La Pasión II

Juan 18:12-27

Mientras Pedro se reunía frente al fuego, mientras entraba en calor, mientras lo negaba, Jesús enfrentaba la cobardía disfrazada de bravuconería. Anás cuestionó al Maestro y éste responde con valor: pregúntale a quienes me escucharon. El guardia aquel empieza la agresión física contra el Rabí. Si toda violencia es inaceptable, esta era injusta e infame. Eso es lo que Jesús dice inmediatamente. Pero además, Anás no era el sumo sacerdote sino Caifás. Anás funge como el primer contacto de eso que ya estaba más que consumado.

El guardia y Anás no dejan de ser íconos de los tipos duros que pululan en la historia del cristianismo. Son los auto proclamados (y nunca auto críticos) defensores y guardianes de la fe. ¿Qué defendían esos líderes? No sólo su comodidad material sino la preservación patológica del status quo. Defendían su religión. Un momento: ¿no era Jesús parte de esa religión? Sí, pero era insoportable; cuestionaba no sólo la dogmática sino la praxis. Traer al Dios de Jesús a la sociedad humana provoca terror. El Padre había bajado del altar y había encontrado una humanidad tan hostil que quiso regresarlo.

Afuera, los apóstoles fieles, los Pedros que daban su vida por el Maestro, sienten frío y se van al fuego donde se mimetizan con los perseguidores. ¿No que eras cristiano? preguntan al creyente-actor, quien presto responde: ¡jamás! ¡No! Adentro el Maestro es vapuleado. En el patio trasero un gallo canta. La traición se ha completado.

La Pasión I

Juan 18:1-11

Hemos llegado al drama de la Pasión, al momento culminante de la historia de Jesús en la Tierra. El Maestro y los suyos se van al jardín del Getsemaní, un lugar al parecer usado por el grupo para sus reuniones y que Judas conocía muy bien. Lo conocía tanto que llega al frente de un destacamento. La aprehensión ocurre en la noche, la hora de los cobardes en medio de, faltaba más, malos entendidos. Porque, ¿cómo no calificar de mal entendido la reacción de Pedro? ¿Y la caída, más por miedo que por milagro, de los soldados? Pero en medio de todo aquello, el valor de Jesús. Es el primero en salir, el que da la cara, el que todavía reprende a Pedro por su reacción iracunda.

¿A quién busan? preguntó el Rabí. A un tal Jesús de Nazareth. Yo soy: no es gratuita la frase. Ahí está como para recordarnos que los represores iban por el hombre, por un cuerpo humano. En ese jardín y en ese cuerpo estaba también el Hijo de Dios. No lo entendieron así ni Judas ni Pedro ni los líderes religiosos ni los soldados que sólo cumplían órdenes. Pero Jesús lo repite por enésima vez: «yo soy». Sí, como la traducción tradicional de las consonantes YHWH. Jesús era y nadie más, por eso, casi como última voluntad, pide la libertad de sus seguidores, acaso por eso recrimina a Pedro: «¿no he de beber la copa amarga que el Padre me da?».

Porque sí: todo lo que estaba por venir era voluntad divina. Es un misterio al que las mentes más agudas han querido acceder con poca fortuna (digo yo). El misterio consiste en el hecho de que teniendo todo el poder, Jesús se despoja y se convierte en un sacrificio necesario para la redención de la humanidad pecadora. ¿Por qué Dios amó tanto al mundo? Sabemos que en ese sacrificio se cumpliría la ira y la justicia de Dios, que, de lo contrario, el ser humano no estaría sino repitiendo ritos ineficaces, pero, ¿por qué sacrificar a su Hijo? ¿Por qué, pues, tanta sangre? Las respuestas llegan: por la gran corrupción de la humanidad, por cumplir con un plan eterno, por amor. Sin embargo, ninguna es del todo satisfactoria porque siempre se podría decir que Dios tenía todo el poder para evitar esa copa amarga. No lo hizo. El enemigo sonrió, el cielo se entristeció, pero todo estaba en control. La victoria final estaba asegurada.

Quizá no tengamos tanto entender como sentir este sacrificio. Es posible que la mente humana no tenga la capacidad de comprender la mente divina. Lo que a nosotros se nos hace una locura, una tontería, era poder de Dios. No lo sabemos bien, pero toda esa sangre era necesaria…

La gran oración III

Juan 17:20-26

La oración por las próximas generaciones: Jesús pide por aquellos que van a creer por la Palabra de esos primeros seguidores. Pide por la unidad de los creyentes. Pero no cualquier tipo de unidad sino la unión entre ellos, la unidad con Él y así, la unión con el Padre. El amor, nos dijo antes, es el sello de los cristianos. Sí, pero el síntoma del amor es la unidad. No existe amor en la separación entre el creyente y el Señor. Por eso antes Jesús había dicho que el creyente no es sino una rama de la vid y que si queremos dar fruto debíamos estar pegados a ese tronco. No es una ocurrencia más: si no hay unidad, no está el Espíritu de Jesús.

La perfección está en la unidad. Y el Señor quiere que sus seguidores lo sigan hasta el mismo cielo (o el lugar donde Él esté). El amor que hay entre el Hijo y el Padre deberá transmitirse a los discípulos. El final de este gran capítulo dice: «para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos». El amor: he ahí el gran misterio del evangelio. ¿Por qué nos sigue amando ese Padre? ¿Por qué está dispuesto a hacerse hombre y caminar entre escombros espirituales? Jesús nos vino a anunciar que en la mente del Padre, la humanidad está más que presente. Si es cierto que somos su creación, entonces el Maestro enseña que el hombre es la creación favorita. Nos guste o no.

Ahí está el Galileo, con la vista al cielo, intercediendo por los suyos y por los que están por venir. ¿No es una escena conmovedora y con repercusiones espirituales que apenas alcanzamos a ver? El evangelio de Juan añade esta gran oración justo antes de la Pasión. Quizá al terminar de leer el discurso más largo registrado en el evangelio, podremos empezar a entender la fase final de la vida pública del Señor Jesús. La Pasión viene después de una oración donde no pide por Él sino por sus seguidores. Ahí queda el registro del gran amor que Jesús tiene por sus amigos. ¿No hay aquí una diferencia cardinal entre un vulgar caudillo y el Rabí que da su vida por sus seguidores?

El amor que Jesús tiene de parte de su Padre es el mismo que provoca la unidad y el crecimiento espiritual en los cristianos. Es el amor el que envía al Espíritu y el que nos cuida. Aquella noche triste marcaría la historia universal. Hoy, veinte siglos después, estas palabras siguen resonando en la vida y el corazón de millones en este planeta.

La gran oración II

Juan 17:6.-19

El objetivo ahora es ese grupo de hombres y mujeres asustados. La oración más intensa, la más conmovedora, tiene dedicatoria: los primeros discípulos. Nosotros, dos milenios después, no podemos sino observar la escena, admirarnos y maravillarnos por los sentimientos que el Maestro tenía en ese momento, por la intensidad personal y sentimental que involucró en la misión. No era un gerente que administraba recursos humanos. No era un general que diera órdenes a sus subalternos. Ni siquiera era un padre iracundo: era el amigo, el hermano, el Dios hecho carne para revelar la mente divina a la humanidad. Y eso era tan serio que no podía dejar fuera el amor.

No era el caudillo carismático que manda al matadero a sus seguidores para salir protegido Él. Acaso todos esos llamados a estar listos, toda la enseñanza sobre el dolor que trae consigo seguirlo, quizá todo eso que parecía una receta para alejar a las masas no era sino la demostración suprema del amor y el cariño que Él tenía a los hombres. Claro, mientras vivió en este planeta, el Maestro los protegió. Nadie sino el que estaba predestinado se perdió. Y aquí no sólo es la perdición espiritual, también está la protección física y personal. Jesús entiende que por su culpa serán odiados, apedreados, despreciados. Lo entiende tan bien que pide por ellos, por lo que habrán de pasar.

