creemos por lo que hemos visto y no sólo por lo que otros dicen». Él era el prometido por la Torá. ¿Cómo es nuestra espiritual? ¿Hemos escuchado del Maestro o escuchamos al Maestro? Si usted quiere ser espiritual, no busque atajos: sólo lo conseguirá si se queda al lado de la fuente. Y eso es Jesús: la luz.

Jesús y la samaritana II

Juan  4:27-38

Claro, ¿cómo no se iban a sorprender esos pescadores de ver al Rabí en sabrosa plática con una mujer samaritana? ¡Escándalo! ¡Confusión! ¿Qué quieres decirnos, Jesús? Y la reacción de la mujer: deja su cántaro (¿quién se va a preocupar del barro cuando ha encontrado oro?) y va a anunciar la noticia a su pueblo. Luego de tener cinco esposos, la mujer debía tener influencia entre sus vecinos (o quizá era un pueblo pequeño) pues salen a investigar sobre esa declaración extraña. Mientras un pueblo se agitaba por la predicación del Maestro, los discípulos se empeñaban en dar de comer a Jesús. Las buenas intenciones que chocan con el recto actuar.

¿Son malas personas estos discípulos por ofrecer comida a Jesús? No. El problema era de prioridades. Mientras que ellos se fijaban en una necesidad carnal, Jesús se preparaba para lo que estaba por ocurrir: una predicación tumultuosa. Está aquí la frase famosa: «mi comida es hacer la voluntad de Dios», una declaración que resume la prioridad de Jesús y, por añadidura, de sus discípulos. También está en el mismo pasaje un aviso de precaución a los que se quieran gloriar por un fruto que no sembraron. ¿Ha visto a los cristianos que cuando dicen «gracias a Dios» están diciendo en el fondo «gracias a mi»? Quien así actúa se le olvida que el sembrador es Jesús y nosotros cosechamos lo que no labramos.

Ahí, en Samaria, Jesús acababa de sembrar la semilla del evangelio. En poco tiempo, los discípulos cosecharán aquello que el Maestro labraba mientras iban a comprar comida. Una cosecha espiritual, personas, seres humanos que será uno de los primeros pueblos cristianos en la historia sagrada. Jesús en ayuno, no por alardear de espiritualidad, se preparaba para mostrar el amor de su Padre. Y los discípulos escandalizados… ¿o maravillados?