La vid verdadera

Juan 15:1-17

El cristiano debe permanecer en Jesús y como consecuencia habrá mucho fruto. ¿Quieren realmente glorificar al Padre? Den fruto. Es un ciclo: uno se hace seguidor de Jesús, lo escucha y lo obedece, entonces, llega el fruto y así Dios es glorificado. Puesto que Jesús es el tronco, nosotros somos poco menos que ramas. La alegoría es muy gráfica: todo aquel que no permanece en ese tronco se seca y no sirve más que para ser quemado. Un cristiano lejos de Jesús no lo es.

Pero vale la pena preguntarse aquí a qué fruto se está refiriendo el Maestro. Algunos piensan que se refiere al fruto del carácter. Otros creen que se trata de traer a más almas a Cristo. ¿Cuál es la correcta? ¿Es proselitismo? ¿Es madurez? Las dos cosas no son excluyentes. Si el Maestro repite que pidamos lo que queramos y se nos cumplirá, acaso se refiere tanto a los frutos de cambio en la vida y práctica y al deseo de un cristiano de que otros conozcan el camino que nos ha cambiado. En cualquier caso, los frutos son visibles. El que roba, dejó de robar. El que antes era un egoísta, ahora predica la Palabra de salvación y otros (los frutos) llegan al Padre.

Con todo, Jesús está poniendo de importancia la necesidad de permanece en Él. No es gratuito que diga: «sin mi nada pueden hacer». No se refiere a asuntos carnales. Pensar que alguien que se separa de Jesús cae en estado vegetal, en una cama de hospital, o definitivamente en la tumba es querer contar una historia de castigos más propia para niños que para adultos creyentes. No. Jesús se refiere a lo espiritual. Alguien que ha conocido la verdad y luego se aleja, se quedará en coma espiritual, es decir, esa angustia, esa sed existencial volverá pero queda la terrible desesperanza de no encontrar la medida para saciarlo. Sí: el que se va puede tener una vida incluso con mayores comodidades que antes, pero en la tumba se terminará su satisfacción.

En el mismo capítulo, el gran Maestro se vuelve el gran amigo. Pero un amigo verdadero de Jesús no es el que le cae bien sino quien lo obedece. Es una relación de amistad donde uno debe seguir al amigo especial. Nos lo recuerda: no lo elegimos nosotros, él nos eligió (¿Calvino está en lo correcto?). Su mandamiento de amarse el uno al otro pasa por la prueba suprema: la vida misma por el amigo. Jesús es el amigo perfecto por dos razones: ha dado a conocer todo lo que sabe del Padre y ha dado la vida por sus amigos. Él no nos llama siervos, pero, ¿qué podemos decir nosotros? ¡Qué sigue siendo nuestro Señor! El gran Señor cumplidor de promesas, protector; el Jefe al que seguimos con lealtad y sin condiciones. Lo hacemos por fe pero también porque sabemos que todo lo que nos pide hacer, Él ya lo hizo.

El fruto viene de la madurez y ésta llega cuando estamos unidos a la vid. Una vid que se convierte en hombre, pasa por ser el Señor y luego se convierte en amigo generoso.

La promesa del Espíritu

Juan 14:15-31

La promesa del Espíritu Santo es una promesa cumplida. El Consolador, el Defensor, aquel que vive en cada seguidor de Jesús. El mundo no lo puede ver porque no es (valga la expresión) espiritual. El Maestro no dejará sólo a los suyos. Es por eso que, aunque en ese momento doliera, al final esa muerte no sólo serviría como ofrenda de propiciación sino también para que Él pudiera vivir y existir en cada cristiano que llegara a conocerlo. Todos nosotros podríamos querer conocer «en vivo y a todo color» a Jesús, pero Él enfatiza la importancia de su partida. Así que una de las funciones del espíritu de la verdad es hacer recordar al creyente eso, sus creencias, es decir, a Jesús. Si confiamos en nuestra memoria, en nuestros recursos, la batalla espiritual no sólo sería más difícil sino probablemente una misión imposible. Es el Espíritu al que debemos invocar cuando queramos aprender asuntos divinos. Es al Consolador al que debemos recurrir para tener y guardar la palabra del Cristo.

¿Cuál es la prueba de amor? O como pregunta Judas: ¿por qué te manifiestas a nosotros pero no al resto del mundo? La respuesta es clara: escuchar y hacer caso. Obedecer a Jesús, a pesar de todo, por sobre todo, es la gran demostración de que el creyente lo ha hecho su verdadero Señor y Salvador. No sólo es hablar de Él o tener una parafernalia cristiana (el hábito no hace al monje). Ni siquiera conocerlo. Uno puede decir que conoce a Jesús, la prueba, sin embargo, es saber si Jesús lo conoce a uno. No sólo es escuchar y decir con la cabeza que sí. Es obedecerlo a pesar y por sobre todo. Aun cuando no sea agradable a los ojos o a la carne humana. Por obedecer a Jesús, el creyente se hace merecedor de tener al espíritu de la verdad.

Los discípulos seguramente estaban turbados. Ya a esas alturas podrían estar confundidos o tan sorprendidos como asustados. Su Pastor, el Hijo del hombre les dice: «no se angustien, si me creen, verán sus vidas guiadas por el Espíritu Santo». ¡Qué difícil es hacer caso cuando todo indica que lo mejor para vivir en este planeta es lo contrario! El «Príncipe de este mundo» podrá ser atrayente, zalamero, mentiroso; pero Jesús es más fuerte que Él (y el Padre es mayor que Él, buen reto teológico para la doctrina de la Trinidad). Por un momento ese príncipe de la oscuridad podría sentir que tenía la victoria. El Hijo de Dios estaba en la Tierra, acorralado en un cuarto alto de Jerusalén, con un par de traidores en su grupo, con todos medio confundidos con la enseñanza. Sin embargo, ahí se fraguaba la victoria cósmica-espiritual más grande de todos los tiempos.

Los cristianos no tenemos nada de extraordinario con otros seres humanos. Compartimos sus debilidades y fortalezas. La pequeña diferencia, decimos los seguidores de Jesús, es que tenemos en nosotros el Espíritu de la verdad. Lo seguimos porque así seguimos a Jesús y por lo tanto el camino al Padre está asegurado. Que nadie se turbe ni se acobarde: Jesús es en nosotros.

El camino, la verdad y la vida

Juan 14:1-14

Para que Jesús viva hoy, dos mil años después, tenía que haber muerto. Este es un mensaje de esperanza. El Maestro, en su papel de Salvador, anuncia lo que habrá de venir. Él va a preparar una morada para que, cuando regrese, vayamos con Él. Si somos en Él, Él será en nosotros. Jesús está revelando su divinidad, está profetizando. Siendo el camino, la verdad y la vida, todos los que lo acepten como su Salvador tendrán acceso a su Padre. Vuelve a enfatizar su naturaleza: Jesús es Dios mismo, Él está en el Padre y viceversa. Las obras que hace como ser humano provienen de Dios, son señales, demostraciones de la naturaleza divina. Cuando uno mira al Maestro, mira al mismo tiempo al Padre.

El camino: si quieres ir con el Padre, sigue a Jesús. Si quieres conocer la verdad, ten una cita con el Rabí. Si quieres tener vida eterna, obedece al Maestro. Jesús es la verdad. Una e indivisible. No es una verdad abstracta. No es un camino terrenal. No es la vida en el cuerpo material. Repitámoslo: ¡Jesús es el mensaje! ¿Y no es esto una forma de decir que Dios es la medida exacta para el ser humano? Fuera máscaras. Aquí Jesús está diciendo también lo que no es: un maestro de la moral y la ética, un revolucionario, un negociante de la fe. Cualquiera lo puede confundir. Pero Él lo dice para que no quede duda: su mensaje se escucha aquí, pero se goza y se cumple en otra vida. La Salvación no pertenece a este mundo. Aquel que decide seguir a Jesús tendrá la esperanza y la fe de seguir la verdad, esa que desciende directamente del Creador y que regresa a Él.