¿Habían entendido todo lo escuchado? Nosotros podemos decir que no. Pero la visión de Jesús era otra: lo Importante no era que explicaran todo lo atestiguado en sesudas exposiciones teológicas. Habían creído en Él, que era la palabra y por lo tanto en la verdad y eso era más que suficiente. Creer. Que no se nos olvide: el primer requisito para seguir a Jesús es creer en Él. Cuando uno lo hace, cuando uno confiesa que Jesús salió del Padre, nuestro Señor es glorificado. Sí. Por medio de los creyentes, el Mesías es exaltado. No que dependa de nosotros sino que se manifiesta en los que lo siguen.

Ellos no son del mundo, dice Jesús. Pero viven aquí. No pide que los saque sino que los proteja. El cristiano en el mundo, no como parte sino como partícipe. Sus seguidores no son de este mundo pero aquí viven. Jesús oró para que el Maligno no tuviera poder en ellos. Miremos a nuestro alrededor en este momento: ahí está el mundo. Miremos hacia nuestro interior: ¿ahí está Jesús o el diablo? En esa noche de pesares, Jesús mostró su grandeza como encarnación del Verbo pero también como el ser humano. En el mundo, Él los protegió. Con su partida, los discípulos sentirían la soledad y el miedo. Pero ahí les recuerda: Dios mismo velará por ellos. ¿Creemos en la oración de Jesús por quienes lo siguen?

Vencedores del mundo

Juan 16:25-33

¿Qué quería decir eso de ser el vencedor del mundo? ¿Cómo sonaría a los oídos de los ahí reunidos las palabras de Jesús? Acaban de decir: «ya te vamos entendiendo» y de inmediato, el Maestro prevé que se irán, que lo traicionarán, lo dejarán solo. Eran los apóstoles quienes tendrían que haber dicho «no te preocupes, todo va salir bien». Así que aquellas frases eran más que palmaditas en la espalda. Eran más que un «échale ganas». Les advertía el dolor que viene por la causa del evangelio. La promesa es que, por sobre todas las cosas, encima de las persecuciones, atrás de las lágrimas, está la victoria. Seguir sus huellas conduce al sufrimiento, pero también a la felicidad. Si el Maestro ganó, sus discípulos lo harán de la misma forma.

En el discurso más intenso que registra el Nuevo Testamento, Jesús afirma además que Él no pedirá por ellos (se entiende que por los Doce) sino que Dios mismo está en control de sus vidas porque han llegado a amar a su Hijo. Ahí está la supremacía del amor. No importa lo ignorante, confundido, aturdido o despistado que sea un seguidor de Jesús, lo que realmente importa a los ojos del Padre es que se le ame. Cuando uno dice que ama a Jesús debería recordar que aquellas palabras tienen eco eterno. El que realmente ama al Galileo tiene un lugar en la mente del Dios que envió a su Hijo. Si esto es así, cuando lleguen las pruebas, Él estará en control y la derrota está descartada.

Los creyentes tenemos la victoria asegurada. Pero vale la pena preguntarse de qué tipo es ese triunfo. Jesús es el vencedor del mundo en cuanto que la muerte no actuó en Él; en cuanto que, siendo hombre, venció las tentaciones y en cuanto que, a pesar de la persecución, trajo a Dios de regreso a la Tierra. Venció al príncipe de este mundo y logró la trascendencia. No de manera figurada sino de manera real. Cuando un cristiano afirma que Cristo vive lo hace convencido de su presencia real, no física, pero sí espiritual. Y si el Maestro está aquí, en la forma del Espíritu Santo, no hay nada de que temer: Él nos está cuidando.

¿Nos incomoda ser cuidados? ¿Viola nuestra intimidad, nuestro derecho a estar solos? Pues quien proclama que Jesús es su Señor y su Salvador sabe que está vigilado y que nada de este mundo tiene poder sobre él. Pero cuando uno se aleja, cuando uno dice que prefiere su Yo al Espíritu que viene de Dios, entonces luego no vale llorar y quejarse. Si uno está unido a Cristo, vencerá el mundo. De lo contrario, el festín de derrotas espirituales está asegurado.

El gozo vence la adversidad

Juan 16:16-24

Un poquito más, sólo un poquito más para que sus discípulos volvieran toda esa angustia en alegría. Vaya imagen que utiliza el Maestro: el de una mujer que da a luz. Ciertamente que el parto es uno de los dolores físicos más grandes, que involucra sufrimiento, llanto, tensión, angustia; pero todo aquello se olvida rápidamente cuando la madre tiene a su hijo en brazos. Sí, venimos con dolor al mundo, pero este se convierte rápidamente en felicidad. Un segundo que parece eterno pero que hace la diferencia entre un estado de ánimo y otro. Así ocurriría con los seguidores de Jesús después de esa traumática experiencia.

La comparación no podría ser más atinada. Lo que Jesús haría traería nueva vida a millones. Por un momento el mundo, el príncipe y gobernante de este mundo se alegraría por lo sucedido. El mundo incrédulo, crítico, se alegra por las supuestas derrotas del seguidor del Maestro: «mira dónde te llevó tu fe», «¿no estabas mejor antes de volverte hermanito?», «mira cómo triunfa tu compañero incrédulo», «¿dónde está tu fe en este problema?». La sonrisa de los cínicos asoma al ver al cristiano sufrir por su fe. Pero ese placer dura un momento. Sí, los momentos nuestros suelen tener otro sentido en la mente de Dios. Pero su promesa es que aquello va a terminar en gozo perdurable. Algunos años después de esa escena, el apóstol Pablo dirá que está convencido de que nada podría separarnos del amor del Señor.

Y entonces termina lo empezado dos capítulos antes: todo lo que pidan en mi nombre lo recibirán; entonces, el gozo será completo. Jesús no es pues el genio de la lámpara, el cumplidor de caprichos. El Cristo anunciado en el Evangelio es el que enseña a pedir por temas y asuntos trascendentales que, curiosamente, tienen repercusiones en la vida diaria. Claro, el creyente anda con la mirada en la eternidad y con los pies en la tierra. No hay forma de huir de este valle de lágrimas. Pero si en esos momentos pedimos en Jesús, la vida cobra una nueva dimensión. Por eso, los mártires cristianos (los testigos de Cristo) podían ir a las más infames de las muertes cantando y acaso alegres. El tormento duraría poco si se le comparaba con la dicha eterna de encontrarse con el Padre.

Desde la comodidad del escritorio, aquello de resistir los tormentos suena romántico. Se necesita una fe aunque sea del tamaño de una semilla de mostaza y la guía del Espíritu Santo para resistir las pruebas más terribles. ¿Lo vivimos o sólo leemos la historia con ojos de sorpresa pero con soberana indiferencia en la vida diaria?

La obra del Espíritu Santo

Juan 16:1-15

Dice Jesús que cuando llegue el Espíritu de la verdad hará ver al mundo tres cosas: el pecado por no creer en Él, la justicia que se refiere a su regreso con el Padre y el juicio, esto es, la derrota final del Príncipe de este mundo que, de hecho, ya ha sido juzgado. Palabras misteriosas en esa noche fría en Jerusalén. Los comensales no entendían más que las advertencias sobre las persecuciones por venir y la despedida que estaba tomando forma. Jesús parece entender que por más sencillez que le ponga a su discurso, habrá cosas que las tendrá que venir a decir el Espíritu Santo porque, en ese momento, sus discípulos no estaban preparados.

¿Qué hace entonces ese ser que está prometiendo Jesús? Convence, guía y trae a los creyentes la palabra que viene de Jesús, que, al ser el reflejo del Padre, es Dios mismo. Sí. La Trinidad, aquello que los más simples afirman es la parte politeísta del cristianismo, tres dioses en uno, la Trinidad cuyo nombre no está en ninguna parte de la Escritura, eso está aquí. En estos versículos viene esbozado lo que el cristianismo después desarrollará hasta límites casi impenetrables. La Trinidad, la relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, eso que dividió a la cristiandad mil años después, salía natural de la voz del Maestro. Y, sin meterse en especulaciones teológicas, les decía a sus apóstoles: les conviene que me vaya (que regrese al Padre) porque así el Espíritu, el Consolador, el Defensor, vendrá. El versículo 15 (todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará [el Consolador] de lo mío, y os lo hará saber) es la esquematización de la Trinidad.

No. No son tres dioses como en el inicio no fueron dos. Ni dualidades ni trieísmo (disculpen el terminajo). Todo apunta al Padre. Jesús mismo se declara inferior a su Padre. Y, ciertamente, no minimiza al Espíritu. Ya está: el Padre ha enviado a su Hijo a recordarles de quién son y a dónde deben ir. Los hará ver lo inútil de los intentos humanos para afirmar a Jesús como el único vehículo que conduce a Él. El sacrificio de expiación quedaría incompleto de haberse quedado ahí. Jesús no sería más que polvo y en polvo se habría convertido. Pero no. El mensaje de Jesús regresa en voz de ese Ser inmaterial que se llama Espíritu Santo. El regalo que Él da a sus seguidores. Y ese Defensor será quien guíe a los creyentes. ¿Hacia dónde? Hacia el cielo, de regreso a la Verdad que no es sino Jesús.

El Espíritu trabaja para el bien de los creyentes. El asunto de fondo es si los creyentes se convencerán que no necesitan más que ese Consolador para ganar las batallas espirituales. Vaya, todo parece ser «espiritual» en esto.

Serán perseguidos

Juan 15:18-27

He aquí el recordatorio de que no todo en el cristianismo es color rosa. Sí, todo lo que se pida en nombre de Jesús se cumplirá; sí, vendrá el Espíritu de la verdad y nos consolará; sí, Jesús nos ve como sus amigos. Pero todo eso no detendrá las persecuciones, las críticas, las insidias de del mundo. Claro: el príncipe de este mundo no se enoja cuando uno está con Él, pero cuando se empieza a alejar de su influencia, sí que salta. El propio Maestro padeció todo esto. Así que olvidémonos del cristiano “buena onda”, domesticado por la sociedad. Todo lo contrario. ¿No debería ser el personaje incómodo? El elemento potencialmente peligroso, el aguafiestas, el apestado: un creyente en Jesús está en su ambiente cuando es aborrecido.

Como consuelo, Jesús dice que obedecerán las palabras de sus discípulos. Dejemos claro esto: el Maestro repite, casi como estribillo, que quien escucha el evangelio, lo escucha a Él y, por lo tanto, al Padre mismo. Ya en este momento debería quedar claro cuál es el mensaje principal: ¡Dios! Él es el evangelio; eso es lo que manda a anunciar a sus seguidores, a un Dios que ama, que envía luz a los ciegos, pies a los cojos, que resucita a los sepultados. Cuánto ganaría la iglesia si se anunciara a Cristo y no las agendas personales de los dirigentes, cuánto si fuera Jesús sólo y no la vanidad de sus seguidores. Los de afuera no tienen pretexto, pero los de dentro, ¿cómo se justificarán en aquel día cuando se les pregunté si fueron fieles en anunciar el mensaje de su Maestro?

Esos hombres en la Jerusalén de Pilatos, esos que desde el principio habían estado con el Maestro no tenían ya más que seguir. Su vocación sería la de anunciar el evangelio. Ni más ni menos. El Espíritu Santo hará ese trabajo. A nosotros sólo nos queda soportar lo mismo. Vivimos en el mundo pero no somos parte de ese club. Y los raros no son bien vistos.

La vid verdadera

Juan 15:1-17

El cristiano debe permanecer en Jesús y como consecuencia habrá mucho fruto. ¿Quieren realmente glorificar al Padre? Den fruto. Es un ciclo: uno se hace seguidor de Jesús, lo escucha y lo obedece, entonces, llega el fruto y así Dios es glorificado. Puesto que Jesús es el tronco, nosotros somos poco menos que ramas. La alegoría es muy gráfica: todo aquel que no permanece en ese tronco se seca y no sirve más que para ser quemado. Un cristiano lejos de Jesús no lo es.

Pero vale la pena preguntarse aquí a qué fruto se está refiriendo el Maestro. Algunos piensan que se refiere al fruto del carácter. Otros creen que se trata de traer a más almas a Cristo. ¿Cuál es la correcta? ¿Es proselitismo? ¿Es madurez? Las dos cosas no son excluyentes. Si el Maestro repite que pidamos lo que queramos y se nos cumplirá, acaso se refiere tanto a los frutos de cambio en la vida y práctica y al deseo de un cristiano de que otros conozcan el camino que nos ha cambiado. En cualquier caso, los frutos son visibles. El que roba, dejó de robar. El que antes era un egoísta, ahora predica la Palabra de salvación y otros (los frutos) llegan al Padre.

Con todo, Jesús está poniendo de importancia la necesidad de permanece en Él. No es gratuito que diga: «sin mi nada pueden hacer». No se refiere a asuntos carnales. Pensar que alguien que se separa de Jesús cae en estado vegetal, en una cama de hospital, o definitivamente en la tumba es querer contar una historia de castigos más propia para niños que para adultos creyentes. No. Jesús se refiere a lo espiritual. Alguien que ha conocido la verdad y luego se aleja, se quedará en coma espiritual, es decir, esa angustia, esa sed existencial volverá pero queda la terrible desesperanza de no encontrar la medida para saciarlo. Sí: el que se va puede tener una vida incluso con mayores comodidades que antes, pero en la tumba se terminará su satisfacción.

En el mismo capítulo, el gran Maestro se vuelve el gran amigo. Pero un amigo verdadero de Jesús no es el que le cae bien sino quien lo obedece. Es una relación de amistad donde uno debe seguir al amigo especial. Nos lo recuerda: no lo elegimos nosotros, él nos eligió (¿Calvino está en lo correcto?). Su mandamiento de amarse el uno al otro pasa por la prueba suprema: la vida misma por el amigo. Jesús es el amigo perfecto por dos razones: ha dado a conocer todo lo que sabe del Padre y ha dado la vida por sus amigos. Él no nos llama siervos, pero, ¿qué podemos decir nosotros? ¡Qué sigue siendo nuestro Señor! El gran Señor cumplidor de promesas, protector; el Jefe al que seguimos con lealtad y sin condiciones. Lo hacemos por fe pero también porque sabemos que todo lo que nos pide hacer, Él ya lo hizo.

El fruto viene de la madurez y ésta llega cuando estamos unidos a la vid. Una vid que se convierte en hombre, pasa por ser el Señor y luego se convierte en amigo generoso.

La promesa del Espíritu

Juan 14:15-31

La promesa del Espíritu Santo es una promesa cumplida. El Consolador, el Defensor, aquel que vive en cada seguidor de Jesús. El mundo no lo puede ver porque no es (valga la expresión) espiritual. El Maestro no dejará sólo a los suyos. Es por eso que, aunque en ese momento doliera, al final esa muerte no sólo serviría como ofrenda de propiciación sino también para que Él pudiera vivir y existir en cada cristiano que llegara a conocerlo. Todos nosotros podríamos querer conocer «en vivo y a todo color» a Jesús, pero Él enfatiza la importancia de su partida. Así que una de las funciones del espíritu de la verdad es hacer recordar al creyente eso, sus creencias, es decir, a Jesús. Si confiamos en nuestra memoria, en nuestros recursos, la batalla espiritual no sólo sería más difícil sino probablemente una misión imposible. Es el Espíritu al que debemos invocar cuando queramos aprender asuntos divinos. Es al Consolador al que debemos recurrir para tener y guardar la palabra del Cristo.

¿Cuál es la prueba de amor? O como pregunta Judas: ¿por qué te manifiestas a nosotros pero no al resto del mundo? La respuesta es clara: escuchar y hacer caso. Obedecer a Jesús, a pesar de todo, por sobre todo, es la gran demostración de que el creyente lo ha hecho su verdadero Señor y Salvador. No sólo es hablar de Él o tener una parafernalia cristiana (el hábito no hace al monje). Ni siquiera conocerlo. Uno puede decir que conoce a Jesús, la prueba, sin embargo, es saber si Jesús lo conoce a uno. No sólo es escuchar y decir con la cabeza que sí. Es obedecerlo a pesar y por sobre todo. Aun cuando no sea agradable a los ojos o a la carne humana. Por obedecer a Jesús, el creyente se hace merecedor de tener al espíritu de la verdad.