Así que el mensaje, el evangelio se resume en Dios. Eso vino a mostrar Jesús. Así se infiere de la respuesta a Felipe: «¿quieren ver a Dios? Aquí está: soy yo». Curioso: «si no quieren creer lo que digo, crean por lo que hago». Pero la cosa no queda ahí. Los cristianos se han obsesionado por demostrar su fe. Lo hacen con apologías más o menos históricas. Es el método preferido para convertir incrédulos. Como si poniéndose a su nivel pudieran ganarlos para la causa de Jesús. Pero el Maestro dice algo más: «quien está conmigo hará cosas mayores a las que yo hice». Sí, no es con textos, descubrimientos y piedras con los que se gana en la batalla. La verdadera prueba de la veracidad del mensaje es la vida de quienes lo creen. Eso es lo que está diciendo Jesús y la primera generación lo atestiguó: Pedro predicó a miles, habló en lenguas extrañas; Pablo llegó a Roma, predicó a gobernantes, sus escritos son ahora leídos con devoción. El cristianismo no debería olvidar la promesa, el reto, del galileo; habría que preguntar: ¿hago cosas más grandes que Jesús?

¿Cuál es el arma de los cristianos? La oración en el nombre de Jesús. No es por la fuerza intelectual o física, no por lo bien portados o por la transformación espiritual (¿hay algo peor que un converso? se preguntan los escépticos): es el nombre de Jesús, su poder y no el nuestro. No es arrogancia disfrazada de modestia. Es la realidad: Jesús salva. ¿Cómo saber si es Él o somos nosotros? Fácil: ¿a quién se le da la gloria por nuestro trabajo? Si es al Padre eterno, Jesús es el que actúa. Si el ídolo es uno, ahí no hay más que soberbia. Al final, la morada final será la prueba de quién actuó por Jesús y quién por su ego.

Ámense los unos a los otros

Juan 13:31-38

La glorificación de Jesús estaba por ocurrir y con Él la de su Padre. El proceso inverso también es válido. En ese proceso de glorificación (algunas traducciones dirán «clarificación»), el Maestro impone un nuevo mandamiento, el único que aparece en la versión de Juan del evangelio. «Aménse los unos a los otros». No hay en esa formulación forma de escapar a la característica de un cristiano: si quieres que otros sepan que eres seguidor de Jesús, ama a tu prójimo. El nuevo mandamiento es una formulación de aquel «ama a tu prójimo como a ti mismo». El sello de los creyentes no es externo sino interno. El amor nos une y nos da identidad.

¿Qué tipo de amor? se preguntará cualquier lector. No es ciertamente el amor erótico. Juan usa «ágape». El ágape que deben tener los cristianos entre sí va más en el sentido espiritual. Es una unión interna, armoniosa con el prójimo. No es este un llamado a decirse palabras románticas sino a procurar el bien para el otro. Ese bien pasa algunas veces por el regaño y la reprensión. El que ama como Jesús enseñó no será alcahuete sino protector de su hermano. Amar es respetar, orar, cuidar, enseñar, escuchar al otro. Tener ágape es unirse, es tener comunión con nuestro Señor. La verdadera amistad no es aquella que pasa por alto el mal sino la que apunta a Cristo. Por eso es un mandamiento, por eso el Maestro no da cabida a la opción. Amar es un compromiso, no una emoción. En ese compromiso se distingue al seguidor.

Pero el capítulo termina con las duras palabras de Jesús a un Pedro emocional: ¿te vas? ¡Yo voy a dar mi vida por ti! Y entonces, Jesús le responde: ¿tu vida? Me traicionarás antes de que entiendas lo que estás prometiendo. Los gallos han cantado: ¿cuántas traiciones al evangelio han cometido los que un día prometieron su alma al Rabí? Cada uno deberá examinar su boca antes y después de hablar. Si el mandamiento es amar al otro, ¿cuánto valor se requiere para decir que uno ama al Señor Jesús?

Incluso ahí, en la traición, Jesús sigue amando a sus discípulos.

El anuncio de la traición

Juan 13:18-30

Si Jesús sigue insistiendo en su origen, es porque los discípulos todavía no han entendido con quién están hablando. No seamos críticos con ellos. A las palabras no siempre lógicas de Jesús hay que añadir el ambiente de animadversión que los rodea. Están sentados en un cuarto de Jerusalén, lo que significa que están fuera de sus terrenos. Es territorio hostil. La cabeza de su Maestro ya tiene precio. Para colmo, insinúa una traición y cuando, usando técnicas muy humanas («pregúntale», pide Pedro «al discípulo más amado»), logran una declaración del traidor, no lo entienden. Recordemos que no es todavía Pascua (pequeña diferencia con los sinópticos que coinciden en que la última cena se desarrolló en la principal fiesta judía), que Judas era el tesorero y que al parecer no se le había visto en corruptelas. No había razón para dudar de la integridad del hijo de Simón.

El traidor estaba en la mesa de Jesús. Comió (¿la eucaristía?), bebió, quizá confraternizó con los otros once. Vio cómo el Maestro se conmovía. El ambiente en ese cuarto debió ser tan sombrío como tenso. Era la despedida, Jesús les está transfiriendo una autoridad moral importante («ustedes serán los voceros del Enviado»), acaban de ser limpiados. Todos. Judas estuvo ahí y ni en ese momento el Rabí tuvo palabras duras contra él. No lo criticó, no lo regañó. Dejó hasta el final al malo del cuento. Judas, el traidor por antonomasia, no escuchó palabras de reproche de su Maestro. A diferencia de los celosos cristianos de hoy, el galileo no lo expulsó.

Judas comió y se fue. Había recibido su ración, y de noche, la hora de los cobardes, se fue. ¿Qué diferencia entre él y los que hoy llegan puntuales a su iglesia, cantan, se acongojan en la comunión y afuera, en la noche, van a vender su fe? Entre Judas y los dirigentes-jefes-dueños, ladrones de la misericordia y piedad ajena, ¿cuánta distancia hay? Una: que Jesús sabía que el pobre Judas estaba destinado desde el inicio. Quizá por eso su alma se conmovió. Eso, que uno de los cercanos lo traicionara y que esa fuera la última noche en este planeta, hizo que el gran hombre mostrara sus sentimientos. No, en definitiva, no era el súper heroe de piedra que algunos quieren ver.

Jesús lava los pies de sus discipulos

Juan 13:1-17

Ay Cefas, cuántos diríamos y haríamos lo mismo que este pescador. El Maestro, aquel que decía que era el Ungido, el prometido, el Mensajero estaba haciendo lo propio del anfitrión. «No lo hagas o deja que lo haga yo». Pero Jesús responde: hagan lo que yo hago. La praxis es puesta aquí al servicio del evangelio. «Si no entienden mis palabras, por el momento, sigan mi ejemplo».

¿Cuál ejemplo? El del servicio a la comunidad. No existe el cristiano solitario. La santidad sólo es completa cuando se comparte. El Maestro debía recibir el servicio de sus discípulos. Pero no lo hizo. Él, que era el invitado, tenía el derecho a que otros lavaran sus pies. Es un llamado a los jefes, a los príncipes, a los dirigentes de la comunidad. No son gerentes, directores, CEO: en el grupo de seguidores de Jesús, el mayor debe servir a los demás. No es un jefe, es un siervo, es el que da el ejemplo de vida moral y ética elevada. No vale dentro del cristianismo aquella infame frase de «haz lo que te digo, no lo que hago». No. El maestro cristiano debe ser íntegro, de pies a cabezas, del interior al exterior. Los aplausos, las comodidades, los poses de diva no caben en un siervo de Jesús. Es más, no hay mejor receta para el descrédito que tener la actitud de merecedor-de-todo-en-este-mundo en un dirigente.