Los discípulos seguramente estaban turbados. Ya a esas alturas podrían estar confundidos o tan sorprendidos como asustados. Su Pastor, el Hijo del hombre les dice: «no se angustien, si me creen, verán sus vidas guiadas por el Espíritu Santo». ¡Qué difícil es hacer caso cuando todo indica que lo mejor para vivir en este planeta es lo contrario! El «Príncipe de este mundo» podrá ser atrayente, zalamero, mentiroso; pero Jesús es más fuerte que Él (y el Padre es mayor que Él, buen reto teológico para la doctrina de la Trinidad). Por un momento ese príncipe de la oscuridad podría sentir que tenía la victoria. El Hijo de Dios estaba en la Tierra, acorralado en un cuarto alto de Jerusalén, con un par de traidores en su grupo, con todos medio confundidos con la enseñanza. Sin embargo, ahí se fraguaba la victoria cósmica-espiritual más grande de todos los tiempos.

Los cristianos no tenemos nada de extraordinario con otros seres humanos. Compartimos sus debilidades y fortalezas. La pequeña diferencia, decimos los seguidores de Jesús, es que tenemos en nosotros el Espíritu de la verdad. Lo seguimos porque así seguimos a Jesús y por lo tanto el camino al Padre está asegurado. Que nadie se turbe ni se acobarde: Jesús es en nosotros.

El camino, la verdad y la vida

Juan 14:1-14

Para que Jesús viva hoy, dos mil años después, tenía que haber muerto. Este es un mensaje de esperanza. El Maestro, en su papel de Salvador, anuncia lo que habrá de venir. Él va a preparar una morada para que, cuando regrese, vayamos con Él. Si somos en Él, Él será en nosotros. Jesús está revelando su divinidad, está profetizando. Siendo el camino, la verdad y la vida, todos los que lo acepten como su Salvador tendrán acceso a su Padre. Vuelve a enfatizar su naturaleza: Jesús es Dios mismo, Él está en el Padre y viceversa. Las obras que hace como ser humano provienen de Dios, son señales, demostraciones de la naturaleza divina. Cuando uno mira al Maestro, mira al mismo tiempo al Padre.

El camino: si quieres ir con el Padre, sigue a Jesús. Si quieres conocer la verdad, ten una cita con el Rabí. Si quieres tener vida eterna, obedece al Maestro. Jesús es la verdad. Una e indivisible. No es una verdad abstracta. No es un camino terrenal. No es la vida en el cuerpo material. Repitámoslo: ¡Jesús es el mensaje! ¿Y no es esto una forma de decir que Dios es la medida exacta para el ser humano? Fuera máscaras. Aquí Jesús está diciendo también lo que no es: un maestro de la moral y la ética, un revolucionario, un negociante de la fe. Cualquiera lo puede confundir. Pero Él lo dice para que no quede duda: su mensaje se escucha aquí, pero se goza y se cumple en otra vida. La Salvación no pertenece a este mundo. Aquel que decide seguir a Jesús tendrá la esperanza y la fe de seguir la verdad, esa que desciende directamente del Creador y que regresa a Él.

Así que el mensaje, el evangelio se resume en Dios. Eso vino a mostrar Jesús. Así se infiere de la respuesta a Felipe: «¿quieren ver a Dios? Aquí está: soy yo». Curioso: «si no quieren creer lo que digo, crean por lo que hago». Pero la cosa no queda ahí. Los cristianos se han obsesionado por demostrar su fe. Lo hacen con apologías más o menos históricas. Es el método preferido para convertir incrédulos. Como si poniéndose a su nivel pudieran ganarlos para la causa de Jesús. Pero el Maestro dice algo más: «quien está conmigo hará cosas mayores a las que yo hice». Sí, no es con textos, descubrimientos y piedras con los que se gana en la batalla. La verdadera prueba de la veracidad del mensaje es la vida de quienes lo creen. Eso es lo que está diciendo Jesús y la primera generación lo atestiguó: Pedro predicó a miles, habló en lenguas extrañas; Pablo llegó a Roma, predicó a gobernantes, sus escritos son ahora leídos con devoción. El cristianismo no debería olvidar la promesa, el reto, del galileo; habría que preguntar: ¿hago cosas más grandes que Jesús?

¿Cuál es el arma de los cristianos? La oración en el nombre de Jesús. No es por la fuerza intelectual o física, no por lo bien portados o por la transformación espiritual (¿hay algo peor que un converso? se preguntan los escépticos): es el nombre de Jesús, su poder y no el nuestro. No es arrogancia disfrazada de modestia. Es la realidad: Jesús salva. ¿Cómo saber si es Él o somos nosotros? Fácil: ¿a quién se le da la gloria por nuestro trabajo? Si es al Padre eterno, Jesús es el que actúa. Si el ídolo es uno, ahí no hay más que soberbia. Al final, la morada final será la prueba de quién actuó por Jesús y quién por su ego.

Ámense los unos a los otros

Juan 13:31-38

La glorificación de Jesús estaba por ocurrir y con Él la de su Padre. El proceso inverso también es válido. En ese proceso de glorificación (algunas traducciones dirán «clarificación»), el Maestro impone un nuevo mandamiento, el único que aparece en la versión de Juan del evangelio. «Aménse los unos a los otros». No hay en esa formulación forma de escapar a la característica de un cristiano: si quieres que otros sepan que eres seguidor de Jesús, ama a tu prójimo. El nuevo mandamiento es una formulación de aquel «ama a tu prójimo como a ti mismo». El sello de los creyentes no es externo sino interno. El amor nos une y nos da identidad.

¿Qué tipo de amor? se preguntará cualquier lector. No es ciertamente el amor erótico. Juan usa «ágape». El ágape que deben tener los cristianos entre sí va más en el sentido espiritual. Es una unión interna, armoniosa con el prójimo. No es este un llamado a decirse palabras románticas sino a procurar el bien para el otro. Ese bien pasa algunas veces por el regaño y la reprensión. El que ama como Jesús enseñó no será alcahuete sino protector de su hermano. Amar es respetar, orar, cuidar, enseñar, escuchar al otro. Tener ágape es unirse, es tener comunión con nuestro Señor. La verdadera amistad no es aquella que pasa por alto el mal sino la que apunta a Cristo. Por eso es un mandamiento, por eso el Maestro no da cabida a la opción. Amar es un compromiso, no una emoción. En ese compromiso se distingue al seguidor.

Pero el capítulo termina con las duras palabras de Jesús a un Pedro emocional: ¿te vas? ¡Yo voy a dar mi vida por ti! Y entonces, Jesús le responde: ¿tu vida? Me traicionarás antes de que entiendas lo que estás prometiendo. Los gallos han cantado: ¿cuántas traiciones al evangelio han cometido los que un día prometieron su alma al Rabí? Cada uno deberá examinar su boca antes y después de hablar. Si el mandamiento es amar al otro, ¿cuánto valor se requiere para decir que uno ama al Señor Jesús?

Incluso ahí, en la traición, Jesús sigue amando a sus discípulos.

El anuncio de la traición

Juan 13:18-30

Si Jesús sigue insistiendo en su origen, es porque los discípulos todavía no han entendido con quién están hablando. No seamos críticos con ellos. A las palabras no siempre lógicas de Jesús hay que añadir el ambiente de animadversión que los rodea. Están sentados en un cuarto de Jerusalén, lo que significa que están fuera de sus terrenos. Es territorio hostil. La cabeza de su Maestro ya tiene precio. Para colmo, insinúa una traición y cuando, usando técnicas muy humanas («pregúntale», pide Pedro «al discípulo más amado»), logran una declaración del traidor, no lo entienden. Recordemos que no es todavía Pascua (pequeña diferencia con los sinópticos que coinciden en que la última cena se desarrolló en la principal fiesta judía), que Judas era el tesorero y que al parecer no se le había visto en corruptelas. No había razón para dudar de la integridad del hijo de Simón.