Qué escena. ¿No da una estampa perfecta del carácter de Jesús? Son las últimas horas, las más decisivas. Al final de ese ritual de cortesía (y Pedro que dice: pues ya que me vas a limpiar, límpiame completo), todavía sigue enseñando: hagan esto y serán felices. No asegura que durante el proceso lo que uno sienta será bonito. Él limpió los pies de caminantes, pies rudos, con olores desagradables. La recompensa de ese servicio vendría después.

Sólo alguien que lo ha vivido sabe que el servicio al otro, al prójimo es el camino a la perfección. O uno sirve o no es cristiano.

La luz juzgará

Juan 12:44-50

Jesús lo grita, alza la voz para decir que Él es el espejo del Padre, la luz primigenia que ilumina a quien así lo cree. Sus palabras son advertencia. Aquí introduce una nueva alegoría. No es Él sino lo que Él ha dicho quien juzgará. Es decir, su Padre será el Juez. Es una advertencia. Aquel día no valdrá la ignorancia, ésta no exime de culpa. En todo caso, al final se escucharán esas palabras terribles: te lo dije.

Hay dos opciones luego de escuchar a Jesús: obedecerlo o no. Aquí no está en juego si a uno le parece simpático, si la predicación es bonita o si las palabras reconfortan. Sin menosprecio de esto, lo importante es obedecer. Recibir la palabra significa serle fiel. La palabra usada en algunas traducciones, recibir, capta un hecho: a Jesús se le abre las puertas, no entra Él sin tocar las puertas. Y si uno lo recibe, como anfitrión, deberá hacer lo mejor para tratar bien a ese huésped (que por cierto, amenaza con quedarse).

¿Qué recibe el creyente a cambio de seguir a Jesús? Lo dice fuerte: la vida eterna. Esa es la gran promesa, la que ronda por todo el evangelio. Digamóslo con Jesús: no es una vida mejor, más cómoda, sin problemas, color rosa, de buenos modales y mejores hábitos, nada de eso es la promesa del Rabí. Qué corto de miras, qué tan humano sería este Maestro de la buena vida. Quizá lo que dice es que hay algo mejor que esta vida. Aquí hay oscuridad, el príncipe de este mundo campea (en tierra de ciegos, el tuerto es rey) inmune. Si uno obedece al Maestro, tendrá una luz en medio de las tinieblas. Sí. Pero en el sepulcro, cuando ese príncipe oscuro podría sonreír y decir: «aquí terminó su gran vida moral y ética», irrumpe la promesa, la buena noticia (el evangelio) de Jesús: hay algo más. La muerte no tiene poder en el cristiano; es decir, en aquel que obedece lo que el Maestro vino a enseñar.

La vida eterna está por encima del carisma (o de la antipatía) que emana del Señor Jesús.

Corazones endurecidos

Juan 12:37-43

He aquí una de las Escrituras que escapan nuestro entendimiento. Se vale preguntar por qué Dios dejó ciegos y mudos a esas personas. ¿Qué habían hecho? ¿Por qué merecían esa confusión, esa ceguera espiritual? Estos comentarios del autor algunas veces nos dejan desconcertados. Son como llamados a pie de página que interrumpen la lectura. Algunas veces lo podemos obviar, otras, no. Debemos detenernos en este comentario que cita al profeta Isaías. En su afán de mostrar a un Jesús-Mesías, Juan nos manda a la Tanakh, las Escrituras hebreas (que entonces sólo eran Escrituras sin el adjetivo hebreo). Vemos ahí versículos del capítulo seis. Estos versículos siguen al llamado de Isaías (con la frase famosa: aquí estoy, envíame). Es un Dios enojado, quizá decepcionado por la terquedad de su pueblo. Esa sordera espiritual terminaría cuando «sus ciudades estén desoladas». Era un fuerte llamado de atención y el profeta utiliza recursos retóricos para enfatizar lo que Dios quería mostrar: un pueblo desviado y egoísta, instalado en su comodidad y separado de los mandatos de Moisés. Juan, sin embargo, relaciona este pasaje mesiánico con Jesús y al hacerlo conecta directamente lo más profundo del pensamiento hebreo con la novedad traía por Jesús, a saber, que esa promesa se había cumplido en la persona de Jesús.

Hay un versículo insertado después de la cita. Ese que dice que muchos de los judíos habían creído ya en el Rabí pero el miedo les impedía decirlo abiertamente. Y la crítica final: «preferían la gloria que dan los hombres a la gloria que da Dios». Claro que, independientemente de a quiénes se referían, la crítica se puede extender a todo aquel que incluso viendo no cree, lo cual es un sinsentido. Puesto que la fe es un asunto de creer en lo que no se ha recibido, si hay algo que ya ocurrió, eso ya pertenece al terreno de la realidad y, en automático, deja de ser fe. Así que el asunto de la fe pasa por los ojos pero también por la mente. Juan pretende decirnos que Jesús tenía los méritos para que se creyera. Pero con todo, el miedo de esos primeros creyentes provenientes de los líderes religiosos no estaba en Jesús. Ellos ya habían creído en Él, sino en las consecuencias de su fe: perderían todo lo que tenían. Ahí radicaba aquello de preferir la gloria que dan los hombres y no lo que da Dios.

¿De qué son culpables? En nuestros días, decirse cristiano es casi como declarar su renuncia a la popularidad. No está de moda creer en el Mesías. Eso es propio de los abuelitos a punto de morir, de los jóvenes acomplejados, de los adultos miedosos. Pero los valientes, los exitosos, los que van con el espíritu del tiempo esos tales no tocan una iglesia. ¿Será? ¿Es cierto que decirse cristiano es vergonzoso? Lo peor no es la crítica. En todo caso, la sociedad moderna utiliza otra táctica: la indiferencia disfrazada de tolerancia. «No te metas conmigo, no me meto contigo», «vive y deja vivir»: ¿cuántas frases políticamente correctas? ¡Cuánto reduccionismo cómodo en caracterizar a los cristianos de hoy como los asustados de la modernidad!

No es cierto. Lo decimos los cristianos pero, ¿estamos seguros de ello? ¿No hemos preferido la gloria que viene del hombre a la que viene de ese ser que nadie ha visto? No es fácil vivir el cristianismo. La línea entre lo mundano y lo espiritual en realidad es pequeña, resbalosa y atrae, uno quiere estar ahí. Pienso en un amigo que dijo: yo creo en Dios por una racionalidad simple. Si existe y no creí, me espera el infierno. Si no existe y creí, no pierdo nada. ¿Será eso el camino, el «gancho» para atraer a otros a Cristo?

Creamos y hagamos todo para buscar la aprobación divina. Como sea que eso sea.

Creer en la luz

Juan 12:27-36

El Maestro no es inmune a las emociones. Se acercaba la hora final. No quería, su deseo luchaba con su deber. «Para eso precisamente he venido». No debía retroceder aunque sentía cariño por sus amigos, aunque su amor estaba con aquellos doce, aunque sus seguidores lo adoraban. Su camino lo conducía ineludiblemente a la cruz. Y en un momento único en el Nuevo Testamento se escucha la voz de Dios, el Padre que parece responder y consolar a su hijo: «ya lo he glorificado y lo seguiré haciendo».

El Maestro se encarga de inmediato de corregir. Esa voz (hay que añadir otra confusión a la serie de malos entendidos) había sido por ese auditorio de opiniones ligeras. Da pistas sobre lo que habría de venir y su significado. Y de nuevo las dudas.