El traidor estaba en la mesa de Jesús. Comió (¿la eucaristía?), bebió, quizá confraternizó con los otros once. Vio cómo el Maestro se conmovía. El ambiente en ese cuarto debió ser tan sombrío como tenso. Era la despedida, Jesús les está transfiriendo una autoridad moral importante («ustedes serán los voceros del Enviado»), acaban de ser limpiados. Todos. Judas estuvo ahí y ni en ese momento el Rabí tuvo palabras duras contra él. No lo criticó, no lo regañó. Dejó hasta el final al malo del cuento. Judas, el traidor por antonomasia, no escuchó palabras de reproche de su Maestro. A diferencia de los celosos cristianos de hoy, el galileo no lo expulsó.

Judas comió y se fue. Había recibido su ración, y de noche, la hora de los cobardes, se fue. ¿Qué diferencia entre él y los que hoy llegan puntuales a su iglesia, cantan, se acongojan en la comunión y afuera, en la noche, van a vender su fe? Entre Judas y los dirigentes-jefes-dueños, ladrones de la misericordia y piedad ajena, ¿cuánta distancia hay? Una: que Jesús sabía que el pobre Judas estaba destinado desde el inicio. Quizá por eso su alma se conmovió. Eso, que uno de los cercanos lo traicionara y que esa fuera la última noche en este planeta, hizo que el gran hombre mostrara sus sentimientos. No, en definitiva, no era el súper heroe de piedra que algunos quieren ver.

Jesús lava los pies de sus discipulos

Juan 13:1-17

Ay Cefas, cuántos diríamos y haríamos lo mismo que este pescador. El Maestro, aquel que decía que era el Ungido, el prometido, el Mensajero estaba haciendo lo propio del anfitrión. «No lo hagas o deja que lo haga yo». Pero Jesús responde: hagan lo que yo hago. La praxis es puesta aquí al servicio del evangelio. «Si no entienden mis palabras, por el momento, sigan mi ejemplo».

¿Cuál ejemplo? El del servicio a la comunidad. No existe el cristiano solitario. La santidad sólo es completa cuando se comparte. El Maestro debía recibir el servicio de sus discípulos. Pero no lo hizo. Él, que era el invitado, tenía el derecho a que otros lavaran sus pies. Es un llamado a los jefes, a los príncipes, a los dirigentes de la comunidad. No son gerentes, directores, CEO: en el grupo de seguidores de Jesús, el mayor debe servir a los demás. No es un jefe, es un siervo, es el que da el ejemplo de vida moral y ética elevada. No vale dentro del cristianismo aquella infame frase de «haz lo que te digo, no lo que hago». No. El maestro cristiano debe ser íntegro, de pies a cabezas, del interior al exterior. Los aplausos, las comodidades, los poses de diva no caben en un siervo de Jesús. Es más, no hay mejor receta para el descrédito que tener la actitud de merecedor-de-todo-en-este-mundo en un dirigente.

Qué escena. ¿No da una estampa perfecta del carácter de Jesús? Son las últimas horas, las más decisivas. Al final de ese ritual de cortesía (y Pedro que dice: pues ya que me vas a limpiar, límpiame completo), todavía sigue enseñando: hagan esto y serán felices. No asegura que durante el proceso lo que uno sienta será bonito. Él limpió los pies de caminantes, pies rudos, con olores desagradables. La recompensa de ese servicio vendría después.

Sólo alguien que lo ha vivido sabe que el servicio al otro, al prójimo es el camino a la perfección. O uno sirve o no es cristiano.

La luz juzgará

Juan 12:44-50

Jesús lo grita, alza la voz para decir que Él es el espejo del Padre, la luz primigenia que ilumina a quien así lo cree. Sus palabras son advertencia. Aquí introduce una nueva alegoría. No es Él sino lo que Él ha dicho quien juzgará. Es decir, su Padre será el Juez. Es una advertencia. Aquel día no valdrá la ignorancia, ésta no exime de culpa. En todo caso, al final se escucharán esas palabras terribles: te lo dije.

Hay dos opciones luego de escuchar a Jesús: obedecerlo o no. Aquí no está en juego si a uno le parece simpático, si la predicación es bonita o si las palabras reconfortan. Sin menosprecio de esto, lo importante es obedecer. Recibir la palabra significa serle fiel. La palabra usada en algunas traducciones, recibir, capta un hecho: a Jesús se le abre las puertas, no entra Él sin tocar las puertas. Y si uno lo recibe, como anfitrión, deberá hacer lo mejor para tratar bien a ese huésped (que por cierto, amenaza con quedarse).

¿Qué recibe el creyente a cambio de seguir a Jesús? Lo dice fuerte: la vida eterna. Esa es la gran promesa, la que ronda por todo el evangelio. Digamóslo con Jesús: no es una vida mejor, más cómoda, sin problemas, color rosa, de buenos modales y mejores hábitos, nada de eso es la promesa del Rabí. Qué corto de miras, qué tan humano sería este Maestro de la buena vida. Quizá lo que dice es que hay algo mejor que esta vida. Aquí hay oscuridad, el príncipe de este mundo campea (en tierra de ciegos, el tuerto es rey) inmune. Si uno obedece al Maestro, tendrá una luz en medio de las tinieblas. Sí. Pero en el sepulcro, cuando ese príncipe oscuro podría sonreír y decir: «aquí terminó su gran vida moral y ética», irrumpe la promesa, la buena noticia (el evangelio) de Jesús: hay algo más. La muerte no tiene poder en el cristiano; es decir, en aquel que obedece lo que el Maestro vino a enseñar.

La vida eterna está por encima del carisma (o de la antipatía) que emana del Señor Jesús.

Corazones endurecidos

Juan 12:37-43

He aquí una de las Escrituras que escapan nuestro entendimiento. Se vale preguntar por qué Dios dejó ciegos y mudos a esas personas. ¿Qué habían hecho? ¿Por qué merecían esa confusión, esa ceguera espiritual? Estos comentarios del autor algunas veces nos dejan desconcertados. Son como llamados a pie de página que interrumpen la lectura. Algunas veces lo podemos obviar, otras, no. Debemos detenernos en este comentario que cita al profeta Isaías. En su afán de mostrar a un Jesús-Mesías, Juan nos manda a la Tanakh, las Escrituras hebreas (que entonces sólo eran Escrituras sin el adjetivo hebreo). Vemos ahí versículos del capítulo seis. Estos versículos siguen al llamado de Isaías (con la frase famosa: aquí estoy, envíame). Es un Dios enojado, quizá decepcionado por la terquedad de su pueblo. Esa sordera espiritual terminaría cuando «sus ciudades estén desoladas». Era un fuerte llamado de atención y el profeta utiliza recursos retóricos para enfatizar lo que Dios quería mostrar: un pueblo desviado y egoísta, instalado en su comodidad y separado de los mandatos de Moisés. Juan, sin embargo, relaciona este pasaje mesiánico con Jesús y al hacerlo conecta directamente lo más profundo del pensamiento hebreo con la novedad traía por Jesús, a saber, que esa promesa se había cumplido en la persona de Jesús.

Hay un versículo insertado después de la cita. Ese que dice que muchos de los judíos habían creído ya en el Rabí pero el miedo les impedía decirlo abiertamente. Y la crítica final: «preferían la gloria que dan los hombres a la gloria que da Dios». Claro que, independientemente de a quiénes se referían, la crítica se puede extender a todo aquel que incluso viendo no cree, lo cual es un sinsentido. Puesto que la fe es un asunto de creer en lo que no se ha recibido, si hay algo que ya ocurrió, eso ya pertenece al terreno de la realidad y, en automático, deja de ser fe. Así que el asunto de la fe pasa por los ojos pero también por la mente. Juan pretende decirnos que Jesús tenía los méritos para que se creyera. Pero con todo, el miedo de esos primeros creyentes provenientes de los líderes religiosos no estaba en Jesús. Ellos ya habían creído en Él, sino en las consecuencias de su fe: perderían todo lo que tenían. Ahí radicaba aquello de preferir la gloria que dan los hombres y no lo que da Dios.

¿De qué son culpables? En nuestros días, decirse cristiano es casi como declarar su renuncia a la popularidad. No está de moda creer en el Mesías. Eso es propio de los abuelitos a punto de morir, de los jóvenes acomplejados, de los adultos miedosos. Pero los valientes, los exitosos, los que van con el espíritu del tiempo esos tales no tocan una iglesia. ¿Será? ¿Es cierto que decirse cristiano es vergonzoso? Lo peor no es la crítica. En todo caso, la sociedad moderna utiliza otra táctica: la indiferencia disfrazada de tolerancia. «No te metas conmigo, no me meto contigo», «vive y deja vivir»: ¿cuántas frases políticamente correctas? ¡Cuánto reduccionismo cómodo en caracterizar a los cristianos de hoy como los asustados de la modernidad!

No es cierto. Lo decimos los cristianos pero, ¿estamos seguros de ello? ¿No hemos preferido la gloria que viene del hombre a la que viene de ese ser que nadie ha visto? No es fácil vivir el cristianismo. La línea entre lo mundano y lo espiritual en realidad es pequeña, resbalosa y atrae, uno quiere estar ahí. Pienso en un amigo que dijo: yo creo en Dios por una racionalidad simple. Si existe y no creí, me espera el infierno. Si no existe y creí, no pierdo nada. ¿Será eso el camino, el «gancho» para atraer a otros a Cristo?

Creamos y hagamos todo para buscar la aprobación divina. Como sea que eso sea.

Creer en la luz

Juan 12:27-36

El Maestro no es inmune a las emociones. Se acercaba la hora final. No quería, su deseo luchaba con su deber. «Para eso precisamente he venido». No debía retroceder aunque sentía cariño por sus amigos, aunque su amor estaba con aquellos doce, aunque sus seguidores lo adoraban. Su camino lo conducía ineludiblemente a la cruz. Y en un momento único en el Nuevo Testamento se escucha la voz de Dios, el Padre que parece responder y consolar a su hijo: «ya lo he glorificado y lo seguiré haciendo».

El Maestro se encarga de inmediato de corregir. Esa voz (hay que añadir otra confusión a la serie de malos entendidos) había sido por ese auditorio de opiniones ligeras. Da pistas sobre lo que habría de venir y su significado. Y de nuevo las dudas.

¿Quién era ese Hijo de hombre que habría de morir? Jesús responde con la metáfora de la luz. Él era la luz y mientras estuviera ahí que lo aprovecharan. Entonces se va. Como si dijera «síganme». Nosotros, creyentes del siglo XXI, pensamos: ¡qué privilegio tener a la Luz ahí! ¡Qué palabras tan llenas de sentido común! Caminar en la oscuridad no sólo es más difícil sino peligroso. Él estaba ahí para guiar y dar sentido a las vidas de todos ellos.

Pero pronto nos daremos cuenta que justo por haber sido «levantado» es que hoy podemos estar cerca de Él. Ahí tenemos otro misterio de la fe.

La semilla debe morir

Juan 12:20-26

Acá llegan «los griegos». Acaso el otro rebaño al que antes se refirió. Piden hablar con Jesús y Él les da un discurso a sus discípulos, Andrés y Felipe, de quien aquellos eran vecinos. Y el discurso es el último antes de la última jornada. El inicio es típico en este evangelio: «la hora ha llegado». El «Hijo del hombre» será glorificado. Quizá ni Andrés ni Felipe ni los griegos entendieron la metáfora de la semilla que muere para dar vida. Es decir, siendo conocedores del campo, sí que sabían de qué hablaba el Maestro pero, ¿qué tenía que ver eso con todo lo que acababan de ver? ¿Estaba sugiriendo Jesús que renunciaran a los placeres carnales para ir al cielo? Acaso sólo entendieron aquello de seguirlo. Ahí donde Jesús está, también deberá hacer acto de presencia sus discípulos. Y quien lo sirve, será honrado por su Padre. Claro, se trataba de una gran y atractiva oferta. Pero, ¿qué era todo eso de morir, de renunciar a esta tierra?

La promesa de Jesús es que aquellos que lo siguen tendrán en el otro mundo un mejor lugar. Seguirlo no implica vida cómoda pero tampoco un viacrucis diario. El énfasis está en las prioridades del seguidor. Si uno se aferra a este mundo, el otro no tiene entrada. No puede haber dos mundos, dos amos a quien seguir. Al final se queda mal con uno. Cuando Jesús dice que uno debe morir para encontrar a la vida no sólo se refiere al renacimiento espiritual sino también al que sucede después de que el creyente muere y, además, a lo que él mismo va a pasar. Para ser cristiano, para ser un seguidor de Jesús, recordemos las palabras a Nicodemo, uno debe renunciar al yo, al egoísmo consumista que, de cualquier manera, no cubre la sed existencial. Esta sólo será cubierta al seguir al Maestro.

En cuanto al tema de la muerte, el creyente morirá y en esa muerte está la santificación. Deberá morir para ir al encuentro del Padre. Esto no podría ocurrir sino con la fidelidad al Rabí. Ninguna herramienta humana garantiza el acceso a ese otro mundo que aparece cuando uno deja este planeta. Y, finalmente, Jesús habla de su propia muerte. Deberá padecer ese proceso humano para demostrar que Él no es de este mundo, que puede vencer a la muerte y que en ese proceso, se convierte en el nuevo primer hombre, en el Adán actual. Pero esto es ya de Pablo y no de Juan.

Nosotros, como los griegos, nos maravillamos de sus palabras e intuimos que algo grande hay detrás de estas: el Padre honrará a los sirvientes de su Hijo.

La entrada triunfal

Juan 12:12-19

He aquí la entrada triunfal de Jesús. Ya desde su unción, los símbolos mesiánicos se hacen presentes en todo este capítulo. Ahora el Maestro entra en un asno, la gente lo adora y proclama Rey de Israel, enviado de Dios. ¡Hosana! La escena debió causar tal impacto que los líderes asustados, desesperados, enojados dicen «el mundo se va detrás de Él». El movimiento empezado en la lejana Galilea estaba llegando a las puertas de la ciudad Santa.

Es curioso cómo el escritor nos aclara (hoy lo llamaríamos pie de página) que toda la escena no fue entendida por los discípulos. Por los fariseos sí. Ellos sabían el significado de la entrada, de las palmas, de las proclamas. Sabían cómo las Escrituras profetizaban que el Mesías había de llegar. Quizá sus discípulos volvían a sorprenderse. Habían pasado de la huida hacia «el otro lado del Jordán» a una entrada apoteósica, en plena preparación de la Pascua. No sabían sino que estaban escoltando al Maestro, al Rabí que había convertido en un sólo acto a muchos «judíos». Quizá en esa entrada estaba Lázaro, María y los demás. Su fama corría de boca en boca y ya alteraba a los dirigentes. Los apóstoles más ambiciosos se estarían frotando las manos, los más tímidos estarían asustados, acaso angustiados: ¿dónde iba a dar todo eso?

Dos mil años después, sabemos que aquello era el inicio de la última semana de Jesús en esta Tierra. Nos alegramos, la emoción nos embarga, sentimos un nudo en el corazón: nuestro Señor estaba entrando por la puerta de la Ciudad Santa. ¡Cómo quisiéramos estar ahí, tener una palma y hacer una reverencia! ¡Cómo nos alegramos al ver a los fariseos enojados porque ese sencillo carpintero tomaba la ciudad para sí! Era la fastuosidad simple (concédame esa licencia) y efímera. Pronto, muy pronto, este Maestro que parecía anticlimático por oficio, desengañaría a sus alegres seguidores.