¿Quién era ese Hijo de hombre que habría de morir? Jesús responde con la metáfora de la luz. Él era la luz y mientras estuviera ahí que lo aprovecharan. Entonces se va. Como si dijera «síganme». Nosotros, creyentes del siglo XXI, pensamos: ¡qué privilegio tener a la Luz ahí! ¡Qué palabras tan llenas de sentido común! Caminar en la oscuridad no sólo es más difícil sino peligroso. Él estaba ahí para guiar y dar sentido a las vidas de todos ellos.

Pero pronto nos daremos cuenta que justo por haber sido «levantado» es que hoy podemos estar cerca de Él. Ahí tenemos otro misterio de la fe.

La semilla debe morir

Juan 12:20-26

Acá llegan «los griegos». Acaso el otro rebaño al que antes se refirió. Piden hablar con Jesús y Él les da un discurso a sus discípulos, Andrés y Felipe, de quien aquellos eran vecinos. Y el discurso es el último antes de la última jornada. El inicio es típico en este evangelio: «la hora ha llegado». El «Hijo del hombre» será glorificado. Quizá ni Andrés ni Felipe ni los griegos entendieron la metáfora de la semilla que muere para dar vida. Es decir, siendo conocedores del campo, sí que sabían de qué hablaba el Maestro pero, ¿qué tenía que ver eso con todo lo que acababan de ver? ¿Estaba sugiriendo Jesús que renunciaran a los placeres carnales para ir al cielo? Acaso sólo entendieron aquello de seguirlo. Ahí donde Jesús está, también deberá hacer acto de presencia sus discípulos. Y quien lo sirve, será honrado por su Padre. Claro, se trataba de una gran y atractiva oferta. Pero, ¿qué era todo eso de morir, de renunciar a esta tierra?

La promesa de Jesús es que aquellos que lo siguen tendrán en el otro mundo un mejor lugar. Seguirlo no implica vida cómoda pero tampoco un viacrucis diario. El énfasis está en las prioridades del seguidor. Si uno se aferra a este mundo, el otro no tiene entrada. No puede haber dos mundos, dos amos a quien seguir. Al final se queda mal con uno. Cuando Jesús dice que uno debe morir para encontrar a la vida no sólo se refiere al renacimiento espiritual sino también al que sucede después de que el creyente muere y, además, a lo que él mismo va a pasar. Para ser cristiano, para ser un seguidor de Jesús, recordemos las palabras a Nicodemo, uno debe renunciar al yo, al egoísmo consumista que, de cualquier manera, no cubre la sed existencial. Esta sólo será cubierta al seguir al Maestro.

En cuanto al tema de la muerte, el creyente morirá y en esa muerte está la santificación. Deberá morir para ir al encuentro del Padre. Esto no podría ocurrir sino con la fidelidad al Rabí. Ninguna herramienta humana garantiza el acceso a ese otro mundo que aparece cuando uno deja este planeta. Y, finalmente, Jesús habla de su propia muerte. Deberá padecer ese proceso humano para demostrar que Él no es de este mundo, que puede vencer a la muerte y que en ese proceso, se convierte en el nuevo primer hombre, en el Adán actual. Pero esto es ya de Pablo y no de Juan.

Nosotros, como los griegos, nos maravillamos de sus palabras e intuimos que algo grande hay detrás de estas: el Padre honrará a los sirvientes de su Hijo.

La entrada triunfal

Juan 12:12-19

He aquí la entrada triunfal de Jesús. Ya desde su unción, los símbolos mesiánicos se hacen presentes en todo este capítulo. Ahora el Maestro entra en un asno, la gente lo adora y proclama Rey de Israel, enviado de Dios. ¡Hosana! La escena debió causar tal impacto que los líderes asustados, desesperados, enojados dicen «el mundo se va detrás de Él». El movimiento empezado en la lejana Galilea estaba llegando a las puertas de la ciudad Santa.

Es curioso cómo el escritor nos aclara (hoy lo llamaríamos pie de página) que toda la escena no fue entendida por los discípulos. Por los fariseos sí. Ellos sabían el significado de la entrada, de las palmas, de las proclamas. Sabían cómo las Escrituras profetizaban que el Mesías había de llegar. Quizá sus discípulos volvían a sorprenderse. Habían pasado de la huida hacia «el otro lado del Jordán» a una entrada apoteósica, en plena preparación de la Pascua. No sabían sino que estaban escoltando al Maestro, al Rabí que había convertido en un sólo acto a muchos «judíos». Quizá en esa entrada estaba Lázaro, María y los demás. Su fama corría de boca en boca y ya alteraba a los dirigentes. Los apóstoles más ambiciosos se estarían frotando las manos, los más tímidos estarían asustados, acaso angustiados: ¿dónde iba a dar todo eso?

Dos mil años después, sabemos que aquello era el inicio de la última semana de Jesús en esta Tierra. Nos alegramos, la emoción nos embarga, sentimos un nudo en el corazón: nuestro Señor estaba entrando por la puerta de la Ciudad Santa. ¡Cómo quisiéramos estar ahí, tener una palma y hacer una reverencia! ¡Cómo nos alegramos al ver a los fariseos enojados porque ese sencillo carpintero tomaba la ciudad para sí! Era la fastuosidad simple (concédame esa licencia) y efímera. Pronto, muy pronto, este Maestro que parecía anticlimático por oficio, desengañaría a sus alegres seguidores.

Jesús ungido

Juan 12:1-11

Jesús regresa a Betania, invitado a una cena en su honor, preparada por la familia de Lázaro. Otra vez, la figura de María sobresale incluso por la del que «había estado muerto». Ya se ve que Marta era la encargada de la casa, la hacendosa, la típica anfitriona que se esmera por atender de la mejor manera a sus invitados. Y María era la joven fascinada por el Maestro. En una escena conmovedora, abre un perfume caro, y lo unta en los pies del Rabí y lo limpia con sus cabellos. Una escena de amor, de admiración, de reverencia por el hombre que había regresado a su hermano a este mundo. Judas hace un cálculo rápido y crítica con acidez a la mujer: si lo hubieras vendido habría sido de mayor utilidad. Pero el Maestro lo detiene: a los pobres los seguirán teniendo, pero a mí no. Aquí está la primera vez que habla explícitamente de su muerte. El escritor nos regala la imagen de un hombre que ya no puede ser sino público. O de dos hombres. Ahora Lázaro estará atado por siempre a Jesús. Su nueva vida será la demostración más clara de quién es Jesús. Es un milagro viviente. Y, por lo tanto, también una amenaza al establishment. Ahora no sólo quieren prender al galileo, también Lázaro está en la lista de los hombres peligrosos.

Muchas cosas nos sugiere este pasaje. Primero, la suspicacia sobre la relación de Jesús y María. ¿Hay indicios de un romance? ¿Debemos creer las incontables historias que circulan sobre María y su papel en esos primeros años del movimiento cristiano? queda clara que hay una relación estrecha entre Jesús y María. Queda claro que ella lo ama y lo admira. Pero de ahí a decir que ellos dos fueron una pareja hay, al menos, cierta distancia. Pero entonces como hoy, los hombres públicos despiden un halo extraño que atrae a los fantasiosos de siempre. Los paparazzis de entonces bien pudieron armar toda una historia sobre algo que quizá sólo fue una relación de amigos. Sin embargo, los seguidores de las teorías de la conspiración tendrán aquí un eterno tema para explotar. Allá ellos.

Vemos a Judas, el impopular tesorero, acaso calumniado. A posteriori, el apóstol sería el culpable de todo el mal. Pero podemos creer en sus intenciones. Tenía razón: ese perfume valía mucho y aunque María adoraba a Jesús, ese dinero podría haber satisfecho el hambre de más de un pobre. Pero el Maestro da una enseñanza que sorprendentemente no permeó lo suficiente. En el fondo, Jesús concede ciertas comodidades. A diferencia de Juan, no es un Maestro de alimentación y hábitos frugales. ¡Cuántos cristianos creen que entren más dolor más devoción! Este pasaje indica todo lo contrario. Ser cristiano y gozar de momentos de tranquilidad no están peleados. Aquí Judas quiso pasar por compasivo y sólo demostró su egoísmo y frialdad (¿sus celos?).

Ahí está Jesús, ya en sus últimos momentos, despidiéndose. Ha elegido a Lázaro, Marta y María como última parada antes del drama final. María lo unge quizá para poner de manifiesto el carácter del Maestro: es un verdadero Ungido, es decir, el Cristo. Y María, una mujer, realiza el rito en una casa perdida en Jerusalén. La última Pascua estaba por iniciar y pronto veremos al Ungido entrar a Jerusalén.

Mejor uno que todos

Juan 11:45-57

¿Qué haremos? Jesús nos está comiendo el mandado, nos quita el lugar, los romanos vienen y nos destruyen. Ahora los fariseos muestran una preocupación que rebasa ya los límites de la contención. Quizá se dieron cuenta de la repercusiones de eso que a sus ojos ya era una revuelta y el peligro de ello frente al imperio romano. Y entonces, Caifás, pragmático, da el último y más contundente argumento para detener a Jesús: mejor sobrevivir que morir por un terco carpintero venido a más, mejor sacrificar una vida que todo un pueblo. El escritor se encarga de aclararnos que eso era una profecía, sin embargo, podemos decir que es una interpretación posterior. En el momento, el Sanedrín había dictado sentencia.

Mientras tanto, Jesús, con todo esa persecución, luego del gran milagro, huye rumbo a Efraín. En Jerusalén se acerca la Pascua y la expectativa sobre la participación en la gran fiesta van en aumento. El Maestro tenía las horas contadas. Poco disfrutó del encuentro con sus amigos. Volvía a ser perseguido. Podemos preguntarnos en qué pensaban sus seguidores de su nueva acelerada vida. La vida del cristiano se estaba definiendo desde entonces. La sociedad es capaz de asesinar antes que claudicar. No importa qué se diga o qué se haga. El aplauso generalizado está vetado para aquellos que deciden seguir a Jesús. El milagro de la resurrección acababa de ocurrir y ya estaban escapando. No era ciertamente una vida cómoda. Pero seguían al Mesías. Eso, al parecer, no estaba ya en duda.

¿Qué espera al cristiano, pues? En un mismo capítulo vamos de huida en huida. El capítulo de Lázaro parece una tregua que termina cuando los líderes ven que les están comiendo el mandado. Al creyente le espera una vida transformada, un renacimiento, señales espectaculares y, también, conspiraciones, chismes, malos entendidos. Muchos Caifás modernos seguirán prefiriendo el sacrificio de uno y no la destrucción de muchos. Claro, siempre según la visión del establishment. El mundo parece ser el lugar más hostil de los verdaderos grandes hombres.

El gran milagro III

Juan 11:38-44

¿Qué otra escritura refleja el sentido último de la misión cristiana? Vencer la muerte, eso que hace finito al hombre, el gran límite, la frontera, el más allá al que Jesús viene a darle un nuevo sentido. La escena no puede ser más conmovedora. El Maestro está turbado, ha llorado, quizá con lágrimas en los ojos, ordena lo más absurdo, lo menos apropiado: quiten la piedra. «Pero apesta», le advierten. «¿No te he dicho que si creyeres, verás la gloria de Dios?». Quizá con más dudas, con caras de incredulidad y de reproche, quitan la piedra. El hombre que parecía tener un segundo nombre, escándalo, vuelve a las andadas. ¿Qué era eso de exhumar, de profanar tumbas? ¿No era una irresponsabilidad, incluso sanitaria, mover la roca? Mientras tanto, el Rabí levanta su mirada, habla con su Padre sin importar los tantos testigos que se hallaban ahí. Estipula la razón de esas señales: que crean en Él como el embajador plenipotenciario de Dios en la Tierra. Con voz fuerte, con la autoridad del Hijo de Dios que ha tomado forma (y quizá fondo) humano, ordena a Lázaro que salga. Acaso el milagro más grande de todo el Nuevo Testamento, único de Juan, se consuma.

«El que había estado muerto, salió». Ahí está la gran metáfora de la misión y de cómo se considera a aquellos alejados de Dios. Muertos. Nada de lo que hagamos aquí podría satisfacer la ansiedad, el desconsuelo y el vacío existencial que llegan cuando el ser humano se enfrenta al sepulcro. Ya hiede, le recordaron a Jesús. Pero al Salvador no le importan los olores, los gusanos, la piel echada a perder. Ahí está, conmovido hasta las lágrimas, pidiendo por nosotros. Y el milagro: no tanto que uno resucite, sino que en esa humana corrupción, se muestre la gloria del Padre eterno. Como el gusano que se convierte en mariposa. ¿Cómo se puede entender esa sinrazón de llegar a la muerte espiritual para reconocer quién es uno y quién es el Dios grande y poderoso que opera en los momentos y las situaciones más absurdas y que el humano considera causas perdidas? Quizá en esos despojos atados exista un espejo en donde cada uno puede verse.

Lázaro, sal de ahí. Y con él, millones de creyentes lo hacen. Y los testigos, ante semejante demostración de poder, se quedan sin armas, sin argumentos. ¿Cómo contradecir, con qué teología, con qué paradigma enfrentamos la naturaleza divina de un ser que ha traído de la muerte a su amigo? Cuando todos los argumentos fallan, cuando toda la doctrina se hace confusa, entonces la vida y el ejemplo clama a voz en cuello quién es quién. Los «judíos», desarmados, ven y creen. Lázaro, el antiguo muerto, estaba vivo. Y con él, el evangelio de Jesús.

El gran milagro II

Juan 11:17-37

Jesús llega finalmente a Galilea. Como lo había previsto, Lázaro ha muerto y está sepultado. La escena muestra un dramatismo pocas veces visto en todo el evangelio. Primero llega Marta y su bienvenida parece reproche. Sí, yo creo, sí yo sé que resucitará, pero esas son palabras, si hubieras venido él no habría muerto. La frase de Jesús quizá no convenció a la mujer. Ser la resurreción y la vida parecía quizá un asunto más escatológico que un consuelo en ese duelo. De cualquier manera, confiesa su fe en Jesús. Marta es otra de las primeras cristianas fuera del grupo de los doce. Aperece entonces en escena la enigmática María. En secreto, su hermana le manda a decir que Jesús la llama. No echemos a volar nuestra imaginación con romances tórridos entre el Maestro y María. Acaso eso no era más que una precaución, máxime como se encontraba el embiente: muchos «judíos» habían llegado a los funerales y eran algunos de los que ya habían puesto precio a la cabeza del Rabí.

María se arroja a los pies de su amado Maestro y vuelve al reproche. El escritor se encarga de decirnos cómo todo esa atmósfera lúgubre estaba ya afetando a Jesús. María de rodillas, llorando; los vecinos, los amigos, todos en una profunda tristeza. Y vienen dos versículos que muestran toda la humanidad y toda la majestad de este honbre. El 36 dice que se conmovió en el Espíritu y el 37 es el versículo más pequeño y de los más importantes para entender el carácter de Jesús: «Y Jesús lloró». Unos dicen: «miren cuánto lo quería» y otros, quizá los más críticos, dicen «¿por qué no hizo algo por salvar a su amigo?».

¿Qué podría haber en la mente del Hijo de Dios al estar frente al sepulcro? ¿Se habría visto a sí mismo en unas semanas más? ¿Habría recordado a Lázaro con toda su familia en mejores momentos? No lo sabemos, pero sí sabemos que el hombre más hombre de todos los tiempos (al menos para los cristianos), aquel que se enfrantaba con un mínimo de temor a sus adversarios, aquel que se declaraba Mesías, ese carpintero galileo no soportó más y lloró. El Rabí derramando lágrimas. ¿Cuántas cosas nos dice ese enunciado? Todo: un Jesús no absorto en «la misión», un predicador sensible, un ser que es capaz de correr cualquier riesgo con tal de estar con los amigos. No es un Cristo de pieda y palo. Su rostro no es el de un severo regañador, el del Maestro enojón. No: es un verdadero humano que, quizá por un momento, siente el dolor.