Jesús ungido

Juan 12:1-11

Jesús regresa a Betania, invitado a una cena en su honor, preparada por la familia de Lázaro. Otra vez, la figura de María sobresale incluso por la del que «había estado muerto». Ya se ve que Marta era la encargada de la casa, la hacendosa, la típica anfitriona que se esmera por atender de la mejor manera a sus invitados. Y María era la joven fascinada por el Maestro. En una escena conmovedora, abre un perfume caro, y lo unta en los pies del Rabí y lo limpia con sus cabellos. Una escena de amor, de admiración, de reverencia por el hombre que había regresado a su hermano a este mundo. Judas hace un cálculo rápido y crítica con acidez a la mujer: si lo hubieras vendido habría sido de mayor utilidad. Pero el Maestro lo detiene: a los pobres los seguirán teniendo, pero a mí no. Aquí está la primera vez que habla explícitamente de su muerte. El escritor nos regala la imagen de un hombre que ya no puede ser sino público. O de dos hombres. Ahora Lázaro estará atado por siempre a Jesús. Su nueva vida será la demostración más clara de quién es Jesús. Es un milagro viviente. Y, por lo tanto, también una amenaza al establishment. Ahora no sólo quieren prender al galileo, también Lázaro está en la lista de los hombres peligrosos.

Muchas cosas nos sugiere este pasaje. Primero, la suspicacia sobre la relación de Jesús y María. ¿Hay indicios de un romance? ¿Debemos creer las incontables historias que circulan sobre María y su papel en esos primeros años del movimiento cristiano? queda clara que hay una relación estrecha entre Jesús y María. Queda claro que ella lo ama y lo admira. Pero de ahí a decir que ellos dos fueron una pareja hay, al menos, cierta distancia. Pero entonces como hoy, los hombres públicos despiden un halo extraño que atrae a los fantasiosos de siempre. Los paparazzis de entonces bien pudieron armar toda una historia sobre algo que quizá sólo fue una relación de amigos. Sin embargo, los seguidores de las teorías de la conspiración tendrán aquí un eterno tema para explotar. Allá ellos.

Vemos a Judas, el impopular tesorero, acaso calumniado. A posteriori, el apóstol sería el culpable de todo el mal. Pero podemos creer en sus intenciones. Tenía razón: ese perfume valía mucho y aunque María adoraba a Jesús, ese dinero podría haber satisfecho el hambre de más de un pobre. Pero el Maestro da una enseñanza que sorprendentemente no permeó lo suficiente. En el fondo, Jesús concede ciertas comodidades. A diferencia de Juan, no es un Maestro de alimentación y hábitos frugales. ¡Cuántos cristianos creen que entren más dolor más devoción! Este pasaje indica todo lo contrario. Ser cristiano y gozar de momentos de tranquilidad no están peleados. Aquí Judas quiso pasar por compasivo y sólo demostró su egoísmo y frialdad (¿sus celos?).

Ahí está Jesús, ya en sus últimos momentos, despidiéndose. Ha elegido a Lázaro, Marta y María como última parada antes del drama final. María lo unge quizá para poner de manifiesto el carácter del Maestro: es un verdadero Ungido, es decir, el Cristo. Y María, una mujer, realiza el rito en una casa perdida en Jerusalén. La última Pascua estaba por iniciar y pronto veremos al Ungido entrar a Jerusalén.

Mejor uno que todos

Juan 11:45-57

¿Qué haremos? Jesús nos está comiendo el mandado, nos quita el lugar, los romanos vienen y nos destruyen. Ahora los fariseos muestran una preocupación que rebasa ya los límites de la contención. Quizá se dieron cuenta de la repercusiones de eso que a sus ojos ya era una revuelta y el peligro de ello frente al imperio romano. Y entonces, Caifás, pragmático, da el último y más contundente argumento para detener a Jesús: mejor sobrevivir que morir por un terco carpintero venido a más, mejor sacrificar una vida que todo un pueblo. El escritor se encarga de aclararnos que eso era una profecía, sin embargo, podemos decir que es una interpretación posterior. En el momento, el Sanedrín había dictado sentencia.

Mientras tanto, Jesús, con todo esa persecución, luego del gran milagro, huye rumbo a Efraín. En Jerusalén se acerca la Pascua y la expectativa sobre la participación en la gran fiesta van en aumento. El Maestro tenía las horas contadas. Poco disfrutó del encuentro con sus amigos. Volvía a ser perseguido. Podemos preguntarnos en qué pensaban sus seguidores de su nueva acelerada vida. La vida del cristiano se estaba definiendo desde entonces. La sociedad es capaz de asesinar antes que claudicar. No importa qué se diga o qué se haga. El aplauso generalizado está vetado para aquellos que deciden seguir a Jesús. El milagro de la resurrección acababa de ocurrir y ya estaban escapando. No era ciertamente una vida cómoda. Pero seguían al Mesías. Eso, al parecer, no estaba ya en duda.

¿Qué espera al cristiano, pues? En un mismo capítulo vamos de huida en huida. El capítulo de Lázaro parece una tregua que termina cuando los líderes ven que les están comiendo el mandado. Al creyente le espera una vida transformada, un renacimiento, señales espectaculares y, también, conspiraciones, chismes, malos entendidos. Muchos Caifás modernos seguirán prefiriendo el sacrificio de uno y no la destrucción de muchos. Claro, siempre según la visión del establishment. El mundo parece ser el lugar más hostil de los verdaderos grandes hombres.

El gran milagro III

Juan 11:38-44

¿Qué otra escritura refleja el sentido último de la misión cristiana? Vencer la muerte, eso que hace finito al hombre, el gran límite, la frontera, el más allá al que Jesús viene a darle un nuevo sentido. La escena no puede ser más conmovedora. El Maestro está turbado, ha llorado, quizá con lágrimas en los ojos, ordena lo más absurdo, lo menos apropiado: quiten la piedra. «Pero apesta», le advierten. «¿No te he dicho que si creyeres, verás la gloria de Dios?». Quizá con más dudas, con caras de incredulidad y de reproche, quitan la piedra. El hombre que parecía tener un segundo nombre, escándalo, vuelve a las andadas. ¿Qué era eso de exhumar, de profanar tumbas? ¿No era una irresponsabilidad, incluso sanitaria, mover la roca? Mientras tanto, el Rabí levanta su mirada, habla con su Padre sin importar los tantos testigos que se hallaban ahí. Estipula la razón de esas señales: que crean en Él como el embajador plenipotenciario de Dios en la Tierra. Con voz fuerte, con la autoridad del Hijo de Dios que ha tomado forma (y quizá fondo) humano, ordena a Lázaro que salga. Acaso el milagro más grande de todo el Nuevo Testamento, único de Juan, se consuma.

«El que había estado muerto, salió». Ahí está la gran metáfora de la misión y de cómo se considera a aquellos alejados de Dios. Muertos. Nada de lo que hagamos aquí podría satisfacer la ansiedad, el desconsuelo y el vacío existencial que llegan cuando el ser humano se enfrenta al sepulcro. Ya hiede, le recordaron a Jesús. Pero al Salvador no le importan los olores, los gusanos, la piel echada a perder. Ahí está, conmovido hasta las lágrimas, pidiendo por nosotros. Y el milagro: no tanto que uno resucite, sino que en esa humana corrupción, se muestre la gloria del Padre eterno. Como el gusano que se convierte en mariposa. ¿Cómo se puede entender esa sinrazón de llegar a la muerte espiritual para reconocer quién es uno y quién es el Dios grande y poderoso que opera en los momentos y las situaciones más absurdas y que el humano considera causas perdidas? Quizá en esos despojos atados exista un espejo en donde cada uno puede verse.

Lázaro, sal de ahí. Y con él, millones de creyentes lo hacen. Y los testigos, ante semejante demostración de poder, se quedan sin armas, sin argumentos. ¿Cómo contradecir, con qué teología, con qué paradigma enfrentamos la naturaleza divina de un ser que ha traído de la muerte a su amigo? Cuando todos los argumentos fallan, cuando toda la doctrina se hace confusa, entonces la vida y el ejemplo clama a voz en cuello quién es quién. Los «judíos», desarmados, ven y creen. Lázaro, el antiguo muerto, estaba vivo. Y con él, el evangelio de Jesús.