En la capacidad que Jesús tiene de sentir dolor se dumuestra su humanidad. No es un Dios ajeno, alejado. Si es excepcional es porque entiende a sus alumnos en sus propios términos. No es el super hombre, el gran héroe que sólo sigue un guión trazado por su Padre. Es más bien alguien que siente y que no tiene miedo a que vean su fragilidad. Por un momento, el gran Maestro demuestra que lo cortés no quita lo valiente, que no es una estatua. Él nos dice que es humano, que siente y que, al fin y al cabo, está vivo. Frente a la tumba de Lázaro, Jesús quizá comprende la trascendencia de su mensaje. Justamente vino a vencer eso que ya había padecido su amigo. María a sus pies, los judíos rodeándoles, por un instante dándole tregua, sus apóstoles de tan presentes que parecen más bien ausentes. Sólo con su majestad, en esa tumba, el Rabí daría la muestra más grande de su poder. Pero antes lloró. Y en ese llanto divino está la señal de que Él nos cntiende porque fue como cualquiera de nosotros.

El gemelo Tomás estaba probablemente desconcertado porque lo que parecía ser el inicio de la gran revuelta, se estaba convirtiendo en la continuación de las críticos. Lo más escadaloso era ver a su Maestro, llorando. La sacudida, de seguro, no fue menor.

El gran milagro I

Juan 11:1-16

Por las implicaciones y la forma en que lo hace, este es el gran milagro del evangelio. La familia conformada por Lázaro, Marta y María era muy querida por Jesús. Quizá eran huérfanos y el jefe de familia era Lázaro. Su enfermedad traía consecuencias negativas en lo económico y en lo social. Las hermanas quedarían doblemente solas, de padres y ahora del hermano. Así que cuando Lázaro enferma, las dos mujeres mandan a avisar a Jesús quien, sorprendentemente, no responde al aviso. Su argumento es que así debe ser para que sus seguidores sean testigos del poder de Dios.

El pasaje muestra una serie de confusiones en los discípulos. La gran paciencia del Maestro hace que repita aun más claro aquello que les va enseñando. Aquí les debe aclarar que Lázaro ha muerto. Luego, los discípulos le recuerdan el gran conflicto con los fariseos y, cuando el Maestro insiste, se hacen los héroes: «vamos a morir con Él» (¿por qué pensamos que Pedro y no Tomás está detrás de estas palabras?).

El escenario está puesto. Pronto veremos cómo Jesús operará esta señal. Quedémonos por el momento en algunos detalles interesantes. María parece ser una fiel admiradora de Jesús. Se ha pensado que quien untó los pies de Jesús era la Magdalena que, a su vez, había sido salvada por Jesús de ser lapidada. Si esto fuera cierto, Jesús conocería a la familia de Lázaro por causa de María (curiosamente, el versículo 5 omite su nombre). No hay razón para pensar que esto sea cierto. Sin embargo, estos primeros versículos ponen de relieve una cualidad de Jesús: tenía amigos y era tal su interés y su importancia que regresó no solo de su misión sino que incluso tomó el riesgo de ser agredido. La amistad valía la pena todo. La amistad, entonces, es uno de las características básicas de un cristiano.

La blasfemia de Jesús

Juan 10:22-42

Si no es por lo que haces, sino por lo que dices, le dijeron los líderes religiosos. Jesús insiste en el valor de las obras, puestas aquí incluso por encima de las palabras. Crean en lo que hago. ¿Cuántos cristianos hoy podrían decir eso? ¿Cuántas piedras se lanzan hoy justamente por lo que los creyentes hacen? Rodeado de sus (atormentados) adversarios, Jesús no se amedrenta. Sigue insistiendo en su orígen, en la importancia del camino que Él estaba trazando.

¿Qué querían escuchar? ¿No era claro que Jesús se consideraba a sí mismo el Mesías? Atrapados en su propio legalismo, los fariseos buscaban la forma más limpia para eliminarlo. El Maestro se ha dado cuenta que la reconciliación (o el abrir conciencias) era una tarea titánica, que a Él sólo le tocaba anunciarles lo que el Padre le había ordenado. Al no ser parte de su rebaño, ellos estaban condenados a seguir viviendo en su andamiaje moral. Así responde cualquiera cuando se siente agredido. No terminaban de entender que lo más importante era la vida humana, que cualquier idea, cualquier creencia, puede (y debe) pasar por la prueba de la confrontación. Si sale bien librada, sale fortalecida. Lo contrario, cerrarse herméticamente, solo acarrea estancamiento. Todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida la pregunta ¿qué tal si fuera cierto? Con todo lo que eso implica.

Al final del pasaje, vemos a Jesús del otro lado del Jordán. La gente lo percibe cada vez más como un profeta incluso mayor que Juan. El conflicto ha escalado a un grado tal que el Maestro y sus seguidores ya viven a salto de mata, al menos en Jerusalén. Vale decirlo: los primeros cristianos fueron parte de una sociedad rural. La ciudad sería conquistada muchos años después. Lo que es más, el Maestro no lograría sino rechazo y persecusión en la ciudad de David. Una crítica que lo llevaría a la tumba. Y todo por, fariseos dixit, su intolerable blasfemia.

El buen pastor

Juan 10:1-12

No es que los apóstoles y todos los demás fueran menos inteligentes que los actuales lectores. La parábola tenía la intención de ilustrar un punto en la enseñanza. Pero esta no había funcionado. Jesús no se va por la tangente y habla más claro. Él era ese Pastor que daba, porque así lo había decidido, su vida por un rebaño llamado humanidad.

Algunos han querido ver en este pasaje la prefiguración de la predicación a los gentiles. En cualquier caso, lo que el discurso quiere resaltar es el carácter del Mesías. Él quiere dar todo para cuidar, rescatar y ayudar a sus ovejas. El ladrón está interesado en la oveja como un objeto. El asalariado no daría su vida porque sólo está interesado en el dinero. Pero el buen pastor se preocupa por el rebaño porque ama al dueño y cuidará sus propiedades como si fueran suyas. Jesús es ese gran y buen pastor. He ahí la enseñanza profunda del Maestro.

¿Se entiende cabalmente esta alegoría hoy? Y no hablamos de lo más evidente, aquellos pastores modernos que van por la lana de sus rebaños. Dios pedirá cuenta a estos malvados. Hablamos de algo más histórico y social. ¿Cuántos lectores modernos han cuidado ovejas? ¿Cúanto tiempo falta para que estas sencillas parábolas deban ser explicadas hasta en lo más nimio? Cuidar rebaños es tan ajeno a los cristianos modernos que el término «pastor» ya es tan religioso como cualquier otro.

El buen ciego III

Juan 9:35-59

Cuando acaso el antiguo ciego se empezaba a preocupar de la expulsión religiosa, Jesús vuelve a aparecer. La Escritura cuida de decir que el Maestro halló al hombre. Y ante su sanador, este ciudadano de Jerusalén vuelve a mostrar signos de una lucidez abrumadora: tú me preguntas algo, me preguntas si creo en el Hijo de Dios, dime quién es y lo hago. En otras palabras, no sólo me enseñes abstracciones. Ya por años he vivido de oídas, de lo que otros dicen que es. Ahora que veo, déjame estrenar mis ojos. El Rabí le responde que Él es. Entonces sí, ya con todo conocimiento, «lo adora».