El gran milagro II

Juan 11:17-37

Jesús llega finalmente a Galilea. Como lo había previsto, Lázaro ha muerto y está sepultado. La escena muestra un dramatismo pocas veces visto en todo el evangelio. Primero llega Marta y su bienvenida parece reproche. Sí, yo creo, sí yo sé que resucitará, pero esas son palabras, si hubieras venido él no habría muerto. La frase de Jesús quizá no convenció a la mujer. Ser la resurreción y la vida parecía quizá un asunto más escatológico que un consuelo en ese duelo. De cualquier manera, confiesa su fe en Jesús. Marta es otra de las primeras cristianas fuera del grupo de los doce. Aperece entonces en escena la enigmática María. En secreto, su hermana le manda a decir que Jesús la llama. No echemos a volar nuestra imaginación con romances tórridos entre el Maestro y María. Acaso eso no era más que una precaución, máxime como se encontraba el embiente: muchos «judíos» habían llegado a los funerales y eran algunos de los que ya habían puesto precio a la cabeza del Rabí.

María se arroja a los pies de su amado Maestro y vuelve al reproche. El escritor se encarga de decirnos cómo todo esa atmósfera lúgubre estaba ya afetando a Jesús. María de rodillas, llorando; los vecinos, los amigos, todos en una profunda tristeza. Y vienen dos versículos que muestran toda la humanidad y toda la majestad de este honbre. El 36 dice que se conmovió en el Espíritu y el 37 es el versículo más pequeño y de los más importantes para entender el carácter de Jesús: «Y Jesús lloró». Unos dicen: «miren cuánto lo quería» y otros, quizá los más críticos, dicen «¿por qué no hizo algo por salvar a su amigo?».

¿Qué podría haber en la mente del Hijo de Dios al estar frente al sepulcro? ¿Se habría visto a sí mismo en unas semanas más? ¿Habría recordado a Lázaro con toda su familia en mejores momentos? No lo sabemos, pero sí sabemos que el hombre más hombre de todos los tiempos (al menos para los cristianos), aquel que se enfrantaba con un mínimo de temor a sus adversarios, aquel que se declaraba Mesías, ese carpintero galileo no soportó más y lloró. El Rabí derramando lágrimas. ¿Cuántas cosas nos dice ese enunciado? Todo: un Jesús no absorto en «la misión», un predicador sensible, un ser que es capaz de correr cualquier riesgo con tal de estar con los amigos. No es un Cristo de pieda y palo. Su rostro no es el de un severo regañador, el del Maestro enojón. No: es un verdadero humano que, quizá por un momento, siente el dolor.

En la capacidad que Jesús tiene de sentir dolor se dumuestra su humanidad. No es un Dios ajeno, alejado. Si es excepcional es porque entiende a sus alumnos en sus propios términos. No es el super hombre, el gran héroe que sólo sigue un guión trazado por su Padre. Es más bien alguien que siente y que no tiene miedo a que vean su fragilidad. Por un momento, el gran Maestro demuestra que lo cortés no quita lo valiente, que no es una estatua. Él nos dice que es humano, que siente y que, al fin y al cabo, está vivo. Frente a la tumba de Lázaro, Jesús quizá comprende la trascendencia de su mensaje. Justamente vino a vencer eso que ya había padecido su amigo. María a sus pies, los judíos rodeándoles, por un instante dándole tregua, sus apóstoles de tan presentes que parecen más bien ausentes. Sólo con su majestad, en esa tumba, el Rabí daría la muestra más grande de su poder. Pero antes lloró. Y en ese llanto divino está la señal de que Él nos cntiende porque fue como cualquiera de nosotros.

El gemelo Tomás estaba probablemente desconcertado porque lo que parecía ser el inicio de la gran revuelta, se estaba convirtiendo en la continuación de las críticos. Lo más escadaloso era ver a su Maestro, llorando. La sacudida, de seguro, no fue menor.

El gran milagro I

Juan 11:1-16

Por las implicaciones y la forma en que lo hace, este es el gran milagro del evangelio. La familia conformada por Lázaro, Marta y María era muy querida por Jesús. Quizá eran huérfanos y el jefe de familia era Lázaro. Su enfermedad traía consecuencias negativas en lo económico y en lo social. Las hermanas quedarían doblemente solas, de padres y ahora del hermano. Así que cuando Lázaro enferma, las dos mujeres mandan a avisar a Jesús quien, sorprendentemente, no responde al aviso. Su argumento es que así debe ser para que sus seguidores sean testigos del poder de Dios.

El pasaje muestra una serie de confusiones en los discípulos. La gran paciencia del Maestro hace que repita aun más claro aquello que les va enseñando. Aquí les debe aclarar que Lázaro ha muerto. Luego, los discípulos le recuerdan el gran conflicto con los fariseos y, cuando el Maestro insiste, se hacen los héroes: «vamos a morir con Él» (¿por qué pensamos que Pedro y no Tomás está detrás de estas palabras?).

El escenario está puesto. Pronto veremos cómo Jesús operará esta señal. Quedémonos por el momento en algunos detalles interesantes. María parece ser una fiel admiradora de Jesús. Se ha pensado que quien untó los pies de Jesús era la Magdalena que, a su vez, había sido salvada por Jesús de ser lapidada. Si esto fuera cierto, Jesús conocería a la familia de Lázaro por causa de María (curiosamente, el versículo 5 omite su nombre). No hay razón para pensar que esto sea cierto. Sin embargo, estos primeros versículos ponen de relieve una cualidad de Jesús: tenía amigos y era tal su interés y su importancia que regresó no solo de su misión sino que incluso tomó el riesgo de ser agredido. La amistad valía la pena todo. La amistad, entonces, es uno de las características básicas de un cristiano.

La blasfemia de Jesús

Juan 10:22-42

Si no es por lo que haces, sino por lo que dices, le dijeron los líderes religiosos. Jesús insiste en el valor de las obras, puestas aquí incluso por encima de las palabras. Crean en lo que hago. ¿Cuántos cristianos hoy podrían decir eso? ¿Cuántas piedras se lanzan hoy justamente por lo que los creyentes hacen? Rodeado de sus (atormentados) adversarios, Jesús no se amedrenta. Sigue insistiendo en su orígen, en la importancia del camino que Él estaba trazando.

¿Qué querían escuchar? ¿No era claro que Jesús se consideraba a sí mismo el Mesías? Atrapados en su propio legalismo, los fariseos buscaban la forma más limpia para eliminarlo. El Maestro se ha dado cuenta que la reconciliación (o el abrir conciencias) era una tarea titánica, que a Él sólo le tocaba anunciarles lo que el Padre le había ordenado. Al no ser parte de su rebaño, ellos estaban condenados a seguir viviendo en su andamiaje moral. Así responde cualquiera cuando se siente agredido. No terminaban de entender que lo más importante era la vida humana, que cualquier idea, cualquier creencia, puede (y debe) pasar por la prueba de la confrontación. Si sale bien librada, sale fortalecida. Lo contrario, cerrarse herméticamente, solo acarrea estancamiento. Todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida la pregunta ¿qué tal si fuera cierto? Con todo lo que eso implica.

Al final del pasaje, vemos a Jesús del otro lado del Jordán. La gente lo percibe cada vez más como un profeta incluso mayor que Juan. El conflicto ha escalado a un grado tal que el Maestro y sus seguidores ya viven a salto de mata, al menos en Jerusalén. Vale decirlo: los primeros cristianos fueron parte de una sociedad rural. La ciudad sería conquistada muchos años después. Lo que es más, el Maestro no lograría sino rechazo y persecusión en la ciudad de David. Una crítica que lo llevaría a la tumba. Y todo por, fariseos dixit, su intolerable blasfemia.