¡Cuánto podría enseñarnos este ciego convertido! Se alejó de las complicaciones y tan sólo experimentó la verdad. A diferencia del paralítico que puso pretextos, este se dejó llevar. Y cuando le pidieron razón de todo aquello, sólo dijo lo que sabía y lo que no. El no sé de los versículos anteriores se convierten ahora en «sé quién es el Hijo de Dios». El Maestro había empezado con algo terrenal y terminaba con algo espiritual. Una señal redonda.

Las frases finales vuelven a revelar la enseñanza de Jesús: había venido a juicio, a revelar ante ojos y oídos que quisieran quién es de la verdad y quién de la mentira. Él es el espejo, el que dice: «juzguen por sí mismos». De los sencillos y ciegos es el reino de los cielos. De aquellos que no presumen de ser los santos, inmaculados y puros, sino de los que el mismo Dios los juzga como tales. Más vale decir no veo que andar por el mundo creyendo que sí cuando nuestra vida proclama lo contrario. ¿Sabes mucho? ¿Por qué no actúas como tal? Ese ciego sanado era más valiente, más humilde y ahora salvo gracias a su capacidad de saber quién realmente era. Los fariseos de todos los tiempos, esos que adoran la letra pero no el Espíritu de la Ley, esos son los que no soportan la luz que irradia el mensaje sencillo del Mesías.

El buen ciego II

Juan 9:13-34

Jesús ha cometido un pecado más: amasar en sábado. Aquí el buen ciego (que ahora ya ve) es interrogado por segunda vez. Vuelve a decir lo que sabe. La obra del Maestro vuelve a causar división. Entre la interpretación casuística y la rigorista, a algún fariseo se le ocurre preguntarle al sanado, hombre que no tenía más educación que la recibida en casa y en la calle, pidiendo limosna, con el oído aguzado. Su respuesta no lleva grandes introducciones, un aparato crítico, la gran doxología, una hemenéutica exquisita. Nada de eso. Con la sencillez que da la ignorancia genuina, responde: un profeta. Nadie parece atenderlo y más bien dudan (humanos muy humanos) de que en realidad hubiese sido ciego (los limosneros apócrifos han existido siempre). Entonces van con sus padres, que dan cátedra de sentido común y de precaución.

Ya se tenía una amenaza: cualquiera que confesare al Cristo sería expulsado de la sinagoga con todas las consecuencias morales y religiosos que eso traía. Sin comprometerse un ápice, los padres responden: sí era ciego pero ya está grandecito para que le pregunten a él. Quizá con la paciencia a punto de terminarse, los fariseos vuelven con el ciego. Lo vuelven a interrogar y él vuelve a reponder con sencillez: no sé si el que me curó sea pecador, pero sé que antes era ciego y ahora no. Quien debe explicar esto son ustedes, ¿o quieren convencerse de que él es el Mesías? Ahora sí, el antiguo mendigo terminó con el buen juicio de sus interrogadores quienes lo maldicen y lo expulsan. Pero antes, este personaje singular les lanza un argumento quizá escuchado de los labios de ello: si él es pecador, Dios no lo escucharía, por lo tanto, no habría sanado. Pero si es justo, Dios escucha y puede obrar la señal. El versículo 33 es la estocada final: Si Éste no fuera de Dios, nada podría hacer. ¡Lo mismo que Jesús ha repetido pero en boca de un limosnero desempleado!

Totalmente fuera de sus casillas, los líderes religiosos veían cómo el mensaje de Jesús permeaba en las mentes y en los ojos de los más sencillos. Aquello de ser la luz del mundo cobraba más sentido en un ciego de nacimiento, un elemento más en el paisaje urbano de Jerusalén que de la nada afirmaba que un tal Jesús lo había sanado. Y si le preguntaban, él no había visto de qué universidad se había graduado, no sabía cuántos diplomas colgaban de la pared de su casa, tampoco si era el Logos encarnado. Él sólo tenía una cosa que mostrar: Jesús le había regalado nuevos ojos. Su razonamiento simple sigue siendo válido hoy. No sabemos quién es, pero Él sana. Y si Dios lo escucha es porque algo hace bien. Más allá del conflicto teológico y quizá ideológico que ocurría en esos días, este mendigo había experimentado en su propia carne el poder del Padre.

El buen ciego I

Juan 9:1-12

El sexto milagro nos presenta a uno de los ciegos más memorables por su sencillez, sentido común y capacidad de síntesis que se pueda leer en el evangelio. En la primera parte vemos a Jesús pasar cerca de un ciego. Sus discípulos, quizá queriendo ser muy espirituales, quizá por genuina curiosidad, le preguntan por qué estaba así: por él o por sus padres. Sabemos que en la antigüedad (incluso hoy) se relacionaba la enfermedad con el pecado. Moral y fisiología han tenido siempre un trato cercano. Jesús da una respuesta que no cuaja ni uno ni en otro lado: para que la las obras de Dios se manifiesten. Dicho lo cual, elabora un cataplasma hecho a base de tierra y de saliva; lo aplica en los ojos, lo manda a lavarse al estanque del Enviado y hecho, ahora puede ver. La enseñanza atrás de esto es clara: Jesús es la luz del mundo. Aquí no sólo en sentido metafórico sino real. Él ha abierto los ojos de un ciego de nacimiento.

En la segunda secuencia, el ciego sanado regresa para tomar el papel protagónico que le tiene reservado la historia. Los vecinos acostumbrados a verlo mendigando no lo reconocen. Él se encarga de decir que sí es, que el ciego y mendigo se había acabado que uno llamado Jesús lo había sanado. Lo único que había tenido que hacer era obedecerlo. El ciego tenía un carácter franco y sincero probado: al preguntarle por el paradero de su sanador, quizá él mismo sorprendido, responde con la verdad: no sé. Podría haber inventado todo un cuento, podría haber puesto los cimientos para su futuro sustento (acababa de perder su trabajo) y hacerse el curioso hombre sanado. Pero no. No sabía y eso respondió.

Sorprenderá al lector cómo Jesús aquí es sólo la luz que ilumina todo el pasaje. Aperace al principio y al final. El ciego tomará el control de la historia. Mientras, ahí quedan esas palabras que vuelven a mostrar en todo su esplendor la misión del Rabí: venía a actuar y a hablar. No se trataba de un bonito discurso ni de un espectáculo digno de la corte de los milagros. Eran dos asuntos unidos que señalaban a la majestad y el poder del Mesías. Sus palabras sanaban todo: mente, cuerpo y espíritu. En eso consistía su luz.

Piedras contra el evangelio

Juan 8:48-59

Esta es la respuesta evidente ante cualquiera que reciba una crítica como la de Jesús. «Eres del diablo, samaritano, mal judío, blasfemo, mentirosos, estafador». Vemos de nuevo que Jesús introduce la promesa en medio de su defensa. «Si alguien cree en mi, no morirá». Aquello de «antes de Abraham yo soy» tuvo que sonarles como un escándalo monumental. Sinceramente, sin todo lo que hoy sabemos de Jesús, a cualquier oyente promedio aquello tuvo que sonar como verdadero dislate. El Maestro estaba redefiniendo una religión. Y al parecer no hay nada más extraño, difícil y de apariencia absurda como sacudir conciencias. Esto estaba haciendo el Galileo.

La declaración del «yo soy» termina un capítulo donde las escaramuzas se han convertido en franca guerra entre Jesús y «los judíos». Es curioso que este pasaje termine de manera más bien trágica cuando sus interlocutores ya empezaban a creer. Parece cumplirse aquello de que las grandes esperanzas provocan grandes decepciones. Fácil no era una palabra que sonara muy bien a lado de la frase seguir a Jesús. Cuando todos creían que lo suyo eran los espectáculos masivos, se aleja a un retiro que pasa por el evento extraño de caminar por el agua. Cuando algunos de los judíos empiezan a sentirse atraídos por las palabras del Maestro, Jesús parece contravenir toda la enseñanza heredada por generaciones. El resultado en todo caso es un terremoto espiritual en los que lo escuchan.

El versículo 59 es la culminación de la primera persecución al novel movimiento cristiano. Jesús se va, huye, no era su hora. No es un mártir profesional. Incluso algunos de sus críticos dirán que se mereció toda la avalancha de adversidad que cayó sobre él y su grupo. Quién sabe. Nosotros, cristianos convencidos, solemos demonizar a sus adversarios. Pero debemos reconocer que su mensaje incendió mentes y espíritus. Y nadie que lo haga va a pasar inmune en su sociedad. Ahí estaba Jesús, perseguido. Y sus apóstoles, desde entonces, a salto de mata.

Los hijos de la mentira

Juan 8:42-47

Los hijos de la mentira. Y el diablo ha sido homicida y no permaneció en la verdad. Parece una sugerencia para entender el líder teológico y tradicional del mal. Aquí Jesús ha dado un paso más en su discurso. Casi como monólogo, se responde a sí mismo: si no entienden es porque su verdadero padre no es Dios sino el Diablo, aquel homicida y mentiroso desde el principio. Parece una dualidad pero no lo es. Algunos quisieran ver la verdad y la mentira como dos fuerzas iguales en magnitud pero de diferente signo. Pero no es así.

Jesús dice que el diablo es mentiroso y homicida, pero no está diciendo que tiene el mismo poder y la misma influencia que su Padre. En este sentido, la mentira no es sino la ausencia de verdad. Además de no aclarar qué mató el diablo (asunto que podría disparar las mentes más imaginativas), el Maestro nos recuerda que una de las características básicas de ese ser es la mentira. Sin embargo, no es una dualidad al estilo ying yang. El diablo, al ser creado, puede ser destruido. La mentira es destruida con la verdad, esa verdad que es Cristo. Por eso, Él vino a deshacer las obras del diablo.

¿De quién somos? Fijémonos a quién escuchamos. Aquellos que no oyen la palabra de Jesús son del diablo. ¿Escuchamos la palabra de Jesús? Y ya vimos que escucharla quiere decir también obedecerla. Cuando no decimos ni escuchamos la verdad, hacemos la voluntad del verdadero padre de la mentira. Ahí está la decisión que cada quien debe tomar: o Jesús y la verdad divina o el diablo, asesino y mentiroso. El creyente deberá decidir qué hacer.

Jesús es la verdad

Juan 8:31-41

He aquí una Escritura que se ha convertido ya en lugar común: «la verdad los hará libres». Así es citada por propios y extraños. La usan los más piadosos y los de moral dudosa. Es, como el Quijote, una de esas frases que, sin leer una sola página, muchos dicen conocer. Debemos irnos con cuidado con aquellos bien intencionados que la blanden ante la menor provocación. El gran peligro de citar sin contexto es perder el significado del enunciado.

Concedido: la verdad libera. Pero debemos preguntarnos de qué verdad y de qué tipo de libertad está hablando Jesús. Y aquí es donde el versículo cobra mayor relevancia. Quizá debemos mirar unos versículos más adelante: el 36 dice claramente que el Hijo libera. Cuando los aludidos preguntan de qué, Jesús responde que del pecado, de esas acciones que alejan al hombre de la espiritualidad, eso que, paradójicamente, encadena al ser humano a este mundo. Si juntamos ambas partes, tenemos un mejor significado de lo que dice el Rabí: Él, Jesús de Nazareth, es la verdad, concepto no abstracto, no filosófico, ni siquiera teológico. Es ese ser, Jesús, la verdad de Dios. Quien lo conoce puede sentirse seguro de que sus ataduras espirituales (quizá carnales) serán destruidas. A los que quieren ver a un Jesús político habrá que decirles que se equivocan: lo que el Maestro enseña es una libertad espiritual que, vaya contradicción, atará al ser humano con Dios. No es una libertad política ni tampoco una verdad teórica. No se trata, como algunos quieren, de ser francos y decir «verdades», lo opuesto a la mentira. Por el contrario, Jesús se presenta a sí mismo como la verdad revelada de Dios a la humanidad. Podríamos replantear la frase y decir que Jesús rompe el yugo de la maldad humana y, por añadidura, regala una vida después de la muerte.

Es eso lo que debemos entender de este versículo. Que haya sido interpretada como premonición del liberalismo y de la ciencia no es culpa del evangelista. Más aún. El pasaje vuelve a enfatizar el grado de compromiso que parece más bien antipático en Jesús. Las primera frase es condicional: si se mantienen fieles a mi palabra. En otras palabras, sólo la fidelidad absoluta al Maestro traerá como consecuencia conocerlo realmente. Cualquier tipo de infidelidad provocará el fracaso en eso de querer ser libres. Todavía hay una frase que continúa de ese primer condicional: serán mis discípulos de verdad, no sólo de dientes para afuera, no sólo en una iglesia cantando bonito y abrazando con cariño al hermano. Es afuera cuando uno demuestra si realmente camina con el Maestro o si sigue en los pasos egoístas.

Por si fuera poco, la reacción de aquellos que ya habían empezado a seguirlo también nos da enseñanza. Cuando Jesús toca uno de los puntos más sensibles, el de la pertenencia al pueblo elegido, ellos reaccionan con furia y arrogancia. Así es este Rabí, parece hacer todo para que no lo sigan, cuando todo parece que va a provocar una adhesión automática, Él se encarga de aumentar el compromiso. Y, regularmente, sus auditorios terminan yéndose. Aquí, el discurso de Jesús hace que se defiendan con un cliché: «no hemos nacido de fornicación sino de Dios»; curiosa respuesta que hoy seguimos escuchando de muchos: no soy tan malo, el otro es peor, esto lo debe escuchar mi tía, mi vecino. Nos gusta escabullirnos, transferir culpas, cualquier cosa para no reconocer nuestros fracasos. Pero Jesús está hablando a ese yo egoísta, por eso duele tanto.

Ahora, cuando citemos esa frase, pensemos que verdad equivale a Jesús y que libertad equivale a ser espiritual. Todo lo demás suena bonito pero no tiene el mismo sentido que Jesús le dio.

No de este mundo

Juan 8:21-30

¿Quién eres? Es la pregunta que se hace aquel que ha escuchado a Jesús. La respuesta debe alertarnos sobre la tentación de mundanizar el mensaje. Por siglos, los cristianos han debido de recordar esta sencilla frase: «Yo no soy de este mundo». ¡Cómo contrasta con el resto de los Yo soy que se hallan en este pasaje! Pero también nos recuerda que al final, el interés supremo del creyente se encuentra en el cielo.

El pasaje también nos recuerda que sólo al seguir a Jesús podemos encontrar la vida que vale la pena. El Rabí nos dice que sólo creyendo en Él se tiene la esperanza de la resurrección. Frase que suena extraña en la modernidad. Cuando uno cree en Él, la maldad se termina. El fruto de seguirlo es una transformación renovadora. Aquellos que no quieren dejar su yo están destinados a repetir el ciclo de la sed y del agujero existencial. El Yo Soy de Jesús, por el contrario, da una nueva perspectiva, nueva dogmática, nueva praxis.

Su palabra empieza, sola, a convencer mentes. Jesús lo entendía ya aquí: sólo cuando su sacrificio se haya consumado, ellos comprenderán que Él es. Ya aquí está apropiándose de todo el simbolismo judío para compararse con Jehová. El drama de la pasión es que parece un guión al que Jesús sólo parece adscribirse. Pero no: nunca perdió su voluntad. Repite que hace lo que su Padre le enseña pero no vemos a un robot sino a un ser humano que decide hacer suyo ese plan que sólo en el cielo tiene sentido. Lo suyo no es de aquí, lo suyo no es madera, piedra, metal. Jesús es de otro mundo. Y sus discípulos deberían serlo también.